“Historia mínima del Neoliberalismo” de Fernando Escalante

Hoy quiero recomendarles la lectura del libro Historia mínima del neoliberalismo, escrito por Fernando Escalante y publicado por El Colegio de México en 2015; tanto la edición impresa como la digital se pueden encontrar muy fácilmente. El trabajo de Escalante es de gran relevancia para conocer no solo cómo fue que llegamos al modelo económico que rige hoy prácticamente todo el planeta, sino para comprender las implicaciones que tiene. El neoliberalismo es mucho más que un modelo económico: es una ideología, una cultura y una forma de pensar el mundo.

De acuerdo con Escalante, el neoliberalismo nació en París entre el 26 y el 30 de agosto de 1938, cuando se llevó a cabo una conferencia convocada por Louis Rougier con motivo de la traducción al francés del libro The Good Society (La sociedad buena) de Walter Lippmann. “Los neoliberales se identifican por una nueva manera de entender la relación entre mercado y Estado, entre política y economía”, dice Escalante.

“En primer lugar, afirman que el Estado tiene que generar las condiciones para la existencia y el buen funcionamiento del mercado, es decir, que no hace falta reducirlo, o eliminarlo, sino darle otra orientación. En segundo lugar, a diferencia de los liberales clásicos, dan prioridad a la libertad económica sobre la libertad política, ven en la impersonalidad del mercado, donde cada quien decide por su cuenta, la mejor garantía de la libertad y el bienestar”.

En los primeros capítulos del libro, Escalante da cuenta de la obra de Ludwig von Mises, que sentó las bases del neoliberalismo de mediados del siglo veinte, y también del famoso libro Camino de servidumbre de Friedrich Hayek, publicado en 1944 y cuyas ideas serían centrales en la difusión del neoliberalismo a lo largo de la segunda mitad del siglo veinte y lo que va del veinituno. “El argumento se puede resumir en una frase”, dice Escalante, “todo movimiento hacia el socialismo, o hacia la planificación de la economía, tan moderado como se quiera, amenaza con llevar finalmente al totalitarismo”. Es decir, se subraya el mercado como una manera de coordinar la conducta de las personas; según el neoliberalismo, la competencia en el mercado y el mínimo de interferencia del Estado en dicha competencia, lleva a los consumidores a expresarse de una manera democrática. “El mercado es la expresión de nuestra conducta en libertad” afirman los neoliberales. Nada más falso, por supuesto.

A la difusión del neoliberalismo como ideología han contribuido un gran número de economistas (varios ganadores del premio Nobel, por cierto) y de así llamados “intelectuales”, que sirven a las élites y que han buscado influir en el electorado desde hace décadas. “Se trataba de ponerle delante a la gente las ideas correctas”, dice Escalante con ironía. “Para eso era necesario, según la expresión de George Stigler, capturar la imaginación de las élites decisivas, mediante la elaboración de doctrinas, argumentos, programas políticos y económicos en que esas élites pudiesen ver representado su propio interés. A continuación había que dirigirse a quienes forman la opinión, a los que Hayek llamaba, con una fórmula memorable, los ‘vendedores de ideas de segunda mano’, es decir, intelectuales, periodistas, locutores, maestros de escuela, escritores, agitadores, líderes políticos”.

Escalante nos recuerda, como ya les había adelantado, que “el neoliberalismo no es sólo un programa económico, sino una visión completa del mundo, una idea de la naturaleza humana, del orden social, una idea de la justicia”. Sin embargo, como el propio Escalante afirma algunas páginas más adelante, “Ningún mercado se autorregula. Ni produce sus propias reglas ni puede garantizar que se cumplan, ni existe por su cuenta como mercado. Todos están inmersos en la sociedad, son hechos sociales, regulados no sólo por leyes, sino por varias clases de normas, formales e informales; para decirlo en una frase, siempre hay una economía moral, un conjunto de reglas, con frecuencia implícitas, que establecen cómo deben comportarse los actores en el mercado”. Esto es relevante para comprender por qué, a pesar de los enormes esfuerzos por tratar de convencernos de que la economía es una ciencia, en realidad se trata de un adoctrinamiento. Los modelos matemáticos en que se basan los economistas neoliberales para “demostrar” el comportamiento del mercado dependen de un gran número de variables que son imposibles de replicar en la realidad. Por ejemplo, para que sus modelos funcionen, todos los participantes de la economía tendrían que comportarse como según ellos deberíamos hacerlo: buscando siempre la máxima ganancia posible sin dejar que las emociones jueguen un papel en cada transacción económica que realizamos.

Otro rasgo que quiero destacar de esta Historia mínima del neoliberalismo es la exploración que hace Fernando Escalante del papel que ha jugado la izquierda en la construcción de dicho modelo económico e ideológico. Nada más fácil que asumir que la izquierda ha sido esencialmente combativa de este modelo. Sin embargo, la Historia de la economía nos muestra algo distinto y más complejo. Escalante hace una crítica aguda sobre el papel de la izquierda desde la década de los años sesenta hasta la fecha (en particular de la izquierda radical) y muestra que mucho de sus acciones y supuestos ideológicos, de hecho se parecen mucho al neoliberalismo. Escalante analiza primero el anarquismo de Paul Goodman y otros influyentes ideólogos de esa década en Estados Unidos y otros países, y después, la obra de Iván Illich, entre otros pensadores más radicales. “Es un nuevo tipo de radicalismo”, dice Escalante, “enemigo de todas las instituciones, de todas las formas de organización y de regulación y disciplina de la vida cotidiana […] el Estado resulta ser la cara más visible, la primera, y por lo tanto la más fácil de criticar. Y por eso tiene Iván Illich en la mira a las instituciones públicas. En las sociedades modernas, dice, la salud, la educación, la creatividad, se confunden con la actividad de las instituciones que dicen servir a esos fines. Y por eso resulta que no hay verdadera educación, ni hay verdadera salud, ni creatividad […] A veces da la impresión de estar leyendo a Hayek. Es el mismo impulso: iconoclasta, liberal, individualista, que en Iván Illich tiene tonalidades de rebeldía izquierdista, y en Hayek es inequívocamente conservador. La coincidencia es indudable, y fundamental”, dice Escalante.

Historia mínima del neoliberalismo es además de un buen documento historiográfico, un estudio riguroso y crítico de nuestro tiempo.

           

Suscríbete para recibir recomendaciones de libros en tu correo electrónico:

“Sobre los huesos de los muertos” de Olga Tokarczuk

El libro que les recomiendo en esta ocasión se llama Sobre los huesos de los muertos. La autora es Olga Tokarczuk, fue traducido al español por Abel Murcia y publicado por la editorial Océano en 2015. La escritora polaca Olga Tokarczuk fue galardonada con el premio Nobel de literatura de 2018 y, como suele suceder en muchos de estos casos, el premio llevó a varios lectores a acercarse a la obra de una escritora que hasta entonces les había pasado inadvertida. Este fue mi caso.

Sobre los huesos de los muertos es una novela policíaca (i.e. hay un crimen, un culpable y alguien que hace las veces de detective para encontrarlo), pero esta novela también es más que eso. Es una reflexión sobre la destrucción del planeta a causa de los seres humanos. También es una diatriba en contra del maltrato y consumo animal. El personaje central es Janina Duszejko, una maestra retirada que vive una zona rural muy pequeña a las afueras de Polonia. Ella es la narradora de toda la historia.

La novela comienza cuando un vecino suyo llama a su puerta para pedirle que lo acompañe, pues han encontrado muerto a otro vecino, uno al que apodaban Pie Grande. Los personajes –salvo alguna excepción– son nombrados según los apodos que la propia Janina les pone. Por ejemplo, se refiere como Pandedios al vecino que va a buscarla y con quien lleva una buena relación. A este crimen, le sucede otro y así se echa a andar la maquinaria de las pesquisas del lector. Janina es un personaje entrañable: una astróloga aficionada, defensora de los animales, está convencida de que los crímenes han sido provocados por los propios animales, quienes por fin han comenzado a cobrar venganza de todo el maltrato que han recibido por parte de los seres humanos; en particular por los cazadores furtivos. Janina había sido maestra de inglés y uno de sus exalumnos ha decidido traducir al polaco la obra de William Blake, el poeta místico. De ahí que haya fragmentos de poemas o cartas de Blake entretejidos con los diálogos y reflexiones de la narración. Algo que atrapa la atención del lector desde el inicio es la fuerza que puede alcanzar la prosa de Tokarczuk en pasajes muy breves, así como una gran precisión para describir estados de ánimo (de lo que daremos cuenta un poco más adelante). Por ahora quiero subrayar que Sobre los huesos de los muertos no es una novela exenta de humor. He aquí, por ejemplo, esta reflexión que hace Janina sobre Pandedios, quien en realidad está representando prácticamente a cualquier hombre:

“Con Pandedios resulta difícil hablar”, dice Janina. “Es una persona taciturna, y como no es posible hablar con él, hay que callar. Con algunas personas, especialmente con los hombres, resulta difícil hablar. Tengo cierta teoría al respecto. Con la edad, muchos hombres caen en cierto autismo testosterónico que se manifiesta en una lenta pérdida de la inteligencia social y de la capacidad para comunicarse con las otras personas, la cual afecta también la capacidad de formular pensamientos. La persona aquejada de esta dolencia se convierte en un ser taciturno y parece estar sumido siempre en sus reflexiones. Le interesan más los utensilios y las maquinarias. Le atraen la Segunda Guerra Mundial y las biografías de personas famosas, particularmente de políticos y malhechores. Desaparece prácticamente su capacidad de leer novelas: el autismo testosterónico impide la comprensión psicológica de los personajes. Creo que Pandedios padecía esa dolencia”.

Tokarczuk ha sido una activista a favor de los derechos de los animales y del cuidado del medioambiente desde hace varios años. Eso la ha puesto en sintonía sobre uno de los males de nuestro tiempo: el cinismo disfrazado de ironía.

“Ése es uno de los rasgos que más detesto en la gente: la ironía helada”, dice Janina. “La ironía revela una actitud muy cobarde: uno puede burlarse de todo, ridiculizarlo, no tomar partido por nada, nunca, no sentirse unido a nada. Como un impotente que nunca gozará del placer, pero hará lo imposible para que otros lo encuentren repugnante. La ironía es la principal arma de Urizén. La armadura de la impotencia. Y encima los irónicos siempre tienen una concepción del mundo de la que alardean triunfalmente, aunque cuando se empieza a darles la lata y a pedir detalles, resulta que se trata únicamente de trivialidad y banalidad. Nunca me habría atrevido a decirle a una de esas personas que era un idiota y no iba a empezar con el cartero”.

Sabemos que para fascinarnos con algo que nos cuentan es vital que percibamos la fascinación de quien relata. De esta manera todo, hasta lo más trivial puede resultar novedoso, atractivo o a veces increíble como esta descripción que hace Janina de los zorzales, estas aves que de pronto pasan volando sobre ella.

“Entonces pasó una veloz bandada de zorzales. A estos pájaros sólo los veo en bandadas: se mueven con agilidad, como un organismo aéreo, compuesto de una sola trama. No recuerdo dónde leí que son capaces de defenderse si los ataca un depredador, por ejemplo, uno de esos gavilanes que se mecen en el cielo como espíritus santos. La bandada es capaz de luchar de manera pérfida e impredecible, y sabe vengarse: se eleva rápidamente en el aire y como obedeciendo una misma orden evacúa sobre el perseguidor: suelta decenas de blancos excrementos sobre las bellas alas del gavilán, de manera que no sólo las manchan, sino que provocan que se peguen y el ácido corroe las plumas con velocidad. Para escapar del peligro, el depredador debe abandonar la persecución de inmediato y posarse en la hierba. Nadie puede imaginar lo sucias que se encuentran sus plumas. El animal pasa uno o dos días limpiándolas, pues es incapaz de dormir a causa del olor repugnante que despide, peor que el de la carroña. No puede quitarse con el pico los excrementos que se han endurecido, tiene frío, y por entre sus plumas pegadas el agua de lluvia se abre paso con facilidad hasta su delicada piel de ave. Los otros gavilanes lo evitan, como si tuviera la lepra o hubiese contraído una enfermedad horrible. Su majestuosidad se ha visto dañada. Todo aquello es insoportable para el gavilán, y no es extraño que el ave muera”.

Las diatribas en contra del maltrato y consumo animal como parte de una obra literaria son raras. Me viene a la mente el ensayo “La vida de los animales” de J.M. Coetzee, incluido en su novela Elizabeth Costello como otro ejemplo de un ensayo en las mismas líneas que estas de Tokarczuk. En boca de Janina, la autora polaca describe la normalidad con la que hemos adoptado el maltrato a los animales.

“—Cuando ustedes pasan junto a los escaparates de las carnicerías”, dice Janina, “donde cuelgan cuerpos despedazados y abiertos por la mitad, ¿qué les viene a la mente? No les llama la atención, ¿verdad? O cuando piden en un restaurante una brocheta o un filete, ¿se han puesto a pensar qué es lo que reciben? Como si no hubiera nada terrible en ello. El crimen de estos animales se considera un acto normal, se ha convertido en un hecho cotidiano. Un crimen que todos cometen. Pues bien, así es como sería el mundo si los campos de concentración aún existieran y la gente los viera como algo normal […]—Ustedes pueden alegar que sólo se trata de un jabalí —continué—. ¿Pero entonces cómo se explica esa avalancha de cuerpos que provienen del matadero y caen diariamente en la ciudad como una inagotable lluvia apocalíptica? Esa lluvia anuncia la masacre, la enfermedad, la locura colectiva, el desequilibrio y el envenenamiento del espíritu. Ningún corazón humano podría soportar tanto dolor. De hecho, la complicada psicología humana tiene un solo objetivo: impedirle al hombre entender lo que ve, buscar que la verdad no se abra paso hasta él y quede envuelta en alucinaciones y palabras vacías. Que el mundo sea una prisión llena de sufrimientos, organizada de manera que para sobrevivir haya que causar dolor a los otros. ¿Me explico? […]”

Otro acierto de la novela, que se muestra poco a poco, es el tipo de personajes que pueblan la narración. Janina es una exmaestra de inglés, como ya he mencionado, además de ser una astróloga aficionada, pero junto a ella aparecen otros personajes (jóvenes y viejos) que no son en absoluto típicos de este tipo de novelas: un entomólogo, una chica que trabaja en una tienda de ropa de segunda mano, un novato en las fuerzas policíacas que traduce a Blake en su tiempo libre y está lleno de alergias.

“Entendí que pertenecíamos a ese grupo de gente que el mundo considera inservibles”, dice Janina. “No hacemos nada trascendental, no producimos pensamientos importantes ni objetos necesarios ni alimentos; no cultivamos la tierra ni hacemos que prospere la economía. No nos hemos multiplicado significativamente […] No hemos aportado ningún tipo de provecho a la humanidad. No se nos ha ocurrido ningún invento. No hemos tenido poder, no hemos poseído nada más que nuestras pequeñas propiedades. Hemos hecho nuestro trabajo, pero éste no ha tenido ninguna importancia para los demás. De hecho, si faltáramos, no cambiaría nada. Nadie se daría cuenta”.

En suma, Sobre los huesos de los muertos de la escritora Olga Tokarczuk es una novela que combina lo mejor de las novelas policíacas (i.e. su amenidad, su falta de pretensiones y un suspenso constante) con una reflexión clara y certera del mundo que hemos destruido y de lo que hace falta para repararlo.

Suscríbete para recibir recomendaciones de libros en tu correo electrónico:

“Vigilancia permanente” de Edward Snowden

Edward Snowden es un exagente de la CIA que hoy se encuentra asilado en Rusia tras haber revelado información sustancial sobre el sistema de vigilancia de los servicios de inteligencia de los Estados Unidos. La traducción al español de este libro fue hecha por Esther Cruz y publicada por la editorial Planeta en Barcelona. Vigilancia permanente es, a mi juicio, un libro de lectura obligada porque da cuenta de lo que hizo Edward Snowden, sus motivos para hacerlo y la manera en que todo eso nos afecta. Créanlo o no, las consecuencias de sus actos han sido determinantes para la manera en que nos relacionamos todas las personas que utilizamos Internet en nuestra vida cotidiana.

            Al comienzo del libro, Snowden reflexiona sobre los motivos que lo llevaron a hacer pública una información que era considerada un secreto de Estado. Intentó buscar la manera de manifestar sus preocupaciones sobre el mal uso que se le estaba dando a la información que el gobierno de Estados Unidos recolectaba sin el conocimiento de los ciudadanos, pues el gobierno de ese país se ha dedicado desde hace años a espiar a sus ciudadanos, recolectar información y, llegado el momento, utilizar esta misma información en su contra. Todo eso es ilegal, pues para poder espiar a una persona se requiere de una orden emitida por un juez, quien a su vez debe convencerse de que hay un motivo más que fundamentado para ello.

            Pero Snowden no tenía cómo hablar del asunto hacerlo sin que eso significara que lo apresaran de inmediato. “¿A quién podía recurrir?”, se preguntaba Snowden. “¿Con quién podía hablar? Aunque fuera para comentar la verdad en voz baja, incluso con algún abogado o un juez o un miembro del Congreso era imposible, pues el tema se había convertido en un delito tan grave que solo una descripción básica de los hechos podría haber significado una condena de por vida en una prisión federal”, dice Edward Snowden. Y es que él conocía muy bien cómo opera el sistema de justicia de su país porque trabajó para él por varios años. No solo eso: durante mucho tiempo, Snowden estuvo convencido de las justificaciones de que se ha valido el gobierno norteamericano para cometer todo tipo de atropellos (la cárcel de Guantánamo, el bloqueo económico a Cuba, invasiones como las de Irak o Afganistán, solo por mencionar algunas). Sin embargo –y he aquí una de las peculiaridades de Snowden que conviene subrayar– siempre tuvo un alto nivel de autocrítica.

“El 12 de septiembre fue el primer día de una nueva era”, dice Snowden, “fue el primer día de una nueva era que Estados Unidos enfrentó con una resolución unificada, fortalecida por un sentido revivido de patriotismo y la buena voluntad y compasión del mundo. Ahora que lo pienso, mi país podría haber hecho mucho con esta oportunidad. Podría haber tratado el terrorismo no como el fenómeno teológico que pretendía ser, sino como el crimen que era. Podría haber utilizado este extraño momento de solidaridad para reforzar los valores democráticos y cultivar la resiliencia en un público global ahora conectado, pero en lugar de eso inició una guerra”. Y páginas más adelante, Snowden añade:

“El terrorismo, por supuesto, fue la razón por la cual se implementó la mayoría de los programas de vigilancia de mi país, en un momento de gran temor y oportunismo. Pero resultó que el miedo era el verdadero terrorismo, perpetrado por un sistema político que estaba cada vez más dispuesto a usar prácticamente cualquier justificación para autorizar el uso de la fuerza. Los políticos estadounidenses no tenían tanto miedo al terror como a parecer débiles, o ser desleales a su partido, o a sus donantes de campañas, que tenían un gran apetito por los contratos gubernamentales y los productos derivados del petróleo de Medio Oriente. La política del terror se volvió más poderosa que el terror en sí mismo, lo que resultó en un ‘contraterrorismo’: las acciones de pánico de un país incomparable en capacidad, sin restricciones políticas y descaradamente preocupado por defender el estado de derecho. Después del 11 de septiembre, las órdenes de la Comunidad de Inteligencia de los Estados Unidos habían sido: ‘nunca más’, una misión que nunca podría cumplirse”.

            ¿Cuántos de nosotros hemos podido cambiar de opinión en asuntos realmente importantes a través de reflexiones provocadas por la lectura, el diálogo o la observación detenida de ciertos fenómenos? Y es que cultivar y mantener un sentido de autocrítica no es algo sencillo. Como el propio Snowden afirma: “Aprendemos a hablar imitando el discurso de los adultos que nos rodean, y en el proceso de ese aprendizaje, también acabamos por imitar sus opiniones, hasta que nos engañamos a nosotros mismos al pensar que las palabras que estamos usando son nuestras”.

            Vigilancia permanente es un libro audaz, inteligente y con una variedad de registros que ya quisiera lograr más de un novelista premiado. En el libro hay momentos de enorme suspenso y de empatía con el lector. Y en el centro de la narración está la ética (tácita o implícitamente); en particular la ética vinculada a nuestro derecho a la privacidad. Al respecto, Snowden hace una observación pertinente: “‘Privacidad’ significa algo distinto para todos”, afirma. “Debido a esta falta de definición común, los ciudadanos de democracias pluralistas y tecnológicamente sofisticadas sienten que tienen que justificar su deseo de tener privacidad y enmarcarlo como un derecho. Pero los ciudadanos de las democracias no tienen que justificar ese deseo; el Estado, en cambio, debe justificar su violación. Si uno se niega a reclamar su privacidad, la está cediendo, ya sea a un Estado que transgrede sus restricciones constitucionales o a un negocio ‘privado’”.

            Uno de los momentos clave del libro es cuando Snowden, a través del programa de espionaje cibernético que él mismo ha contribuido a construir, observa a un hombre con su bebé. Esto le hace recordar a su propio padre y su relación con él; es un momento que despierta la empatía con el lector. Leo un fragmento de esa escena: “[El hombre] estaba sentado frente a su computadora, como yo estaba sentado frente a la mía. Excepto que en su regazo tenía un niño pequeño, un niño con pañal. El padre intentaba leer algo, pero el niño seguía moviéndose, golpeando las teclas y riéndose. El micrófono interno de la computadora captó su risa y allí estaba yo, escuchándolo en mis audífonos. El padre abrazó al niño con más fuerza, y el niño se enderezó y miró directamente a la cámara de la computadora con sus ojos negros cada vez más grandes. No podía escaparme de la sensación que me provocaba su mirada directa. De repente me di cuenta de que había estado conteniendo el aliento. Cerré la sesión, me levanté de la computadora y salí de la oficina para ir al baño en el pasillo, con la cabeza baja y los audífonos aún con el cable conectado. Ese niño y su padre me recordaron a mí y a mi propio padre, con quien me quedé de ver para cenar una noche durante mi estadía en Fort Meade. No lo había visto en mucho tiempo, pero allí, durante la cena, entre bocados de ensalada César y una limonada pensé: nunca volveré a ver a mi familia. Tenía los ojos secos, me controlé lo más que pude, pero por dentro estaba devastado. Sabía que si le contaba a mi padre lo que estaba a punto de hacer, llamaría a la policía. O de lo contrario me habría tachado de loco y me habría enviado a un hospital psiquiátrico. Él habría hecho cualquier cosa que pensara que tenía que hacer para evitar que cometiera un error tan grave. Solo me quedaba esperar que con el tiempo, su dolor se atenuara al sentirse orgulloso de mí”.

            Hacia el final del libro, mientras Snowden da cuenta de todo lo que tuvo que hacer para contactar a los periodistas a quienes les entregaría la información que había copiado de las bases de datos de la CIA, le cede la voz a Lindsey Mills, su novia, quien fue acosada por la CIA para tratar de extraerle información sobre el paradero de Snowden una vez que supieron que este había huido (información que ella ignoraba). Mills transcribe algunos fragmentos de su diario y nos comparte su perspectiva de esta historia. Su participación le confiere al libro un carácter todavía más íntimo y nos ayuda a comprender mejor la dimensión de los actos de Snowden, así como de sus motivaciones.

             “¿Quién de nosotros puede predecir el futuro?”, se pregunta Edward Snowden. “¿Quién se atrevería? La respuesta a la primera pregunta es nadie, en realidad, y la respuesta a la segunda es todos, especialmente todos los gobiernos y empresas del planeta. Para eso utilizan nuestros datos. Los algoritmos analizan en busca de patrones de comportamiento establecidos para extrapolar los comportamientos por venir, un tipo de profecía digital que es tan solo un poco más precisa que los métodos analógicos como la lectura de la palma de la mano. Una vez que profundiza en los mecanismos técnicos reales por los que se calcula la previsibilidad, se llega a comprender que su ciencia es, de hecho, anticientífica […] La previsibilidad es en realidad manipulación. Un sitio web que te dice que porque te gustó este libro también te pueden gustar los libros de James Clapper o Michael Hayden no ofrece una conjetura informada sino un mecanismo de coerción sutil”.

            Snowden nos recuerda algo tan obvio que a menudo pasamos por alto: el futuro depende de nuestras acciones presentes. No es inevitable. La autocrítica, la valentía y una dosis de sacrificio son necesarias para hacer frente a un Estado y a un grupo de empresas que se empeñan en manipularnos para ejercer todo el control posible sobre nuestras decisiones; que se empeñan en hacernos dependientes de sus productos. Está en nosotros no permitirlo.

Suscríbete para recibir recomendaciones de libros en tu correo electrónico:

La tragedia de Julio César es de todos

En 2017 salió publicada en la revista Casa del tiempo un texto que escribí sobre la obra Julio César de Shakespeare.

Da click en el siguiente link para descargar el PDF:

Suscríbete para recibir recomendaciones de libros en tu correo electrónico:

La vida después de Johnson

En 2012 escribí para la revista Casa del tiempo esta reseña sobre La vida de Samuel Johnson (1791) escrita por James Boswell, compañero y biógrafo de Johnson. El estilo de Boswell ha sido un referente en la literatura en lengua inglesa durante los siglos XIX y XX.

Aquí puedes descargar la reseña:

Suscríbete para recibir recomendaciones de libros en tu correo electrónico:

La niña que se bebió la luna

Les comparto mi más reciente traducción: La niña que se bebió la luna de Kelly Barnhill (Santillana: 2017).

Portada La niña

CADA AÑO, los habitantes del Protectorado dejan a un bebé como ofrenda para la bruja que vive en el bosque. Esperan que ese sacrificio los salve del terror de la bruja. Pero la bruja del Bosque, Xan, es amable. Vive en compañía de un sabio Monstruo del Pantano y de un Dragón Perfectamente Pequeño. Xan rescata a los bebés que son ofrendados y los entrega a familias del otro lado del bosque, en el camino los alimenta con luz de estrellas.
Pero un día, Xan alimenta por accidente a una bebé con luz de luna en lugar de luz de estrellas. Al hacerlo dota de una magia extraordinaria a una niña común. Entonces Xan decide que deberá criar a la niña, a quien ha decidido llamar Luna, como si fuera suya. A medida que se acerca el cumpleaños número trece de Luna, su magia comienza a surgir con peligrosas consecuencias. Mientras tanto, un joven del Protectorado está decidido a liberar a su gente matando a la bruja. Unas aves letales con intenciones inciertas vuelan por ahí. Un volcán, que llevaba siglos dormido, ruge justo debajo de la superficie de la tierra. Y la mujer que tiene corazón de tigre anda al acecho…
La autora de la aclamada y premiada novela El niño de la bruja ha escrito una
historia de hadas épica y ejemplar, destinada a convertirse en un clásico de nuestro tiempo.

“El ritmo suave y la gran imaginación de la trama integran mil hilos para tejer una red de personajes, magia y vivas incorporadas… tejidas con maestría y encanto”. School Library Journal

“Una novela cautivadora”. Publishers Weekly

“Absolutamente fascinante”. Shelf Awareness for Readers

“Les garantizamos que con esta lectura quedarán encantados, cautivados y hechizados”. Kirkus Reviews

“Imposible dejar de leerla”. The New York Times Book Review

Suscríbete para recibir recomendaciones de libros en tu correo electrónico:

La literatura como un acto y no un objeto

Terry Eagleton es uno de los críticos literarios más sobresalientes. En su libro “The Event of Literature” (2012) consolida una visión particular de la literatura y del quehacer teórico literario. Un libro imperdible para todo interesado en los estudios literarios.

Da click aquí para leer mi reseña sobre “El acontecimiento de la literatura” de Terry Eagleton

Suscríbete para recibir recomendaciones de libros en tu correo electrónico:

¿Todos los caminos del boom llevan a Yoknapatawpha?

Da click aquí para leer “¿Todos los caminos del boom llevan a Yoknapatawpha?

Varios (o quizás todos) los escritores del boom latinoamericano reclamaron la obra de William Faulkner como modelo o influencia. Sin embargo, a mí me parece que fue solo una manera burda de llamar la atención. La influencia es algo que se nota en la obra y, a mi juicio, ninguno de estos autores leyó realmente a Faulkner con la profundidad necesaria para convertirlo en influencia (excepto uno).

Suscríbete para recibir recomendaciones de libros en tu correo electrónico:

“El gigante enterrado” de Kazuo Ishiguro

Lo imposible coexiste con lo cotidiano a fuerza de entrelazar los sueños con las necesidades más básicas. Ir en busca de comida implica los riesgos de encontrarse con un ogro o con otros buscadores de comida que son capaces de matarnos a la menor provocación. La guerra ha devastado los campos y la pobreza es rampante. Sin embargo, el amor y la lealtad también tienen cabida. De hecho parecen ser lo único capaz de sostener lo que aún queda del mundo.

Da click aquí para leer El gigante enterrado de Kazuo Ishiguro. Una historia del medievo en que vivimos

Suscríbete para recibir recomendaciones de libros en tu correo electrónico: