Llegaron los militares y se acabó la eficacia

En los días inmediatamente posteriores al temblor colaboré apoyando a rescatistas. Vi cómo poco a poco el gobierno (militares, personal de la delegación Coyoacán, policías) se adueñaba de la coordinación de las acciones y del suministro de equipo de rescate. La sociedad, lastimada, solidaria y con miedo, ha demostrado que no necesita de esa verticalidad para coordinarse. El gobierno, en cambio, ha mostrado que necesita aferrarse a todo para obtener credibilidad (aunque eso sea ya imposible).

Al día siguiente del temblor volvimos a casa. Nos encontramos varios edificios dañados y algunos derrumbes en la colonia, pero por suerte el edificio en el que vivimos no sufrió daños. Me enteré de que dos edificios de los multifamiliares de Taxqueña y Tlalpan habían colapsado, pedí prestada una bici y me fui para allá a ayudar.

Me ofrecí como voluntario para remover escombros, pero en ese momento ya había suficientes manos. Hacía falta herramientas. “Algunas son caras”, me dijeron (por cierto: a 50 mts del lugar hay una ferretería con todo el equipo, pero se desentendieron del asunto). Me fui a comprar todo lo que me pidieron (rotomartillos, discos esmerilados para cortar piedra o metal, escuadras, motosierras, etc.). Durante los siguientes tres días estuve en un vaivén de conseguir y comprar herramientas para llevarlas al centro de acopio correspondiente.

El 20 de septiembre el control del suministro de herramientas y las coordinación de equipos de rescate en Taxqueña y Tlalpan estuvo controlado prácticamente en su totalidad por la población civil (sobre todo por grupos de mujeres). Mi trabajo ahí fue mucho más ágil y eficiente. Entregué mucha herramienta.

Al día siguiente, por la mañana, el ejército ya había acordonado la entrada sobre Tlalpan. Cada vez que entraba y salía para llevar equipo venían las preguntas, las demoras, las miradas suspicaces. Pero pude cumplir con mi parte. Las coordinadoras del día anterior seguían ahí, en la zona del estacionamiento que se había habilitado para el acopio de equipo de rescate. Hoy, 22 de septiembre, la coordinación ya dependía en un 90% del ejército, la policía y trabajadores de la delegación. No pude entregar el equipo requerido. (Lo doné a una asociación civil de rescatistas.)

El gobierno quiere remover rápido los escombros a costa de más vidas y del dolor de los parientes y amigos de las víctimas. El gobierno quiere tapar lo más pronto posible las imágenes más terribles de su corrupción y mal gobierno. Sabe que mientras más rápido esconda esas evidencias, más rápido comienza la gente a olvidar.

 

El sismo no son los otros

A los diez minutos de haber comenzado nuestra clase comenzó a temblar. Abrí la puerta del salón y les pedí a mis alumnos que salieran de inmediato. Varios de ellos corrieron hacia las escaleras. Les pedí que no lo hiceran, pero la mayoría no me escuchó. El terremoto parecía eterno. El movimiento nos impedía caminar, estabilizarnos; el ruido de los muros al crujir, los estallidos de los cristales y las lámparas nos llenaron de miedo.

Recargados en un muro entre dos columnas permanecimos cuatro de mis alumnos y yo hasta que el edificio dejó de tambalearse. Mis alumnos quisieron entrar al salón por sus cosas. Les dije que sí, pero que debíamos hacerlo muy rápido. Una vez dentro vimos los cristales reventados de las ventanas, el yeso del plafón cubriendo las bancas, el escritorio… un hoyo en la pared y varias grietas.

Guié a mis alumnos por las escaleras que me parecieron más seguras; los acompañé hasta una zona segura. Los dejé ahí y me fui corriendo en busca de mi bebé y de mi esposa. Mi esposa también trabaja en el TEC y el 19 de septiembre era el segundo día en que mi bebita iba a la guardería del CAMP, también dentro del campus.

Cuando llegué a la zona de la guardería, mi esposa tenía a mi bebé en brazos; me gritó, nos reunimos. Las abracé y les dije que debía volver con mis alumnos para asegurarme de que no estuvieran heridos. Así lo hice. Más tarde volvimos a reunirnos.

Desde los primeros minutos, muchos de los estudiantes del TEC CCM formaron brigadas; se organizaron para atender a los heridos y para rescatar a quienes hubieran podido quedar debajo de los escombros de los puentes colapsados (unos puentes peatonales que unían dos edificios del campus). Me acerqué a una de las zonas de derrumbe, pero me impideron llegar hasta los escombros porque comenzó una fuga de gas; nos replegaron a una zona más segura. Poco después, los primeros rescatistas y otros expertos llegaron para hacer su trabajo: los voluntarios no faltaron. Colaboramos de distintas maneras: transportar materiales de primeros auxilios, remover escombros, tranquilizar a quienes atravesaban por una crisis nerviosa…

Al cabo de unas horas cargué a mi bebé en brazos y junto con mi esposa nos fuimos caminando a casa de mis suegros, rumbo a la carretera federal a Cuernavaca, pues ahí estaba mi hijo de cinco años. A salvo. Las horas en que no supe cómo estaban él, mis padres y mi hermana fueron las peores.

Mientras caminábamos intentaba arrullar a mi bebé, pero no podía dejar de pensar en los rostros de terror de mis alumnos, en cómo frente a mis ojos se hiceron esas grietas, esos hoyos y en cómo se derrumbaron los puentes que desafortunadamente han cobrado al menos la vida de cinco personas.

A la mitad del camino una mujer con su hija, a bordo de un carro, nos preguntaron si queríamos aventón; se dirigían hacia la federal a Cuernavaca. El trayecto fue largo porque avanzábamos muy poco. Después de comentar nuestras experiencias (la mujer tenía un puesto en Xochimilco) alguien preguntó si existe Dios. El terremoto era la prueba de que sí existe; y también de que no. La tragedia, que a un tiempo sirve para recogerse hacia lo esencial y que nos hace querer abrazar a quienes amamos y ponernos en una disposición de desapego de la propiedad privada, también  nos muestra un rostro de pillaje, de alevosía y corrupción que nos enferman; que denigran nuestra sociedad de un modo irreparable.

Hoy tocó ir a ayudar en los grupos de rescate de Taxqueña y Tlalpan. El trabajo de las coordinadoras de los centros de acopio (de víveres para damnificados y de materiales para los rescatistas) de este derrumbe ha sido extraordinario. Sin embargo, mientras estuve ahí no se rescató a nadie con vida. Al momento en que escribo esto, ya se ha declarado oficialmente que la búsqueda cambie de víctimas con vida a cadáveres. No sé cómo se obedece una instrucción así.

Una vez más, nuestra sociedad saca lo mejor y lo peor que tiene. Una vez más recuerdo que hay muchas razones para quedarse sin palabras.

Espero que el mensaje de quienes queremos una sociedad equitativa, de respeto absoluto por las mujeres y de una vida cotidiana sin corrupción sea más fuerte ahora y en los próximos días. Que no se nos olvide que si bien las inundaciones y los terremotos son fenómenos naturales, los métodos de prevención (desde campañas, valoraciones de inmuebles y cumplimiento a cabalidad con distintas normas, reglamentos, etc.) y el manejo de catástrofes (atenciones, organización, fondos destinados para ello) tienen responsables directos.

Muchos de los inmuebles derrumbados no cumplían rigurosamente con las normas de construcción; el fondo para desastres, que pagamos con nuestros impuestos, está en manos de una panda de ladrones y corruptos. Las heridas y la muerte de muchas víctimas (varios niños entre ellos) en esta tragedia son responsabilidad de la corrupción de nuestros gobernantes.

Dejemos que el pueblo organizado y solidario se imponga en todos los espacios. Son nuestros, después de todo.