Traductoras y asimetrías

Les comparto el artículo que escribí: “Traductoras y asimetrías. Las traducciones de “Luvina” de Juan Rulfo al alemán” publicado en la revista indexada Mutatis Mutandis en verano de 2020.

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“Una casa en Brandenburgo” de Jenny Erpenbeck

No son pocas las veces en que los novelistas experimentan con distintas perspectivas desde donde narrar las historias que cuentan. Se elige contar un mismo hecho desde distintos puntos de vista, por ejemplo, o se busca que los referentes sean personajes inauditos, como es el caso que nos ocupa. En esta novela, la autora ofrece al lector, a vuelo de pájaro, una mirada a algunos hechos clave del siglo XX (e.g. la Segunda Guerra Mundial, el muro de Berlín, etc.) desde personajes atípicos (una heredera que se vuelve loca, un arquitecto que colaboraba con los nazis, un soldado ruso, una escritora comunista…). Una casa en Brandenburgo (2011) de Jenny Erpenbeck, traducida por Javier Salinas y publicada por editorial Destino, entrelaza una serie de historias que se suceden en una misma casa, pero en distintas épocas.

Entre los varios logros de este libro quiero destacar que la autora no se limita a presentar distintos personajes en distintos momentos nada más. Se ha esforzado por crear una atmósfera narrativa particular para cada uno de estos relatos. El estilo, si bien es reconocible durante todo el libro, tiene particularidades en cada capítulo que contribuyen a una mayor riqueza expresiva y a recrear esta sensación de que si bien se trata de la misma casa, el tiempo realmente transcurre mientras somos testigos de algunas de las historias que ahí sucedieron. Veamos, como ejemplo, el inicio de la primera historia cuyo personaje central es Klara, la hija menor de un poderoso hombre de Brandenburgo. Aquí la atmósfera es ideal para retratar una época sin tener que apuntar a los objetos, ni a los vestidos, por ejemplo.

Cuando una mujer se casa, no debe coser ella misma el vestido de novia. Ni debe hacerse el vestido en su propia casa. Se coserá fuera y no se deberá romper ninguna aguja cosiendo. La tela para el vestido de novia no ha de ser jamás rasgada sino siempre cortada. Si mientras se está cortando la tela se comete un fallo, el trozo no ha de ser reutilizado, sino que habrá que comprar otra pieza de tela. La novia no debe dejar que su novio le regale los zapatos para la boda, debe comprárselos ella misma y además con las monedas que haya ido ahorrando durante mucho tiempo. La boda no deberá ser en la época más calurosa, es decir, nunca ha de tener lugar en la canícula, pero tampoco en el impredecible mes de abril. Las amonestaciones para la boda no deben hacerse la semana antes de Pascua y, para el día de la ceremonia, debe haber luna llena, o por lo menos en cuarto creciente. El mejor mes para una boda es mayo. Unas semanas antes de la fecha prevista para la ceremonia, las amonestaciones se expondrán en una vitrina que las amigas de la novia decorarán con guirnaldas de flores. Si la novia es querida en el pueblo, entonces se darán tres o más vueltas de adornos. Una semana antes del enlace se deberá comenzar con la matanza y con los pasteles, pero la novia no deberá, bajo ningún concepto, ver ni una sola llama del fuego del horno. Un día antes de la ceremonia por la tarde, irán a su casa los niños del pueblo a hacer ruido. Tirarán vajilla, aunque ningún vaso, en el camino hacia el portón de la casa y recibirán pasteles de la madre de la novia. En la fiesta de despedida de solteros, los adultos llevarán sus regalos, leerán poesías y tomarán parte en el banquete. Las luces no deben temblar durante la fiesta porque trae mala suerte. A la mañana siguiente, la novia deberá recoger los trozos rotos de la vajilla y arrojarlos en un hoyo que habrá excavado el novio. Luego, la novia será engalanada para la boda por sus amigas y llevará una corona de mirto y un velo. Al salir la pareja de novios de la casa, dos niñas sostendrán a sus pies una guirnalda de flores y la pareja nupcial pasará sobre ella. Entonces partirán hacia la iglesia. Los caballos llevarán en la parte exterior de las bridas dos cintas, una roja, para el amor, y una de color verde, para la esperanza. Los látigos llevarán también las cintas. El carruaje de los novios estará adornado con una rama de boj y a veces también de enebro. El carruaje de los novios saldrá el último, tras los carruajes de los invitados, y no podrá detenerse ni volver atrás. El carruaje de los novios deberá evitar, si es posible, pasar por delante del cementerio. Los novios no deberán mirar atrás durante el trayecto. Podrá llover en el camino, pero nunca nevar. Tantos copos de nieve, tantos problemas y penas. Y la novia tampoco deberá dejar caer ante el altar su pañuelo, porque, si no, en ese matrimonio habrá muchas lágrimas. En el camino de regreso, el carruaje de los recién casados saldrá el primero, y deberá ir deprisa para que no les alcancen las dificultades en el matrimonio. Al traspasar la pareja nupcial el umbral de la casa de la boda, deben hacerlo sobre hierro, es decir, pisando un hacha o una herradura. Durante el banquete de boda, la pareja de recién casados se sentará en una esquina, la esquina de los novios, y no se moverá de ahí. Las sillas de la pareja estarán engalanadas con adornos de hiedra. Después del banquete, un chico se meterá a escondidas debajo de la mesa y le quitará un zapato a la novia, que se subastará y que finalmente adquirirá el novio. El dinero obtenido será para las cocineras. A las doce de la noche, entre canciones, se cortará el velo de la novia y se le dará a cada uno de los invitados un trozo como recuerdo. Después de la boda, los recién casados se instalarán en su nueva casa. Allí habrán dejado sus amigos íntimos un pequeño paquete sobre el horno, con pan, sal y dinero, para que nunca les falte alimento ni pasen necesidades. El paquete deberá permanecer sin tocar, en el mismo lugar, durante un año.

Hay un personaje, además de la casa, que atraviesa todas estas historias: el jardinero. A veces parece que no se trata del mismo hombre sino del rol que distintos hombres desempeñan en esa casa, pero hay atisbos de que sí es el mismo jardinero que ha permanecido durante todo ese tiempo en la casa, trabajando para distintos dueños. Este interactúa poco con la mayoría de los otros personajes, pero constituye siempre el portero en el umbral que conecta la casa con la naturaleza en un sentido profundo. No solo por la obviedad de los jardines y un lago al que se puede acceder desde la casa sino por lo que la naturaleza representa como un contenedor atemporal de las convulsiones de una ciudad y de un siglo por demás lleno de fuertes sacudidas sociales. Aquí una descripción del momento en que un arquitecto, que sabe que tendrá que abandonar la casa, recuerda la luz de algunas mañanas en el jardín.

Por la mañana, la luz del sol pasaba sobre el pino de delante de la casa, lo que significaba que haría buen tiempo durante todo el día. La terraza estaba todavía a la sombra y la mantequilla en la mesa de desayuno no se derretía. Durante todo el día, el sol brillaba sobre las dos praderas, a la izquierda y a la derecha del camino que llevaba abajo hacia el agua. Las hermanas de su mujer estaban tumbadas y sentadas en la hierba con sus niños para jugar, dormir, leer. El sol manchaba el camino colina abajo, caía a través del follaje de la encina, de las coníferas y avellanos sobre la sólida escalera, ocho veces ocho peldaños, piedra arenisca natural quebrada. Abajo, en el lago, el sol penetraba entre los alisos en pocos lugares hasta la tierra negra de la orilla siempre húmeda. Cuanto más se acercaba uno al deslumbrante espejo del lago, más fuerte susurraba el follaje, y más sombra había alrededor. «Oscurecimiento» es el término militar. Defensa antiaérea Mannesmann. Pero todo eso sólo servía para deslumbrar al veraneante en su primer paso sobre el muelle; que entre sol y agua caminaba hacia el final del embarcadero, y aparte de él mismo, caminando hasta allí, ya no había nada para hacer sombra. Aquí el sol se cernía del todo sobre él, sobre él y sobre el lago, y el lago le devolvía su brillo al sol, y él, que se había sentado o tumbado al final del muelle, observaba ese juego, se arrancaba de paso una astilla que se había clavado en la mano al sentarse o tumbarse, olía el alquitrán que protegía la madera, oía chapotear el barco en el embarcadero, el suave tintineo de la cadena con la que estaba amarrado, veía peces inmóviles en el agua clara, cangrejos arrastrándose, sentía las tablas cálidas debajo de sus pies, de sus piernas, de su vientre, olía su piel, estaba tumbado o sentado y cerraba los ojos, tan intenso era el sol. E incluso en la sangre detrás de sus párpados cerrados veía la bola cegadora.

Ya he mencionado antes la importancia de las distintas atmósferas narrativas como un elemento que recrea la ilusión del devenir del tiempo en la novela que nos ocupa, Una casa en Brandenburgo de Jenny Erpenbeck, pero otra particularidad de estas atmósferas es que pueden alcanzar un estilo propio que durante una cierta escena marca un contrapunto psicológico y emocional del libro en su conjunto. Este es el caso del momento en el que un soldado del ejército ruso que ha ocupado la ciudad encuentra una puerta falsa en la habitación en la que duerme. Sirva esta cita para concluir esta recomendación:

Y luego hay otro ruido esa noche, un crujido como el de las martas que tienen sus nidos en el desván. Había capturado una el día anterior, la piel cuelga ahora de la barandilla del pequeño balcón. De nuevo algo cruje detrás de la pared en la que se encuentra el armario. El joven soldado rojo se levanta rápidamente, antes de poder pensar siquiera que, si las cosas son como deben ser, no puede haber ninguna marta en una pared. Abre la puerta, y enseguida se hace el silencio detrás de la pared de la que cuelga la bata. Tan sólo ahora retrocede y observa el armario de arriba a bajo, observa las columnas de madera que lo flanquean y sólo entonces ve que éstas no reposan en el suelo, se arrodilla y ve en los pocos milímetros de espacio que separan las columnas del suelo, la pequeña curva externa de unas ruedecitas escondidas casi totalmente en el interior de la columna. Y sólo ahora ve en el suave suelo de corcho justo delante del armario las marcas de un pequeño semicírculo, aunque la puerta con el espejo siempre se movía muy fácilmente. En las restantes fracciones del segundo en las que piensa y comprende todo esto, también piensa y comprende que al otro lado del armario alguien que está respirando ya sabe lo que él está pensando y ese alguien tan sólo espera el final de ese segundo tan largo.

Coge su revólver, cierra suavemente la puerta del espejo y tira de repente con fuerza del pomo de metal sin girarlo. Como esperaba, se suelta una de las columnas de madera de la pared y también con un suave chirrido se abre un panel, como si el joven hubiera abierto una gran página de un libro de madera. El joven mira en el hasta ahora oculto y profundo armario, ve chaquetas, vestidos, abrigos, faldas y blusas que apretadamente cuelgan unos junto a otros, y encima, en estantes, ve jerséis, pañuelos y sombreros. El perchero y los estantes se pierden en la oscuridad a la derecha de la puerta. De ahí viene el crujido, pero el joven soldado rojo no puede ver nada. Tan sólo un vivo olor a orina y a excrementos le golpea en la nariz, y ve bajo la ropa un orinal lleno de inmundicia. Unos se cagan de miedo, otros porque no salen de sus escondites, y otros por rabia, piensa, y todo eso junto se llama «la guerra». Quizá antes los alemanes hayan ocultado demasiado, piensa, ahora que se encuentra en el armario secreto, incluso las sábanas estaban escondidas en el muro y las calefacciones tras rejillas de madera. Y no porque se hubieran imaginado que la guerra se volvería contra ellos, tan sólo lo habían hecho para ocultarlo a su propia vista. Ahora será por fin todo sacado a la luz: vestidos, joyas, bicicletas, ganado, caballos y mujeres. Ahora todos lo ven, y ellos mismos tienen que verlo. Ahora todo será arrastrado hacia la luz y utilizado. El que vive ya no se lava, y el que fue enterrado se pudre y también comienza a apestar.

El joven soldado rojo se abre paso en la oscuridad apuntando con su revólver hacia dentro, entre la ropa, hasta que choca contra un cuerpo que calladamente opone resistencia cuando lo agarra. Antes de la guerra, el soldado rojo era todavía un niño, y durante la guerra nunca se ha interesado por las mujeres, pero aquí, mientras vuelve a enfundar su revólver para poder agarrar con las dos manos lo que se retuerce, está tan ocupado en agarrar y sostener, y se ve obligado a acercarse tanto que, antes de que pueda pensar lo que hace, toca en la oscuridad los pechos de una mujer que todavía se defiende, y por eso él se tiene que acercar aún más, y entonces siente el pelo de ella sobre su propia cara, y finalmente, cuando la acorrala junto a la esquina más profunda, y ella le muerde el brazo, y él le retuerce los brazos a la espalda, le roza el olor a alcanfor y menta, ese olor a enfermedad que se cura en la cama, ese olor a madurez y a paz.

Entonces, él se tranquiliza, y con calma comienza a besar los labios que no puede ver. Él, que todavía no ha besado a nadie en la boca, besa esa boca que con toda probabilidad es una boca alemana, llena y quizá un poco marchita. Pero eso él no lo puede valorar porque hasta ahora no ha besado a nadie en la boca; luego le deja los brazos libres y acaricia la cabeza de la mujer, ella ya no se defiende, pero él oye que comienza a llorar. La acaricia como para consolarla, y ya no sabe qué más hacer a pesar de que él había visto a menudo lo que sus hombres hacían en situaciones parecidas. «Mamá», dice, sin saber lo que dice, está tan oscuro que ni siquiera se pueden ver las propias palabras. Entonces, ella lo empuja, él tropieza, cae, ella le da una patada, él intenta agarrarla de nuevo, le agarra su rodilla y ella se queda quieta; se levanta lentamente el vestido, él apoya su frente en su vientre, bajo el vestido ella parece no llevar nada más, él aspira profundamente el olor a vida que emana del rizado pelo. Ella dice una palabra o dos, pero tampoco sus palabras se pueden ver en el oscuro escondite. Quizá la guerra sólo consista en la confusión de los frentes, porque ahora que ella le empuja la cabeza entre sus piernas, quizá tan sólo lo haga porque ella sabe que el soldado tiene un arma y que es mejor no resistirse. Ella toma la iniciativa. Quizá la guerra consista en eso, en que uno, por miedo al otro, tome la iniciativa, y luego al revés, y siempre así. Y cuando ahora el joven soldado, quizá tan sólo por miedo a la mujer, empuja su lengua a través de su vello rizado y le sabe a metal, se derrama, primero suavemente, luego más fuerte, un caliente chorro sobre su cara, la mujer le orina en la cara. Como sus hombres han orinado sobre la puerta pintada de la entrada de la casa, le orina ella a él. Así que sí hace la guerra, o es el amor, el soldado no sabe, ambos se parecen tanto.

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La tragedia de Julio César es de todos

En 2017 salió publicada en la revista Casa del tiempo un texto que escribí sobre la obra Julio César de Shakespeare.

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Gerardo Piña (PhD)

I am a writer, teacher and translator (English or German into Spanish) with sixteen years of experience. I write, teach, translate, edit and do style correction. I have published and translated more than a dozen fiction books. I have a PhD in English Literature (UEA) and a BA in Hispanic Language and Literature (UNAM).


Recent translations:

As a literary translator I have worked for the Autonomous Metropolitan University, Siglo XXI Editores, Editorial Aguilar and Santillana, among others.

Some of the most recent books that I have translated into Spanish are:

 Ursula Dubosarsky, The golden day, Santillana, 2017.
 Kelly Barnhill, The girl who drank the moon, Santillana, 2017.
 Andrew Lang (comp.) The red book of the fairies, UAM, 2015.

My most recent published books (as author)

Donde el silencio se bifurca (novel) (2018: Periférica)

Estación Faulkner (2014: auieo / ditoria)

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Profesioneller Übersetzer Deutsch-Spanisch

Gerardo Piña (PhD) ist ein professioneller Übersetzer (Englisch oder Deutsch-Spanisch und Spanisch-Englisch) mit mehr als 16 Jahren Erfahrung. Er ist spezialisiert auf Literaturübersetzung und im Bereich der Sozialwissenschaften. Er hat Hispanistik in UNAM studiert und er hat einen Doktortitel in Anglistik von der University of East Anglia (UK). Hier finden Sie die neuesten Titel, die er als Übersetzer veröffentlicht hat.

Warum man von Deutschen ins Spanisch Texten übersetzen?

Wenn die Informationen Ihres elektronischen Portals, Blogs, akademischen Artikels oder eines für Sie wichtigen Textes auf Englisch und Spanisch sind, werden diese Inhalte in den beiden weltweit vorherrschenden Sprachen ausgedrückt.

Laut dem Cervantes-Institut gibt es mehr als 500 Millionen spanischsprachige Menschen, die nach der Anzahl der Sprecher die zweite Sprache der Welt sind, und die zweite Sprache der internationalen Kommunikation.

Was unterscheidet mich von anderen Übersetzern?

  • Ich bin nicht nur Muttersprachler der spanischen Sprache, sondern auch habe ich Hispanistik studiert.
  • Ich habe 16 Jahre Erfahrung als Übersetzer sowohl im privaten als auch im öffentlichen Sektor.
  • Ich lehre literarische Übersetzung.

Übersetzungsraten:

Englisch ins Spanisch: €0.05 pro Wort

Spanisch ins Englisch: € 0.08 pro Wort

Deutsch ins Spanisch: € 0.93 pro Wort

Möchten Sie ein Übersetzungsangebot für Ihren Text? Bitte schiken Sie mir ein E-Mail: gerardo.hpm@gmail.com

Lesen Sie hier meine Übersetzung einiger Gedichte von Bertolt Brecht
Lesen Sie hier meine Übersetzung eine Geschichte von Peter Bichsel

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“San Salvador”

“San Salvador”[1]

[1] „San Salvador“, from: Peter Bichsel, Eigentlich möchte Frau Blum den Milchmann kennenlernen. 21 Geschichten. © Suhrkamp Verlag Frankfurt am Main 1993. All rights with and controlled through Suhrkamp Verlag Berlin.

de Peter Bichsel
Traducción de Gerardo Piña

(El texto fuente está al final de la traducción)

Se había comprado una pluma fuente.

Después de trazar varias veces en una hoja su firma, sus iniciales, su dirección, algunas líneas onduladas y la dirección de sus padres, tomó una hoja nueva, la dobló con cuidado y escribió: “Aquí hace mucho frío para mí”, después añadió: “Me voy a Sudamérica”. Luego se detuvo, enroscó la tapa de la pluma, observó la hoja, vio cómo la tinta se secaba y oscurecía (en la papelería le habían garantizado que al secarse se tornaría negra), después volvió a tomar la pluma y puso Paul, su nombre, con gran amplitud.

Luego se sentó allí.

Más tarde, ordenó los periódicos que estaban sobre la mesa, ojeó la cartelera, pensó en algo, puso el cenicero a un lado, rompió la hoja con las líneas onduladas, vació su pluma y la rellenó. Ya era muy tarde para la función del cine.

El ensayo del coro de la iglesia terminaba a las nueve, Hildegard estaría de vuelta a las nueve y media. La estaba esperando. A toda la música de la radio. Entonces apagó el radio.

Sobre la mesa, en el centro de la mesa, estaba solamente la hoja doblada en la que estaba escrito Paul, su nombre, con una tinta entre negro y azul.

“Aquí hace mucho frío para mí”, decía el texto.

Así que Hildegard volvería a casa a las nueve y media. Ya eran las nueve en punto. Ella leería su mensaje, se asustaría, probablemente no creería en eso de Sudamérica, pero aún así contaría las camisas en la caja, algo debería de suceder. Ella llamaría a “Los leones”.

“Los leones” está cerrado los miércoles.

Ella sonreiría y se desesperaría y se resignaría, tal vez.

Se apartaría el cabello de la cara varias veces, se pasaría el dedo anular de la mano izquierda por ambos lados de la sien y luego se desabrocharía el abrigo lentamente.

Entonces se sentó allí, reflexionando, preguntándose a quién podría escribirle una carta, leyó las instrucciones de la pluma fuente una vez más; decía que había que girarla ligeramente hacia la derecha, leyó también el texto en francés, comparó el texto en inglés con el alemán, miró otra vez su hoja, pensó en palmeras, pensó en Hildegard.

Se sentó allí.

A las nueve y media llegó Hildegard a casa y preguntó: “¿Están dormidos los niños?” Se apartó el cabello de la cara.

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San Salvador

Er hatte sich eine Füllfeder gekauft.

Nachdem er mehrmals seine Unterschrift, dann seine Initialen, seine Adresse, einige Wellenlinien, dann die Adresse seiner Eltern auf ein Blatt gezeichnet hatte, nahm er einen neuen Bogen, faltete ihn sorgfältig und schrieb:„Mir ist es hier zu kalt“, dann „ich gehe nach Südamerika“, dann hielt er inne, schraubte die Kappe auf die Feder, betrachtete den Bogen und sah, wie die Tinte eintrocknete und dunkel wurde (in der Papeterie garantierte man, daß sie schwarz werde), dann nahm er seine Feder erneut zur Hand und setzte noch großzügig seinen Namen Paul darunter.

Dann saß er da.

Später räumte er die Zeitungen vom Tisch, überflog dabei die Kinoinserate, dachte an irgend etwas, schob den Aschenbecher beiseite, zerriß den Zettel mit den Wellenlinien, entleerte seine Feder und füllte sie wieder. Für die Kinovorstellung war es jetzt zu spät.

Die Probe des Kirchenchores dauert bis neun Uhr, um halb zehn würde Hildegard zurück sein. Er wartete auf Hildegard. Zu all dem Musik aus dem Radio. Jetzt drehte er das Radio ab.

Auf dem Tisch, mitten auf dem Tisch, lag nun der gefaltete Bogen, darauf stand in blauschwarzer Schrift sein Name Paul.

„Mir ist es hier zu kalt“, stand auch darauf.

Nun würde also Hildegard heimkommen, um halb zehn. Es war jetzt neun Uhr. Sie läse seine Mitteilung, erschräke dabei, glaubte wohl das mit Südamerika nicht, würde dennoch die Hemden im Kasten zählen, etwas müßte ja geschehen sein.

Sie würde in den „Löwen“ telefonieren.

Der „Löwen“ ist mittwochs geschlossen.

Sie würde lächeln und verzweifeln und sich damit abfinden, vielleicht.

Sie würde sich mehrmals die Haare aus dem Gesicht streichen, mit dem Ringfinger der linken Hand beidseitig der Schläfe entlang fahren, dann langsam den Mantel aufknöpfen.

Dann saß er da, überlegte, wem er einen Brief schreiben könnte, las die Gebrauchsanweisung für den Füller noch einmal – leicht nach rechts drehen – las auch den französischen Text, verglich den englischen mit dem deutschen, sah wieder seinen Zettel, dachte an Palmen, dachte an Hildegard.

Saß da.

Und um halb zehn kam Hildegard und fragte:„Schlafen die Kinder?“. Sie strich sich die Haare aus dem Gesicht.

5 poemas de Bertolt Brecht

5 poemas de Bertolt Brecht

5 poemas de Bertolt Brecht

Traducción de Gerardo Piña (publicados con permiso de la editorial Suhrkamp)

I

Alljährlich im September, wenn die Schulzeit beginnt

Stehen in den Vorstädten die Weiber in den Papiergeschäften

Und kaufen die Schulbücher und Schreibhefte für ihre Kinder.

Verzweifelt fischen sie ihre letzten Pfennige

Aus den abgegriffenen Beutelchen, jammernd

Daβ das Wissen so teuer ist. Dabei ahnen sie nicht

Wie schlecht das Wissen ist, das für ihre

Kinder bestimmt wird.

Todos los años, en septiembre, cuando el ciclo escolar empieza,

las mujeres de los arrabales van a las papelerías

y compran los libros de texto y los cuadernos para sus hijos.

Desesperadas pescan sus últimos centavos

en los monederos manoseados, y se quejan de

que el conocimiento sea tan caro. Aunque no sospechan

cuán malo es el conocimiento que está destinado

para sus hijos.

II

Dauerten wir unendlich

So wandelte sich alles

Da wir aber endlich sind

Bleibt vieles beim alten.

Si fuéramos infinitos

todo cambiaría,

pero, ni hablar, somos finitos

y muchas cosas permanecen sin cambio.

III

Und ich dachte immer: die allereinfachsten Worte

Müssen genügen. Wenn ich sage, was ist

Muβ jedem das Herz zerfleischt sein.

Daβ du untergehst, wenn du dich nicht wehrst

Das wirst du doch einsehen.

Y yo siempre pensaba: las palabras más sencillas

deben bastar. Cuando digo lo que es

debería destrozársele a cualquiera el corazón.

Que te hundes si no te defiendes

es algo que bien o mal comprenderás.

IV

Der nützliche ist immer in Gefahr

Allzu viele brauchen ihn.

Wohl ihm, der der Gefahr entrinnt

Nützlich bleibend.

Quien es útil siempre está en peligro

de que muchos, demasiados, lo necesiten.

Dichoso aquel que escapa de ese peligro

y no deja de ser útil.

V

Ihr jungen Leute kommender Zeiten und

Neuer Morgenröten über Städten, die

Noch nicht gebaut sind, auch

Ungeborene ihr, vernehmt

Meine Stimme jetzt, der ich gestorben bin

Und nicht ruhmvoll.

Sondern

Wie ein Bauer, der sein Feld nicht bestellt hat, und

Wie ein Zimmermann, der faul weggelaufen ist

Vom offenen Dachstuhl.

So habe ich

Meine Zeit versäumt, meine Tage verschwendet und nun

Muβ ich euch bitten

All das nicht Gesagte zu sagen

All das nicht Getane zu tun und mich

Schnell zu vergessen, ich bitt euch, damit nicht

Mein schlechtes Beispiel auch euch noch verführe.

Ach, warum saβ ich doch

Am Tisch der Unfruchtbaren, mitessend das Mahl

Das sie nicht bereitet hatten?

Ach, warum mischte ich

Meine besten Worte in ihr

Müβiges Geschwätz? Aber drauβen

Gingen die Unbelehrten

Dürstend nach Belehrung.

Ach, warum

Steigen meine Lieder nicht auf von den Orten, wo

Die Städte genährt werden, dort, wo sie Schiffe bauen, warum

Steigen sie nicht aus den schnell fahrenden

Lokomotiven der Züge wie Rauch, der

Im Himmel zurückbleibt?

Weil meine Rede

Den Nützlichen und Schaffenden

Wie Asche im Mund ist und trunknes Gestammel.

Nicht ein Wort

Weiβ ich für euch, ihr Geschlechter kommender Zeiten

Nicht einen Hinweis mit unsicherem Finger

Könnt ich euch geben, denn wie

Könnte den Weg weisen, der

Ihn nicht gegangen ist!

Also verbleibt mir, der ich mein Leben

So vergaudet habe, nur, euch aufzufordern

Kein Gebot zu achten, das aus unserem

Faulen Maule kommt, und keinen

Rat entgegenzunehmen von denen, die

So versagt haben, sondern

Nur aus euch heraus zu bestimmen, was euch

Gut ist und euch

Hilft, das Land zu bebauen, das wir verfallen lieβen, und

Die wir verpesteten, die Städte

Bewohnbar zu machen.

Ustedes, jóvenes de los tiempos venideros y

del nuevo rojo amanecer sobre las ciudades

que están aún por construirse, también ustedes

que aún no han nacido, escuchen

hoy mi voz, que muero sin gloria.

Más bien,

como un campesino que no ha cultivado sus tierras y

como un carpintero haragán que ha dejado

las tejas del techo a medio poner,

así he desaprovechado

mi tiempo y despilfarrado mis días, y ahora

debo pedirles

que digan todo lo que no se ha dicho,

que hagan todo lo que no se ha hecho, y que

me olviden deprisa, les pido, para que

mi mal ejemplo no los seduzca.

¡Ay! ¿Por qué me senté

a la mesa de los estériles, compartiendo la comida

que no habían preparado?

¡Ay! ¿Por qué mezclé

mis mejores palabras en sus peroratas superfluas? Cuando afuera

iban los indoctos

sedientos de instrucción.

¡Ay!, ¿por qué

mis cantos no provienen de los lugares donde

las ciudades se nutren, allá, donde construyen barcos?, ¿por qué

no descienden de las locomotoras del tren

veloces y viajeras, iguales al humo

que se queda detrás en el cielo?

Pues a los útiles y creadores,

mi plática

les sabe a ceniza en la boca y a tartamudeo de borracho.

Ni una palabra

tengo para ustedes, generaciones de tiempos venideros,

ni una advertencia acompañada de un dedo inseguro

podría darles, pues ¡cómo

podría conocer el camino quien

no lo ha recorrido!

Entonces a mí, que tanto he malgastado

la vida, solo me queda exhortarlos

a no respetar ningún precepto que venga

de nuestros hocicos podridos y

a no recibir

ningún consejo de quienes

así han fracasado, sino solo

a que decidan qué

es bueno para ustedes y qué los puede ayudar

a cultivar la tierra que nosotros abandonamos y

contaminamos; les queda hacer habitables

las ciudades.

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