“Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo” de Chimamanda Ngozi

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi ha construido una carrera literaria sorprendente. En muy pocos años ha escrito más de un libro notable. Y no se ha limitado al mundo de la ficción; también ha explorado el ensayo de manera exitosa. La recomendación de esta semana es su libro Querida Ijeawele. Cómo educar en el feminismo, publicado en 2017 por Random House Mondadori y traducido al español por Cruz Rodríguez. Este ensayo se nos presenta como una carta que incluye una serie de recomendaciones sobre cómo educar a una hija en el feminismo. Como ella misma lo indica en el prólogo, Chimamanda Ngozi le escribió una carta a una amiga que recién había parido a una niña y quería que Chimamanda la aconsejara, pues Ijeawele, su amiga, quería educar a su pequeña dentro de una perspectiva feminista. La autora adaptó esa carta y la convirtió en este hermoso y breve libro.

Dice al respecto la autora:

Para mí, el feminismo siempre es contextual. No tengo una regla fija, lo más cercano que tengo a una fórmula son mis dos “Herramientas feministas” y quiero compartirlas contigo como punto de partida. La primera es una premisa, la sólida creencia inflexible con la que hay que empezar. ¿Cuál es esta premisa? La premisa feminista debería ser: Yo importo. Yo importo por igual. No “si tan solo”. No “mientras”. Yo importo por igual. Punto y aparte. La segunda herramienta es una pregunta: ¿puedes invertir la X y obtener los mismos resultados? Por ejemplo: mucha gente cree que la respuesta feminista de una mujer a la infidelidad de su marido debería ser irse de la casa. Pero creo que quedarse también puede ser una elección feminista, dependiendo del contexto. Si Chudi se acuesta con otra mujer y tú lo perdonas, ¿sería lo mismo si tú te acostaras con otro hombre? Si la respuesta es sí, entonces tu elección de perdonarlo puede ser una elección feminista porque no está moldeada por una desigualdad de género. Lamentablemente, la realidad en la mayoría de los matrimonios es que la respuesta a esa pregunta a menudo sería no, y la razón estaría basada en las diferencias de género – esa idea absurda de que “los hombres serán hombres”, lo que significa tener un estándar mucho más bajo para los hombres.

Después de establecer esta pauta, la autora comienza con algunas recomendaciones para su amiga sobre cómo educar a su hija en el feminismo. Cada capítulo lleva por título alguna recomendación. Aquí una muestra. Leo un fragmento del capítulo titulado “Háganlo juntos”:

¿Recuerdas que en la escuela primaria aprendimos que un verbo era una palabra que indicaba una acción? Bueno, un padre es tanto un verbo como una madre. Chudi debería hacer todo lo que la biología le permite, que es todo menos amamantar. A veces las madres, tan condicionadas a ser todo y hacer todo, son cómplices de disminuir el papel de los padres. Podrías pensar que Chudi no bañará a la niña exactamente como tú quieres, que no le limpiará la cola tan perfectamente como tú. Pero, ¿y eso qué? ¿Qué es lo peor que puede pasar? Ella no morirá a manos de su padre. En serio. Él la ama. Es bueno para ella que su padre la cuide […] Compartan el cuidado de los niños. Lo que significa “Por igual”, por supuesto, dependerá de ambos […] No tiene por qué significar un cincuenta y cincuenta por ciento literalmente o llevar una puntuación diaria, pero ambos sabrán cuando el cuidado de los niños se comparte por igual. Lo sabrás porque no tendrás resentimiento. Cuando hay verdadera igualdad, el resentimiento no existe.

Después de aclarar que en su idea de feminismo la inclusión del padre en los cuidados de los hijos es necesaria precisamente para establecer una relación de equidad, la autora continúa con comentarios y más recomendaciones por demás urgentes en nuestro tiempo. Por ejemplo, el tema de los roles de género en los más pequeños. Dice Chimamanda: “Si no ponemos la camisa de fuerza de los roles de género en los niños pequeños, les damos espacio para que alcancen su máximo potencial. Por favor, vean a Chizalum como un individuo. No como una niña que debería ser de cierta manera. Vean sus debilidades y sus fortalezas de manera individual. No la midan en una escala de lo que una niña debería ser. Mídanla en la escala que refleje la mejor versión de ella misma que puede ser”.

Y continúa el texto de esta manera:

Cuidado con el peligro de lo que yo llamo Feminismo Lite. Es la idea de la igualdad femenina condicional. Por favor, rechaza esto por completo. Es una idea hueca, apaciguadora y en bancarrota. Ser feminista es como estar embarazada. O lo estás o no lo estás. O crees en la igualdad total de hombres y mujeres o no. El Feminismo Lite utiliza analogías como “él es la cabeza y tú eres el cuello”. O “él está manejando pero tú estás en el asiento del copiloto”. Más preocupante es la idea, en este Feminismo Lite, de que los hombres son superiores por naturaleza, pero se espera que “traten bien a las mujeres”. No. No. No. Debe haber algo más que la benevolencia masculina como base para el bienestar de una mujer. El Feminismo Lite utiliza en su lenguaje el verbo ‘permitir’. Lo que los hombres permiten.

Conforme avanza la lectura, la necesidad de que ensayos como este sean leídos también por hombres se hace cada vez más clara. Si la autocrítica es vital para el mejoramiento de una persona, cuánto más lo es para reparar el daño que la mitad de la humanidad ha hecho a la otra parte. Este daño es histórico y por ello su reparación tiene que tomar en cuenta aquello que para muchos ha sido visto como normal e incluso como “natural” (digo natural entre comillas). Pues como dice Chimamanda Ngozi: “He aquí una triste verdad: nuestro mundo está lleno de hombres y mujeres a los que no les gustan las mujeres poderosas. Hemos sido tan condicionados a pensar en el poder como algo masculino que una mujer poderosa es una aberración”. Y páginas más adelante, Chimamanda explora la importancia del lenguaje que utilizamos en el día a día (y más en su función de herramienta para la educación de una niña). Dice la autora: “Enséñale a cuestionar el lenguaje. El lenguaje es el depositario de nuestros prejuicios, nuestras creencias, nuestras suposiciones. Pero para enseñarle eso, tendrás que cuestionar tu propio lenguaje”.

Y añade:

Enséñale a tu hija a rechazar la simpatía. Su trabajo no es ser simpática, su trabajo es ser ella misma, una persona honesta y consciente de la humanidad igualitaria de otras personas […] Enseñamos a las niñas a ser agradables, a ser simpáticas, a ser falsas. Y no les enseñamos lo mismo a los niños. Esto es peligroso. Muchos depredadores sexuales se han aprovechado de esto. Muchas chicas se quedan calladas cuando son abusadas porque quieren ser agradables. Muchas chicas pasan demasiado tiempo tratando de ser ‘amables’ con la gente que les hace daño. Muchas chicas piensan en los “sentimientos” de aquellos que les hacen daño. Esta es una consecuencia tremenda de la simpatía […] También enséñenla a ser valiente. Anímenla a decir lo que piensa, a decir lo que realmente piensa, a decir la verdad. Y luego elógienla cuando lo haga. Elógienla especialmente cuando tome una posición que sea difícil o impopular, porque resulta ser una posición honesta. Díganle que la amabilidad importa. Elógienla cuando sea amable con otras personas. Pero enséñenle que su bondad nunca debe ser tomada por sentado. Díganle que ella también merece la bondad de los demás. Enséñale a defender lo que es suyo.

El tema de los estereotipos de la belleza no podía faltar en estas cerca de quince recomendaciones que hace la autora a su amiga. Y así continúa:

Chizalum notará muy pronto qué tipo de belleza valora la mayoría de la gente en el mundo. Lo verá en revistas, películas y programas de televisión. Ella verá que el ser blanca es algo valorado. Notará que la textura del cabello que más valora la gente es el cabello rubio o lacio […] Se encontrará con estos valores, te guste o no. Así que asegúrate de crear alternativas para que ella las vea. Háganle saber que las mujeres blancas y delgadas son hermosas, y que las mujeres no delgadas y no blancas son hermosas. Háganle saber que hay muchos individuos y muchas culturas que no encuentran atractiva esa estrecha definición de belleza que privilegia la blancura.

Como mencioné hace un momento, son varias las recomendaciones incluidas en este libro que hace Chimamanda Ngozi y que nos invitan a reflexionar no solo acerca de la educación que podemos brindarles a nuestros hijos sino –acaso igual de importante– cuál fue la educación que recibimos. ¿Hacia dónde nos ha conducido no solo como individuos sino como sociedad? ¿Cuáles son los reclamos, los preceptos y los postulados de los distintos feminismos? ¿Cómo podemos remediar una cadena de injusticias y no seguir negando lo evidente?: una sociedad que no considera el feminismo como un punto de partida está condenada a la violencia y a la impunidad.

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“Trabajos de mierda” de David Graeber

Esta vez quiero recomendarles el libro Trabajos de mierda del autor David Graeber. Publicado en 2018 por la editorial Ariel y traducido al español por Iván Barbeitos. El título es engañoso. Al leerlo uno piensa, con toda probabilidad, en su propio trabajo. Después en los empleos de algunos conocidos y, al final de un rápido recorrido mental de trabajos que consideramos de mierda, uno se reencuentra con el suyo y no lo ve tan mal. Luego viene otra pregunta: ¿de cuáles trabajos hablará el libro? Y es que el propio Graeber fue el catalizador de un grupo de personas cuyos trabajos tienen algo en común: no sirven para nada. Los trabajos de mierda, en la definición de Graeber son aquellos que podrían desaparecer y nadie los echaría de menos. Más aún: son trabajos absolutamente innecesarios incluso desde la perspectiva de quienes los realizan. Si piensas que con tu trabajo no colaboras al desarrollo de la sociedad, muy probablemente estás en el mismo caso de casi el 40% de las personas de clase media o clase alta de occidente. Es de sorprender que, en efecto, el 37% de los entrevistados por la agencia YouGov en Reino Unido respondieron que sus trabajos no benefician a la sociedad.

Uno de los primeros casos de este tipo de trabajos es el de un alemán que trabaja para el ejército; forma parte de la logística. Si un oficial X va a cambiarse de oficina, a la oficina del fondo del pasillo, por ejemplo, ese oficial debe llenar una solicitud. Una vez que esta ha sido debidamente llena e ingresada, puede proceder con su cambio de oficina. Hasta ahí todo suena como algo burocrático y enfadoso, pero poco más. Lo que hace este trabajo de mierda, en voz de quien lo realiza, es que él es quien se encarga de recibir la solicitud, después debe acudir a las oficinas en cuestión que están a 80 o 100 kilómetros de distancia, remover la computadora y demás neceseres de la oficina A a la oficina B y volver a la propia que está, como ya dije, a varios kilómetros de ahí.

Graeber decidió escribir este libro a partir del éxito rotundo e inesperado de un artículo con el mismo título y que fue publicado en la revista Strike!

En este artículo, Graeber esbozó el problema de los trabajos de mierda de un modo general, pero después de recibir múltiples correos electrónicos, mensajes y llamadas de personas que deseaban compartir sus experiencias en trabajos de este tipo, Graeber decidió analizar con mayor profundidad el asunto. Reflexiona sobre el papel que el trabajo, en términos generales, juega en nuestra vida cotidiana; sus implicaciones morales, por ejemplo. En uno de los mejores momentos del libro, Graeber rastrea de dónde proviene esta asociación del trabajo duro con una ética superior. La respuesta está vinculada, como era de esperarse, a la visión judeocristiana del trabajo como castigo de redención. Tiene su origen en una visión patriarcal de la sociedad, en donde los trabajos se dividen cada vez más en aquellos que se consideran importantes (los que hace el hombre) vs los que ni siquiera se consideran trabajos (i.e. los trabajos típicos que hace la mujer) de acuerdo con esta lógica.

Aquí pueden leer una entrevista en español a David Graeber acerca de este libro.

Graeber también se cuestiona por lo aparentemente extraño que resulta que quienes tienen trabajos donde no hay nada o muy poco qué hacer, y que además son bien remunerados, se sientan tan mal por tenerlos. Las implicaciones psicológicas de tener un trabajo que uno siente que no debería existir son más complejas de lo que pensamos. Que esta situación traiga más depresión que alegría es algo que sorprende hasta a los mismos dueños de dichos trabajos.

Otro ángulo revelador del análisis que hace Graeber es el reflexionar sobre lo extraño que es ser un empleado al que se le paga por tiempo y no por producción o resultados de su trabajo. Es decir, algo que a todos nos parece perfectamente normal: te pago tanto la hora o tanto por jornadas semanales o mensuales de tantas horas es, en realidad, una práctica muy reciente en la historia de la humanidad y está vinculada con la historia de la esclavitud. Hasta hace apenas un siglo o poco más se estableció esta idea de que alguien puede comprar nuestro tiempo y, en consecuencia, que el distraerse o descansar en horas de trabajo implique un robo para el contratista.

Quizás el único reparo que le pongo a este libro es el exceso de ejemplos que utiliza el autor para ilustrar un tipo específico de trabajo de mierda. Creo que con leer el primer ejemplo de cada capítulo es suficiente. Trabajos de mierda es un libro para pensar el sistema laboral que hemos creado y ofrece algunas ventanas hacia cómo podríamos mejorarlo.

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“Un mago de Terramar” de Ursula K. Le Guin

Originalmente publicada en 1968, Un mago de Terramar, novela escrita por la norteamericana Ursula K. Le Guin, es la primera de un ciclo de novelas de fantasía que se conoce con ese nombre: Ciclo de Terramar. En español fue traducida por Matilde Horne y publicada por la editorial Minotauro en 1983 y esta es la recomendación de esta semana que tengo para ustedes. Soy Gerardo Piña y es un gusto saludarles nuevamente.

Un mago de Terramar relata las aventuras de Ged, también conocido como Sparrow Hawk, un mago con más poder del que él mismo tiene conciencia, como suele pasar con los magos y los no-magos por igual. Un mago de Terramar es también una novela de formación. Vemos a Duny, pues este es el nombre provisional del personaje, al principio del relato como un niño que vive en Gont, un pueblo sencillo. Duny queda huérfano de madre a muy corta edad y se vuelve aprendiz de una hechicera. De ella aprende algunos trucos menores. Sin embargo, ante una invasión al pueblo perpetrada por hombres que asesinan a los habitantes, queman las casas y a los animales, etc., los habitantes de Gont deciden armarse lo mejor que pueden a sabiendas de que no podrán oponer mucha resistencia. Duny decide, casi por instinto, lanzar un hechizo simple en apariencia: crea una neblina que confunde a los invasores y frustra sus ataques. Los pobladores, al conocer sus casas y caminos, pueden no solo replegarse sino atacar con ventaja a sus enemigos. El resultado es la victoria del pueblo de Gont. Ante esta muestra de poder Ogion, un mago de renombre, va en busca de Duny para darle su verdadero nombre y aceptarlo como aprendiz. Ogion decide ponerle a Duny el nombre de Ged. Después de esto cito: “un pájaro cantó en voz alta en las ramas del árbol. En ese momento, Ged comprendió el canto del pájaro, y el lenguaje del agua que caía en la cuenca de la fuente, y la forma de las nubes, y el principio y el fin del viento que agitaba las hojas: le pareció que él mismo era una palabra pronunciada por la luz del sol”. Fin de la cita.

Los nombres son parte de un tema fundamental en la novela: el reconocimiento de las cosas. En Terramar todos tienen un nombre de uso común y un nombre verdadero. Este último es fundamental para la seguridad de quien lo lleva, pues es solo a través del conocimiento del nombre verdadero de alguien que se le puede hacer daño a través de la magia. Y esto se extiende a todos los elementos de la naturaleza: los animales, las plantas, el mar, etc. tienen también un nombre verdadero y quien los conoce tiene un determinado poder sobre ellos. Cuando alguien revela su nombre verdadero a otro está otorgándole algo tan preciado como su vida; es tal vez la expresión más alta de la confianza.

Ged es inseguro e impaciente y decide dejar a Ogion e irse a la escuela de magos de la isla de Roke. Es ahí donde aprenderá la lección más importante de su vida: conocerse a sí mismo. Por supuesto, este conocimiento no es inmediato ni es transparente. A partir de algunos sucesos que se dan en la escuela con otros magos, Ged tendrá que enfrentar un reto enorme, pues en un momento de arrogancia realiza un hechizo para el que aún no está preparado y que involucra la invocación de espíritus ancestrales. Esta invocación le enseñará a Ged varias cosas que trascienden la magia: la humildad, la confianza, la amistad y la determinación. Uno de sus maestros le advierte sobre la diferencia entre la ilusión de un hechizo y los cambios que son verdaderos. Cito:

La Mano Maestra miró la joya que brillaba en la palma de Ged, brillante como el premio de un tesoro de un dragón. El viejo Maestro murmuró una palabra, Tolk, y allí estaba la piedra, no una joya, sino un trozo áspero de roca gris. El Maestro la tomó y la sostuvo con su propia mano. “Esto es una roca, un tolk en el Habla Verdadera”, dijo mirando a Ged con ternura. “Un poco de la piedra de la que está hecha la Isla de Roke, un poco de la tierra seca en la que viven los hombres. Es ella misma. Es parte del mundo. Con un cambio de ilusión puedes hacer que parezca un diamante -o una flor o una mosca o un ojo o una flama-. La roca cambió de forma en forma a medida que él las nombró, y volvió a ser una roca. “Pero eso es sólo su apariencia. La ilusión engaña los sentidos del espectador; le hace ver y oír y sentir que el objeto ha cambiado. Pero eso no cambia al objeto. Para convertir esta roca en una joya, debes cambiar su verdadero nombre. Y hacer eso, amigo mío, incluso para un pedazo del mundo tan pequeño, significa cambiar el mundo.

Un mago de Terramar pertenece, desde luego, al género de la fantasía. Pero como ocurre con todas las obras literarias importantes, sus logros trascienden estas clasificaciones. Sin embargo, me detengo un momento para hablar de algunos rasgos del género en esta novela por las implicaciones que puedan tener en su lectura, sobre todo entre quienes no suelen leer novelas de fantasía. Ursula K Le Guin diseñó un mundo narrado, lo que llamamos diégesis en la teoría literaria, y lo fue poblando, lo fue nombrando. Así, los nombres de los lugares y personajes –al no ser tan familiares para el lector como ocurre en las novelas realistas– son menos fáciles de retener. No es necesario retener todos los nombres que aparecen. Los personajes fundamentales los vamos a reconocer sin mayor esfuerzo. También es fácil caer en la tentación de romper el pacto elemental entre quien lee y el texto que tiene en frente cuando se trata de una novela de fantasía. Es decir, pensamos que, al tratarse de un mundo irreal, cualquier cosa que ocurra de manera inesperada es gratuita por el solo hecho de que se trata de un mundo fantástico; es fácil pensar que no hay coherencia en este tipo de obras porque “todo se vale” cuando hay magia de por medio. De hecho sucede todo lo contrario. Quien opta por escribir una obra de fantasía apuesta por una coherencia interna mucho mayor que la que puede esperarse en una obra de corte realista. Las razones son estas: convencer a un lector de la arquitectura de un mundo imaginario es muy difícil (sobre todo cuando esto se hace solo con palabras), convencerlo también de que los personajes que lo habitan son verosímiles y tienen una cierta densidad, que sus pensamientos y ponderaciones no son superficiales, es más difícil aún, pero convencerlo de que la coherencia emocional y psicológica de dichos personajes es profundamente humana y que ese lector puede identificarse con estos personajes que no tienen referentes directos ni obvios en su vida cotidiana, es, quizás, el mayor logro que se puede alcanzar a través de las palabras.

Si le negamos la oportunidad de lectura a una obra porque en ella aparecen magos y dragones, en realidad nos estamos negando una oportunidad a nosotros mismos; una oportunidad para aprender un poco más de algo que habita en nosotros y que a veces olvidamos: la humildad, la confianza, la amistad y la determinación. Me despido de ustedes con esta cita del libro Un mago de Terramar de Ursula K Le Guin:

No es un secreto. Todo el poder es uno en el principio y el final. Los años y las distancias, las estrellas y las velas, el agua, el viento y hechicería, el arte en la mano de un hombre y la sabiduría en la raíz de un árbol: todos surgen al mismo tiempo. Mi nombre y el tuyo, y el verdadero nombre del sol, o de un manantial de agua, o de un niño que no nació, son todos sílabas de una sola palabra que se pronuncia muy lentamente por el brillo de las estrellas. No hay otro poder. No hay otro nombre.

¿Qué hay de la muerte? Preguntó la chica.

Para que una palabra sea pronunciada, respondió Ged lentamente, debe haber silencio. Antes y después.

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“El traidor” de Anabel Hernández

Por el rigor de su investigación, por las repercusiones a nivel nacional e internacional y por su valentía, el trabajo de Anabel Hernández es ejemplar dentro del periodismo. El traidor, su libro más reciente, publicado a finales del 2019 por la editorial Grijalbo, es un testimonio doloroso y urgente para comprender el contexto en el que vivimos. Soy Gerardo Piña y esta es la recomendación que tengo hoy para ustedes.

El narcotráfico, la trata de personas, la corrupción, la impunidad y las constantes violaciones a los derechos humanos son asuntos ampliamente extendidos en todo el mundo. Sin embargo, son varios los puntos dentro de esta dinámica de crímenes y violencia que cruzan por México. El cártel de Sinaloa es una organización criminal con presencia en prácticamente 70 países. En México no solo se producen drogas ilegales; también se importan, se exportan y se almacenan. El traidor es un libro que está compuesto por varios documentos. En un nivel leemos fragmentos del diario de Vicente Zambada Niebla, alias “El Vicentillo”, uno de los hijos de Ismael, el Mayo Zambada, a quien a los 16 años intentaron matar y, desde entonces, en palabras de Anabel Hernández, se volvió “un fugitivo de los enemigos de su padre”. Con todo, el Vicentillo no es el narcotraficante que podríamos imaginar. Ni siquiera muestra el talante de la mayoría de los criminales en este rubro, cuyos perfiles hemos podido conocer, aunque solo sea parcialmente, por otras investigaciones. Esto quizás se deba a que Vicente Zambada no tuvo un padre como la mayoría de los narcotraficantes.

Lo primero que hizo el Mayo con las ganancias que obtuvo del narcotráfico fue dedicarse legalmente a la agricultura y ganadería. Era un hombre de visión, y en realidad le gustaba vivir el campo, pero no como peón. Cuando iniciaba una empresa, al igual que la del narcotráfico, debía ser a gran escala. No despilfarró todo en mujeres ni lujos, planeó todo de modo tal que su dinero sucio financiara un negocio legal. Así lavaba el dinero y lo movía con más facilidad. Con diversos nombres falsos, el Mayo siempre se presentaba como ganadero. Lo era.

Vicente Zambada decidió colaborar con la DEA para dar información sobre los tejes y manejes del mundo de la droga en México en un intento por reconstruir su propia vida lejos de ese mundo criminal. Técnicamente no es un testigo protegido, pues enfrenta algunas acusaciones en Estados Unidos, pero su participación en varios de los recientes procesos de detención y encarcelamiento de narcotraficantes, ha sido similar a la de un testigo protegido.

El Cártel de Sinaloa contribuyó con millones de dólares a la campaña de Fox y del PRI [Francisco Labastida Ochoa], así, ganara quien ganara, estábamos bien”, le dijo el Mayo a Gaxiola respecto a las elecciones históricas que se llevaron a cabo en México en julio del año 2000, en las cuales por primera vez un candidato diferente al partido oficial logró ganar la presidencia. El hartazgo popular de la “dictadura perfecta” del PRI le abrió la puerta al rústico Vicente Fox, cuyas finanzas personales estaban en la ruina cuando inició su gobierno en diciembre del 2000. Según su propia declaración patrimonial, sólo tenía 10 mil pesos en el banco, ése era todo su patrimonio. Después de la fuga de Guzmán Loera de Puente Grande en enero de 2001, las finanzas de Fox, las de sus empresas familiares y sus hermanos cambiaron drásticamente. Pasaron de la bancarrota a la abundancia. Personalmente investigué su evolución patrimonial, y, por decir lo menos, resultaba inexplicable. Los mismos milagrosos cambios ocurrieron con la economía de su vocera, la señora Marta Sahagún, con quien se esposó en segundas nupcias iniciado el gobierno, y con las de dos de sus tres hijos: Manuel y Jorge Alberto Bribiesca Sahagún.

Como vemos, los enormes problemas derivados del narcotráfico no son recientes. Un pueblo harto de las siete décadas de gobierno de un partido corrupto votó por un candidato igual de inepto y corrupto, pero con la bandera de otro partido. Para el año 2000, a pesar del enorme poder de los cárteles de la droga, todavía era posible establecer estrategias que impidieran una escalada como la que hemos vivido. Sin embargo, la colusión de los gobiernos de Fox, Calderón y Peña Nieto con estos grupos criminales produjo el infierno en el que vivimos hoy en México. Y es que es difícil pensar en un negocio más lucrativo que el tráfico de drogas.

El Cártel de Sinaloa compra la cocaína en Colombia a 3 mil dólares por kilo. En México, en Culiacán, el mismo kilo se vende en 13 mil dólares. Ese precio incluye 6 mil dólares del costo de la materia prima, es decir, la cocaína, y los costos de transportación, que a la vez incluyen el pago de sobornos para que la droga haya llegado de Colombia a Culiacán. Eso significa que si el Mayo vende ahí la cocaína, su ganancia es de 7 mil dólares por kilo; 7 millones de dólares por tonelada. Por supuesto, si hace esa venta, su riesgo termina ahí. En cambio, en Los Ángeles, el precio de venta del kilo de cocaína es de 20 mil dólares, de los cuales 4 mil dólares son de costos de transportación, que incluyen el pago de sobornos para hacer que la mercancía llegue. Los costos de materia prima y transporte son de 7 mil dólares por kilo, eso significa una ganancia directa de 13 mil dólares por kilo, 13 millones de dólares por tonelada. Sí, casi el doble de lo que gana quien lo vende en Culiacán. Si el mismo kilo de cocaína llega a Chicago, el precio es de 25 mil dólares, 9 mil de materia prima y gastos de transportación. Eso significa una ganancia de 16 mil dólares por kilo, 16 millones de dólares por tonelada. En Nueva York el precio de venta del kilo de cocaína es de 35 mil dólares. Los costos son los mismos 9 mil dólares que en Los Ángeles, de modo que la ganancia es de 26 mil dólares por kilo, 26 millones de dólares por tonelada. Rey explicó que el precio es más elevado en Nueva York “porque es más difícil de vender, la policía es muy activa, así que es muy complicado completar la operación cien por ciento”.

Estas cantidades de dinero se explican por las “dificultades” (lo digo entre comillas) por las que atraviesan quienes transportan y venden la droga. Sin embargo, sabemos que en México más que dificultades este negocio ha florecido gracias a la colusión de distintos niveles del gobierno, así como la impunidad de los delincuentes. Cito de nuevo a Anabel Hernández:

Gaxiola afirmó que ni al Mayo ni a su familia les han asegurado ninguna propiedad […] Pero saber esto con certeza es uno de los secretos que mejor deben guardarse, incluso en el gobierno del presidente de izquierda Andrés Manuel López Obrador. Solicité la información de bienes muebles e inmuebles asegurados a Ismael Zambada García y a su hijo Vicente Zambada Niebla […] y La Fiscalía General de la República que preside Alejandro Gertz Manero se negó a dar la información porque hacerla pública puede causar una “alteración profunda que sufre una persona en sus sentimientos, afectos o creencias, decoro, honor, reputación”. [Continúa Anabel Hernández] La Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada clasificó como “confidencial” el pronunciamiento de la existencia o no existencia de aseguramientos de bienes en contra de las personas solicitadas. Y el Instituto Nacional de Transparencia les dio la razón. Tal vez el motivo de no abrir la información sea otro. Los mismos argumentos se habían dado antes para negar la información de los bienes muebles e inmuebles asegurados al Chapo y su familia. Al final, cuando en ese caso el instituto sí obligó a la Procuraduría a entregar la información, respondieron que en los últimos 18 años (2001-2019) lo único que le habían asegurado al segundo del Mayo, que según el gobierno americano acumuló 14 mil millones de dólares en 20 años de traficar estupefacientes, fueron tres relojes, un inmueble, cinco armas de fuego, 171 cartuchos, cinco cargadores, un equipo de cómputo y tres celulares.

Ante esto, no queda mucha esperanza de un cambio significativo en México en términos de la corrupción, la violencia y la impunidad rampantes. Sin embargo, gracias a libros como El traidor de Anabel Hernández, podemos comprender mejor cómo hemos llegado a la situación en que vivimos ahora y qué debemos hacer para dejar de permitirlo. Es una labor que nos compete a todos, sin duda, pero cuya mayor responsabilidad (y por mucho) recae en quienes deben hacer valer un Estado de derecho. Cierro esta recomendación con un último fragmento del libro de Anabel Hernández:

Lo verdaderamente sustantivo es si el presidente está dispuesto a usar la fuerza del Estado para romper las décadas de complicidad entre el Cártel de Sinaloa y las instituciones de gobierno, que es lo que hace fuertes a los criminales. Para lograrlo, en primer lugar, debe arrestar a los funcionarios y políticos corruptos que han estado y están en la nómina del Cártel de Sinaloa, que han asistido durante años a las fiestas de sus capos como si fueran de su propia familia, incluyendo algunos que en la actualidad forman parte de Morena, el partido político del presidente. Debe confiscar las empresas ligadas directamente al Mayo Zambada y al Chapo, boletinadas por el gobierno de Estados Unidos desde hace más de una década, que siguen funcionando como empresas fachada para traficar droga o para lavar dinero. El poder económico es lo que permite al cártel pagar los sobornos a los servidores públicos, comprar armas, balas y pagar los salarios de los sicarios que durante más de ocho horas aterrorizaron a la población en Culiacán. Pero el Cártel de Sinaloa y el Mayo Zambada no son invencibles, no son más listos, no son más fuertes, es sólo que cuentan con la protección de una parte del Estado y juegan con los dados cargados a su favor.

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“Historia mínima del Neoliberalismo” de Fernando Escalante

Hoy quiero recomendarles la lectura del libro Historia mínima del neoliberalismo, escrito por Fernando Escalante y publicado por El Colegio de México en 2015; tanto la edición impresa como la digital se pueden encontrar muy fácilmente. El trabajo de Escalante es de gran relevancia para conocer no solo cómo fue que llegamos al modelo económico que rige hoy prácticamente todo el planeta, sino para comprender las implicaciones que tiene. El neoliberalismo es mucho más que un modelo económico: es una ideología, una cultura y una forma de pensar el mundo.

De acuerdo con Escalante, el neoliberalismo nació en París entre el 26 y el 30 de agosto de 1938, cuando se llevó a cabo una conferencia convocada por Louis Rougier con motivo de la traducción al francés del libro The Good Society (La sociedad buena) de Walter Lippmann. “Los neoliberales se identifican por una nueva manera de entender la relación entre mercado y Estado, entre política y economía”, dice Escalante.

“En primer lugar, afirman que el Estado tiene que generar las condiciones para la existencia y el buen funcionamiento del mercado, es decir, que no hace falta reducirlo, o eliminarlo, sino darle otra orientación. En segundo lugar, a diferencia de los liberales clásicos, dan prioridad a la libertad económica sobre la libertad política, ven en la impersonalidad del mercado, donde cada quien decide por su cuenta, la mejor garantía de la libertad y el bienestar”.

En los primeros capítulos del libro, Escalante da cuenta de la obra de Ludwig von Mises, que sentó las bases del neoliberalismo de mediados del siglo veinte, y también del famoso libro Camino de servidumbre de Friedrich Hayek, publicado en 1944 y cuyas ideas serían centrales en la difusión del neoliberalismo a lo largo de la segunda mitad del siglo veinte y lo que va del veinituno. “El argumento se puede resumir en una frase”, dice Escalante, “todo movimiento hacia el socialismo, o hacia la planificación de la economía, tan moderado como se quiera, amenaza con llevar finalmente al totalitarismo”. Es decir, se subraya el mercado como una manera de coordinar la conducta de las personas; según el neoliberalismo, la competencia en el mercado y el mínimo de interferencia del Estado en dicha competencia, lleva a los consumidores a expresarse de una manera democrática. “El mercado es la expresión de nuestra conducta en libertad” afirman los neoliberales. Nada más falso, por supuesto.

A la difusión del neoliberalismo como ideología han contribuido un gran número de economistas (varios ganadores del premio Nobel, por cierto) y de así llamados “intelectuales”, que sirven a las élites y que han buscado influir en el electorado desde hace décadas. “Se trataba de ponerle delante a la gente las ideas correctas”, dice Escalante con ironía. “Para eso era necesario, según la expresión de George Stigler, capturar la imaginación de las élites decisivas, mediante la elaboración de doctrinas, argumentos, programas políticos y económicos en que esas élites pudiesen ver representado su propio interés. A continuación había que dirigirse a quienes forman la opinión, a los que Hayek llamaba, con una fórmula memorable, los ‘vendedores de ideas de segunda mano’, es decir, intelectuales, periodistas, locutores, maestros de escuela, escritores, agitadores, líderes políticos”.

Escalante nos recuerda, como ya les había adelantado, que “el neoliberalismo no es sólo un programa económico, sino una visión completa del mundo, una idea de la naturaleza humana, del orden social, una idea de la justicia”. Sin embargo, como el propio Escalante afirma algunas páginas más adelante, “Ningún mercado se autorregula. Ni produce sus propias reglas ni puede garantizar que se cumplan, ni existe por su cuenta como mercado. Todos están inmersos en la sociedad, son hechos sociales, regulados no sólo por leyes, sino por varias clases de normas, formales e informales; para decirlo en una frase, siempre hay una economía moral, un conjunto de reglas, con frecuencia implícitas, que establecen cómo deben comportarse los actores en el mercado”. Esto es relevante para comprender por qué, a pesar de los enormes esfuerzos por tratar de convencernos de que la economía es una ciencia, en realidad se trata de un adoctrinamiento. Los modelos matemáticos en que se basan los economistas neoliberales para “demostrar” el comportamiento del mercado dependen de un gran número de variables que son imposibles de replicar en la realidad. Por ejemplo, para que sus modelos funcionen, todos los participantes de la economía tendrían que comportarse como según ellos deberíamos hacerlo: buscando siempre la máxima ganancia posible sin dejar que las emociones jueguen un papel en cada transacción económica que realizamos.

Otro rasgo que quiero destacar de esta Historia mínima del neoliberalismo es la exploración que hace Fernando Escalante del papel que ha jugado la izquierda en la construcción de dicho modelo económico e ideológico. Nada más fácil que asumir que la izquierda ha sido esencialmente combativa de este modelo. Sin embargo, la Historia de la economía nos muestra algo distinto y más complejo. Escalante hace una crítica aguda sobre el papel de la izquierda desde la década de los años sesenta hasta la fecha (en particular de la izquierda radical) y muestra que mucho de sus acciones y supuestos ideológicos, de hecho se parecen mucho al neoliberalismo. Escalante analiza primero el anarquismo de Paul Goodman y otros influyentes ideólogos de esa década en Estados Unidos y otros países, y después, la obra de Iván Illich, entre otros pensadores más radicales. “Es un nuevo tipo de radicalismo”, dice Escalante, “enemigo de todas las instituciones, de todas las formas de organización y de regulación y disciplina de la vida cotidiana […] el Estado resulta ser la cara más visible, la primera, y por lo tanto la más fácil de criticar. Y por eso tiene Iván Illich en la mira a las instituciones públicas. En las sociedades modernas, dice, la salud, la educación, la creatividad, se confunden con la actividad de las instituciones que dicen servir a esos fines. Y por eso resulta que no hay verdadera educación, ni hay verdadera salud, ni creatividad […] A veces da la impresión de estar leyendo a Hayek. Es el mismo impulso: iconoclasta, liberal, individualista, que en Iván Illich tiene tonalidades de rebeldía izquierdista, y en Hayek es inequívocamente conservador. La coincidencia es indudable, y fundamental”, dice Escalante.

Historia mínima del neoliberalismo es además de un buen documento historiográfico, un estudio riguroso y crítico de nuestro tiempo.

           

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“Sobre los huesos de los muertos” de Olga Tokarczuk

El libro que les recomiendo en esta ocasión se llama Sobre los huesos de los muertos. La autora es Olga Tokarczuk, fue traducido al español por Abel Murcia y publicado por la editorial Océano en 2015. La escritora polaca Olga Tokarczuk fue galardonada con el premio Nobel de literatura de 2018 y, como suele suceder en muchos de estos casos, el premio llevó a varios lectores a acercarse a la obra de una escritora que hasta entonces les había pasado inadvertida. Este fue mi caso.

Sobre los huesos de los muertos es una novela policíaca (i.e. hay un crimen, un culpable y alguien que hace las veces de detective para encontrarlo), pero esta novela también es más que eso. Es una reflexión sobre la destrucción del planeta a causa de los seres humanos. También es una diatriba en contra del maltrato y consumo animal. El personaje central es Janina Duszejko, una maestra retirada que vive una zona rural muy pequeña a las afueras de Polonia. Ella es la narradora de toda la historia.

La novela comienza cuando un vecino suyo llama a su puerta para pedirle que lo acompañe, pues han encontrado muerto a otro vecino, uno al que apodaban Pie Grande. Los personajes –salvo alguna excepción– son nombrados según los apodos que la propia Janina les pone. Por ejemplo, se refiere como Pandedios al vecino que va a buscarla y con quien lleva una buena relación. A este crimen, le sucede otro y así se echa a andar la maquinaria de las pesquisas del lector. Janina es un personaje entrañable: una astróloga aficionada, defensora de los animales, está convencida de que los crímenes han sido provocados por los propios animales, quienes por fin han comenzado a cobrar venganza de todo el maltrato que han recibido por parte de los seres humanos; en particular por los cazadores furtivos. Janina había sido maestra de inglés y uno de sus exalumnos ha decidido traducir al polaco la obra de William Blake, el poeta místico. De ahí que haya fragmentos de poemas o cartas de Blake entretejidos con los diálogos y reflexiones de la narración. Algo que atrapa la atención del lector desde el inicio es la fuerza que puede alcanzar la prosa de Tokarczuk en pasajes muy breves, así como una gran precisión para describir estados de ánimo (de lo que daremos cuenta un poco más adelante). Por ahora quiero subrayar que Sobre los huesos de los muertos no es una novela exenta de humor. He aquí, por ejemplo, esta reflexión que hace Janina sobre Pandedios, quien en realidad está representando prácticamente a cualquier hombre:

“Con Pandedios resulta difícil hablar”, dice Janina. “Es una persona taciturna, y como no es posible hablar con él, hay que callar. Con algunas personas, especialmente con los hombres, resulta difícil hablar. Tengo cierta teoría al respecto. Con la edad, muchos hombres caen en cierto autismo testosterónico que se manifiesta en una lenta pérdida de la inteligencia social y de la capacidad para comunicarse con las otras personas, la cual afecta también la capacidad de formular pensamientos. La persona aquejada de esta dolencia se convierte en un ser taciturno y parece estar sumido siempre en sus reflexiones. Le interesan más los utensilios y las maquinarias. Le atraen la Segunda Guerra Mundial y las biografías de personas famosas, particularmente de políticos y malhechores. Desaparece prácticamente su capacidad de leer novelas: el autismo testosterónico impide la comprensión psicológica de los personajes. Creo que Pandedios padecía esa dolencia”.

Tokarczuk ha sido una activista a favor de los derechos de los animales y del cuidado del medioambiente desde hace varios años. Eso la ha puesto en sintonía sobre uno de los males de nuestro tiempo: el cinismo disfrazado de ironía.

“Ése es uno de los rasgos que más detesto en la gente: la ironía helada”, dice Janina. “La ironía revela una actitud muy cobarde: uno puede burlarse de todo, ridiculizarlo, no tomar partido por nada, nunca, no sentirse unido a nada. Como un impotente que nunca gozará del placer, pero hará lo imposible para que otros lo encuentren repugnante. La ironía es la principal arma de Urizén. La armadura de la impotencia. Y encima los irónicos siempre tienen una concepción del mundo de la que alardean triunfalmente, aunque cuando se empieza a darles la lata y a pedir detalles, resulta que se trata únicamente de trivialidad y banalidad. Nunca me habría atrevido a decirle a una de esas personas que era un idiota y no iba a empezar con el cartero”.

Sabemos que para fascinarnos con algo que nos cuentan es vital que percibamos la fascinación de quien relata. De esta manera todo, hasta lo más trivial puede resultar novedoso, atractivo o a veces increíble como esta descripción que hace Janina de los zorzales, estas aves que de pronto pasan volando sobre ella.

“Entonces pasó una veloz bandada de zorzales. A estos pájaros sólo los veo en bandadas: se mueven con agilidad, como un organismo aéreo, compuesto de una sola trama. No recuerdo dónde leí que son capaces de defenderse si los ataca un depredador, por ejemplo, uno de esos gavilanes que se mecen en el cielo como espíritus santos. La bandada es capaz de luchar de manera pérfida e impredecible, y sabe vengarse: se eleva rápidamente en el aire y como obedeciendo una misma orden evacúa sobre el perseguidor: suelta decenas de blancos excrementos sobre las bellas alas del gavilán, de manera que no sólo las manchan, sino que provocan que se peguen y el ácido corroe las plumas con velocidad. Para escapar del peligro, el depredador debe abandonar la persecución de inmediato y posarse en la hierba. Nadie puede imaginar lo sucias que se encuentran sus plumas. El animal pasa uno o dos días limpiándolas, pues es incapaz de dormir a causa del olor repugnante que despide, peor que el de la carroña. No puede quitarse con el pico los excrementos que se han endurecido, tiene frío, y por entre sus plumas pegadas el agua de lluvia se abre paso con facilidad hasta su delicada piel de ave. Los otros gavilanes lo evitan, como si tuviera la lepra o hubiese contraído una enfermedad horrible. Su majestuosidad se ha visto dañada. Todo aquello es insoportable para el gavilán, y no es extraño que el ave muera”.

Las diatribas en contra del maltrato y consumo animal como parte de una obra literaria son raras. Me viene a la mente el ensayo “La vida de los animales” de J.M. Coetzee, incluido en su novela Elizabeth Costello como otro ejemplo de un ensayo en las mismas líneas que estas de Tokarczuk. En boca de Janina, la autora polaca describe la normalidad con la que hemos adoptado el maltrato a los animales.

“—Cuando ustedes pasan junto a los escaparates de las carnicerías”, dice Janina, “donde cuelgan cuerpos despedazados y abiertos por la mitad, ¿qué les viene a la mente? No les llama la atención, ¿verdad? O cuando piden en un restaurante una brocheta o un filete, ¿se han puesto a pensar qué es lo que reciben? Como si no hubiera nada terrible en ello. El crimen de estos animales se considera un acto normal, se ha convertido en un hecho cotidiano. Un crimen que todos cometen. Pues bien, así es como sería el mundo si los campos de concentración aún existieran y la gente los viera como algo normal […]—Ustedes pueden alegar que sólo se trata de un jabalí —continué—. ¿Pero entonces cómo se explica esa avalancha de cuerpos que provienen del matadero y caen diariamente en la ciudad como una inagotable lluvia apocalíptica? Esa lluvia anuncia la masacre, la enfermedad, la locura colectiva, el desequilibrio y el envenenamiento del espíritu. Ningún corazón humano podría soportar tanto dolor. De hecho, la complicada psicología humana tiene un solo objetivo: impedirle al hombre entender lo que ve, buscar que la verdad no se abra paso hasta él y quede envuelta en alucinaciones y palabras vacías. Que el mundo sea una prisión llena de sufrimientos, organizada de manera que para sobrevivir haya que causar dolor a los otros. ¿Me explico? […]”

Otro acierto de la novela, que se muestra poco a poco, es el tipo de personajes que pueblan la narración. Janina es una exmaestra de inglés, como ya he mencionado, además de ser una astróloga aficionada, pero junto a ella aparecen otros personajes (jóvenes y viejos) que no son en absoluto típicos de este tipo de novelas: un entomólogo, una chica que trabaja en una tienda de ropa de segunda mano, un novato en las fuerzas policíacas que traduce a Blake en su tiempo libre y está lleno de alergias.

“Entendí que pertenecíamos a ese grupo de gente que el mundo considera inservibles”, dice Janina. “No hacemos nada trascendental, no producimos pensamientos importantes ni objetos necesarios ni alimentos; no cultivamos la tierra ni hacemos que prospere la economía. No nos hemos multiplicado significativamente […] No hemos aportado ningún tipo de provecho a la humanidad. No se nos ha ocurrido ningún invento. No hemos tenido poder, no hemos poseído nada más que nuestras pequeñas propiedades. Hemos hecho nuestro trabajo, pero éste no ha tenido ninguna importancia para los demás. De hecho, si faltáramos, no cambiaría nada. Nadie se daría cuenta”.

En suma, Sobre los huesos de los muertos de la escritora Olga Tokarczuk es una novela que combina lo mejor de las novelas policíacas (i.e. su amenidad, su falta de pretensiones y un suspenso constante) con una reflexión clara y certera del mundo que hemos destruido y de lo que hace falta para repararlo.

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“Vigilancia permanente” de Edward Snowden

Edward Snowden es un exagente de la CIA que hoy se encuentra asilado en Rusia tras haber revelado información sustancial sobre el sistema de vigilancia de los servicios de inteligencia de los Estados Unidos. La traducción al español de este libro fue hecha por Esther Cruz y publicada por la editorial Planeta en Barcelona. Vigilancia permanente es, a mi juicio, un libro de lectura obligada porque da cuenta de lo que hizo Edward Snowden, sus motivos para hacerlo y la manera en que todo eso nos afecta. Créanlo o no, las consecuencias de sus actos han sido determinantes para la manera en que nos relacionamos todas las personas que utilizamos Internet en nuestra vida cotidiana.

            Al comienzo del libro, Snowden reflexiona sobre los motivos que lo llevaron a hacer pública una información que era considerada un secreto de Estado. Intentó buscar la manera de manifestar sus preocupaciones sobre el mal uso que se le estaba dando a la información que el gobierno de Estados Unidos recolectaba sin el conocimiento de los ciudadanos, pues el gobierno de ese país se ha dedicado desde hace años a espiar a sus ciudadanos, recolectar información y, llegado el momento, utilizar esta misma información en su contra. Todo eso es ilegal, pues para poder espiar a una persona se requiere de una orden emitida por un juez, quien a su vez debe convencerse de que hay un motivo más que fundamentado para ello.

            Pero Snowden no tenía cómo hablar del asunto hacerlo sin que eso significara que lo apresaran de inmediato. “¿A quién podía recurrir?”, se preguntaba Snowden. “¿Con quién podía hablar? Aunque fuera para comentar la verdad en voz baja, incluso con algún abogado o un juez o un miembro del Congreso era imposible, pues el tema se había convertido en un delito tan grave que solo una descripción básica de los hechos podría haber significado una condena de por vida en una prisión federal”, dice Edward Snowden. Y es que él conocía muy bien cómo opera el sistema de justicia de su país porque trabajó para él por varios años. No solo eso: durante mucho tiempo, Snowden estuvo convencido de las justificaciones de que se ha valido el gobierno norteamericano para cometer todo tipo de atropellos (la cárcel de Guantánamo, el bloqueo económico a Cuba, invasiones como las de Irak o Afganistán, solo por mencionar algunas). Sin embargo –y he aquí una de las peculiaridades de Snowden que conviene subrayar– siempre tuvo un alto nivel de autocrítica.

“El 12 de septiembre fue el primer día de una nueva era”, dice Snowden, “fue el primer día de una nueva era que Estados Unidos enfrentó con una resolución unificada, fortalecida por un sentido revivido de patriotismo y la buena voluntad y compasión del mundo. Ahora que lo pienso, mi país podría haber hecho mucho con esta oportunidad. Podría haber tratado el terrorismo no como el fenómeno teológico que pretendía ser, sino como el crimen que era. Podría haber utilizado este extraño momento de solidaridad para reforzar los valores democráticos y cultivar la resiliencia en un público global ahora conectado, pero en lugar de eso inició una guerra”. Y páginas más adelante, Snowden añade:

“El terrorismo, por supuesto, fue la razón por la cual se implementó la mayoría de los programas de vigilancia de mi país, en un momento de gran temor y oportunismo. Pero resultó que el miedo era el verdadero terrorismo, perpetrado por un sistema político que estaba cada vez más dispuesto a usar prácticamente cualquier justificación para autorizar el uso de la fuerza. Los políticos estadounidenses no tenían tanto miedo al terror como a parecer débiles, o ser desleales a su partido, o a sus donantes de campañas, que tenían un gran apetito por los contratos gubernamentales y los productos derivados del petróleo de Medio Oriente. La política del terror se volvió más poderosa que el terror en sí mismo, lo que resultó en un ‘contraterrorismo’: las acciones de pánico de un país incomparable en capacidad, sin restricciones políticas y descaradamente preocupado por defender el estado de derecho. Después del 11 de septiembre, las órdenes de la Comunidad de Inteligencia de los Estados Unidos habían sido: ‘nunca más’, una misión que nunca podría cumplirse”.

            ¿Cuántos de nosotros hemos podido cambiar de opinión en asuntos realmente importantes a través de reflexiones provocadas por la lectura, el diálogo o la observación detenida de ciertos fenómenos? Y es que cultivar y mantener un sentido de autocrítica no es algo sencillo. Como el propio Snowden afirma: “Aprendemos a hablar imitando el discurso de los adultos que nos rodean, y en el proceso de ese aprendizaje, también acabamos por imitar sus opiniones, hasta que nos engañamos a nosotros mismos al pensar que las palabras que estamos usando son nuestras”.

            Vigilancia permanente es un libro audaz, inteligente y con una variedad de registros que ya quisiera lograr más de un novelista premiado. En el libro hay momentos de enorme suspenso y de empatía con el lector. Y en el centro de la narración está la ética (tácita o implícitamente); en particular la ética vinculada a nuestro derecho a la privacidad. Al respecto, Snowden hace una observación pertinente: “‘Privacidad’ significa algo distinto para todos”, afirma. “Debido a esta falta de definición común, los ciudadanos de democracias pluralistas y tecnológicamente sofisticadas sienten que tienen que justificar su deseo de tener privacidad y enmarcarlo como un derecho. Pero los ciudadanos de las democracias no tienen que justificar ese deseo; el Estado, en cambio, debe justificar su violación. Si uno se niega a reclamar su privacidad, la está cediendo, ya sea a un Estado que transgrede sus restricciones constitucionales o a un negocio ‘privado’”.

            Uno de los momentos clave del libro es cuando Snowden, a través del programa de espionaje cibernético que él mismo ha contribuido a construir, observa a un hombre con su bebé. Esto le hace recordar a su propio padre y su relación con él; es un momento que despierta la empatía con el lector. Leo un fragmento de esa escena: “[El hombre] estaba sentado frente a su computadora, como yo estaba sentado frente a la mía. Excepto que en su regazo tenía un niño pequeño, un niño con pañal. El padre intentaba leer algo, pero el niño seguía moviéndose, golpeando las teclas y riéndose. El micrófono interno de la computadora captó su risa y allí estaba yo, escuchándolo en mis audífonos. El padre abrazó al niño con más fuerza, y el niño se enderezó y miró directamente a la cámara de la computadora con sus ojos negros cada vez más grandes. No podía escaparme de la sensación que me provocaba su mirada directa. De repente me di cuenta de que había estado conteniendo el aliento. Cerré la sesión, me levanté de la computadora y salí de la oficina para ir al baño en el pasillo, con la cabeza baja y los audífonos aún con el cable conectado. Ese niño y su padre me recordaron a mí y a mi propio padre, con quien me quedé de ver para cenar una noche durante mi estadía en Fort Meade. No lo había visto en mucho tiempo, pero allí, durante la cena, entre bocados de ensalada César y una limonada pensé: nunca volveré a ver a mi familia. Tenía los ojos secos, me controlé lo más que pude, pero por dentro estaba devastado. Sabía que si le contaba a mi padre lo que estaba a punto de hacer, llamaría a la policía. O de lo contrario me habría tachado de loco y me habría enviado a un hospital psiquiátrico. Él habría hecho cualquier cosa que pensara que tenía que hacer para evitar que cometiera un error tan grave. Solo me quedaba esperar que con el tiempo, su dolor se atenuara al sentirse orgulloso de mí”.

            Hacia el final del libro, mientras Snowden da cuenta de todo lo que tuvo que hacer para contactar a los periodistas a quienes les entregaría la información que había copiado de las bases de datos de la CIA, le cede la voz a Lindsey Mills, su novia, quien fue acosada por la CIA para tratar de extraerle información sobre el paradero de Snowden una vez que supieron que este había huido (información que ella ignoraba). Mills transcribe algunos fragmentos de su diario y nos comparte su perspectiva de esta historia. Su participación le confiere al libro un carácter todavía más íntimo y nos ayuda a comprender mejor la dimensión de los actos de Snowden, así como de sus motivaciones.

             “¿Quién de nosotros puede predecir el futuro?”, se pregunta Edward Snowden. “¿Quién se atrevería? La respuesta a la primera pregunta es nadie, en realidad, y la respuesta a la segunda es todos, especialmente todos los gobiernos y empresas del planeta. Para eso utilizan nuestros datos. Los algoritmos analizan en busca de patrones de comportamiento establecidos para extrapolar los comportamientos por venir, un tipo de profecía digital que es tan solo un poco más precisa que los métodos analógicos como la lectura de la palma de la mano. Una vez que profundiza en los mecanismos técnicos reales por los que se calcula la previsibilidad, se llega a comprender que su ciencia es, de hecho, anticientífica […] La previsibilidad es en realidad manipulación. Un sitio web que te dice que porque te gustó este libro también te pueden gustar los libros de James Clapper o Michael Hayden no ofrece una conjetura informada sino un mecanismo de coerción sutil”.

            Snowden nos recuerda algo tan obvio que a menudo pasamos por alto: el futuro depende de nuestras acciones presentes. No es inevitable. La autocrítica, la valentía y una dosis de sacrificio son necesarias para hacer frente a un Estado y a un grupo de empresas que se empeñan en manipularnos para ejercer todo el control posible sobre nuestras decisiones; que se empeñan en hacernos dependientes de sus productos. Está en nosotros no permitirlo.

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La tragedia de Julio César es de todos

En 2017 salió publicada en la revista Casa del tiempo un texto que escribí sobre la obra Julio César de Shakespeare.

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