“La próxima vez el fuego” de James Baldwin

Una idea recurrente en la ideología neoliberal es que el arte no debe ser político. Para los neoliberales, si una obra muestra abiertamente una perspectiva política o invita a una discusión de este tipo se “ensucia” o se vuelve propaganda. Sin embargo, es difícil encontrar una obra literaria de mérito que no refleje una postura política y ética de manera implícita o, explícita como es el caso de La próxima vez el fuego (1963) de James Baldwin. Pocos autores norteamericanos han logrado una consistencia similar a la de Baldwin: sus novelas, ensayos, cuentos y obras de teatro (entre otros géneros que cultivó) son admirables. El libro que nos ocupa, del cual hay una traducción al español editada por Editorial Sudamericana en Buenos Aires en 1964, es un referente obligado al hablar de las luchas por los derechos humanos de la comunidad afroamericana del siglo veinte y lo que va del veintiuno.

El libro se divide en dos cartas abiertas. En la primera –y más breve– Baldwin se dirige a su sobrino. Se titula “Carta a mi sobrino en el centésimo aniversario de la emancipación”. En ella Baldwin expone los puntos esenciales que todo joven afroamericano debe conocer para tomar acciones concretas sobre una situación que parece irremediable. No se trata tanto de una denuncia del racismo (que va implícita en todo texto de James Baldwin) como de un llamado a la juventud a no dejarse someter por una serie de fuerzas que les han hecho creer que la violencia, la miseria y la humillación son su destino. La segunda parte que simplemente se titula “Carta desde una cierta región de mi mente”, no tiene un destinatario específico. Sin embargo, está dirigida a cualquier persona interesada en una explicación histórica del contexto de los afroamericanos en el momento de la publicación del libro y, por extensión lamentable, en el presente. El autor no se limita a una exposición más de los horrores del racismo, aunque la mención de la violencia que lo conforma es inevitable, Baldwin ofrece puntos de vista deslumbrantes sobre el asunto. Analiza cómo a pesar de la crueldad, de la aberración que es el concepto mismo de negritud –pues Baldwin demuestra que el apelativo “negro” es una invención de los colonizadores– los blancos solo proyectan en los afroamericanos sus propios traumas y temores y por ello son dignos de compasión. Odiarlos como a un grupo es natural desde quienes han vivido sometidos y vejados por ellos, los blancos, los poderosos, pero la solución, dice Baldwin, no es crear una nación dentro de otra. Esto lo dice a propósito del islam, que durante los años sesenta tuvo muchos adeptos afroamericanos en Estados Unidos y que, según el autor, buscaban la venganza más que nada y la supremacía de la comunidad afroamericana. Dice Baldwin:

A los afroamericanos de este país –y los afroamericanos no existen, estricta o legalmente hablando, en ningún otro– se les enseña realmente a despreciarse a sí mismos desde el momento en que abren los ojos al mundo. Este mundo es blanco y ellos son afroamericanos. Los blancos tienen el poder, lo que significa que son superiores a los afroamericanos (intrínsecamente, esto es: Dios lo decretó así), y el mundo tiene innumerables maneras de hacerte saber esta diferencia, de sentirla y temerla. Mucho antes de que el niño afroamericano perciba esta diferencia, y aún antes de que la entienda, ha empezado a reaccionar a ella, ha empezado a ser controlado por ella. Cada esfuerzo que hacen los padres para preparar a ese niño para un destino del que no pueden protegerlo, hace que ese niño secretamente, aterrorizado, empiece a esperar, sin saber que lo está haciendo, su misterioso e inexorable castigo. Debe ser “bueno” no solo para complacer a sus padres y no solo para evitar ser castigado por ellos; detrás de su autoridad se encuentra otro ser, sin nombre e impersonal, infinitamente más difícil de complacer y de una crueldad sin fondo. Y esto se filtra en la conciencia del niño a través del tono de voz de sus padres cuando lo exhortan, lo castigan o lo aman; en el tono de voz repentino e incontrolable por el miedo que se escucha en la voz de su madre o su padre cuando se ha desviado de algún límite particular. No sabe cuál es ese límite y no puede obtener ninguna explicación, lo cual es bastante aterrador, pero el miedo que oye en las voces de sus mayores es aún más aterrador. El miedo que escuché en la voz de mi padre, por ejemplo, cuando se dio cuenta de que realmente yo creía que podía hacer cualquier cosa que un chico blanco pudiera hacer, y que tenía toda la intención de probarlo, no era para nada como el miedo que escuché cuando uno de nosotros estaba enfermo o se había caído por las escaleras o se había alejado demasiado de la casa. Era otro temor, un temor que el niño, al desafiar las suposiciones del mundo blanco, se ponía a sí mismo en el camino de la destrucción. Un niño no puede, gracias a Dios, saber cuán vasta y despiadada es la naturaleza del poder, con qué increíble crueldad se trata la gente. Reacciona al miedo en las voces de sus padres porque sus padres le sostienen el mundo y no tiene protección sin ellos. Me defendí, como imaginaba, del miedo que mi padre me hizo sentir al recordar que era muy anticuado. Además, me enorgullecía del hecho de que ya sabía cómo burlarlo. Defenderse de un miedo es simplemente asegurarse de que un día será conquistado por él; los miedos deben ser enfrentados. En cuanto al ingenio, no es cierto que uno pueda vivir de acuerdo a él… no, es decir, si uno desea vivir realmente. Ese verano, en todo caso, todos los miedos con los que había crecido, y que ahora eran parte de mí y controlaban mi visión del mundo, se alzaron como un muro entre el mundo y yo, y me llevaron a la iglesia[1].

En efecto, Baldwin escapó del mundo de la drogadicción y de la prostitución gracias a que encontró un refugio en la iglesia católica. Se hizo seminarista y no fue sino hasta que descubrió que dentro de la propia Iglesia, aquello que lo atemorizaba y lo hacía más vulnerable ante las amenazas de la violencia causada por el racismo, se replicaban del mismo modo que afuera de ella, porque a final de cuentas el tema tenía que ver tanto con la lucha de clases como con las diferencias del color de piel. Dice Baldwin:

Entonces, ¿el Cielo iba a ser simplemente otro gueto? Quizás podría haber sido capaz de reconciliarme incluso con esto si hubiera sido capaz de creer que había alguna bondad amorosa en el refugio que representaba. Pero había estado en el púlpito demasiado tiempo y había visto demasiadas cosas monstruosas. No me refiero solo al hecho evidente de que el ministro finalmente adquiere casas y Cadillacs mientras los fieles continúan trapeando los pisos y dejan caer su dinero en la charola del diezmo. Realmente quiero decir que no había amor en la Iglesia. Era una máscara para el odio, el odio a sí mismo y la desesperación. El poder transfigurador del Espíritu Santo terminaba cuando el servicio terminaba, y la salvación se detenía en la puerta de la iglesia. Cuando nos dijeron que amáramos a todos, pensé que eso significaba a todos. Pero no. Solo se aplicaba a los que creían como nosotros, y no se aplicaba a los blancos en absoluto. Un ministro me dijo, por ejemplo, que nunca debería, en ningún transporte público, bajo ninguna circunstancia, levantarme y cederle mi asiento a una mujer blanca. Los hombres blancos nunca les habían cedido el asiento a las mujeres negras. Bueno, eso era bastante cierto, en general… entendí lo que quería decir. Pero ¿cuál era el punto, el propósito de mi salvación si no me permitía comportarme con amor hacia los demás, sin importar cómo se comportaran conmigo? Lo que los demás hacían era su responsabilidad, por la que responderían cuando sonara la trompeta del juicio final. Pero lo que yo hacía era mi responsabilidad, y también tendría que responder, a menos que, por supuesto, hubiera también en el Cielo una dispensa especial para el afroamericano ignorante, que no debía ser juzgado de la misma manera que los otros seres humanos, o los ángeles. Probablemente se me ocurrió en esta época que la visión que la gente tiene del mundo venidero no es más que un reflejo, con previsibles distorsiones de deseo, del mundo en el que viven. Y esto no se aplicaba solo a los afroamericanos, que no eran más “simples” o “espontáneos” o “cristianos” que cualquier otro; que eran simplemente más oprimidos. De la misma manera que nosotros, para los blancos, éramos los descendientes de Ham, y fuimos maldecidos para siempre, los blancos eran, para nosotros, los descendientes de Caín. Y la pasión con la que amamos al Señor era una medida de lo profundamente que temíamos y desconfiábamos y, al final, odiábamos siempre a casi todos los extraños y nos evitábamos y despreciábamos a nosotros mismos.

Hacia el final del libro, Baldwin nos presenta una visión poco escuchada en la actualidad sobre cómo podemos mirar una historia de opresión para que no se quede solo en eso. Sin la intención de volver romántico el sufrimiento, pues sería una ofensa para millones de personas en el mundo, Baldwin se atreve a mirar más allá del dolor y de la rabia; se atreve a invitarnos a ir más allá de eso, no para sustituir la lucha y la denuncia por ideales tan frágiles como la nobleza, sino para asumir nuestra verdadera condición y transformarla de fondo.

Este pasado, el pasado del afroamericano, de soga, fuego, tortura, castración, infanticidio, violación; muerte y humillaciones; miedo de día y de noche, un miedo tan profundo como la médula del hueso; duda de que fuera digno de la vida, ya que todos los que le rodeaban se la negaban; él sentía pena por sus mujeres, por sus padres y familiares, por sus hijos, que necesitaban de su protección y a los que no podía proteger; rabia, odio y asesinato, un odio tan profundo hacia los hombres blancos que a menudo se volvía contra él y los suyos, y hacía imposible todo amor, toda confianza, toda alegría. Este pasado, esta lucha interminable para lograr y revelar y confirmar una identidad humana, la autoridad humana contiene, sin embargo, a pesar de todo su horror, algo muy hermoso. No quiero ser sentimental con respecto al sufrimiento –una dosis suficiente de sufrimiento es tan buena, sin duda, como un festín– pero la gente que no puede sufrir nunca puede crecer, nunca puede descubrir quién es. El hombre que se ve obligado cada día a arrebatar su hombría, su identidad, del fuego de la crueldad humana que se ensaña en destruirla sabe, si sobrevive a su esfuerzo, e incluso si no sobrevive, algo sobre sí mismo y la vida humana que ninguna escuela de la tierra –y, de hecho, ninguna iglesia– puede enseñar. Alcanza su propia autoridad y eso es inquebrantable. Esto es porque para salvar su vida se ve obligado a mirar por debajo de las apariencias, a no dar nada por sentado, a escuchar el significado de las palabras. Si uno está continuamente sobreviviendo a lo peor que la vida puede traer, uno deja, al cabo de un tiempo, de estar controlado por el miedo a lo que la vida puede traer; lo que sea que traiga debe soportarse. Y en este nivel de experiencia la amargura de uno comienza a ser aceptable, y el odio se convierte en un costal demasiado pesado para cargarlo. La aprehensión de la vida aquí tan breve e inadecuadamente esbozada ha sido la experiencia de generaciones de afroamericanos y ayuda a explicar cómo han soportado y cómo han sido capaces de producir niños en edad de jardín de infantes que pueden caminar a través de las multitudes para llegar a la escuela. Requiere gran fuerza y gran astucia continuamente para asaltar la poderosa e indiferente fortaleza de la supremacía blanca, como los afroamericanos en este país han hecho durante tanto tiempo. Requiere una gran resistencia espiritual para no odiar al que odia con el pie en el cuello, y un milagro aún mayor de percepción y caridad para no enseñar a tu hijo a odiar. Los niños y niñas afroamericanos que se enfrentan a las turbas hoy en día provienen de una larga línea de aristócratas inverosímiles –los únicos aristócratas genuinos que este país ha producido. Digo “este país” porque su marco de referencia era totalmente estadounidense. Estaban tallando en la montaña de la supremacía blanca la piedra de su individualidad. Tengo un gran respeto por ese ejército olvidado de hombres y mujeres afroamericanos que caminaban por los callejones y entraban por las puertas traseras, diciendo “Sí, señor” y “No, señora” para adquirir un nuevo techo para la escuela, nuevos libros, un nuevo material de química para los niños, más camas para los dormitorios, más dormitorios. No les gustaba decir “Sí, señor” y “No, señora”, pero el país no tenía prisa por educar a los afroamericanos, estos hombres y mujeres sabían que el trabajo tenía que hacerse, y metían su orgullo en los bolsillos para hacerlo. Es muy difícil creer que fueran inferiores a los hombres y mujeres blancos que les abrían las puertas traseras de sus casas. Es muy difícil creer que esos hombres y mujeres, criando a sus hijos, comiendo sus verduras, exclamando sus maldiciones, llorando sus lágrimas, cantando sus canciones, haciendo el amor, al salir y al ponerse el sol, fueran de alguna manera inferiores a los hombres y mujeres blancos que se acercaban sigilosamente a compartir esos esplendores después de que el sol se ponía. Pero hay que evitar el error europeo; no hay que suponer que, por el hecho de que la situación, los modos, las percepciones de los afroamericanos difirieran tan radicalmente de las de los blancos, fueran racialmente superiores. Estoy orgulloso de estas personas no por su color de piel, sino por su inteligencia, su fuerza espiritual y su belleza. El país debería estar orgulloso de ellos también, pero, por desgracia, no hay mucha gente en este país que sepa de su existencia. Y la razón de esta ignorancia es que el conocimiento del papel que estas personas jugaron y juegan en la vida de Estados Unidos revelaría a los estadounidenses más de lo que ellos desean saber.

El miedo a la autocrítica es, en el fondo, el miedo a la verdad, a mirarnos como realmente somos. Sin embargo, ¿cómo podríamos comenzar a resolver nuestros problemas fundamentales, aquellos que calan más hondo y a los que calificamos de inexplicables, si no nos miramos como realmente somos ahora? Las respuestas más fáciles a la opresión son el odio, el resentimiento y más violencia. Nada más natural. Con todo, James Baldwin –desde el centro de un grupo social que tal vez ha experimentado como ningún otro la violencia, la crueldad y la opresión– nos invita a exigir justicia para trascender el odio y no a actuar desde ese mismo odio porque hemos visto que no resuelve nada y que no tiene futuro. La exigencia del cumplimiento de los derechos humanos de cualquier persona –y en particular de los grupos minoritarios– puede mirarse como una lucha por la venganza, pero también como una oportunidad para exigir justicia y reparación de daños. Esto sin perder de vista que dicha justicia es apenas el comienzo, no el fin. El fin último le corresponde a cada uno; cada uno habrá de encontrar cómo trascender el odio, el resentimiento y la tristeza.

Suscríbete para recibir recomendaciones de libros en tu correo electrónico:


[1] Las traducciones de las citas textuales en este artículo son mías.

“Milkman” de Anna Burns

Reseña del libro Milkman (2019) de Anna Burns. Traducido al español por Maia Figueroa Evans, editorial Alianza[1].

Milkman podría no haber ganado el premio Booker en 2018 y eso no afectaría en nada su importancia y su enorme riqueza. Se trata de una novela en la que su autora se ha puesto varios retos y los ha conquistado todos. Algunos son de tipo formal, como veremos, y otros son más personales. Con esta novela Burns ha querido contar una parte de su historia y, al mismo tiempo, una parte de la historia de muchas personas que lamentablemente podrían identificarse con ella. Anna Burns creció en Belfast durante una época conocida como The Troubles, los problemas, un eufemismo para nombrar casi treinta años de violencia rampante, bombas, terrorismo, y todas las atrocidades propias de un estado totalitario y una guerrilla de la que no se salvaron ni los perros.

Con todo, Burns no ha querido nombrar de manera directa su ciudad, Belfast, ni tampoco les ha dado nombre a sus personajes. Este es uno de los retos formales a los que me referí un poco antes. Y el resultado es magnífico. Nunca es un problema en la lectura identificar a quién se refiere la narradora; por el contrario, los sobrenombres que utiliza son de una gran precisión. Y es un gran hallazgo este recurso, porque los nombres, en el contexto de la historia de la protagonista y por extensión de la autora, tenían mucho peso. A alguien se le podía acusar de traidor si nombraba a su hija o hijo con algún nombre prohibido; es decir, algún nombre que “perteneciera” a personas de la religión contraria o a aquel país que estaba del otro lado del mar. Existían listas al respecto, como apunta la narradora anónima de la novela:

Los nombres prohibidos eran: Nigel, Jason, Jasper, Lance, Percival, Wilbur, Wilfred, Peregrine, Norman, Alf, Reginald, Cedric, Ernest, George, Harvey, Arnold, Wilberine, Tristram, Clive, Eustace, Auberon, Felix, Peverill, Winston, Godfrey, Héctor, junto con Hubert, un primo de Héctor, tampoco están permitidos. Tampoco lo estaban Lambert o Lawrence o Howard o los otros Laurence o Lionel o Randolph porque Randolph era como Cyril que era como Lamont que era como Meredith, Harold, Algernon y Beverley. Myles tampoco estaba permitido. Tampoco Evelyn, Ivor, Mortimer, Keith, Rodney, Roger, Earl of Rupert, Willard, Simon, Sir Mary, Zebedee o Quentin, aunque quizás ahora Quentin, debido a que el cineasta se desempeñaba bien en Estados Unidos en esa época. O Albert. O Troya. O Barclay. O Eric. O Marcus. O Sefton. O Marmaduke. O Greville. O Edgar porque todos esos nombres no estaban permitidos. Clifford era otro nombre no permitido. Lesley tampoco lo estaba. Peverill estaba prohibido dos veces (23-4).

Decía que de la violencia de esta época no se salvaron ni los perros, porque, en efecto, la protagonista narra una matanza de perros ocurrida a manos del ejército en un acto que buscaba intimidar a la población. La narradora describe esta matanza y se concentra al final en un perro en particular; uno que se había mostrado cariñoso con los militares. Esto en un intento de comprender cómo la violencia se había adueñado de todo.

Lo supe inmediatamente, ¡Dios mío! ¡Era verdad! ¡Por eso lo mataron! ¡Lo mataron porque el perro fue cariñoso con ellos! […] Lo mataron porque […] no podían soportar ser queridos, no podían soportar la inocencia, la franqueza, la apertura, la indefensión y un afecto y una pureza tales; era tanto cariño que había que acabar con el perro y sus cualidades. No podían soportarlo. Tenían que matarlo. Probablemente ellos mismos habrían visto esto como defensa propia. Y ese era el problema con la gente luminosa. Tomemos un grupo de individuos que no eran luminosos, tal vez una comunidad entera, una nación entera, o tal vez sólo una estatua inmersa a largo plazo en los planos físico y energético en las energías mentales oscuras; condicionados también, a través de años de sufrimiento personal y comunitario, historia personal y comunitaria, a estar sobrecargados con la pesadez y la tristeza y el miedo y la ira – bueno, estas personas no podían, ni por asomo, estar abiertas a cualquier señal luminosa de una persona que entrara en su entorno y brillara sobre ellos así como así. En cuanto al medio ambiente, eso también se opondría, respaldando el pesimismo de su gente, que fue lo que ocurrió donde yo vivía, donde todo el lugar parecía estar siempre en la oscuridad. Era como si las luces eléctricas estuvieran apagadas, siempre apagadas, aunque el atardecer ya había pasado, así que deberían haber estado encendidas, pero nadie las encendía y nadie se daba cuenta tampoco, no estaban encendidas. Todo esto también parecía normal, lo que significaba que parte de la normalidad aquí era esta constante y no reconocida lucha por ver. Sabía incluso de niña – tal vez porque era una niña – que esto no era realmente físico; sabía que la impresión de un paño mortuorio, de alguna cualidad distorsionada de la luz tenía que ver con los problemas políticos, con las heridas que habían llegado, los problemas que se habían construido, con la pérdida de la esperanza y la ausencia de confianza y con una incapacitación mental sobre la que nadie parecía estar preparado o ser capaz de prevalecer. El propio entorno físico de entonces, en connivencia con, o como resultado de, la oscuridad humana que se descargaba en él, no fomentaba por sí mismo la luz. En lugar de ello, el lugar estaba hundido en una larga y melancólica historia, hasta el punto en que la persona verdaderamente luminosa que llegaba a esta oscuridad corría el riesgo de no sobrevivir en ella, de tener su propio brillo sumergido en ella y, en algunos casos – si la persona era vista como intolerablemente extra-brillante y extra-luminosa – podría incluso llegar al punto de que ese individuo tuviera que perder su vida física. En cuanto a los que vivían en la oscuridad, que durante mucho tiempo estuvieron en sintonía con la certeza de la oscuridad, esto tampoco era cualquier cosa para ellos. ¿Qué pasa si aceptamos estos puntos de luz, su translucidez, su brillo; qué pasa si nos permitimos disfrutar de esto, dejamos de temerlo, nos acostumbramos a eso; qué pasa si llegamos a creer en eso, a esperarlo, a impresionarnos por eso; qué pasa si tomamos la esperanza y renunciamos a nuestra antigua herencia y en su lugar, e infundidos, comenzamos a arrastrarnos con ella, con nosotros mismos para luego irradiarla; qué pasa si hacemos eso, nos educamos hasta ese punto, y luego, así como así, la luz se apaga o es arrebatada? Por eso no había mucha gente luminosa en lugares abrumadores y consistentes con el miedo y la pena (89-90).

Pero como buena novela, en Milkman hay varios registros. Otro reto formal de Anna Burns que resuelve magníficamente es el uso del flujo de conciencia como discurso narrativo. Es complejo lograr matices y un lenguaje polifónico al emplear una técnica como el flujo de conciencia, pero ella lo logra y a ratos lo hace entrañable. La narradora tiene varios hermanos y hermanas, como la gran mayoría de los personajes de la época. Ella, es la hermana del medio, y después siguen tres pequeñas hermanas superdotadas, que a pesar de su edad leen y estudian temas de enorme complejidad. Sin embargo, no dejan de ser niñas. Aquí un ejemplo de una manera en que la narradora le presenta al lector algo del carácter de estas niñas quienes siempre interactúan al unísono.

“Haces preguntas un tanto peculiares, hija”, me respondió mamá. “No tan peculiares como las que hacen las hermanitas”, dije, “y las respondes como si fueran preguntas normales”, por ejemplo, las del desayuno. “Mami”, dijeron, “si una mujer fuera excesivamente deportista y esta cosa llamada menstruación se detuviera dentro de ti porque fueras excesivamente deportista” – las hermanas pequeñas habían descubierto recientemente la menstruación en un libro, pero aún no a través de la experiencia personal – “entonces dejaras de ser excesivamente deportista y si tu menstruación regresara, significaría que tendrías tiempo extra de menstruación para compensar la brecha de no haberla tenido cuando deberías haberla tenido sólo que no podías porque tu deportividad estaba bloqueando la producción de tu hormona estimulante de folículos, también bloqueando la hormona luteinizante para que no instruya al estrógeno a estimular el revestimiento del útero en espera de que el óvulo sea fecundado, con la consiguiente insuficiencia de hormonas y estrógenos que impiden la liberación del óvulo a ser fecundado o – en caso de que el óvulo sea liberado pero no fecundado – a la degeneración del cuerpo lúteo y la descamación del endometrio o, Mami, ¿tu menstruación se detendría en el momento en que fue programada biológicamente para detenerse sin importar los meses o años de deportividad excesiva cuando tu menstruación no había llegado? ’ Ma me dijo que sí, que trataba las preguntas de las hermanitas como si fueran preguntas normales, pero que las hermanitas eran las hermanitas – incluso sus profesores lo decían – lo que significa que siempre debían ser extrañas en sus preguntas y en la adquisición de conocimientos, mientras que yo, dijo, al ser de una cerebración diferente a las hermanitas, esperaba que yo ya hubiera crecido y dejado todo eso atrás (83-4).

Aunque la mayor parte de la novela se centra en los hechos que le ocurren a la protagonista en un lapso de pocas semanas, cuando ella tiene poco más de dieciocho años de edad y está siendo acosada por un paramilitar al que apodan Milkman, hay reflexiones sobre la manera en que ella y otros niños de su comunidad habían crecido. Los acosadores o abusadores sexuales de niñas estaban muchas veces, como suele ocurrir, dentro de las propias familias. Esto no impide que la autora logre una mezcla de humor y denuncia al mismo tiempo obteniendo así un logro más en la narrativa. Aquí un fragmento del momento en que la narradora cuenta cómo entre ella y una de sus hermanas mayores intentan prevenir a las hermanitas sobre cualquier acercamiento indebido que pueda tener uno de los cuñados de ellas, el “primer cuñado”.

Se trataba del campo sexual; ese hombre no sabía cómo participar en ningún otro campo. Por eso la tercera hermana y yo habíamos intentado hablar con las niñas. Las hermanitas, sin embargo, dijeron que no necesitaban que les advirtiéramos de algo febril, impulsivo y codicioso sobre el primer cuñado. Dijeron que él tenía una neurosis compulsiva enfermiza y que era muy evidente para todos. “Sólo que, ¿a nosotras qué nos importa?”, añadieron. “¿Por qué vienes a nosotros, diciéndonos esto, advirtiéndonos de nuestro primer cuñado?” “Si intenta algo,” dijo la tercera hermana. ¿Intentar qué?’, dijeron. “Aunque les hable de forma aparentemente inocente sobre el tema, digamos, de la Revolución Francesa…” “¿Qué aspecto de la Revolución Francesa?” “Cualquier aspecto”, dijo la tercera hermana. “O”, continuó ella, “si él trata de tener una discusión sobre esa teoría científica marginada que ustedes tres tienen, la de la multi-turbulencia hidrotermal”… “Estás haciendo un esbozo incorrecto de eso, tercera hermana”, dijeron las hermanitas. “Lo que la tercera hermana quiere decir”, interrumpí, “es que si él se une a la desaprobación de Demóstenes de Alcibíades, o si aparece de pronto y trata de exponer la tesis de que Francis Bacon era en realidad William Shakespeare, lo que ella quiere decir…” “¡Nosotras sabemos lo que significa exponer estas tesis!”, contestaron las hermanitas. “Lo que la hermana de en medio está diciendo”, dijo la tercera hermana, “es que si él se mete en una exposición sumaria sobre la firma de Guy Fawkes antes de ser torturado y la firma de la confesión de Guy Fawkes después de ser torturado, eso significa que…” “¡Sabemos lo que significa una exposición sumaria!”, replicaron ellas. Miren, hermanitas, el punto es, dije, si él trata de atraerlas con el pretexto de algo – ciencia, arte, literatura, lingüística, antropología social, matemáticas, política, química, el tracto intestinal, eufemismos inusuales, contabilidad de doble entrada, las tres divisiones de la psique, el alfabeto hebreo, el nihilismo ruso, el ganado asiático, la porcelana china del siglo XII, la unidad japonesa – “No entendemos”, gritaron las hermanitas. “¿Qué hay de malo en hablar de esas cosas?” “Lo malo es que no se dejen engañar”, dijo la tercera hermana. “Nada de eso será el asunto, no será lo que él realmente busca”. Pero, ¿cuál es el asunto entonces? ¿Qué es lo que realmente busca? ¿Qué es lo que quieren decir ustedes dos?”, dijeron las hermanitas. Pudimos ver, la tercera hermana y yo, que lejos de tranquilizar y proteger a las niñas, las habíamos alarmado y asustado. La tercera hermana dijo entonces: “Será algo abusivo, sexualmente invasivo, una cosa violenta y espeluznante, siempre algo verbal, pero pensándolo bien, no importa. Ustedes tres son demasiado jóvenes para saber de eso todavía” (211-2).

En suma, Milkman de Anna Burns es una novela en la que confluyen una visión femenina, íntima, con la visión de toda una comunidad durante una época violenta (los llamados Troubles en Irlanda del Norte que comenzaron a fines de los años sesenta y terminaron casi treinta años después). Al mismo tiempo es una novela de formación, una historia en la que a pesar de las dificultades hay siempre tiempo para la ternura, el buen humor, la sexualidad, la imaginación y la destreza narrativa.

Suscríbete para recibir recomendaciones de libros en tu correo electrónico:


[1] La edición consultada para esta reseña es: Anna Burns (2019). Milkman. Faber & Faber. Libro electrónico. Las citas son traducciones propias.

“Podemos salvar el mundo antes de cenar” de Jonathan Safran Foer

El libro que nos ocupa ahora se llama en inglés We are the Weather (Somos el clima) pero la editorial Seix Barral optó por titularlo Podemos salvar el mundo antes de cenar, y fue traducido al español por Lorenzo Luengo Regalado. Se trata de un ensayo dividido en varios capítulos breves. Esta extensión, deliberada o no de parte de Jonathan Safran Foer, el autor, es uno de los grandes aciertos del libro. El tema central, del que hablaremos un poco más adelante aunque su importancia y pertinencia sean enormes, aún requiere de rodeos para ser atajado y expuesto. Y es que no es fácil hablar de ello sin encender todo tipo de reacciones viscerales instantáneamente. Algo, sin embargo, hay que adelantar. Es un tema que involucra la subsistencia de los seres humanos. Al menos en este planeta. Dice Safran Foer: “La verdad es que no me importa la crisis planetaria, no a nivel de creencia. Hago esfuerzos para superar mis límites emocionales: Leo los informes, veo los documentales, asisto a las marchas. Pero mis límites no se mueven”. Creo que no es difícil identificarse con estas palabras de Safran Foer. Podemos saber que el cambio climático es una bomba de tiempo que dará fin a la mayor parte de la humanidad, pero no sentirlo realmente. O incluso creer que eso poco que hacemos no implica una diferencia importante. Y es que no es fácil actuar cuando lo que está en juego es hacer un cambio radical. Como él mismo reconoce, “cuando se necesita un cambio radical, muchos argumentan que es imposible que las acciones individuales lo lleven a cabo, por lo que es inútil que alguien lo intente. Esto es exactamente lo contrario de la verdad: la impotencia de la acción individual es una razón para que todos lo intenten”. Precisamente porque la urgencia es planetaria, el cambio requiere de la participación de todos. Aquí algo más de lo que dice Safran Foer en su libro:

Según un análisis de 2017, el reciclaje y la plantación de árboles se encuentran entre las opciones personales más recomendadas para combatir el cambio climático, pero no son “de alto impacto”: son sentimientos más que acciones. Entre otras acciones que se consideran importantes pero que no son de alto impacto: instalar paneles solares, ahorrar luz, comer localmente, hacer composta, lavar la ropa con agua fría y secarla en la cuerda floja, ser sensible a las cantidades y tipos de embalaje, comprar alimentos orgánicos, sustituir un coche convencional por uno híbrido.

Y es que la intención del autor de Podemos salvar el mundo antes de la cena no es minimizar estos esfuerzos que cada vez más personas realizan por contribuir a mitigar los efectos del cambio climático. Se trata de mostrarnos la magnitud del problema en primer lugar, para después atajar la única solución que tenemos a la mano y después reconocer las enormes dificultades que tendremos para llevarlas a cabo.

El objetivo del acuerdo de París [continúa Safran Foer] de mantener el calentamiento global por debajo de los 2 grados centígrados, considerado un objetivo ambicioso, es apenas el borde exterior del cataclismo. Incluso si somos capaces de lograrlo milagrosamente, los modelos estadísticos recientes sitúan la probabilidad en un 5%, estaremos viviendo en un mundo mucho menos hospitalario que el que conocemos, y muchos de los cambios que se pongan en marcha serán, en el mejor de los casos, irreversibles y, en el peor, auto-amplificados. Si desafiamos las grandes probabilidades y limitamos el calentamiento global a 2 grados: – El nivel del mar subirá 49 cm. inundando las costas de todo el mundo. Dhaka (población de 18 millones), Karachi (15 millones), Nueva York (8,5 millones) y docenas de otras metrópolis serán de facto inhabitables; se prevé que 143 millones de personas se conviertan en migrantes climáticos. – Se estima que los conflictos armados aumentarán en un 40 por ciento debido al cambio climático. – Groenlandia se derretirá. – Entre el 20 y el 40 por ciento del Amazonas será destruido. […] La mortalidad humana aumentará drásticamente debido a las olas de calor, las inundaciones y las sequías. Habrá un aumento desenfrenado del asma y otras enfermedades respiratorias. El número de personas en riesgo de contraer malaria aumentará en varios cientos de millones. – Cuatrocientos millones de personas sufrirán de escasez de agua. – Los océanos más cálidos dañarán irreparablemente el 99 por ciento de los arrecifes de coral, alterando los ecosistemas para nueve millones de especies. – La mitad de todas las especies animales se enfrentarán a la extinción. – Un total del 60 por ciento de todas las especies de plantas se enfrentará a la extinción. – El rendimiento del trigo se reducirá en un 12 por ciento, el del arroz en un 6,4 por ciento, el del maíz en un 17,8 por ciento y el de la soya en un 6,2 por ciento. – Se estima que el PIB mundial per cápita disminuirá en un 13 por ciento. Estas son algunas estadísticas preocupantes, cuyo impacto emocional es poco probable que sobreviva hasta el final de esta frase. Es decir, el horrible futuro que describen será reconocido por la mayoría de los lectores de este libro y creído por pocos. Comparto estas cifras con la esperanza de que ustedes las crean. Pero yo no las creo.

Y es que tener información no significa aceptarla ni mucho menos asimilarla. Saber todo lo anterior no conduce necesariamente a querer remediarlo. De hecho, entre los muchos intelectuales que tocan estos temas es perceptible la falta de compromiso y de empatía con lo que todo esto representa. Están más prontos al arrebato o a la negación que a la necesidad de escuchar y actuar de manera urgente para salvar –ya no nuestra forma de vida actual– sino alguna forma de vida en que los seres humanos no se extingan.

Este es un libro [dice Safran Foer revelando el misterio de su tema central] sobre los impactos de la agricultura animal en el medio ambiente. Sin embargo, [continúa el novelista] me las he arreglado para ocultar que de esto se trata durante las sesenta y tres páginas anteriores. Me he alejado del tema por […] miedo a que sea una batalla perdida de antemano […] Las conversaciones sobre carne, lácteos y huevo hacen que la gente se ponga a la defensiva. Hacen que la gente se moleste. Nadie que no sea vegano está ansioso por hablar de eso, y la pasión con que los veganos hablan de esto puede ser contraproducente. Pero no tenemos ninguna esperanza de abordar el cambio climático si no podemos hablar honestamente sobre lo que lo está causando, así como nuestro potencial, y nuestros límites, para cambiar […] No podemos salvar el planeta a menos que reduzcamos significativamente nuestro consumo de productos animales.

Y añade Safran Foer:

Este libro es un argumento para un acto colectivo para comer de forma distinta, específicamente, para no comer productos animales antes de la cena. Es un argumento difícil de hacer, tanto porque el tema es muy tenso como por el sacrificio que implica. A la mayoría de la gente le gusta el olor y el sabor de la carne, los lácteos y el huevo. La mayoría de la gente valora el papel que los productos animales juegan en sus vidas y no están preparados para adoptar nuevas identidades alimenticias. La mayoría de la gente ha comido productos animales en casi todas las comidas desde que eran niños, y es difícil cambiar los hábitos de toda la vida, incluso cuando no están cargados de placer e identidad.

Una vez expuesto el tema central, el resto del libro es una suerte de montaña rusa. Safran Foer combina datos duros que no solo sustentan sino subrayan los argumentos de este autor norteamericano con momentos de auténtica reflexión personal escrita en una prosa clara y nunca condescendiente. ¿Qué significa para este autor ser contradictorio o sordo ante aquello que él mismo difunde? ¿Qué piensa que va a lograr con escribir un libro sobre este tema? ¿Cuánto de narcisismo habita en alguien que piensa que se puede provocar un cambio tan importante con la difusión de algunas palabras escritas o pronunciadas? Estas preguntas son respondidas a lo largo de este libro en donde el autor no sale ileso de su propio escrutinio. Hay un capítulo en que “dialoga” con su propia alma y otro en que confiesa haber comido hamburguesas de vez en cuando mientras estaba de gira de su libro anterior, un libro acerca del porqué debemos dejar de comer productos de origen animal.

Safran Foer mantiene un contrapunto en su discurso y nos habla también de lo que nuestros hábitos para comer representan a nivel global. Nos pide, por ejemplo, que analicemos el caso de Bangladesh,

el país que se considera más vulnerable al cambio climático [dice el autor]. Se estima que seis millones de bangladesíes ya han sido desplazados por desastres ambientales como ciclones tropicales, sequías e inundaciones, y se prevé que millones más se vean desplazados en los próximos años. Las subidas previstas del nivel del mar podrían inundar alrededor de un tercio del país, desarraigando entre 25 y 30 millones de personas. Sería fácil escuchar esa cifra y no sentirla. Cada año, el Informe sobre la Felicidad en el Mundo clasifica a los cincuenta países más felices del mundo en función de cómo los encuestados califican sus vidas, desde “la mejor vida posible” hasta “la peor vida posible”. En 2018, clasificó a Finlandia, Noruega y Dinamarca como los tres países más felices del mundo. […] La población combinada de Finlandia, Noruega y Dinamarca es aproximadamente la mitad de la cantidad de refugiados climáticos de Bangladesh que se espera. Pero esos treinta millones de bangladesíes que están amenazados con las peores vidas posibles no son un tema popular en la radio. Bangladesh tiene una de las huellas de carbono más pequeñas del mundo, lo que significa que es el menos responsable de los daños que más lo afligen. El bangladesí promedio es responsable de 0,29 toneladas métricas de emisiones de dióxido de carbono por año, mientras que el finlandés promedio es responsable de unas 38 veces eso: 11,15 toneladas métricas. Bangladesh también es uno de los países más vegetarianos del mundo, donde la persona promedio consume alrededor de 4 kilos de carne por año. En 2018, el ciudadano finlandés promedio consumió felizmente esa cantidad cada dieciocho días, y eso sin contar el consumo de mariscos. Millones de bangladesíes están pagando por un estilo de vida de recursos que ellos mismos nunca han disfrutado. Imagine que nunca ha tocado un cigarro en su vida, pero se ha visto obligado a absorber los gastos de salud de un fumador empedernido al otro lado del planeta. Imagine que el fumador se mantuviera sano y en la cima de la tabla de felicidad -fumando más cigarrillos cada año que pasa, satisfaciendo su adicción- mientras usted sufre de cáncer de pulmón. En todo el mundo, más de 800 millones de personas están subalimentadas y casi 650 millones son obesas. Más de 150 millones de niños menores de cinco años tienen un retraso en el crecimiento físico debido a la desnutrición. Esa es otra cifra que exige que nos detengamos un momento para pensar. Imagine que todos los que viven en el Reino Unido y Francia tuvieran menos de cinco años y no tuvieran suficiente comida para crecer adecuadamente. Esa es la cantidad. Tres millones de niños menores de cinco años mueren de desnutrición cada año. Un millón y medio de niños murieron en el Holocausto.

Estos son algunos de los datos del libro Salvemos el planeta antes de la cena de Jonathan Safran Foer. Por supuesto es muy probable que esta información no sea nueva para varios de ustedes. Tal vez en un artículo, en otro libro, en algún documental reciente hemos escuchado estas y otras cifras espeluznantes. Sin embargo, uno de los varios méritos de Safran Foer es reconocer que las cifras solo serán espeluznantes cuando nosotros las asimilemos. Cosa nada sencilla, pues nuestro primer impulso es la negación, el desdén o ambas cosas.

Las poblaciones humanas han llevado a otras poblaciones humanas al borde de la extinción en numerosas ocasiones a lo largo de la historia. Ahora la especie entera se amenaza a sí misma con un suicidio masivo. No porque nadie nos obligue a hacerlo. No porque no lo sepamos. Y no porque no tengamos alternativas. Nos estamos matando porque elegir la muerte es más conveniente que elegir la vida. Porque la gente que se suicida no es la primera en morir por ello. Porque creemos que algún día, en algún lugar, algún genio está destinado a inventar una tecnología milagrosa que cambiará nuestro mundo para que no tengamos que cambiar nuestras vidas. Porque el placer a corto plazo es más seductor que la supervivencia a largo plazo. Porque nadie quiere ejercer su capacidad de comportamiento intencional hasta que alguien más lo haga. Hasta que el vecino lo haga. Hasta que las compañías de energía y de automóviles lo hagan. Hasta que el gobierno federal lo haga. Hasta que China, Australia, India, Brasil, el Reino Unido, hasta que el mundo entero lo haga. Porque no nos damos cuenta de la muerte que causamos cada día. “Tenemos que hacer algo”, nos decimos unos a otros, como si recitar la línea fuera suficiente. “Tenemos que hacer algo”, nos decimos a nosotros mismos, y luego esperamos instrucciones que no están en camino. Sabemos que estamos eligiendo nuestro propio fin, pero simplemente no podemos creerlo.

Solo me resta invitarlos a leer este libro, Podemos salvar el planeta antes de la cena, a conocer más de una anécdota interesante sobre cómo nos hemos contado la Historia de la humanidad para tratar de no asumir nuestra responsabilidad en ella. Pero también a leer y a participar de una comunidad cada vez mayor de personas dispuestas a actuar ahora, a tomar partido en un momento de urgencia como el que habitamos.

Suscríbete para recibir recomendaciones de libros en tu correo electrónico:

“Perdida” de Gillian Flynn

El género policíaco es un arma de dos filos. Por un lado, hay tal abundancia de autores y obras de este género que es imposible seguirles la pista. Los motivos se repiten muy pronto y hacen que cientos –si no miles– de sus exponentes caduquen antes incluso de ser descubiertos. Desde el surgimiento de la novela negra, el recurso más utilizado por los autores del género policíaco ha sido el aumento de la violencia en sus obras. Con novelas cada vez más violentas, con tramas que giran alrededor de venganzas que solo buscan atrapar al lector por las vísceras es difícil encontrar la literatura en un conglomerado de sangre coagulada y vómito caliente. Por eso una novela como Perdida de Gillian Flynn, traducida al español por Óscar Palmer y publicada por editorial Debolsillo, resulta una bocanada de aire fresco.

Nick y Amy son un matrimonio que están a punto de celebrar su quinto aniversario cuando Amy desaparece. Todo indica que fue sustraída de su casa por la mañana, mientras Nick estaba ausente. Apenas avanza un poco la trama y Nick emerge como el principal sospechoso. El resto de la novela, por supuesto, consiste en averiguar qué pasó con Amy y cuál ha sido el verdadero papel de Nick en la desaparición de su esposa. Con una trama y una estructura sencillas, la escritora norteamericana Gillian Flynn ha construido una novela poderosa. Los personajes son creíbles –la autora los lleva a situaciones límites corriendo varios riesgos– y aunque la trama da algunos bandazos de verosimilitud, nunca se cae y mantiene al lector al filo de la butaca.

La estructura, como he mencionado antes, es muy sencilla: un capítulo es narrado por Nick y otro por Amy. Al principio hay un desfase temporal entre ambas narrativas para dar cuenta de cómo se conocieron estos personajes, cómo se enamoraron, cuándo y cómo decidieron mudarse de Nueva York a un pequeño pueblo al lado del río Misisipi, etc.

A medida que conocemos más sobre Amy y Nick podemos escuchar muy bien, entre líneas, algunas opiniones de la autora sobre la vida en pareja, sobre el oficio de la escritura, y sobre los lugares comunes dentro y fuera de la literatura popular, entre otras cosas. Nada está expresado de forma pretenciosa, y nada está fuera de lugar. Mientras descubrimos una trama que se despliega con un ritmo preciso, con un suspenso vertiginoso, dialogamos con Gillian Flynn sobre literatura, cine y las relaciones interpersonales. ¿Qué nos mueve?, ¿qué nos obsesiona? ¿Con cuánto empeño buscamos salir de la vida promedio solo para volver inútilmente a nuestro punto de partida?

A diferencia de muchas otras obras del género policíaco, Perdida no busca engancharnos con un recurso barato como apelar al morbo o a la violencia. Es claro que se trata de una obra de suspenso en donde una mujer ha desaparecido y hay formas de violencia presentes en la novela. Sin embargo, no hay, a mi juicio, violencia gratuita en las cerca de 400 páginas en las que Flynn teje con gran talento una trama inquietante.

Sabemos que la literatura policíaca es uno de los géneros literarios más antiguos y valorados. También sabemos que bajo este rubro se han clasificado grandes montañas de basura. Por ello los invito a descubrir por qué Perdida es una novela que se inscribe en esta tradición, en la que es cada vez más difícil explorar el lenguaje y las relaciones humanas alrededor del crimen y sus complejidades, en lugar de violentarnos durante páginas y páginas, y decir que eso es arte.

En los siguientes enlaces pueden escuchar un fragmento del audiolibro en español:

https://www.ivoox.com/perdida-gillian-flynn-audios-mp3_rf_12448087_1.html

Suscríbete para recibir recomendaciones de libros en tu correo electrónico:

“¿Quién domina el mundo?” de Noam Chomsky

La recomendación de esta semana es ¿Quién domina el mundo? de Noam Chomsky. Fue publicado en español en 2017 por Ediciones B en la traducción de Javier Guerrero.

A lo largo de este libro, Chomsky analiza y hace una fuerte crítica hacia el gobierno de los Estados Unidos desde diferentes ángulos. Sus intervenciones en Latinoamérica y Medio Oriente están bien documentadas, así como las consecuencias desastrosas que la injerencia norteamericana ha tenido en varias partes del mundo. También hace un ejercicio de crítica hacia el interior del periodismo y de la propagación de la información en ese país. Chomsky analiza el papel moral de los llamados intelectuales, de algunos medios de comunicación prestigiosos como el New York Times, expone no solo las motivaciones reales sino el costo humano y económico de guerras como la de Irak, y muestra la urgencia de actuar frente al cambio climático, entre varios otros asuntos que competen directamente al mundo entero y que él analiza bajo el tamiz intervencionista de Estados Unidos.

No son pocos los capítulos en donde Chomsky explora las relaciones que han establecido el Estado de Israel y Estados Unidos, por ejemplo, para hablar de la invasión de Israel a Palestina y mostrar cómo ha sido Israel quien una y otra vez se ha negado a la paz. Por cierto, si no han visto el documental Los diarios de Oslo, vale la pena que lo hagan porque confirma lo expuesto por Chomsky en este libro. Los acuerdos de Oslo, una serie de tratados que a fines de los años noventa se buscaba que se firmaran entre líderes de Israel y Palestina a escondidas de sus respectivos pueblos fueron saboteados por los israelitas y resultaron un fiasco. Dice Chomsky al respecto:

Así pues, Oslo II anuló la decisión de casi todo el mundo, y todas las autoridades legales relevantes, de que Israel no tiene derechos sobre los territorios ocupados en 1967 y que los asentamientos son ilegales. […] Oslo II implantó con mayor firmeza el logro fundamental de Oslo I: todas las resoluciones de Naciones Unidas sobre los derechos palestinos fueron derogadas, incluidas las relativas a la legalidad de los asentamientos, el estatus de Jerusalén y el derecho al retorno. Eso borró de un plumazo casi todo el historial de la diplomacia de Oriente Próximo, salvo la versión puesta en marcha en el «proceso de paz» dirigido unilateralmente por Estados Unidos. Los hechos fundamentales no solo se extirparon de la historia, al menos en las crónicas estadounidenses, sino que también se eliminaron de manera oficial.

Así han continuado las cosas hasta el día de hoy.

Como se señaló, era comprensible que Arafat saltara ante la oportunidad de debilitar la dirección palestina interna para intentar reafirmar su poder menguante en los territorios. Pero ¿qué creían exactamente que estaban logrando los negociadores noruegos? El único estudio serio de la cuestión del que tengo conocimiento es la obra de Hilde Henriksen Waage, que había sido comisionada por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Noruega para investigar el tema y a la que se le concedió acceso a archivos internos, solo para que hiciera el destacable hallazgo de que falta el registro del período crucial.

Waage observa que los Acuerdos de Oslo fueron ciertamente un punto de inflexión en la historia del conflicto Israel-Palestina, al tiempo que se establecía Oslo como «capital de la paz» mundial. «Se esperaba del proceso de Oslo que llevara paz a Oriente Próximo —escribe Waage—, pero para los palestinos, resultó en la parcelación de Cisjordania, la duplicación de colonos israelíes, la construcción de un paralizante muro de separación, un régimen de clausura draconiano y una separación sin precedentes entre la Franja de Gaza y Cisjordania».

Waage concluye de manera plausible que «el proceso de Oslo podría servir como ejemplo perfecto de los errores en el modelo de la mediación de un pequeño Estado como tercera parte en conflictos sumamente asimétricos» y, como expresa con crudeza, «el proceso de Oslo se desarrolló en terreno de Israel y Noruega actuó como su útil chico de los recados». Y continúa: «Los noruegos creían que por medio del diálogo y un gradual aumento de confianza se crearía una dinámica de paz irreversible que podría acercar el proceso hacia la solución. El problema con todo este enfoque es que la cuestión no es de confianza, sino de poder. El proceso de facilitación enmascara esa realidad. En el fondo, los resultados que pueden lograrse mediante la intermediación de una tercera parte débil no son más que lo que la parte fuerte permitirá […]. La cuestión que se plantea es si un modelo así puede ser adecuado».

Una buena pregunta, que merece plantearse, sobre todo cuando la opinión occidental bien formada adopta ahora la hipótesis ridícula de que es posible entablar negociaciones serías entre Israel y Palestina bajo los auspicios de Estados Unidos como «intermediario imparcial», cuando, en realidad, es desde hace cuarenta años socio de Israel en el bloqueo de un acuerdo diplomático que cuenta con un apoyo casi universal.

En otro capítulo, Chomsky aborda el tema del significado del 11 de septiembre. Si bien para la mayoría esta fecha está solo vinculada al ataque en contra de las Torres Gemelas de Nueva York, hay un 11 de septiembre previo del que pocos hablan ahora. Aquí está una parte de lo que Chomsky menciona en este libro:

EL SIGNIFICADO DEL 11-S

Si la responsabilidad de los intelectuales se refiere a su responsabilidad moral como seres humanos que pueden usar su privilegio y su estatus para defender las causas de la libertad, la justicia, la misericordia y la paz, y para denunciar no solo los abusos de nuestros enemigos, sino, de manera mucho más significativa, los crímenes en los cuales estamos implicados y que podemos mitigar o terminar si así lo decidimos, ¿cómo deberíamos pensar el 11-S?

La idea de que el 11-S «cambió el mundo» está ampliamente aceptada, lo cual es comprensible. Sin duda, los hechos de aquel día tuvieron consecuencias enormes a escala nacional e internacional. Una fue que llevó al presidente Bush a redeclarar la guerra de Reagan contra el terrorismo; la primera ha «desaparecido», por usar la expresión de nuestros asesinos y torturadores favoritos de Latinoamérica, presumiblemente porque sus resultados no encajan bien con nuestra imagen preferida. Otra consecuencia fue la invasión de Afganistán, luego, de Irak y, más recientemente, las intervenciones militares en otros países de la región, así como las amenazas regulares de un ataque sobre Irán («todas las opciones están abiertas», es la frase estándar). Los costes, en todas las dimensiones, han sido enormes. Eso sugiere una pregunta bastante obvia, que no se plantea aquí por primera vez: ¿había una alternativa?

Diversos analistas han observado que Bin Laden obtuvo éxitos fundamentales en su guerra contra Estados Unidos. «Afirmó repetidamente que la única forma de echar a Estados Unidos del mundo islámico y de derrotar a sus sátrapas era llevar a los estadounidenses a una serie de pequeñas pero caras guerras, lo que, al final, los llevarían a la bancarrota», escribe el periodista Eric Margolis. «Estados Unidos, primero durante el mandato de George W. Bush y luego durante el de Barack Obama, corrió a la trampa de Bin Laden […]. Gastos militares grotescamente exagerados y adicción a la deuda […] puede que sean el legado más pernicioso del hombre que pensó que podría derrotar a Estados Unidos». Un informe del Proyecto Costes de la Guerra del Instituto de Asuntos Internacionales y Públicos Watson, en la Universidad de Brown, calcula que la factura final será de entre 3,2 y 4 billones de dólares. Un éxito impresionante de Bin Laden.

Que Washington se precipitaría hacia la trampa de Bin Laden fue evidente enseguida. Michael Scheuer, analista de la CIA responsable de seguirle la pista de 1996 a 1999, escribió: «Bin Laden ha sido preciso al contarle a Estados Unidos las razones por las que está en guerra con nosotros. El dirigente de al-Qaeda —continuaba Scheuer— pretendía alterar drásticamente las políticas de Estados Unidos y Occidente hacia el mundo islámico». Luego explica que Bin Laden tuvo éxito en gran medida: «Las fuerzas y políticas de Estados Unidos están dando lugar a la radicalización del mundo islámico, algo que Osama bin Laden ha estado tratando de hacer con sustancial pero incompleto éxito desde principios de la década de 1990. Como resultado, creo que es justo concluir que Estados Unidos sigue siendo el único aliado indispensable de Bin Laden». Cabe argumentar que sigue siéndolo después de su muerte.

Hay una buena razón para creer que podría haberse dividido y socavado el movimiento yihadista después de los atentados del 11-S, que fue duramente criticado dentro del movimiento. Además, ese «crimen contra la humanidad», como fue justamente llamado, podría haberse abordado como un crimen, con una operación internacional para detener a los sospechosos probables. Eso se reconoció poco después del atentado, pero tal idea ni siquiera fue tenida en cuenta por quienes toman las decisiones en Washington. Parece que no se pensó ni un momento en la incierta oferta de los talibanes —cuya seriedad no podemos establecer— de llevar a los líderes de al-Qaeda a juicio.

En su momento, cité la conclusión de Robert Fisk de que el crimen horrendo del 11-S se cometió con «maldad y formidable crueldad», un juicio preciso. Los crímenes podrían haber sido todavía peores: supongamos que el vuelo 93 de United Airlines, derribado por valientes pasajeros en Pensilvania, hubiera impactado en la Casa Blanca y que el presidente hubiera muerto. Supongamos que los autores del crimen planearan imponer una dictadura militar que matara a miles de personas y torturara a cientos de miles más. Supongamos que la nueva dictadura estableciera, con el apoyo de los criminales, un centro internacional de terror que ayudara a instaurar Estados de tortura y terror similares en otros lugares, y, como guinda del pastel, llevara un equipo de economistas —llamémoslos Qandahar Boys— que de inmediato conducirían la economía a una de las peores depresiones de su historia. Eso, claramente, habría sido mucho peor que el 11-S.

Como todos deberíamos saber, eso no es un experimento teórico. Ocurrió. Por supuesto, me estoy refiriendo a lo que en Latinoamérica a menudo se conoce como «el primer 11-S»: el 11 de septiembre de 1973, cuando Estados Unidos tuvo éxito en sus reiterados esfuerzos para derrocar el Gobierno democrático de Salvador Allende en Chile mediante un golpe militar que colocó en el poder al siniestro general Augusto Pinochet. La dictadura colocó allí entonces a los Chicago Boys —economistas preparados en la Universidad de Chicago— para remodelar la economía de Chile. Consideremos la destrucción económica, las torturas y los secuestros, multipliquemos los números de víctimas por veinticinco para tener un equivalente per cápita y veremos que aquel primer 11-S fue mucho más devastador.

Chomsky analiza también decisiones clave de presidentes norteamericanos como Robert Kennedy y Barack Obama, quienes en realidad están lejos de ser los modelos de gobernantes humanistas como muchos suelen identificarlos. De hecho, que alguien como Obama haya ganado el Premio Nobel de la Paz es prácticamente un insulto hacia la mayoría de quienes han sido galardonados con esta deferencia. Y por último, Chomsky muestra el poco optimismo que tiene de que las cosas cambien ahora que es Donald Trump el presidente de Estados Unidos. Después de exponer algunos de los motivos que llevaron a Trump a la presidencia, Chomsky afirma:

Por supuesto, también hubo otros factores en el éxito de Trump. Los estudios demuestran que las doctrinas de la supremacía blanca tienen una influencia extraordinariamente poderosa en la cultura de los Estados Unidos, incluso más que en Sudáfrica, por ejemplo. Y no es ningún secreto que la población blanca americana está disminuyendo. Se prevé que en una o dos décadas los blancos serán una minoría de la fuerza de trabajo, y no mucho más tarde una minoría de la población. La cultura conservadora tradicional también se percibe como atacada, asediada por la “política de identidad”, considerada como la provincia de las élites que solo tienen desprecio por los estadounidenses patriotas, trabajadores y practicantes de la iglesia con verdaderos valores familiares, cuyo país está desapareciendo ante sus ojos. La cultura conservadora tradicional, con sus profundos matices religiosos, mantiene un fuerte control sobre gran parte de la sociedad. Vale la pena recordar que antes de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos, a pesar de haber sido durante mucho tiempo el país más rico del mundo, no era un actor importante en los asuntos mundiales, y era también una especie de remanso cultural. Alguien que quisiera estudiar física iría a Alemania; un aspirante a escritor o artista iría a París. Eso cambió radicalmente con la Segunda Guerra Mundial, por razones obvias, pero sólo para una parte de la población americana. Gran parte del país siguió siendo culturalmente tradicional, y así ha permanecido hasta hoy. Por mencionar solo un ejemplo (bastante desafortunado), una de las dificultades para despertar la preocupación de los estadounidenses por el calentamiento global es que alrededor del 40 por ciento de la población del país cree que Jesucristo probable o definitivamente regresará a la Tierra para el año 2050, por lo que no ven las muy graves amenazas de desastre climático en las décadas futuras como un problema. Un porcentaje similar cree que nuestro planeta fue creado hace solo unos pocos miles de años. Si la ciencia entra en conflicto con la Biblia, tanto peor para la ciencia. Como ejemplo está el que Trump eligiera para dirigir el Departamento de Educación a la multimillonaria Betsy DeVos, quien es miembro de una denominación protestante que sostiene que “todas las teorías científicas están sujetas a las Escrituras” y que “la humanidad ha sido creada a imagen de Dios; todas las teorías que minimizan este hecho y todas las teorías de la evolución que niegan la actividad creadora de Dios serán rechazadas”. Sería difícil encontrar una analogía con este fenómeno en otras sociedades.

Y tiene razón. Es difícil encontrar otra sociedad como la norteamericana y otros críticos norteamericanos como Noam Chomsky. Por fortuna, de este último podemos aprender mucho no solo de aquella sociedad sino de las fuertes tendencias que hay en buena parte del planeta por destruirlo. La voz de Chomsky tal vez resuena hoy, durante la pandemia del Covid 19, con más fuerza que nunca.

Suscríbete para recibir recomendaciones de libros en tu correo electrónico:

“Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo” de Chimamanda Ngozi

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi ha construido una carrera literaria sorprendente. En muy pocos años ha escrito más de un libro notable. Y no se ha limitado al mundo de la ficción; también ha explorado el ensayo de manera exitosa. La recomendación de esta semana es su libro Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo, publicado en 2017 por Random House Mondadori y traducido al español por Cruz Rodríguez. Este ensayo se nos presenta como una carta que incluye una serie de recomendaciones sobre cómo educar a una hija en el feminismo. Como ella misma lo indica en el prólogo, Chimamanda Ngozi le escribió una carta a una amiga que recién había parido a una niña y quería que Chimamanda la aconsejara, pues Ijeawele, su amiga, quería educar a su pequeña dentro de una perspectiva feminista. La autora adaptó esa carta y la convirtió en este hermoso y breve libro.

Dice al respecto la autora:

Para mí, el feminismo siempre es contextual. No tengo una regla fija, lo más cercano que tengo a una fórmula son mis dos “Herramientas feministas” y quiero compartirlas contigo como punto de partida. La primera es una premisa, la sólida creencia inflexible con la que hay que empezar. ¿Cuál es esta premisa? La premisa feminista debería ser: Yo importo. Yo importo por igual. No “si tan solo”. No “mientras”. Yo importo por igual. Punto y aparte. La segunda herramienta es una pregunta: ¿puedes invertir la X y obtener los mismos resultados? Por ejemplo: mucha gente cree que la respuesta feminista de una mujer a la infidelidad de su marido debería ser irse de la casa. Pero creo que quedarse también puede ser una elección feminista, dependiendo del contexto. Si Chudi se acuesta con otra mujer y tú lo perdonas, ¿sería lo mismo si tú te acostaras con otro hombre? Si la respuesta es sí, entonces tu elección de perdonarlo puede ser una elección feminista porque no está moldeada por una desigualdad de género. Lamentablemente, la realidad en la mayoría de los matrimonios es que la respuesta a esa pregunta a menudo sería no, y la razón estaría basada en las diferencias de género – esa idea absurda de que “los hombres serán hombres”, lo que significa tener un estándar mucho más bajo para los hombres.

Después de establecer esta pauta, la autora comienza con algunas recomendaciones para su amiga sobre cómo educar a su hija en el feminismo. Cada capítulo lleva por título alguna recomendación. Aquí una muestra. Leo un fragmento del capítulo titulado “Háganlo juntos”:

¿Recuerdas que en la escuela primaria aprendimos que un verbo era una palabra que indicaba una acción? Bueno, un padre es tanto un verbo como una madre. Chudi debería hacer todo lo que la biología le permite, que es todo menos amamantar. A veces las madres, tan condicionadas a ser todo y hacer todo, son cómplices de disminuir el papel de los padres. Podrías pensar que Chudi no bañará a la niña exactamente como tú quieres, que no le limpiará la cola tan perfectamente como tú. Pero, ¿y eso qué? ¿Qué es lo peor que puede pasar? Ella no morirá a manos de su padre. En serio. Él la ama. Es bueno para ella que su padre la cuide […] Compartan el cuidado de los niños. Lo que significa “Por igual”, por supuesto, dependerá de ambos […] No tiene por qué significar un cincuenta y cincuenta por ciento literalmente o llevar una puntuación diaria, pero ambos sabrán cuando el cuidado de los niños se comparte por igual. Lo sabrás porque no tendrás resentimiento. Cuando hay verdadera igualdad, el resentimiento no existe.

Después de aclarar que en su idea de feminismo la inclusión del padre en los cuidados de los hijos es necesaria precisamente para establecer una relación de equidad, la autora continúa con comentarios y más recomendaciones por demás urgentes en nuestro tiempo. Por ejemplo, el tema de los roles de género en los más pequeños. Dice Chimamanda: “Si no ponemos la camisa de fuerza de los roles de género en los niños pequeños, les damos espacio para que alcancen su máximo potencial. Por favor, vean a Chizalum como un individuo. No como una niña que debería ser de cierta manera. Vean sus debilidades y sus fortalezas de manera individual. No la midan en una escala de lo que una niña debería ser. Mídanla en la escala que refleje la mejor versión de ella misma que puede ser”.

Y continúa el texto de esta manera:

Cuidado con el peligro de lo que yo llamo Feminismo Lite. Es la idea de la igualdad femenina condicional. Por favor, rechaza esto por completo. Es una idea hueca, apaciguadora y en bancarrota. Ser feminista es como estar embarazada. O lo estás o no lo estás. O crees en la igualdad total de hombres y mujeres o no. El Feminismo Lite utiliza analogías como “él es la cabeza y tú eres el cuello”. O “él está manejando pero tú estás en el asiento del copiloto”. Más preocupante es la idea, en este Feminismo Lite, de que los hombres son superiores por naturaleza, pero se espera que “traten bien a las mujeres”. No. No. No. Debe haber algo más que la benevolencia masculina como base para el bienestar de una mujer. El Feminismo Lite utiliza en su lenguaje el verbo ‘permitir’. Lo que los hombres permiten.

Conforme avanza la lectura, la necesidad de que ensayos como este sean leídos también por hombres se hace cada vez más clara. Si la autocrítica es vital para el mejoramiento de una persona, cuánto más lo es para reparar el daño que la mitad de la humanidad ha hecho a la otra parte. Este daño es histórico y por ello su reparación tiene que tomar en cuenta aquello que para muchos ha sido visto como normal e incluso como “natural” (digo natural entre comillas). Pues como dice Chimamanda Ngozi: “He aquí una triste verdad: nuestro mundo está lleno de hombres y mujeres a los que no les gustan las mujeres poderosas. Hemos sido tan condicionados a pensar en el poder como algo masculino que una mujer poderosa es una aberración”. Y páginas más adelante, Chimamanda explora la importancia del lenguaje que utilizamos en el día a día (y más en su función de herramienta para la educación de una niña). Dice la autora: “Enséñale a cuestionar el lenguaje. El lenguaje es el depositario de nuestros prejuicios, nuestras creencias, nuestras suposiciones. Pero para enseñarle eso, tendrás que cuestionar tu propio lenguaje”.

Y añade:

Enséñale a tu hija a rechazar la simpatía. Su trabajo no es ser simpática, su trabajo es ser ella misma, una persona honesta y consciente de la humanidad igualitaria de otras personas […] Enseñamos a las niñas a ser agradables, a ser simpáticas, a ser falsas. Y no les enseñamos lo mismo a los niños. Esto es peligroso. Muchos depredadores sexuales se han aprovechado de esto. Muchas chicas se quedan calladas cuando son abusadas porque quieren ser agradables. Muchas chicas pasan demasiado tiempo tratando de ser ‘amables’ con la gente que les hace daño. Muchas chicas piensan en los “sentimientos” de aquellos que les hacen daño. Esta es una consecuencia tremenda de la simpatía […] También enséñenla a ser valiente. Anímenla a decir lo que piensa, a decir lo que realmente piensa, a decir la verdad. Y luego elógienla cuando lo haga. Elógienla especialmente cuando tome una posición que sea difícil o impopular, porque resulta ser una posición honesta. Díganle que la amabilidad importa. Elógienla cuando sea amable con otras personas. Pero enséñenle que su bondad nunca debe ser tomada por sentado. Díganle que ella también merece la bondad de los demás. Enséñale a defender lo que es suyo.

El tema de los estereotipos de la belleza no podía faltar en estas cerca de quince recomendaciones que hace la autora a su amiga. Y así continúa:

Chizalum notará muy pronto qué tipo de belleza valora la mayoría de la gente en el mundo. Lo verá en revistas, películas y programas de televisión. Ella verá que el ser blanca es algo valorado. Notará que la textura del cabello que más valora la gente es el cabello rubio o lacio […] Se encontrará con estos valores, te guste o no. Así que asegúrate de crear alternativas para que ella las vea. Háganle saber que las mujeres blancas y delgadas son hermosas, y que las mujeres no delgadas y no blancas son hermosas. Háganle saber que hay muchos individuos y muchas culturas que no encuentran atractiva esa estrecha definición de belleza que privilegia la blancura.

Como mencioné hace un momento, son varias las recomendaciones incluidas en este libro que hace Chimamanda Ngozi y que nos invitan a reflexionar no solo acerca de la educación que podemos brindarles a nuestros hijos sino –acaso igual de importante– cuál fue la educación que recibimos. ¿Hacia dónde nos ha conducido no solo como individuos sino como sociedad? ¿Cuáles son los reclamos, los preceptos y los postulados de los distintos feminismos? ¿Cómo podemos remediar una cadena de injusticias y no seguir negando lo evidente?: una sociedad que no considera el feminismo como un punto de partida está condenada a la violencia y a la impunidad.

Suscríbete para recibir recomendaciones de libros en tu correo electrónico:

“Un mago de Terramar” de Ursula K. Le Guin

Originalmente publicada en 1968, Un mago de Terramar, novela escrita por la norteamericana Ursula K. Le Guin, es la primera de un ciclo de novelas de fantasía que se conoce con ese nombre: Ciclo de Terramar. En español fue traducida por Matilde Horne y publicada por la editorial Minotauro en 1983 y esta es la recomendación de esta semana que tengo para ustedes. Soy Gerardo Piña y es un gusto saludarles nuevamente.

Un mago de Terramar relata las aventuras de Ged, también conocido como Sparrow Hawk, un mago con más poder del que él mismo tiene conciencia, como suele pasar con los magos y los no-magos por igual. Un mago de Terramar es también una novela de formación. Vemos a Duny, pues este es el nombre provisional del personaje, al principio del relato como un niño que vive en Gont, un pueblo sencillo. Duny queda huérfano de madre a muy corta edad y se vuelve aprendiz de una hechicera. De ella aprende algunos trucos menores. Sin embargo, ante una invasión al pueblo perpetrada por hombres que asesinan a los habitantes, queman las casas y a los animales, etc., los habitantes de Gont deciden armarse lo mejor que pueden a sabiendas de que no podrán oponer mucha resistencia. Duny decide, casi por instinto, lanzar un hechizo simple en apariencia: crea una neblina que confunde a los invasores y frustra sus ataques. Los pobladores, al conocer sus casas y caminos, pueden no solo replegarse sino atacar con ventaja a sus enemigos. El resultado es la victoria del pueblo de Gont. Ante esta muestra de poder Ogion, un mago de renombre, va en busca de Duny para darle su verdadero nombre y aceptarlo como aprendiz. Ogion decide ponerle a Duny el nombre de Ged. Después de esto cito: “un pájaro cantó en voz alta en las ramas del árbol. En ese momento, Ged comprendió el canto del pájaro, y el lenguaje del agua que caía en la cuenca de la fuente, y la forma de las nubes, y el principio y el fin del viento que agitaba las hojas: le pareció que él mismo era una palabra pronunciada por la luz del sol”. Fin de la cita.

Los nombres son parte de un tema fundamental en la novela: el reconocimiento de las cosas. En Terramar todos tienen un nombre de uso común y un nombre verdadero. Este último es fundamental para la seguridad de quien lo lleva, pues es solo a través del conocimiento del nombre verdadero de alguien que se le puede hacer daño a través de la magia. Y esto se extiende a todos los elementos de la naturaleza: los animales, las plantas, el mar, etc. tienen también un nombre verdadero y quien los conoce tiene un determinado poder sobre ellos. Cuando alguien revela su nombre verdadero a otro está otorgándole algo tan preciado como su vida; es tal vez la expresión más alta de la confianza.

Ged es inseguro e impaciente y decide dejar a Ogion e irse a la escuela de magos de la isla de Roke. Es ahí donde aprenderá la lección más importante de su vida: conocerse a sí mismo. Por supuesto, este conocimiento no es inmediato ni es transparente. A partir de algunos sucesos que se dan en la escuela con otros magos, Ged tendrá que enfrentar un reto enorme, pues en un momento de arrogancia realiza un hechizo para el que aún no está preparado y que involucra la invocación de espíritus ancestrales. Esta invocación le enseñará a Ged varias cosas que trascienden la magia: la humildad, la confianza, la amistad y la determinación. Uno de sus maestros le advierte sobre la diferencia entre la ilusión de un hechizo y los cambios que son verdaderos. Cito:

La Mano Maestra miró la joya que brillaba en la palma de Ged, brillante como el premio de un tesoro de un dragón. El viejo Maestro murmuró una palabra, Tolk, y allí estaba la piedra, no una joya, sino un trozo áspero de roca gris. El Maestro la tomó y la sostuvo con su propia mano. “Esto es una roca, un tolk en el Habla Verdadera”, dijo mirando a Ged con ternura. “Un poco de la piedra de la que está hecha la Isla de Roke, un poco de la tierra seca en la que viven los hombres. Es ella misma. Es parte del mundo. Con un cambio de ilusión puedes hacer que parezca un diamante -o una flor o una mosca o un ojo o una flama-. La roca cambió de forma en forma a medida que él las nombró, y volvió a ser una roca. “Pero eso es sólo su apariencia. La ilusión engaña los sentidos del espectador; le hace ver y oír y sentir que el objeto ha cambiado. Pero eso no cambia al objeto. Para convertir esta roca en una joya, debes cambiar su verdadero nombre. Y hacer eso, amigo mío, incluso para un pedazo del mundo tan pequeño, significa cambiar el mundo.

Un mago de Terramar pertenece, desde luego, al género de la fantasía. Pero como ocurre con todas las obras literarias importantes, sus logros trascienden estas clasificaciones. Sin embargo, me detengo un momento para hablar de algunos rasgos del género en esta novela por las implicaciones que puedan tener en su lectura, sobre todo entre quienes no suelen leer novelas de fantasía. Ursula K Le Guin diseñó un mundo narrado, lo que llamamos diégesis en la teoría literaria, y lo fue poblando, lo fue nombrando. Así, los nombres de los lugares y personajes –al no ser tan familiares para el lector como ocurre en las novelas realistas– son menos fáciles de retener. No es necesario retener todos los nombres que aparecen. Los personajes fundamentales los vamos a reconocer sin mayor esfuerzo. También es fácil caer en la tentación de romper el pacto elemental entre quien lee y el texto que tiene en frente cuando se trata de una novela de fantasía. Es decir, pensamos que, al tratarse de un mundo irreal, cualquier cosa que ocurra de manera inesperada es gratuita por el solo hecho de que se trata de un mundo fantástico; es fácil pensar que no hay coherencia en este tipo de obras porque “todo se vale” cuando hay magia de por medio. De hecho sucede todo lo contrario. Quien opta por escribir una obra de fantasía apuesta por una coherencia interna mucho mayor que la que puede esperarse en una obra de corte realista. Las razones son estas: convencer a un lector de la arquitectura de un mundo imaginario es muy difícil (sobre todo cuando esto se hace solo con palabras), convencerlo también de que los personajes que lo habitan son verosímiles y tienen una cierta densidad, que sus pensamientos y ponderaciones no son superficiales, es más difícil aún, pero convencerlo de que la coherencia emocional y psicológica de dichos personajes es profundamente humana y que ese lector puede identificarse con estos personajes que no tienen referentes directos ni obvios en su vida cotidiana, es, quizás, el mayor logro que se puede alcanzar a través de las palabras.

Si le negamos la oportunidad de lectura a una obra porque en ella aparecen magos y dragones, en realidad nos estamos negando una oportunidad a nosotros mismos; una oportunidad para aprender un poco más de algo que habita en nosotros y que a veces olvidamos: la humildad, la confianza, la amistad y la determinación. Me despido de ustedes con esta cita del libro Un mago de Terramar de Ursula K Le Guin:

No es un secreto. Todo el poder es uno en el principio y el final. Los años y las distancias, las estrellas y las velas, el agua, el viento y hechicería, el arte en la mano de un hombre y la sabiduría en la raíz de un árbol: todos surgen al mismo tiempo. Mi nombre y el tuyo, y el verdadero nombre del sol, o de un manantial de agua, o de un niño que no nació, son todos sílabas de una sola palabra que se pronuncia muy lentamente por el brillo de las estrellas. No hay otro poder. No hay otro nombre.

¿Qué hay de la muerte? Preguntó la chica.

Para que una palabra sea pronunciada, respondió Ged lentamente, debe haber silencio. Antes y después.

Suscríbete para recibir recomendaciones de libros en tu correo electrónico:

“El traidor” de Anabel Hernández

Por el rigor de su investigación, por las repercusiones a nivel nacional e internacional y por su valentía, el trabajo de Anabel Hernández es ejemplar dentro del periodismo. El traidor, su libro más reciente, publicado a finales del 2019 por la editorial Grijalbo, es un testimonio doloroso y urgente para comprender el contexto en el que vivimos. Soy Gerardo Piña y esta es la recomendación que tengo hoy para ustedes.

El narcotráfico, la trata de personas, la corrupción, la impunidad y las constantes violaciones a los derechos humanos son asuntos ampliamente extendidos en todo el mundo. Sin embargo, son varios los puntos dentro de esta dinámica de crímenes y violencia que cruzan por México. El cártel de Sinaloa es una organización criminal con presencia en prácticamente 70 países. En México no solo se producen drogas ilegales; también se importan, se exportan y se almacenan. El traidor es un libro que está compuesto por varios documentos. En un nivel leemos fragmentos del diario de Vicente Zambada Niebla, alias “El Vicentillo”, uno de los hijos de Ismael, el Mayo Zambada, a quien a los 16 años intentaron matar y, desde entonces, en palabras de Anabel Hernández, se volvió “un fugitivo de los enemigos de su padre”. Con todo, el Vicentillo no es el narcotraficante que podríamos imaginar. Ni siquiera muestra el talante de la mayoría de los criminales en este rubro, cuyos perfiles hemos podido conocer, aunque solo sea parcialmente, por otras investigaciones. Esto quizás se deba a que Vicente Zambada no tuvo un padre como la mayoría de los narcotraficantes.

Lo primero que hizo el Mayo con las ganancias que obtuvo del narcotráfico fue dedicarse legalmente a la agricultura y ganadería. Era un hombre de visión, y en realidad le gustaba vivir el campo, pero no como peón. Cuando iniciaba una empresa, al igual que la del narcotráfico, debía ser a gran escala. No despilfarró todo en mujeres ni lujos, planeó todo de modo tal que su dinero sucio financiara un negocio legal. Así lavaba el dinero y lo movía con más facilidad. Con diversos nombres falsos, el Mayo siempre se presentaba como ganadero. Lo era.

Vicente Zambada decidió colaborar con la DEA para dar información sobre los tejes y manejes del mundo de la droga en México en un intento por reconstruir su propia vida lejos de ese mundo criminal. Técnicamente no es un testigo protegido, pues enfrenta algunas acusaciones en Estados Unidos, pero su participación en varios de los recientes procesos de detención y encarcelamiento de narcotraficantes, ha sido similar a la de un testigo protegido.

El Cártel de Sinaloa contribuyó con millones de dólares a la campaña de Fox y del PRI [Francisco Labastida Ochoa], así, ganara quien ganara, estábamos bien”, le dijo el Mayo a Gaxiola respecto a las elecciones históricas que se llevaron a cabo en México en julio del año 2000, en las cuales por primera vez un candidato diferente al partido oficial logró ganar la presidencia. El hartazgo popular de la “dictadura perfecta” del PRI le abrió la puerta al rústico Vicente Fox, cuyas finanzas personales estaban en la ruina cuando inició su gobierno en diciembre del 2000. Según su propia declaración patrimonial, sólo tenía 10 mil pesos en el banco, ése era todo su patrimonio. Después de la fuga de Guzmán Loera de Puente Grande en enero de 2001, las finanzas de Fox, las de sus empresas familiares y sus hermanos cambiaron drásticamente. Pasaron de la bancarrota a la abundancia. Personalmente investigué su evolución patrimonial, y, por decir lo menos, resultaba inexplicable. Los mismos milagrosos cambios ocurrieron con la economía de su vocera, la señora Marta Sahagún, con quien se esposó en segundas nupcias iniciado el gobierno, y con las de dos de sus tres hijos: Manuel y Jorge Alberto Bribiesca Sahagún.

Como vemos, los enormes problemas derivados del narcotráfico no son recientes. Un pueblo harto de las siete décadas de gobierno de un partido corrupto votó por un candidato igual de inepto y corrupto, pero con la bandera de otro partido. Para el año 2000, a pesar del enorme poder de los cárteles de la droga, todavía era posible establecer estrategias que impidieran una escalada como la que hemos vivido. Sin embargo, la colusión de los gobiernos de Fox, Calderón y Peña Nieto con estos grupos criminales produjo el infierno en el que vivimos hoy en México. Y es que es difícil pensar en un negocio más lucrativo que el tráfico de drogas.

El Cártel de Sinaloa compra la cocaína en Colombia a 3 mil dólares por kilo. En México, en Culiacán, el mismo kilo se vende en 13 mil dólares. Ese precio incluye 6 mil dólares del costo de la materia prima, es decir, la cocaína, y los costos de transportación, que a la vez incluyen el pago de sobornos para que la droga haya llegado de Colombia a Culiacán. Eso significa que si el Mayo vende ahí la cocaína, su ganancia es de 7 mil dólares por kilo; 7 millones de dólares por tonelada. Por supuesto, si hace esa venta, su riesgo termina ahí. En cambio, en Los Ángeles, el precio de venta del kilo de cocaína es de 20 mil dólares, de los cuales 4 mil dólares son de costos de transportación, que incluyen el pago de sobornos para hacer que la mercancía llegue. Los costos de materia prima y transporte son de 7 mil dólares por kilo, eso significa una ganancia directa de 13 mil dólares por kilo, 13 millones de dólares por tonelada. Sí, casi el doble de lo que gana quien lo vende en Culiacán. Si el mismo kilo de cocaína llega a Chicago, el precio es de 25 mil dólares, 9 mil de materia prima y gastos de transportación. Eso significa una ganancia de 16 mil dólares por kilo, 16 millones de dólares por tonelada. En Nueva York el precio de venta del kilo de cocaína es de 35 mil dólares. Los costos son los mismos 9 mil dólares que en Los Ángeles, de modo que la ganancia es de 26 mil dólares por kilo, 26 millones de dólares por tonelada. Rey explicó que el precio es más elevado en Nueva York “porque es más difícil de vender, la policía es muy activa, así que es muy complicado completar la operación cien por ciento”.

Estas cantidades de dinero se explican por las “dificultades” (lo digo entre comillas) por las que atraviesan quienes transportan y venden la droga. Sin embargo, sabemos que en México más que dificultades este negocio ha florecido gracias a la colusión de distintos niveles del gobierno, así como la impunidad de los delincuentes. Cito de nuevo a Anabel Hernández:

Gaxiola afirmó que ni al Mayo ni a su familia les han asegurado ninguna propiedad […] Pero saber esto con certeza es uno de los secretos que mejor deben guardarse, incluso en el gobierno del presidente de izquierda Andrés Manuel López Obrador. Solicité la información de bienes muebles e inmuebles asegurados a Ismael Zambada García y a su hijo Vicente Zambada Niebla […] y La Fiscalía General de la República que preside Alejandro Gertz Manero se negó a dar la información porque hacerla pública puede causar una “alteración profunda que sufre una persona en sus sentimientos, afectos o creencias, decoro, honor, reputación”. [Continúa Anabel Hernández] La Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada clasificó como “confidencial” el pronunciamiento de la existencia o no existencia de aseguramientos de bienes en contra de las personas solicitadas. Y el Instituto Nacional de Transparencia les dio la razón. Tal vez el motivo de no abrir la información sea otro. Los mismos argumentos se habían dado antes para negar la información de los bienes muebles e inmuebles asegurados al Chapo y su familia. Al final, cuando en ese caso el instituto sí obligó a la Procuraduría a entregar la información, respondieron que en los últimos 18 años (2001-2019) lo único que le habían asegurado al segundo del Mayo, que según el gobierno americano acumuló 14 mil millones de dólares en 20 años de traficar estupefacientes, fueron tres relojes, un inmueble, cinco armas de fuego, 171 cartuchos, cinco cargadores, un equipo de cómputo y tres celulares.

Ante esto, no queda mucha esperanza de un cambio significativo en México en términos de la corrupción, la violencia y la impunidad rampantes. Sin embargo, gracias a libros como El traidor de Anabel Hernández, podemos comprender mejor cómo hemos llegado a la situación en que vivimos ahora y qué debemos hacer para dejar de permitirlo. Es una labor que nos compete a todos, sin duda, pero cuya mayor responsabilidad (y por mucho) recae en quienes deben hacer valer un Estado de derecho. Cierro esta recomendación con un último fragmento del libro de Anabel Hernández:

Lo verdaderamente sustantivo es si el presidente está dispuesto a usar la fuerza del Estado para romper las décadas de complicidad entre el Cártel de Sinaloa y las instituciones de gobierno, que es lo que hace fuertes a los criminales. Para lograrlo, en primer lugar, debe arrestar a los funcionarios y políticos corruptos que han estado y están en la nómina del Cártel de Sinaloa, que han asistido durante años a las fiestas de sus capos como si fueran de su propia familia, incluyendo algunos que en la actualidad forman parte de Morena, el partido político del presidente. Debe confiscar las empresas ligadas directamente al Mayo Zambada y al Chapo, boletinadas por el gobierno de Estados Unidos desde hace más de una década, que siguen funcionando como empresas fachada para traficar droga o para lavar dinero. El poder económico es lo que permite al cártel pagar los sobornos a los servidores públicos, comprar armas, balas y pagar los salarios de los sicarios que durante más de ocho horas aterrorizaron a la población en Culiacán. Pero el Cártel de Sinaloa y el Mayo Zambada no son invencibles, no son más listos, no son más fuertes, es sólo que cuentan con la protección de una parte del Estado y juegan con los dados cargados a su favor.

Suscríbete para recibir recomendaciones de libros en tu correo electrónico:

“Historia mínima del Neoliberalismo” de Fernando Escalante

Hoy quiero recomendarles la lectura del libro Historia mínima del neoliberalismo, escrito por Fernando Escalante y publicado por El Colegio de México en 2015; tanto la edición impresa como la digital se pueden encontrar muy fácilmente. El trabajo de Escalante es de gran relevancia para conocer no solo cómo fue que llegamos al modelo económico que rige hoy prácticamente todo el planeta, sino para comprender las implicaciones que tiene. El neoliberalismo es mucho más que un modelo económico: es una ideología, una cultura y una forma de pensar el mundo.

De acuerdo con Escalante, el neoliberalismo nació en París entre el 26 y el 30 de agosto de 1938, cuando se llevó a cabo una conferencia convocada por Louis Rougier con motivo de la traducción al francés del libro The Good Society (La sociedad buena) de Walter Lippmann. “Los neoliberales se identifican por una nueva manera de entender la relación entre mercado y Estado, entre política y economía”, dice Escalante.

“En primer lugar, afirman que el Estado tiene que generar las condiciones para la existencia y el buen funcionamiento del mercado, es decir, que no hace falta reducirlo, o eliminarlo, sino darle otra orientación. En segundo lugar, a diferencia de los liberales clásicos, dan prioridad a la libertad económica sobre la libertad política, ven en la impersonalidad del mercado, donde cada quien decide por su cuenta, la mejor garantía de la libertad y el bienestar”.

En los primeros capítulos del libro, Escalante da cuenta de la obra de Ludwig von Mises, que sentó las bases del neoliberalismo de mediados del siglo veinte, y también del famoso libro Camino de servidumbre de Friedrich Hayek, publicado en 1944 y cuyas ideas serían centrales en la difusión del neoliberalismo a lo largo de la segunda mitad del siglo veinte y lo que va del veinituno. “El argumento se puede resumir en una frase”, dice Escalante, “todo movimiento hacia el socialismo, o hacia la planificación de la economía, tan moderado como se quiera, amenaza con llevar finalmente al totalitarismo”. Es decir, se subraya el mercado como una manera de coordinar la conducta de las personas; según el neoliberalismo, la competencia en el mercado y el mínimo de interferencia del Estado en dicha competencia, lleva a los consumidores a expresarse de una manera democrática. “El mercado es la expresión de nuestra conducta en libertad” afirman los neoliberales. Nada más falso, por supuesto.

A la difusión del neoliberalismo como ideología han contribuido un gran número de economistas (varios ganadores del premio Nobel, por cierto) y de así llamados “intelectuales”, que sirven a las élites y que han buscado influir en el electorado desde hace décadas. “Se trataba de ponerle delante a la gente las ideas correctas”, dice Escalante con ironía. “Para eso era necesario, según la expresión de George Stigler, capturar la imaginación de las élites decisivas, mediante la elaboración de doctrinas, argumentos, programas políticos y económicos en que esas élites pudiesen ver representado su propio interés. A continuación había que dirigirse a quienes forman la opinión, a los que Hayek llamaba, con una fórmula memorable, los ‘vendedores de ideas de segunda mano’, es decir, intelectuales, periodistas, locutores, maestros de escuela, escritores, agitadores, líderes políticos”.

Escalante nos recuerda, como ya les había adelantado, que “el neoliberalismo no es sólo un programa económico, sino una visión completa del mundo, una idea de la naturaleza humana, del orden social, una idea de la justicia”. Sin embargo, como el propio Escalante afirma algunas páginas más adelante, “Ningún mercado se autorregula. Ni produce sus propias reglas ni puede garantizar que se cumplan, ni existe por su cuenta como mercado. Todos están inmersos en la sociedad, son hechos sociales, regulados no sólo por leyes, sino por varias clases de normas, formales e informales; para decirlo en una frase, siempre hay una economía moral, un conjunto de reglas, con frecuencia implícitas, que establecen cómo deben comportarse los actores en el mercado”. Esto es relevante para comprender por qué, a pesar de los enormes esfuerzos por tratar de convencernos de que la economía es una ciencia, en realidad se trata de un adoctrinamiento. Los modelos matemáticos en que se basan los economistas neoliberales para “demostrar” el comportamiento del mercado dependen de un gran número de variables que son imposibles de replicar en la realidad. Por ejemplo, para que sus modelos funcionen, todos los participantes de la economía tendrían que comportarse como según ellos deberíamos hacerlo: buscando siempre la máxima ganancia posible sin dejar que las emociones jueguen un papel en cada transacción económica que realizamos.

Otro rasgo que quiero destacar de esta Historia mínima del neoliberalismo es la exploración que hace Fernando Escalante del papel que ha jugado la izquierda en la construcción de dicho modelo económico e ideológico. Nada más fácil que asumir que la izquierda ha sido esencialmente combativa de este modelo. Sin embargo, la Historia de la economía nos muestra algo distinto y más complejo. Escalante hace una crítica aguda sobre el papel de la izquierda desde la década de los años sesenta hasta la fecha (en particular de la izquierda radical) y muestra que mucho de sus acciones y supuestos ideológicos, de hecho se parecen mucho al neoliberalismo. Escalante analiza primero el anarquismo de Paul Goodman y otros influyentes ideólogos de esa década en Estados Unidos y otros países, y después, la obra de Iván Illich, entre otros pensadores más radicales. “Es un nuevo tipo de radicalismo”, dice Escalante, “enemigo de todas las instituciones, de todas las formas de organización y de regulación y disciplina de la vida cotidiana […] el Estado resulta ser la cara más visible, la primera, y por lo tanto la más fácil de criticar. Y por eso tiene Iván Illich en la mira a las instituciones públicas. En las sociedades modernas, dice, la salud, la educación, la creatividad, se confunden con la actividad de las instituciones que dicen servir a esos fines. Y por eso resulta que no hay verdadera educación, ni hay verdadera salud, ni creatividad […] A veces da la impresión de estar leyendo a Hayek. Es el mismo impulso: iconoclasta, liberal, individualista, que en Iván Illich tiene tonalidades de rebeldía izquierdista, y en Hayek es inequívocamente conservador. La coincidencia es indudable, y fundamental”, dice Escalante.

Historia mínima del neoliberalismo es además de un buen documento historiográfico, un estudio riguroso y crítico de nuestro tiempo.

           

Suscríbete para recibir recomendaciones de libros en tu correo electrónico:

“Sobre los huesos de los muertos” de Olga Tokarczuk

El libro que les recomiendo en esta ocasión se llama Sobre los huesos de los muertos. La autora es Olga Tokarczuk, fue traducido al español por Abel Murcia y publicado por la editorial Océano en 2015. La escritora polaca Olga Tokarczuk fue galardonada con el premio Nobel de literatura de 2018 y, como suele suceder en muchos de estos casos, el premio llevó a varios lectores a acercarse a la obra de una escritora que hasta entonces les había pasado inadvertida. Este fue mi caso.

Sobre los huesos de los muertos es una novela policíaca (i.e. hay un crimen, un culpable y alguien que hace las veces de detective para encontrarlo), pero esta novela también es más que eso. Es una reflexión sobre la destrucción del planeta a causa de los seres humanos. También es una diatriba en contra del maltrato y consumo animal. El personaje central es Janina Duszejko, una maestra retirada que vive una zona rural muy pequeña a las afueras de Polonia. Ella es la narradora de toda la historia.

La novela comienza cuando un vecino suyo llama a su puerta para pedirle que lo acompañe, pues han encontrado muerto a otro vecino, uno al que apodaban Pie Grande. Los personajes –salvo alguna excepción– son nombrados según los apodos que la propia Janina les pone. Por ejemplo, se refiere como Pandedios al vecino que va a buscarla y con quien lleva una buena relación. A este crimen, le sucede otro y así se echa a andar la maquinaria de las pesquisas del lector. Janina es un personaje entrañable: una astróloga aficionada, defensora de los animales, está convencida de que los crímenes han sido provocados por los propios animales, quienes por fin han comenzado a cobrar venganza de todo el maltrato que han recibido por parte de los seres humanos; en particular por los cazadores furtivos. Janina había sido maestra de inglés y uno de sus exalumnos ha decidido traducir al polaco la obra de William Blake, el poeta místico. De ahí que haya fragmentos de poemas o cartas de Blake entretejidos con los diálogos y reflexiones de la narración. Algo que atrapa la atención del lector desde el inicio es la fuerza que puede alcanzar la prosa de Tokarczuk en pasajes muy breves, así como una gran precisión para describir estados de ánimo (de lo que daremos cuenta un poco más adelante). Por ahora quiero subrayar que Sobre los huesos de los muertos no es una novela exenta de humor. He aquí, por ejemplo, esta reflexión que hace Janina sobre Pandedios, quien en realidad está representando prácticamente a cualquier hombre:

“Con Pandedios resulta difícil hablar”, dice Janina. “Es una persona taciturna, y como no es posible hablar con él, hay que callar. Con algunas personas, especialmente con los hombres, resulta difícil hablar. Tengo cierta teoría al respecto. Con la edad, muchos hombres caen en cierto autismo testosterónico que se manifiesta en una lenta pérdida de la inteligencia social y de la capacidad para comunicarse con las otras personas, la cual afecta también la capacidad de formular pensamientos. La persona aquejada de esta dolencia se convierte en un ser taciturno y parece estar sumido siempre en sus reflexiones. Le interesan más los utensilios y las maquinarias. Le atraen la Segunda Guerra Mundial y las biografías de personas famosas, particularmente de políticos y malhechores. Desaparece prácticamente su capacidad de leer novelas: el autismo testosterónico impide la comprensión psicológica de los personajes. Creo que Pandedios padecía esa dolencia”.

Tokarczuk ha sido una activista a favor de los derechos de los animales y del cuidado del medioambiente desde hace varios años. Eso la ha puesto en sintonía sobre uno de los males de nuestro tiempo: el cinismo disfrazado de ironía.

“Ése es uno de los rasgos que más detesto en la gente: la ironía helada”, dice Janina. “La ironía revela una actitud muy cobarde: uno puede burlarse de todo, ridiculizarlo, no tomar partido por nada, nunca, no sentirse unido a nada. Como un impotente que nunca gozará del placer, pero hará lo imposible para que otros lo encuentren repugnante. La ironía es la principal arma de Urizén. La armadura de la impotencia. Y encima los irónicos siempre tienen una concepción del mundo de la que alardean triunfalmente, aunque cuando se empieza a darles la lata y a pedir detalles, resulta que se trata únicamente de trivialidad y banalidad. Nunca me habría atrevido a decirle a una de esas personas que era un idiota y no iba a empezar con el cartero”.

Sabemos que para fascinarnos con algo que nos cuentan es vital que percibamos la fascinación de quien relata. De esta manera todo, hasta lo más trivial puede resultar novedoso, atractivo o a veces increíble como esta descripción que hace Janina de los zorzales, estas aves que de pronto pasan volando sobre ella.

“Entonces pasó una veloz bandada de zorzales. A estos pájaros sólo los veo en bandadas: se mueven con agilidad, como un organismo aéreo, compuesto de una sola trama. No recuerdo dónde leí que son capaces de defenderse si los ataca un depredador, por ejemplo, uno de esos gavilanes que se mecen en el cielo como espíritus santos. La bandada es capaz de luchar de manera pérfida e impredecible, y sabe vengarse: se eleva rápidamente en el aire y como obedeciendo una misma orden evacúa sobre el perseguidor: suelta decenas de blancos excrementos sobre las bellas alas del gavilán, de manera que no sólo las manchan, sino que provocan que se peguen y el ácido corroe las plumas con velocidad. Para escapar del peligro, el depredador debe abandonar la persecución de inmediato y posarse en la hierba. Nadie puede imaginar lo sucias que se encuentran sus plumas. El animal pasa uno o dos días limpiándolas, pues es incapaz de dormir a causa del olor repugnante que despide, peor que el de la carroña. No puede quitarse con el pico los excrementos que se han endurecido, tiene frío, y por entre sus plumas pegadas el agua de lluvia se abre paso con facilidad hasta su delicada piel de ave. Los otros gavilanes lo evitan, como si tuviera la lepra o hubiese contraído una enfermedad horrible. Su majestuosidad se ha visto dañada. Todo aquello es insoportable para el gavilán, y no es extraño que el ave muera”.

Las diatribas en contra del maltrato y consumo animal como parte de una obra literaria son raras. Me viene a la mente el ensayo “La vida de los animales” de J.M. Coetzee, incluido en su novela Elizabeth Costello como otro ejemplo de un ensayo en las mismas líneas que estas de Tokarczuk. En boca de Janina, la autora polaca describe la normalidad con la que hemos adoptado el maltrato a los animales.

“—Cuando ustedes pasan junto a los escaparates de las carnicerías”, dice Janina, “donde cuelgan cuerpos despedazados y abiertos por la mitad, ¿qué les viene a la mente? No les llama la atención, ¿verdad? O cuando piden en un restaurante una brocheta o un filete, ¿se han puesto a pensar qué es lo que reciben? Como si no hubiera nada terrible en ello. El crimen de estos animales se considera un acto normal, se ha convertido en un hecho cotidiano. Un crimen que todos cometen. Pues bien, así es como sería el mundo si los campos de concentración aún existieran y la gente los viera como algo normal […]—Ustedes pueden alegar que sólo se trata de un jabalí —continué—. ¿Pero entonces cómo se explica esa avalancha de cuerpos que provienen del matadero y caen diariamente en la ciudad como una inagotable lluvia apocalíptica? Esa lluvia anuncia la masacre, la enfermedad, la locura colectiva, el desequilibrio y el envenenamiento del espíritu. Ningún corazón humano podría soportar tanto dolor. De hecho, la complicada psicología humana tiene un solo objetivo: impedirle al hombre entender lo que ve, buscar que la verdad no se abra paso hasta él y quede envuelta en alucinaciones y palabras vacías. Que el mundo sea una prisión llena de sufrimientos, organizada de manera que para sobrevivir haya que causar dolor a los otros. ¿Me explico? […]”

Otro acierto de la novela, que se muestra poco a poco, es el tipo de personajes que pueblan la narración. Janina es una exmaestra de inglés, como ya he mencionado, además de ser una astróloga aficionada, pero junto a ella aparecen otros personajes (jóvenes y viejos) que no son en absoluto típicos de este tipo de novelas: un entomólogo, una chica que trabaja en una tienda de ropa de segunda mano, un novato en las fuerzas policíacas que traduce a Blake en su tiempo libre y está lleno de alergias.

“Entendí que pertenecíamos a ese grupo de gente que el mundo considera inservibles”, dice Janina. “No hacemos nada trascendental, no producimos pensamientos importantes ni objetos necesarios ni alimentos; no cultivamos la tierra ni hacemos que prospere la economía. No nos hemos multiplicado significativamente […] No hemos aportado ningún tipo de provecho a la humanidad. No se nos ha ocurrido ningún invento. No hemos tenido poder, no hemos poseído nada más que nuestras pequeñas propiedades. Hemos hecho nuestro trabajo, pero éste no ha tenido ninguna importancia para los demás. De hecho, si faltáramos, no cambiaría nada. Nadie se daría cuenta”.

En suma, Sobre los huesos de los muertos de la escritora Olga Tokarczuk es una novela que combina lo mejor de las novelas policíacas (i.e. su amenidad, su falta de pretensiones y un suspenso constante) con una reflexión clara y certera del mundo que hemos destruido y de lo que hace falta para repararlo.

Suscríbete para recibir recomendaciones de libros en tu correo electrónico: