Entrevista con Karl Marx

Texto de Jürgen Neffe y Karl Marx. Traducción de Gerardo Piña

Entrevista publicada en la revista Zeit Wissen. Abril 2020. (Traducción publicada con autorización expresa de Max Rauner, editor de Zeit Wissen.)

Ningún pensador previó el desarrollo del capitalismo como lo hizo Karl Marx. Es hora de debatir la situación actual: la globalización, los mercados financieros, la crisis del Covid-19.

“¡A estas relaciones petrificadas debemos hacerlas que bailen cantándoles su propia melodía!”

KM

Dr. Marx, la humanidad está pasando por una crisis sin precedentes. Una epidemia que se extiende por todo el mundo no solo está cobrando miles de vidas. También está paralizando la vida económica y social de una manera sin precedentes.

Las crisis son siempre soluciones violentas momentáneas a las contradicciones existentes, erupciones violentas que restauran el equilibrio alterado por el momento.

¿La crisis como una oportunidad?

Hay momentos en la vida que, como las marcas de los límites, están antes de que pase el tiempo, pero a la vez apuntan con certeza a una nueva dirección. Un tiempo de aparente estancamiento, como el actual, debe ser utilizado para iluminarnos sobre el período de la revolución que hemos vivido.

¿A qué revolución se refiere?

Al modo de producción capitalista y sus correspondientes relaciones de producción y transporte.

Su tema favorito. ¿Qué ve como elemento revolucionario en esto?

El capital es destructivo y está en constante revolución derribando todas las barreras.

El capitalismo como la locomotora de la historia nos ha traído más progreso y prosperidad en dos siglos que nunca antes. Ahora está de espaldas a la pared. ¿Puede decirnos qué nos está haciendo esa historia ahora mismo?

¡La historia no hace nada! Más bien es el hombre, el ser humano real, de carne y hueso, de pie en la tierra sólida y bien redondeada, que inspira y exhala todas las fuerzas de la naturaleza, quien hace todo esto.

¿Seguimos siendo dueños de lo que hacemos?

Las personas hacen su propia historia, pero no la hacen por su propia voluntad, no bajo circunstancias que ellos mismos han elegido, sino bajo circunstancias que son encontradas, dadas y transmitidas inmediatamente.

¿A qué atribuye esto?

Las personas siempre han tenido ideas equivocadas sobre sí mismas, sobre lo que son o deberían ser. Han establecido sus condiciones de acuerdo con sus ideas. Las monstruosidades de sus cabezas han crecido más allá de ellas. Ellos, los creadores, se han inclinado ante sus criaturas.

Eso suena como el “aprendiz de brujo” de Goethe: los espíritus que llamé, los espíritus de los que no puedo deshacerme ahora. ¿Cómo explica esta sumisión a nuestra propia creación?

La burguesía…

…Quiere decir la sociedad capitalista, el capital…

…no ha dejado otro vínculo entre persona y persona que el interés desnudo, que el insensible pago en efectivo. Hundió las sagradas lluvias del arrebato piadoso, el entusiasmo caballeresco, la melancolía burguesa en el agua helada del cálculo egoísta.

Usted ubica como el mal básico de todas las crisis mundiales al capitalismo. Puedo entenderlo cuando habla de la crisis financiera, la crisis climática, la crisis de los refugiados. ¿Pero qué tiene que ver con nuestra situación actual?

La burguesía persigue la necesidad de un mercado en constante expansión para sus productos en todo el mundo. Tiene que anidar en todas partes, crecer en todas partes, hacer conexiones en todas partes. La burguesía ha hecho cosmopolita la producción y el consumo de todos los países mediante su explotación del mercado mundial.

A esto lo llamamos globalización. Es precisamente este mundo de movilidad internacional y de cadenas de suministro mundiales el que se encuentra ahora casi paralizado, porque la enfermedad está tomando las mismas rutas que las personas y las mercancías. ¿Hay un retorno al mundo antes de eso?

Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y siguen siendo destruidas diariamente. Están siendo desplazadas por nuevas industrias, cuya introducción se está convirtiendo en una cuestión de vida para todas las naciones civilizadas, por industrias que ya no procesan materias primas autóctonas sino materias primas que pertenecen a las zonas más remotas y cuyos productos se consumen no solo en el propio país sino en todas las partes del mundo al mismo tiempo.

¿Por eso cada crisis de hoy se convierte en un acontecimiento mundial del que ningún país puede escapar?

La unilateralidad y limitación nacionales se hacen cada vez más algo imposible.

¿Cómo ha llegado tan lejos?

Por su propia naturaleza, el capital conduce más allá de cualquier barrera espacial. La creación de las condiciones físicas de intercambio –de los medios de comunicación y transporte– atrae a la civilización incluso a las naciones más bárbaras.

La crisis mundial como consecuencia de la aceleración y la globalización. ¿Puede explicarnos esta imagen?

La subyugación de las fuerzas de la naturaleza, la aplicación de la química a la industria y la agricultura, la explotación sistemática de la tierra, la recuperación de partes enteras del mundo, la aplicación consciente de la ciencia, el enredo de todos los pueblos en la red del mercado mundial y, por tanto, el carácter internacional del régimen capitalista.

¿Ni siquiera una catástrofe humana como la que estamos experimentando ahora puede hacer entrar en razón al capital?

El capital está determinado tanto por la perspectiva de la futura decadencia de la humanidad y, con el tiempo, la imparable despoblación, como por la posible caída de la tierra al sol.

Pero los mercados bursátiles se derrumban, la economía se pone de rodillas, amenaza una crisis económica mundial con desempleo masivo.

Après moi le déluge !

…después de mí el diluvio…

…es el grito de guerra de cada capitalista y cada nación capitalista.

¿Incluso cuando la enfermedad y la muerte amenazan?

El capital es despiadado contra la salud y la longevidad cuando no está obligado a que la sociedad lo considere.

Si le entiendo bien, estamos bailando sobre un volcán.

La sociedad burguesa moderna, que ha conjurado tan enormes medios de producción y transporte, es como el brujo que ya no puede controlar las fuerzas subterráneas que ha conjurado.

Conoce muy bien a Goethe. De aprendiz de brujo a hechicero. Ahora está usted usando Fausto para describir cómo nuestros propios logros han tomado el control de nuestro destino. Antes de que hablemos más sobre la crisis: ¿A quién o qué se ha rendido o sometido el pueblo con el capitalismo?

Un movimiento de cosas bajo cuyo control están en lugar de controlarlas.

¿En qué movimiento está pensando?

La circulación del dinero.

¿Un ciclo que nos sirve y mantiene todo vivo nos convierte en sus marionetas? ¿Cuál es la característica especial de este ciclo?

La circulación rezuma constantemente el dinero.

¿Y cómo lo hace?

El valor añade valor. Este movimiento lo transforma en capital.

Entiendo: el capital no es dinero, sino dinero en movimiento. ¿Es este movimiento en lo que está pensando para explicar la pérdida de control?

El capitalista sabe que todos los bienes son medios milagrosos para hacer más dinero con el dinero. El dinero persiguiendo al dinero es la descripción del capital en la boca de los mercantilistas.

Cobertura, o “hedging” en inglés. Esto es una reminiscencia de los fondos de cobertura de nuestros días. Pero tal sistema solo puede existir si está en constante crecimiento. Como un tumor que termina matando a su huésped. ¿De qué se alimenta el cáncer del capitalismo?

El capital es un trabajo muerto, que solo se anima vampíricamente por la absorción de trabajo vivo, y cuanto más absorbe, más vive.

Frankenstein y Drácula juntos.

Al transformar el dinero en mercancías, el capitalista transforma el valor decadente, el trabajo muerto en capital, un valor autoexplotado, un monstruo con alma que empieza a “trabajar” como si tuviera amor en el cuerpo.

De nuevo el Fausto, pero ahora al servicio del “dinero del trabajo”. Un término que usted fue el primero en usar.

El capitalista como fanático de la explotación del valor…

…el regreso de su capital…

…obliga despiadadamente a la humanidad a producir por el bien de la producción misma.

¿No hay límites para el crecimiento en el capitalismo?

La circulación del dinero como capital es un fin en sí mismo. El movimiento de capital es excesivo.

Su relación con el dinero es, por decirlo suave, bastante ambivalente.

El dinero humilla a todos los dioses del ser humano y los convierte en una mercancía. Es la confraternización de las imposibilidades, obliga a lo contrario de besarse y, por lo tanto, le ha robado al mundo entero, tanto al mundo humano como a la naturaleza, su valor peculiar. El dinero, la puta general, el proxeneta general de los seres humanos y de los pueblos, es la esencia alienada del trabajo y la existencia de las personas, y esta esencia alienada domina a la gente y la gente, a su vez, la adora.

¿No es eso comprensible? Cuanto mayor sea el dinero, más ricos serán los beneficios y privilegios. Además, la gente ha sabido que el dinero gobierna el mundo desde que el dinero existe.

Así de grande es el poder del dinero, así de grande es mi poder. Lo que soy y lo que soy capaz de hacer no está determinado de ninguna manera por mi individualidad. Soy feo, pero puedo comprar a la mujer más hermosa. Así que no soy feo, porque el efecto de la fealdad, su poder de disuasión, es destruido por el dinero…

Se me ocurren muchos caballeros a los que les gustaría hacer eso.

No tengo espíritu, pero el dinero es el verdadero espíritu de todas las cosas, ¿cómo podría su dueño no tener espíritu? Además, puede comprar a la gente espiritual, y quien tiene poder sobre la gente espiritual, ¿no es más espiritual que la persona espiritual?

Usted ha pensado más en la naturaleza del dinero que casi cualquier otra persona, pero usted y su familia han pasado la mayor parte de su vida adulta en una gran pobreza.

No creo que se haya escrito nunca sobre el dinero bajo tal falta de dinero. Si este estado continúa, preferiría yacer a cien brazas[1] de profundidad bajo la tierra que continuar vegetando de esta manera.

Cuenta con el apoyo de su amigo Friedrich Engels.

Que otros me molesten constantemente y al mismo tiempo vivir atormentado por la más pequeña nimiedad es insoportable a largo plazo. Yo, personalmente, trabajo en mi miseria estando muy ocupado con las cosas generales. Mi esposa no tiene los mismos recursos.

Jenny, su esposa, murió antes que usted. Ella significaba mucho para usted, ¿verdad?

¡Sería una mentira si no confesara que mi pensamiento está dominado por los recuerdos de mi esposa, esa parte de los mejores años de mi vida!

Juntos tuvieron siete hijos, cuatro de los cuales murieron jóvenes. Lo que más le afectó a usted fue la pérdida de su hijo Edgar, que murió en sus brazos a los ocho años.

Ya he pasado por todo tipo de mala suerte, pero solo ahora sé lo que es un verdadero desastre. La muerte de mi hijo ha sacudido profundamente mi corazón y mi cerebro, y todavía siento la pérdida tan fresca como el primer día.

Usted se ha malpasado por su trabajo y ha luchado constantemente con el sufrimiento físico.

Mi enfermedad siempre me sale de la cabeza.

Apenas se le ha escapado algo: forúnculos y ántrax, enfermedades de la piel, hígado, intestinos, dolor de muelas, dolores de cabeza, dolores de estómago y vómitos. ¿Por qué se tomó tantas molestias?

Porque me mantenía flotando al borde de la tumba. Así que tuve que usar cada momento de trabajo para terminar mi obra, por la cual sacrifiqué la salud, la felicidad y la familia. Realmente me hubiera creído poco práctico si hubiera muerto sin terminar mi libro.

Se refiere a su mayor trabajo, El Capital. ¿Cuál es el objetivo de su Crítica de la Economía Política?

El propósito final de este trabajo es revelar la ley económica del movimiento de la sociedad moderna.

Ya veo. El movimiento que nos domina. Como nos dicen los economistas de hoy: el mercado hace eso, según Adam Smith, controlado por una “mano invisible”. Eso no fue suficiente para usted.

¿Cómo es que la relación entre la demanda y la oferta domina el mundo entero, una relación que se cierne sobre la tierra como un destino antiguo y distribuye la felicidad y el infortunio a la gente, crea imperios y rompe imperios, hace que los pueblos surjan y desaparezcan?

¿Puede la ciencia económica ayudarnos en esta situación?

Las únicas ruedas que el economista nacional pone en marcha son la codicia y la guerra entre los codiciosos: la competencia.

Durante veinticinco años ha estado trabajando en su obra principal. Para mí, el mensaje central secreto de su libro es: La humanidad es como una marioneta dirigida por otra marioneta, que a su vez funciona como un autómata.

Un sujeto automatizado.

En cualquier caso, algo desalmado, algo como una fórmula o un programa, que se cumple con la misma implacabilidad que un algoritmo. ¿Esto también explica por qué su trabajo se lee tan difícil que incluso su amigo Engels lo llamó “positivamente incomprensible”?

Todos los comienzos son difíciles, ocurre en todas las ciencias. Por supuesto, yo asumo que los lectores quieren aprender algo nuevo, es decir, que también quieren pensar por sí mismos.

La famosa primera frase de El Capital dice: “La riqueza de las sociedades en las que prevalecen los modos de producción capitalistas aparece como una enorme colección de mercancías, la mercancía individual como su forma elemental”. Por mercancía no se entiende piezas individuales, sino productos en masa para mercados multitudinarios, producidos en fábricas diferentes e interdependientes con una división del trabajo. ¿Qué hace que este producto sea tan importante para su análisis?

A primera vista, una mercancía parece ser algo evidente y trivial. La forma de la madera, por ejemplo, cambia cuando se convierte en una mesa. Sin embargo, la mesa sigue siendo de madera, una cosa vulgar y sensual. Pero tan pronto aparece como una mercancía, se transforma en una cosa sensual y sobrenatural. No solo está de pie con las patas en el suelo, sino que se enfrenta de cabeza a todos los demás bienes y desarrolla ideas extravagantes desde su cabeza de madera, mucho más caprichosas que si empezara a bailar por voluntad propia.

Usted habla del carácter dual del producto. Por un lado, tiene un valor de cambio momentáneo, expresado en el precio. Pero esto es independiente del valor de utilidad, que no puede ser determinado de la misma manera. Los productores de los bienes realizan así dos cosas con el trabajo de sus manos y cerebros: crean algo utilizable y al mismo tiempo algo intercambiable por dinero, a través del cual el capitalista obtiene su plusvalía.

Yo demostré por primera vez y de manera crítica esta naturaleza ambivalente del trabajo contenido en los bienes.

¿La ambivalencia de la que habla es también la causa de la pérdida de control, cuyas consecuencias estamos experimentando tan dramáticamente?

Es solo la relación social de las propias personas que aquí toma la forma fantasmagórica de una relación de cosas para ellos. Por lo tanto, para encontrar una analogía, debemos huir a la región nebulosa del mundo religioso.

¿La religión de todas las cosas?

Aquí los productos de la cabeza humana parecen ser figuras independientes dotadas de vida propia, y en relación con los demás y con los seres humanos.

Que llamamos dioses. Usted habla de las “máscaras del personaje”.

Me refiero, en el mundo de los bienes, a los productos de la mano humana.

Y de la cabeza humana, y cada vez más, ya que se trata de productos masivos “intelectuales” producidos industrialmente para los mercados masivos mundiales, como aplicaciones para máquinas de cálculo.

Esto es lo que llamo el fetichismo que se adhiere a los productos de trabajo tan pronto se producen como bienes. Este carácter fetiche del mundo de los bienes surge del peculiar carácter social del trabajo.

Su descubrimiento más significativo, en mi opinión. ¿Incluye eso el dinero como un producto final?

Hace no mucho, el ciudadano, en un rico espíritu de iluminación, declaró que el dinero es una locura vacía: solo los bienes son dinero.

¿Y ahora qué?

¡Solo el dinero es una mercancía!, ahora está en el mercado mundial. Así como el ciervo pide agua fresca, su alma pide dinero, la única riqueza.

Y así cerramos el círculo.

Aquí se termina la figura fetiche del capital. El capital aparece como una fuente de interés misteriosa y autocreativa y en esta forma ya no lleva las cicatrices de su creación. El dinero tiene ahora “amor en el cuerpo”. Tan pronto como se presta, los intereses se acumulan, el dinero puede dormir o despertar, estar en casa o de viaje, de día o de noche.

La gallina de los huevos de oro del capitalismo. Al que tiene más, más se le dará.

Como portador consciente de este movimiento, el dueño del dinero se convierte en un capitalista. Su persona, o más bien su bolsa, es el punto de partida y el punto de retorno del dinero.

Cuando usted describe a los capitalistas, uno visualiza inmediatamente un cierto tipo de persona frente a sí.

El dueño del dinero avanza como capitán, el dueño del trabajo lo sigue; uno con una sonrisa significativa y ansioso de hacer negocios; el otro tímido, reacio, como alguien que ha llevado su propia piel al mercado.

Pero ambos, y este es el punto principal de su análisis, están sujetos al mismo sistema de limitaciones.

El capitalista funciona solo como capital personificado. El dominio del capitalista sobre el trabajador es, por lo tanto, el dominio de la causa sobre el hombre, del trabajo muerto sobre el trabajo vivo, del producto sobre el productor.

¿Y el capital financiero?

Es la abolición del modo de producción capitalista dentro del modo de producción capitalista y, por lo tanto, una contradicción autosuficiente. Reproduce una nueva aristocracia financiera, un nuevo tipo de parásito, todo un sistema de engaño y fraude.

Lo que nos ha traído una grave crisis financiera mundial.

De hecho, el carácter crónico de la actual crisis financiera solo anuncia un resultado más grave y poco saludable. Cuanto más tiempo dure la crisis, peor será el cálculo.

¿Qué espera para Europa?

Europa se encuentra actualmente en la posición de un hombre al borde de la bancarrota, obligado a continuar todas las empresas que le han arruinado y a recurrir a todo tipo de medios desesperados con la esperanza de aplazar y evitar el último terrible accidente.

¿Cuál es el cálculo de los capitalistas?

Los especuladores saben que todos los estratos de las clases propietarias, incluso los no infectados anteriormente, han sido arrastrados al torbellino de la fiebre especulativa, que ningún país ha escapado de ella y que las exigencias de los gobiernos a sus contribuyentes se han estirado hasta el límite.

¿Cómo será el mundo cuando esta crisis termine?

Entonces el Océano Pacífico jugará el mismo papel que el Océano Atlántico ahora: el papel de la gran vía fluvial de transporte del mundo; y el Océano Atlántico se hundirá en el papel de un mar interior, como el papel que ahora juega el Mediterráneo.

¿Qué piensa del libre comercio?

El sistema de libre comercio desintegra las nacionalidades anteriores y acelera la revolución social. Solo en este sentido revolucionario voto por el libre comercio.

¿La crisis actual es también un precio, tal vez el último, en el pacto fáustico que la humanidad ha hecho con el capitalismo?

La historia es minuciosa y pasa por muchas fases cuando entierra una figura antigua.

Deudas, epidemias, refugiados: las crisis de la comunidad mundial. Y sobre todo la crisis climática. Usted habla de “un metabolismo humano con la naturaleza”.

Desde el punto de vista de una formación económica más elevada de la sociedad, la propiedad privada de los individuos en todo el mundo parecerá tan vulgar como la propiedad privada de una persona sobre otra persona. Incluso una sociedad entera, una nación, incluso todas las sociedades simultáneas tomadas en conjunto no son dueñas de la tierra. Solo son sus titulares, sus beneficiarios, y los tienen como boni patres familias

…como buenos padres de familia…

…para mejorar la tierra y legarla a las futuras generaciones.

Díganos qué hace una mejor sociedad.

En lugar de establecer sistemas inútiles para la felicidad de las naciones, me limitaré a investigar las causas de sus desgracias.

Su análisis de un poder ciego dominante se remonta a la crítica de la religión. Los gobernantes del cielo, dice usted, son de origen terrenal.

El ser humano hace la religión, la religión no hace al ser humano.

Así que aquí también nos sometemos a un poder que hemos creado nosotros mismos.

La religión es la teoría general de este mundo, su compendio enciclopédico, su lógica en forma popular, su comodidad y justificación general. Es la fantástica realización del ser humano, porque el ser humano no tiene una realidad verdadera.

¿Tenemos que superar primero las religiones para que todo sea mejor?

La lucha contra la religión es indirectamente la lucha contra ese mundo cuyo aroma espiritual es la religión. La miseria religiosa es por un lado la expresión de la miseria real y por otro la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura afligida, la mente de un mundo sin corazón, como el espíritu de las condiciones sin sentido; es el opio del pueblo.

Una frase suya que ha hecho una gran carrera por sí misma… ¿Tiene alguna idea de cómo salir de esta droga?

La abolición de la religión como la felicidad ilusoria del pueblo es la exigencia de su felicidad real, la exigencia de renunciar a un estado que necesita de la ilusión. La crítica de la religión es así en el brote la crítica del valle de lágrimas, cuyo halo es la religión.

Dígale eso a un cristiano o musulmán profundamente creyente.

El Corán y la legislación mahometana basada en él reducen la geografía y la etnografía de los diferentes pueblos a la simple y conveniente división en creyentes y no creyentes. El infiel es “harby”, que significa el enemigo. El Islam proscribe la nación de los infieles y crea un estado de enemistad permanente entre los musulmanes y los infieles.

Aunque usted nació como judío por parte de su madre y su padre de una larga tradición rabínica, tampoco está muy contento con el judaísmo.

¿Cuál es la razón mundana del judaísmo? La necesidad práctica, el interés propio. ¿Cuál es el culto secular del judío? El regateo. ¿Cuál es su Dios mundano? El dinero, el celoso Dios de Israel, ante el cual ningún otro Dios puede estar de pie. El Dios de los judíos se ha secularizado, se ha convertido en el Dios del mundo. La letra de cambio es el verdadero Dios del judío.

En su época, el término antisemitismo todavía no existía. Hoy en día, se le acusaría de ello, y con razón. Permítanos darle crédito por el hecho de que realmente quiere decir “capitalista” cuando dice “judío”, como era costumbre en su época. Usted trataba a los oponentes de mala manera cuando eran de ascendencia judía. Sobre todo con Ferdinand Lassalle, a quien la socialdemocracia alemana sigue llamando su padre fundador, junto con August Bebel.

El negro judío… Me queda perfectamente claro que él, como también lo demuestra la formación de su cabeza y el crecimiento de su cabello, desciende de los negros que se unieron a la procesión de Moisés fuera de Egipto. La agresividad de este chico también es negra.

Y esto dice usted que fue llamado “moro” por su amigo y familia a causa de su apariencia. ¿Podría ser que se refiera a usted mismo? Como alemán y como judío, es usted doblemente candidato al odio a sí mismo.

Practico la justicia histórica; doy a todos lo que les corresponde.

Primero estudió leyes, luego cambió a filosofía, donde también hizo su doctorado. ¿Qué le hizo decidirse a estudiar política y teoría económica?

Los filósofos solo han interpretado el mundo de manera diferente, es importante cambiarlo.

Para tener un impacto político, usted ha trabajado como periodista durante mucho tiempo. La única profesión en la que ha ganado dinero considerable.

La prensa libre es el ojo abierto en todas partes del espíritu del pueblo, el espejo espiritual en el que un pueblo se ve a sí mismo. Es todo, omnipresente, omnisciente. Es el mundo ideal, que siempre surge del real.

No todos los medios de comunicación de hoy en día gozan de una opinión tan alta. Algunas personas no confían en ellos, otras los ven como parte de la comercia-lización general.

La primera libertad de la prensa es no ser un comercio.

Ha luchado toda su vida por la libertad de prensa, primero perdiendo su patria alemana y luego su hogar en el exilio varias veces. Ha pasado la mayor parte de sus días terrenales como un refugiado tolerado sin ciudadanía. Un precio alto.

Lo que hace de la prensa la palanca más poderosa de la cultura y la educación popular intelectual es que convierte la lucha de la carne y la sangre en una lucha fantasmagórica: la lucha de la necesidad, el deseo, el empirismo en una lucha de teoría, comprensión, forma.

Sin embargo, al final se retiró del periodismo.

Estoy cansado de la hipocresía, la estupidez, la autoridad bruta, y de nuestros acurru-camientos, dobleces y discusiones. La constante mancha del periódico me quita mucho tiempo, se fragmenta y no es nada después de todo. Independiente, tanto como quieras, estás obligado al papel y a la audiencia del mismo, especialmente si recibes el pago en efectivo como yo. Los trabajos puramente científicos son otra cosa por completo.

Como científico ha logrado cosas enormes. Espero no ofenderlo con mi evaluación de que fracasó como político en la vida. De todos modos, su mito tiene menos que ver con su trabajo que con el efecto después de su muerte. Los mayores trastornos políticos del siglo XX tuvieron lugar en su nombre. Tanto el imperio soviético como el chino se refieren a usted y al marxismo.

Todo lo que sé es que no soy marxista.

No debería esconderse. El sistema de Europa del Este puede haber sido destruido en la competencia con el capitalismo. Pero el Asia oriental ha aprendido de sus enemigos, ha construido una economía estatal próspera y ha llevado la pros-peridad a cientos de millones de personas. Es en el espíritu del marxismo que el poder mundial del futuro está emergiendo. Puede que haya creado la plaga de la crisis actual, pero luego la dominó mejor que el resto del mundo. Al mismo tiempo vemos a los populistas anticomunistas de derecha tomando el control en todas partes.

La tradición de todos los géneros muertos pesa como un alba en el cerebro de los vivos. Y cuando parecen estar ocupados transformándose a sí mismos y a las cosas, creando algo sin precedentes, es justo en tales períodos de crisis revolucionarias que invocan ansiosamente a los espíritus del pasado para realizar la nueva escena de la historia del mundo.

¿Qué consecuencias teme para las elecciones “democráticas”?

El sufragio universal parece haber sobrevivido solo por un momento, para poder hacer su propia voluntad ante los ojos del mundo y declararlo en nombre del pueblo: Todo lo que existe es digno de perecer.

Mefisto, mientras vive y respira. Dígame: un autócrata tan libremente elegido, ¿cómo se comporta típicamente?

Perseguido por las exigencias contradictorias de su situación, al mismo tiempo como un prestidigitador en la necesidad de mantener los ojos del público fijos en sí mismo por sorpresa constante, es decir, para dar cada día un golpe de Estado en miniatura, confunde toda la economía burguesa, lo toca todo y crea anarquía incluso en nombre del orden, mientras que al mismo tiempo despoja de la aureola a toda la maquinaria del Estado, profanándola, haciéndola repugnante y ridícula a la vez.

Ese es el tipo de hombre que los estadounidenses han elegido para dirigir su país.

Una nación y una mujer no perdonarán la hora desprotegida en la que el primer mejor aventurero podría cometer actos de violencia contra ellas. Quedaría por explicar cómo una nación de millones de personas pude ser tomada por sorpresa y llevada en cautiverio sin re-sistencia.

Hölderlin dice: Pero donde hay peligro, la salvación también crece. Por favor, díganos cómo podemos salir del lío de nuestras múltiples crisis mundiales.

El derrocamiento de la violencia existente y la disolución de las viejas condiciones.

Suena bastante radical.

Ser radical es llevar las cosas a la raíz. Pero la raíz del ser humano es el propio ser humano.

¿Cuál sería la ventaja de una revolución con respecto a la evolución?

El capitalismo ha demostrado ser muy adaptable. La revolución es completa; hace sus nego-cios con método. Y cuando haya completado este trabajo preparatorio, Europa saltará de su asiento y se regocijará: ¡Bien hecho, viejo topo!

El capitalismo ya lleva el germen del socialismo dentro de sí mismo…

En nuestros días cada cosa parece gestar su contraparte.

¿El comunismo por consiguiente? ¿No son suficientes los principios sociales del cristianismo?

Los principios sociales del cristianismo han tenido ahora mil ochocientos años para desarrollarse. Los principios sociales del cristianismo predican la necesidad de una clase dominante y una clase oprimida, y tienen para esta última solo el piadoso deseo de que la primera sea caritativa. Los principios sociales del cristianismo declaran que toda la vileza de los opresores contra los oprimidos es el justo castigo del pecado original. Los principios sociales del cristianismo predican la cobardía, el autodesprecio, la humillación, el servilismo, la humildad, en fin, todas las cualidades del canalla…

¡Cálmese! Cuando se trata de religión, regularmente se enoja. Los críticos dicen que si la actuación no logra nada, la negligencia socialista amenaza. Dicen que…

…con la abolición de la propiedad privada, toda actividad cesará y se eliminará la pereza general. Según esto, la sociedad burguesa debería haber perecido hace mucho tiempo por inercia; pues los que trabajan en ella no adquieren, y los que adquieren en ella no trabajan.

¿Cómo sería la vida en una sociedad comunista? ¿Tiene alguna idea?

Hacer esto hoy, hacer aquello mañana, cazar por la mañana, pescar por la tarde, criar ganado por la noche, criticar después de la cena, hacer como me plazca, sin convertirme nunca en cazador, pescador, pastor o crítico.

Ha sido severamente criticado por esta formulación del principio del placer. Pero usted solo tomaba el comportamiento de ocio de los aristócratas ingleses, tímidos para el trabajo, como una burla. ¿Cómo llamaría usted a un buen comunismo?

La libertad del individuo es el prerrequisito para la libertad de todos.

El mundo nunca ha visto tal comunismo. Los experimentos que se llevaron a cabo en su nombre fueron experimentados por la mayoría de las personas como dictaduras del partido con vigilancia y coacción.

¿Significa esto que después de la caída de la vieja sociedad habrá un nuevo gobierno de clase que culminará en una nueva violencia política? No.

¿Y la dictadura del proletariado?

Un período de transición política.

¿Por cuánto tiempo?

Solo después de que todos los manantiales de las riquezas de la cooperativa hayan empezado a fluir con mayor plenitud; solo entonces puede la compañía ondear su bandera: ¡Cada uno según sus habilidades, cada uno según sus necesidades!

Si la crisis de hoy es el precio final del pacto fáustico con el capitalismo, ¿cómo debemos reaccionar?

¡A estas relaciones petrificadas debemos obligarlas a que bailen cantándoles su propia melodía!

¿Cómo es eso posible? Las reacciones políticas son más drásticas que nunca en tiempos de paz.

Hay que enseñar a las personas a tener miedo de sí mismas para darles valor.

¿Qué quiere lograr con esto?

Entonces se hará evidente que el mundo hace tiempo que posee el sueño de una cosa de la que solo necesita poseer la conciencia para obtenerla realmente. Quedará claro que no se trata de un gran salto entre el pasado y el futuro, sino de la culminación de los pensamientos del pasado. Por fin se hará evidente que la humanidad no está empezando un nuevo trabajo, sino que está llevando a cabo, de manera consciente, su antiguo trabajo.

El ser determina la conciencia, aprendimos con usted. ¿Podría la crisis mundial actual llevar a la sociedad civil mundial que Immanuel Kant vio en el lejano horizonte?

Este es un trabajo para el mundo y para nosotros. Solo puede ser el trabajo de fuerzas unidas. Es una confesión, nada más. Para ser perdonada por sus pecados, la humanidad solo necesita explicar qué son estos pecados.

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[1] Una braza era una medida de capacidad para leña equivalente a 1.8 m3.

“La próxima vez el fuego” de James Baldwin

Una idea recurrente en la ideología neoliberal es que el arte no debe ser político. Para los neoliberales, si una obra muestra abiertamente una perspectiva política o invita a una discusión de este tipo se “ensucia” o se vuelve propaganda. Sin embargo, es difícil encontrar una obra literaria de mérito que no refleje una postura política y ética de manera implícita o, explícita como es el caso de La próxima vez el fuego (1963) de James Baldwin. Pocos autores norteamericanos han logrado una consistencia similar a la de Baldwin: sus novelas, ensayos, cuentos y obras de teatro (entre otros géneros que cultivó) son admirables. El libro que nos ocupa, del cual hay una traducción al español editada por Editorial Sudamericana en Buenos Aires en 1964, es un referente obligado al hablar de las luchas por los derechos humanos de la comunidad afroamericana del siglo veinte y lo que va del veintiuno.

El libro se divide en dos cartas abiertas. En la primera –y más breve– Baldwin se dirige a su sobrino. Se titula “Carta a mi sobrino en el centésimo aniversario de la emancipación”. En ella Baldwin expone los puntos esenciales que todo joven afroamericano debe conocer para tomar acciones concretas sobre una situación que parece irremediable. No se trata tanto de una denuncia del racismo (que va implícita en todo texto de James Baldwin) como de un llamado a la juventud a no dejarse someter por una serie de fuerzas que les han hecho creer que la violencia, la miseria y la humillación son su destino. La segunda parte que simplemente se titula “Carta desde una cierta región de mi mente”, no tiene un destinatario específico. Sin embargo, está dirigida a cualquier persona interesada en una explicación histórica del contexto de los afroamericanos en el momento de la publicación del libro y, por extensión lamentable, en el presente. El autor no se limita a una exposición más de los horrores del racismo, aunque la mención de la violencia que lo conforma es inevitable, Baldwin ofrece puntos de vista deslumbrantes sobre el asunto. Analiza cómo a pesar de la crueldad, de la aberración que es el concepto mismo de negritud –pues Baldwin demuestra que el apelativo “negro” es una invención de los colonizadores– los blancos solo proyectan en los afroamericanos sus propios traumas y temores y por ello son dignos de compasión. Odiarlos como a un grupo es natural desde quienes han vivido sometidos y vejados por ellos, los blancos, los poderosos, pero la solución, dice Baldwin, no es crear una nación dentro de otra. Esto lo dice a propósito del islam, que durante los años sesenta tuvo muchos adeptos afroamericanos en Estados Unidos y que, según el autor, buscaban la venganza más que nada y la supremacía de la comunidad afroamericana. Dice Baldwin:

A los afroamericanos de este país –y los afroamericanos no existen, estricta o legalmente hablando, en ningún otro– se les enseña realmente a despreciarse a sí mismos desde el momento en que abren los ojos al mundo. Este mundo es blanco y ellos son afroamericanos. Los blancos tienen el poder, lo que significa que son superiores a los afroamericanos (intrínsecamente, esto es: Dios lo decretó así), y el mundo tiene innumerables maneras de hacerte saber esta diferencia, de sentirla y temerla. Mucho antes de que el niño afroamericano perciba esta diferencia, y aún antes de que la entienda, ha empezado a reaccionar a ella, ha empezado a ser controlado por ella. Cada esfuerzo que hacen los padres para preparar a ese niño para un destino del que no pueden protegerlo, hace que ese niño secretamente, aterrorizado, empiece a esperar, sin saber que lo está haciendo, su misterioso e inexorable castigo. Debe ser “bueno” no solo para complacer a sus padres y no solo para evitar ser castigado por ellos; detrás de su autoridad se encuentra otro ser, sin nombre e impersonal, infinitamente más difícil de complacer y de una crueldad sin fondo. Y esto se filtra en la conciencia del niño a través del tono de voz de sus padres cuando lo exhortan, lo castigan o lo aman; en el tono de voz repentino e incontrolable por el miedo que se escucha en la voz de su madre o su padre cuando se ha desviado de algún límite particular. No sabe cuál es ese límite y no puede obtener ninguna explicación, lo cual es bastante aterrador, pero el miedo que oye en las voces de sus mayores es aún más aterrador. El miedo que escuché en la voz de mi padre, por ejemplo, cuando se dio cuenta de que realmente yo creía que podía hacer cualquier cosa que un chico blanco pudiera hacer, y que tenía toda la intención de probarlo, no era para nada como el miedo que escuché cuando uno de nosotros estaba enfermo o se había caído por las escaleras o se había alejado demasiado de la casa. Era otro temor, un temor que el niño, al desafiar las suposiciones del mundo blanco, se ponía a sí mismo en el camino de la destrucción. Un niño no puede, gracias a Dios, saber cuán vasta y despiadada es la naturaleza del poder, con qué increíble crueldad se trata la gente. Reacciona al miedo en las voces de sus padres porque sus padres le sostienen el mundo y no tiene protección sin ellos. Me defendí, como imaginaba, del miedo que mi padre me hizo sentir al recordar que era muy anticuado. Además, me enorgullecía del hecho de que ya sabía cómo burlarlo. Defenderse de un miedo es simplemente asegurarse de que un día será conquistado por él; los miedos deben ser enfrentados. En cuanto al ingenio, no es cierto que uno pueda vivir de acuerdo a él… no, es decir, si uno desea vivir realmente. Ese verano, en todo caso, todos los miedos con los que había crecido, y que ahora eran parte de mí y controlaban mi visión del mundo, se alzaron como un muro entre el mundo y yo, y me llevaron a la iglesia[1].

En efecto, Baldwin escapó del mundo de la drogadicción y de la prostitución gracias a que encontró un refugio en la iglesia católica. Se hizo seminarista y no fue sino hasta que descubrió que dentro de la propia Iglesia, aquello que lo atemorizaba y lo hacía más vulnerable ante las amenazas de la violencia causada por el racismo, se replicaban del mismo modo que afuera de ella, porque a final de cuentas el tema tenía que ver tanto con la lucha de clases como con las diferencias del color de piel. Dice Baldwin:

Entonces, ¿el Cielo iba a ser simplemente otro gueto? Quizás podría haber sido capaz de reconciliarme incluso con esto si hubiera sido capaz de creer que había alguna bondad amorosa en el refugio que representaba. Pero había estado en el púlpito demasiado tiempo y había visto demasiadas cosas monstruosas. No me refiero solo al hecho evidente de que el ministro finalmente adquiere casas y Cadillacs mientras los fieles continúan trapeando los pisos y dejan caer su dinero en la charola del diezmo. Realmente quiero decir que no había amor en la Iglesia. Era una máscara para el odio, el odio a sí mismo y la desesperación. El poder transfigurador del Espíritu Santo terminaba cuando el servicio terminaba, y la salvación se detenía en la puerta de la iglesia. Cuando nos dijeron que amáramos a todos, pensé que eso significaba a todos. Pero no. Solo se aplicaba a los que creían como nosotros, y no se aplicaba a los blancos en absoluto. Un ministro me dijo, por ejemplo, que nunca debería, en ningún transporte público, bajo ninguna circunstancia, levantarme y cederle mi asiento a una mujer blanca. Los hombres blancos nunca les habían cedido el asiento a las mujeres negras. Bueno, eso era bastante cierto, en general… entendí lo que quería decir. Pero ¿cuál era el punto, el propósito de mi salvación si no me permitía comportarme con amor hacia los demás, sin importar cómo se comportaran conmigo? Lo que los demás hacían era su responsabilidad, por la que responderían cuando sonara la trompeta del juicio final. Pero lo que yo hacía era mi responsabilidad, y también tendría que responder, a menos que, por supuesto, hubiera también en el Cielo una dispensa especial para el afroamericano ignorante, que no debía ser juzgado de la misma manera que los otros seres humanos, o los ángeles. Probablemente se me ocurrió en esta época que la visión que la gente tiene del mundo venidero no es más que un reflejo, con previsibles distorsiones de deseo, del mundo en el que viven. Y esto no se aplicaba solo a los afroamericanos, que no eran más “simples” o “espontáneos” o “cristianos” que cualquier otro; que eran simplemente más oprimidos. De la misma manera que nosotros, para los blancos, éramos los descendientes de Ham, y fuimos maldecidos para siempre, los blancos eran, para nosotros, los descendientes de Caín. Y la pasión con la que amamos al Señor era una medida de lo profundamente que temíamos y desconfiábamos y, al final, odiábamos siempre a casi todos los extraños y nos evitábamos y despreciábamos a nosotros mismos.

Hacia el final del libro, Baldwin nos presenta una visión poco escuchada en la actualidad sobre cómo podemos mirar una historia de opresión para que no se quede solo en eso. Sin la intención de volver romántico el sufrimiento, pues sería una ofensa para millones de personas en el mundo, Baldwin se atreve a mirar más allá del dolor y de la rabia; se atreve a invitarnos a ir más allá de eso, no para sustituir la lucha y la denuncia por ideales tan frágiles como la nobleza, sino para asumir nuestra verdadera condición y transformarla de fondo.

Este pasado, el pasado del afroamericano, de soga, fuego, tortura, castración, infanticidio, violación; muerte y humillaciones; miedo de día y de noche, un miedo tan profundo como la médula del hueso; duda de que fuera digno de la vida, ya que todos los que le rodeaban se la negaban; él sentía pena por sus mujeres, por sus padres y familiares, por sus hijos, que necesitaban de su protección y a los que no podía proteger; rabia, odio y asesinato, un odio tan profundo hacia los hombres blancos que a menudo se volvía contra él y los suyos, y hacía imposible todo amor, toda confianza, toda alegría. Este pasado, esta lucha interminable para lograr y revelar y confirmar una identidad humana, la autoridad humana contiene, sin embargo, a pesar de todo su horror, algo muy hermoso. No quiero ser sentimental con respecto al sufrimiento –una dosis suficiente de sufrimiento es tan buena, sin duda, como un festín– pero la gente que no puede sufrir nunca puede crecer, nunca puede descubrir quién es. El hombre que se ve obligado cada día a arrebatar su hombría, su identidad, del fuego de la crueldad humana que se ensaña en destruirla sabe, si sobrevive a su esfuerzo, e incluso si no sobrevive, algo sobre sí mismo y la vida humana que ninguna escuela de la tierra –y, de hecho, ninguna iglesia– puede enseñar. Alcanza su propia autoridad y eso es inquebrantable. Esto es porque para salvar su vida se ve obligado a mirar por debajo de las apariencias, a no dar nada por sentado, a escuchar el significado de las palabras. Si uno está continuamente sobreviviendo a lo peor que la vida puede traer, uno deja, al cabo de un tiempo, de estar controlado por el miedo a lo que la vida puede traer; lo que sea que traiga debe soportarse. Y en este nivel de experiencia la amargura de uno comienza a ser aceptable, y el odio se convierte en un costal demasiado pesado para cargarlo. La aprehensión de la vida aquí tan breve e inadecuadamente esbozada ha sido la experiencia de generaciones de afroamericanos y ayuda a explicar cómo han soportado y cómo han sido capaces de producir niños en edad de jardín de infantes que pueden caminar a través de las multitudes para llegar a la escuela. Requiere gran fuerza y gran astucia continuamente para asaltar la poderosa e indiferente fortaleza de la supremacía blanca, como los afroamericanos en este país han hecho durante tanto tiempo. Requiere una gran resistencia espiritual para no odiar al que odia con el pie en el cuello, y un milagro aún mayor de percepción y caridad para no enseñar a tu hijo a odiar. Los niños y niñas afroamericanos que se enfrentan a las turbas hoy en día provienen de una larga línea de aristócratas inverosímiles –los únicos aristócratas genuinos que este país ha producido. Digo “este país” porque su marco de referencia era totalmente estadounidense. Estaban tallando en la montaña de la supremacía blanca la piedra de su individualidad. Tengo un gran respeto por ese ejército olvidado de hombres y mujeres afroamericanos que caminaban por los callejones y entraban por las puertas traseras, diciendo “Sí, señor” y “No, señora” para adquirir un nuevo techo para la escuela, nuevos libros, un nuevo material de química para los niños, más camas para los dormitorios, más dormitorios. No les gustaba decir “Sí, señor” y “No, señora”, pero el país no tenía prisa por educar a los afroamericanos, estos hombres y mujeres sabían que el trabajo tenía que hacerse, y metían su orgullo en los bolsillos para hacerlo. Es muy difícil creer que fueran inferiores a los hombres y mujeres blancos que les abrían las puertas traseras de sus casas. Es muy difícil creer que esos hombres y mujeres, criando a sus hijos, comiendo sus verduras, exclamando sus maldiciones, llorando sus lágrimas, cantando sus canciones, haciendo el amor, al salir y al ponerse el sol, fueran de alguna manera inferiores a los hombres y mujeres blancos que se acercaban sigilosamente a compartir esos esplendores después de que el sol se ponía. Pero hay que evitar el error europeo; no hay que suponer que, por el hecho de que la situación, los modos, las percepciones de los afroamericanos difirieran tan radicalmente de las de los blancos, fueran racialmente superiores. Estoy orgulloso de estas personas no por su color de piel, sino por su inteligencia, su fuerza espiritual y su belleza. El país debería estar orgulloso de ellos también, pero, por desgracia, no hay mucha gente en este país que sepa de su existencia. Y la razón de esta ignorancia es que el conocimiento del papel que estas personas jugaron y juegan en la vida de Estados Unidos revelaría a los estadounidenses más de lo que ellos desean saber.

El miedo a la autocrítica es, en el fondo, el miedo a la verdad, a mirarnos como realmente somos. Sin embargo, ¿cómo podríamos comenzar a resolver nuestros problemas fundamentales, aquellos que calan más hondo y a los que calificamos de inexplicables, si no nos miramos como realmente somos ahora? Las respuestas más fáciles a la opresión son el odio, el resentimiento y más violencia. Nada más natural. Con todo, James Baldwin –desde el centro de un grupo social que tal vez ha experimentado como ningún otro la violencia, la crueldad y la opresión– nos invita a exigir justicia para trascender el odio y no a actuar desde ese mismo odio porque hemos visto que no resuelve nada y que no tiene futuro. La exigencia del cumplimiento de los derechos humanos de cualquier persona –y en particular de los grupos minoritarios– puede mirarse como una lucha por la venganza, pero también como una oportunidad para exigir justicia y reparación de daños. Esto sin perder de vista que dicha justicia es apenas el comienzo, no el fin. El fin último le corresponde a cada uno; cada uno habrá de encontrar cómo trascender el odio, el resentimiento y la tristeza.

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[1] Las traducciones de las citas textuales en este artículo son mías.

Traductoras y asimetrías

Les comparto el artículo que escribí: “Traductoras y asimetrías. Las traducciones de “Luvina” de Juan Rulfo al alemán” publicado en la revista indexada Mutatis Mutandis en verano de 2020.

Aquí pueden descargar el pdf del artículo:

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“Milkman” de Anna Burns

Reseña del libro Milkman (2019) de Anna Burns. Traducido al español por Maia Figueroa Evans, editorial Alianza[1].

Milkman podría no haber ganado el premio Booker en 2018 y eso no afectaría en nada su importancia y su enorme riqueza. Se trata de una novela en la que su autora se ha puesto varios retos y los ha conquistado todos. Algunos son de tipo formal, como veremos, y otros son más personales. Con esta novela Burns ha querido contar una parte de su historia y, al mismo tiempo, una parte de la historia de muchas personas que lamentablemente podrían identificarse con ella. Anna Burns creció en Belfast durante una época conocida como The Troubles, los problemas, un eufemismo para nombrar casi treinta años de violencia rampante, bombas, terrorismo, y todas las atrocidades propias de un estado totalitario y una guerrilla de la que no se salvaron ni los perros.

Con todo, Burns no ha querido nombrar de manera directa su ciudad, Belfast, ni tampoco les ha dado nombre a sus personajes. Este es uno de los retos formales a los que me referí un poco antes. Y el resultado es magnífico. Nunca es un problema en la lectura identificar a quién se refiere la narradora; por el contrario, los sobrenombres que utiliza son de una gran precisión. Y es un gran hallazgo este recurso, porque los nombres, en el contexto de la historia de la protagonista y por extensión de la autora, tenían mucho peso. A alguien se le podía acusar de traidor si nombraba a su hija o hijo con algún nombre prohibido; es decir, algún nombre que “perteneciera” a personas de la religión contraria o a aquel país que estaba del otro lado del mar. Existían listas al respecto, como apunta la narradora anónima de la novela:

Los nombres prohibidos eran: Nigel, Jason, Jasper, Lance, Percival, Wilbur, Wilfred, Peregrine, Norman, Alf, Reginald, Cedric, Ernest, George, Harvey, Arnold, Wilberine, Tristram, Clive, Eustace, Auberon, Felix, Peverill, Winston, Godfrey, Héctor, junto con Hubert, un primo de Héctor, tampoco están permitidos. Tampoco lo estaban Lambert o Lawrence o Howard o los otros Laurence o Lionel o Randolph porque Randolph era como Cyril que era como Lamont que era como Meredith, Harold, Algernon y Beverley. Myles tampoco estaba permitido. Tampoco Evelyn, Ivor, Mortimer, Keith, Rodney, Roger, Earl of Rupert, Willard, Simon, Sir Mary, Zebedee o Quentin, aunque quizás ahora Quentin, debido a que el cineasta se desempeñaba bien en Estados Unidos en esa época. O Albert. O Troya. O Barclay. O Eric. O Marcus. O Sefton. O Marmaduke. O Greville. O Edgar porque todos esos nombres no estaban permitidos. Clifford era otro nombre no permitido. Lesley tampoco lo estaba. Peverill estaba prohibido dos veces (23-4).

Decía que de la violencia de esta época no se salvaron ni los perros, porque, en efecto, la protagonista narra una matanza de perros ocurrida a manos del ejército en un acto que buscaba intimidar a la población. La narradora describe esta matanza y se concentra al final en un perro en particular; uno que se había mostrado cariñoso con los militares. Esto en un intento de comprender cómo la violencia se había adueñado de todo.

Lo supe inmediatamente, ¡Dios mío! ¡Era verdad! ¡Por eso lo mataron! ¡Lo mataron porque el perro fue cariñoso con ellos! […] Lo mataron porque […] no podían soportar ser queridos, no podían soportar la inocencia, la franqueza, la apertura, la indefensión y un afecto y una pureza tales; era tanto cariño que había que acabar con el perro y sus cualidades. No podían soportarlo. Tenían que matarlo. Probablemente ellos mismos habrían visto esto como defensa propia. Y ese era el problema con la gente luminosa. Tomemos un grupo de individuos que no eran luminosos, tal vez una comunidad entera, una nación entera, o tal vez sólo una estatua inmersa a largo plazo en los planos físico y energético en las energías mentales oscuras; condicionados también, a través de años de sufrimiento personal y comunitario, historia personal y comunitaria, a estar sobrecargados con la pesadez y la tristeza y el miedo y la ira – bueno, estas personas no podían, ni por asomo, estar abiertas a cualquier señal luminosa de una persona que entrara en su entorno y brillara sobre ellos así como así. En cuanto al medio ambiente, eso también se opondría, respaldando el pesimismo de su gente, que fue lo que ocurrió donde yo vivía, donde todo el lugar parecía estar siempre en la oscuridad. Era como si las luces eléctricas estuvieran apagadas, siempre apagadas, aunque el atardecer ya había pasado, así que deberían haber estado encendidas, pero nadie las encendía y nadie se daba cuenta tampoco, no estaban encendidas. Todo esto también parecía normal, lo que significaba que parte de la normalidad aquí era esta constante y no reconocida lucha por ver. Sabía incluso de niña – tal vez porque era una niña – que esto no era realmente físico; sabía que la impresión de un paño mortuorio, de alguna cualidad distorsionada de la luz tenía que ver con los problemas políticos, con las heridas que habían llegado, los problemas que se habían construido, con la pérdida de la esperanza y la ausencia de confianza y con una incapacitación mental sobre la que nadie parecía estar preparado o ser capaz de prevalecer. El propio entorno físico de entonces, en connivencia con, o como resultado de, la oscuridad humana que se descargaba en él, no fomentaba por sí mismo la luz. En lugar de ello, el lugar estaba hundido en una larga y melancólica historia, hasta el punto en que la persona verdaderamente luminosa que llegaba a esta oscuridad corría el riesgo de no sobrevivir en ella, de tener su propio brillo sumergido en ella y, en algunos casos – si la persona era vista como intolerablemente extra-brillante y extra-luminosa – podría incluso llegar al punto de que ese individuo tuviera que perder su vida física. En cuanto a los que vivían en la oscuridad, que durante mucho tiempo estuvieron en sintonía con la certeza de la oscuridad, esto tampoco era cualquier cosa para ellos. ¿Qué pasa si aceptamos estos puntos de luz, su translucidez, su brillo; qué pasa si nos permitimos disfrutar de esto, dejamos de temerlo, nos acostumbramos a eso; qué pasa si llegamos a creer en eso, a esperarlo, a impresionarnos por eso; qué pasa si tomamos la esperanza y renunciamos a nuestra antigua herencia y en su lugar, e infundidos, comenzamos a arrastrarnos con ella, con nosotros mismos para luego irradiarla; qué pasa si hacemos eso, nos educamos hasta ese punto, y luego, así como así, la luz se apaga o es arrebatada? Por eso no había mucha gente luminosa en lugares abrumadores y consistentes con el miedo y la pena (89-90).

Pero como buena novela, en Milkman hay varios registros. Otro reto formal de Anna Burns que resuelve magníficamente es el uso del flujo de conciencia como discurso narrativo. Es complejo lograr matices y un lenguaje polifónico al emplear una técnica como el flujo de conciencia, pero ella lo logra y a ratos lo hace entrañable. La narradora tiene varios hermanos y hermanas, como la gran mayoría de los personajes de la época. Ella, es la hermana del medio, y después siguen tres pequeñas hermanas superdotadas, que a pesar de su edad leen y estudian temas de enorme complejidad. Sin embargo, no dejan de ser niñas. Aquí un ejemplo de una manera en que la narradora le presenta al lector algo del carácter de estas niñas quienes siempre interactúan al unísono.

“Haces preguntas un tanto peculiares, hija”, me respondió mamá. “No tan peculiares como las que hacen las hermanitas”, dije, “y las respondes como si fueran preguntas normales”, por ejemplo, las del desayuno. “Mami”, dijeron, “si una mujer fuera excesivamente deportista y esta cosa llamada menstruación se detuviera dentro de ti porque fueras excesivamente deportista” – las hermanas pequeñas habían descubierto recientemente la menstruación en un libro, pero aún no a través de la experiencia personal – “entonces dejaras de ser excesivamente deportista y si tu menstruación regresara, significaría que tendrías tiempo extra de menstruación para compensar la brecha de no haberla tenido cuando deberías haberla tenido sólo que no podías porque tu deportividad estaba bloqueando la producción de tu hormona estimulante de folículos, también bloqueando la hormona luteinizante para que no instruya al estrógeno a estimular el revestimiento del útero en espera de que el óvulo sea fecundado, con la consiguiente insuficiencia de hormonas y estrógenos que impiden la liberación del óvulo a ser fecundado o – en caso de que el óvulo sea liberado pero no fecundado – a la degeneración del cuerpo lúteo y la descamación del endometrio o, Mami, ¿tu menstruación se detendría en el momento en que fue programada biológicamente para detenerse sin importar los meses o años de deportividad excesiva cuando tu menstruación no había llegado? ’ Ma me dijo que sí, que trataba las preguntas de las hermanitas como si fueran preguntas normales, pero que las hermanitas eran las hermanitas – incluso sus profesores lo decían – lo que significa que siempre debían ser extrañas en sus preguntas y en la adquisición de conocimientos, mientras que yo, dijo, al ser de una cerebración diferente a las hermanitas, esperaba que yo ya hubiera crecido y dejado todo eso atrás (83-4).

Aunque la mayor parte de la novela se centra en los hechos que le ocurren a la protagonista en un lapso de pocas semanas, cuando ella tiene poco más de dieciocho años de edad y está siendo acosada por un paramilitar al que apodan Milkman, hay reflexiones sobre la manera en que ella y otros niños de su comunidad habían crecido. Los acosadores o abusadores sexuales de niñas estaban muchas veces, como suele ocurrir, dentro de las propias familias. Esto no impide que la autora logre una mezcla de humor y denuncia al mismo tiempo obteniendo así un logro más en la narrativa. Aquí un fragmento del momento en que la narradora cuenta cómo entre ella y una de sus hermanas mayores intentan prevenir a las hermanitas sobre cualquier acercamiento indebido que pueda tener uno de los cuñados de ellas, el “primer cuñado”.

Se trataba del campo sexual; ese hombre no sabía cómo participar en ningún otro campo. Por eso la tercera hermana y yo habíamos intentado hablar con las niñas. Las hermanitas, sin embargo, dijeron que no necesitaban que les advirtiéramos de algo febril, impulsivo y codicioso sobre el primer cuñado. Dijeron que él tenía una neurosis compulsiva enfermiza y que era muy evidente para todos. “Sólo que, ¿a nosotras qué nos importa?”, añadieron. “¿Por qué vienes a nosotros, diciéndonos esto, advirtiéndonos de nuestro primer cuñado?” “Si intenta algo,” dijo la tercera hermana. ¿Intentar qué?’, dijeron. “Aunque les hable de forma aparentemente inocente sobre el tema, digamos, de la Revolución Francesa…” “¿Qué aspecto de la Revolución Francesa?” “Cualquier aspecto”, dijo la tercera hermana. “O”, continuó ella, “si él trata de tener una discusión sobre esa teoría científica marginada que ustedes tres tienen, la de la multi-turbulencia hidrotermal”… “Estás haciendo un esbozo incorrecto de eso, tercera hermana”, dijeron las hermanitas. “Lo que la tercera hermana quiere decir”, interrumpí, “es que si él se une a la desaprobación de Demóstenes de Alcibíades, o si aparece de pronto y trata de exponer la tesis de que Francis Bacon era en realidad William Shakespeare, lo que ella quiere decir…” “¡Nosotras sabemos lo que significa exponer estas tesis!”, contestaron las hermanitas. “Lo que la hermana de en medio está diciendo”, dijo la tercera hermana, “es que si él se mete en una exposición sumaria sobre la firma de Guy Fawkes antes de ser torturado y la firma de la confesión de Guy Fawkes después de ser torturado, eso significa que…” “¡Sabemos lo que significa una exposición sumaria!”, replicaron ellas. Miren, hermanitas, el punto es, dije, si él trata de atraerlas con el pretexto de algo – ciencia, arte, literatura, lingüística, antropología social, matemáticas, política, química, el tracto intestinal, eufemismos inusuales, contabilidad de doble entrada, las tres divisiones de la psique, el alfabeto hebreo, el nihilismo ruso, el ganado asiático, la porcelana china del siglo XII, la unidad japonesa – “No entendemos”, gritaron las hermanitas. “¿Qué hay de malo en hablar de esas cosas?” “Lo malo es que no se dejen engañar”, dijo la tercera hermana. “Nada de eso será el asunto, no será lo que él realmente busca”. Pero, ¿cuál es el asunto entonces? ¿Qué es lo que realmente busca? ¿Qué es lo que quieren decir ustedes dos?”, dijeron las hermanitas. Pudimos ver, la tercera hermana y yo, que lejos de tranquilizar y proteger a las niñas, las habíamos alarmado y asustado. La tercera hermana dijo entonces: “Será algo abusivo, sexualmente invasivo, una cosa violenta y espeluznante, siempre algo verbal, pero pensándolo bien, no importa. Ustedes tres son demasiado jóvenes para saber de eso todavía” (211-2).

En suma, Milkman de Anna Burns es una novela en la que confluyen una visión femenina, íntima, con la visión de toda una comunidad durante una época violenta (los llamados Troubles en Irlanda del Norte que comenzaron a fines de los años sesenta y terminaron casi treinta años después). Al mismo tiempo es una novela de formación, una historia en la que a pesar de las dificultades hay siempre tiempo para la ternura, el buen humor, la sexualidad, la imaginación y la destreza narrativa.

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[1] La edición consultada para esta reseña es: Anna Burns (2019). Milkman. Faber & Faber. Libro electrónico. Las citas son traducciones propias.

“Una casa en Brandenburgo” de Jenny Erpenbeck

No son pocas las veces en que los novelistas experimentan con distintas perspectivas desde donde narrar las historias que cuentan. Se elige contar un mismo hecho desde distintos puntos de vista, por ejemplo, o se busca que los referentes sean personajes inauditos, como es el caso que nos ocupa. En esta novela, la autora ofrece al lector, a vuelo de pájaro, una mirada a algunos hechos clave del siglo XX (e.g. la Segunda Guerra Mundial, el muro de Berlín, etc.) desde personajes atípicos (una heredera que se vuelve loca, un arquitecto que colaboraba con los nazis, un soldado ruso, una escritora comunista…). Una casa en Brandenburgo (2011) de Jenny Erpenbeck, traducida por Javier Salinas y publicada por editorial Destino, entrelaza una serie de historias que se suceden en una misma casa, pero en distintas épocas.

Entre los varios logros de este libro quiero destacar que la autora no se limita a presentar distintos personajes en distintos momentos nada más. Se ha esforzado por crear una atmósfera narrativa particular para cada uno de estos relatos. El estilo, si bien es reconocible durante todo el libro, tiene particularidades en cada capítulo que contribuyen a una mayor riqueza expresiva y a recrear esta sensación de que si bien se trata de la misma casa, el tiempo realmente transcurre mientras somos testigos de algunas de las historias que ahí sucedieron. Veamos, como ejemplo, el inicio de la primera historia cuyo personaje central es Klara, la hija menor de un poderoso hombre de Brandenburgo. Aquí la atmósfera es ideal para retratar una época sin tener que apuntar a los objetos, ni a los vestidos, por ejemplo.

Cuando una mujer se casa, no debe coser ella misma el vestido de novia. Ni debe hacerse el vestido en su propia casa. Se coserá fuera y no se deberá romper ninguna aguja cosiendo. La tela para el vestido de novia no ha de ser jamás rasgada sino siempre cortada. Si mientras se está cortando la tela se comete un fallo, el trozo no ha de ser reutilizado, sino que habrá que comprar otra pieza de tela. La novia no debe dejar que su novio le regale los zapatos para la boda, debe comprárselos ella misma y además con las monedas que haya ido ahorrando durante mucho tiempo. La boda no deberá ser en la época más calurosa, es decir, nunca ha de tener lugar en la canícula, pero tampoco en el impredecible mes de abril. Las amonestaciones para la boda no deben hacerse la semana antes de Pascua y, para el día de la ceremonia, debe haber luna llena, o por lo menos en cuarto creciente. El mejor mes para una boda es mayo. Unas semanas antes de la fecha prevista para la ceremonia, las amonestaciones se expondrán en una vitrina que las amigas de la novia decorarán con guirnaldas de flores. Si la novia es querida en el pueblo, entonces se darán tres o más vueltas de adornos. Una semana antes del enlace se deberá comenzar con la matanza y con los pasteles, pero la novia no deberá, bajo ningún concepto, ver ni una sola llama del fuego del horno. Un día antes de la ceremonia por la tarde, irán a su casa los niños del pueblo a hacer ruido. Tirarán vajilla, aunque ningún vaso, en el camino hacia el portón de la casa y recibirán pasteles de la madre de la novia. En la fiesta de despedida de solteros, los adultos llevarán sus regalos, leerán poesías y tomarán parte en el banquete. Las luces no deben temblar durante la fiesta porque trae mala suerte. A la mañana siguiente, la novia deberá recoger los trozos rotos de la vajilla y arrojarlos en un hoyo que habrá excavado el novio. Luego, la novia será engalanada para la boda por sus amigas y llevará una corona de mirto y un velo. Al salir la pareja de novios de la casa, dos niñas sostendrán a sus pies una guirnalda de flores y la pareja nupcial pasará sobre ella. Entonces partirán hacia la iglesia. Los caballos llevarán en la parte exterior de las bridas dos cintas, una roja, para el amor, y una de color verde, para la esperanza. Los látigos llevarán también las cintas. El carruaje de los novios estará adornado con una rama de boj y a veces también de enebro. El carruaje de los novios saldrá el último, tras los carruajes de los invitados, y no podrá detenerse ni volver atrás. El carruaje de los novios deberá evitar, si es posible, pasar por delante del cementerio. Los novios no deberán mirar atrás durante el trayecto. Podrá llover en el camino, pero nunca nevar. Tantos copos de nieve, tantos problemas y penas. Y la novia tampoco deberá dejar caer ante el altar su pañuelo, porque, si no, en ese matrimonio habrá muchas lágrimas. En el camino de regreso, el carruaje de los recién casados saldrá el primero, y deberá ir deprisa para que no les alcancen las dificultades en el matrimonio. Al traspasar la pareja nupcial el umbral de la casa de la boda, deben hacerlo sobre hierro, es decir, pisando un hacha o una herradura. Durante el banquete de boda, la pareja de recién casados se sentará en una esquina, la esquina de los novios, y no se moverá de ahí. Las sillas de la pareja estarán engalanadas con adornos de hiedra. Después del banquete, un chico se meterá a escondidas debajo de la mesa y le quitará un zapato a la novia, que se subastará y que finalmente adquirirá el novio. El dinero obtenido será para las cocineras. A las doce de la noche, entre canciones, se cortará el velo de la novia y se le dará a cada uno de los invitados un trozo como recuerdo. Después de la boda, los recién casados se instalarán en su nueva casa. Allí habrán dejado sus amigos íntimos un pequeño paquete sobre el horno, con pan, sal y dinero, para que nunca les falte alimento ni pasen necesidades. El paquete deberá permanecer sin tocar, en el mismo lugar, durante un año.

Hay un personaje, además de la casa, que atraviesa todas estas historias: el jardinero. A veces parece que no se trata del mismo hombre sino del rol que distintos hombres desempeñan en esa casa, pero hay atisbos de que sí es el mismo jardinero que ha permanecido durante todo ese tiempo en la casa, trabajando para distintos dueños. Este interactúa poco con la mayoría de los otros personajes, pero constituye siempre el portero en el umbral que conecta la casa con la naturaleza en un sentido profundo. No solo por la obviedad de los jardines y un lago al que se puede acceder desde la casa sino por lo que la naturaleza representa como un contenedor atemporal de las convulsiones de una ciudad y de un siglo por demás lleno de fuertes sacudidas sociales. Aquí una descripción del momento en que un arquitecto, que sabe que tendrá que abandonar la casa, recuerda la luz de algunas mañanas en el jardín.

Por la mañana, la luz del sol pasaba sobre el pino de delante de la casa, lo que significaba que haría buen tiempo durante todo el día. La terraza estaba todavía a la sombra y la mantequilla en la mesa de desayuno no se derretía. Durante todo el día, el sol brillaba sobre las dos praderas, a la izquierda y a la derecha del camino que llevaba abajo hacia el agua. Las hermanas de su mujer estaban tumbadas y sentadas en la hierba con sus niños para jugar, dormir, leer. El sol manchaba el camino colina abajo, caía a través del follaje de la encina, de las coníferas y avellanos sobre la sólida escalera, ocho veces ocho peldaños, piedra arenisca natural quebrada. Abajo, en el lago, el sol penetraba entre los alisos en pocos lugares hasta la tierra negra de la orilla siempre húmeda. Cuanto más se acercaba uno al deslumbrante espejo del lago, más fuerte susurraba el follaje, y más sombra había alrededor. «Oscurecimiento» es el término militar. Defensa antiaérea Mannesmann. Pero todo eso sólo servía para deslumbrar al veraneante en su primer paso sobre el muelle; que entre sol y agua caminaba hacia el final del embarcadero, y aparte de él mismo, caminando hasta allí, ya no había nada para hacer sombra. Aquí el sol se cernía del todo sobre él, sobre él y sobre el lago, y el lago le devolvía su brillo al sol, y él, que se había sentado o tumbado al final del muelle, observaba ese juego, se arrancaba de paso una astilla que se había clavado en la mano al sentarse o tumbarse, olía el alquitrán que protegía la madera, oía chapotear el barco en el embarcadero, el suave tintineo de la cadena con la que estaba amarrado, veía peces inmóviles en el agua clara, cangrejos arrastrándose, sentía las tablas cálidas debajo de sus pies, de sus piernas, de su vientre, olía su piel, estaba tumbado o sentado y cerraba los ojos, tan intenso era el sol. E incluso en la sangre detrás de sus párpados cerrados veía la bola cegadora.

Ya he mencionado antes la importancia de las distintas atmósferas narrativas como un elemento que recrea la ilusión del devenir del tiempo en la novela que nos ocupa, Una casa en Brandenburgo de Jenny Erpenbeck, pero otra particularidad de estas atmósferas es que pueden alcanzar un estilo propio que durante una cierta escena marca un contrapunto psicológico y emocional del libro en su conjunto. Este es el caso del momento en el que un soldado del ejército ruso que ha ocupado la ciudad encuentra una puerta falsa en la habitación en la que duerme. Sirva esta cita para concluir esta recomendación:

Y luego hay otro ruido esa noche, un crujido como el de las martas que tienen sus nidos en el desván. Había capturado una el día anterior, la piel cuelga ahora de la barandilla del pequeño balcón. De nuevo algo cruje detrás de la pared en la que se encuentra el armario. El joven soldado rojo se levanta rápidamente, antes de poder pensar siquiera que, si las cosas son como deben ser, no puede haber ninguna marta en una pared. Abre la puerta, y enseguida se hace el silencio detrás de la pared de la que cuelga la bata. Tan sólo ahora retrocede y observa el armario de arriba a bajo, observa las columnas de madera que lo flanquean y sólo entonces ve que éstas no reposan en el suelo, se arrodilla y ve en los pocos milímetros de espacio que separan las columnas del suelo, la pequeña curva externa de unas ruedecitas escondidas casi totalmente en el interior de la columna. Y sólo ahora ve en el suave suelo de corcho justo delante del armario las marcas de un pequeño semicírculo, aunque la puerta con el espejo siempre se movía muy fácilmente. En las restantes fracciones del segundo en las que piensa y comprende todo esto, también piensa y comprende que al otro lado del armario alguien que está respirando ya sabe lo que él está pensando y ese alguien tan sólo espera el final de ese segundo tan largo.

Coge su revólver, cierra suavemente la puerta del espejo y tira de repente con fuerza del pomo de metal sin girarlo. Como esperaba, se suelta una de las columnas de madera de la pared y también con un suave chirrido se abre un panel, como si el joven hubiera abierto una gran página de un libro de madera. El joven mira en el hasta ahora oculto y profundo armario, ve chaquetas, vestidos, abrigos, faldas y blusas que apretadamente cuelgan unos junto a otros, y encima, en estantes, ve jerséis, pañuelos y sombreros. El perchero y los estantes se pierden en la oscuridad a la derecha de la puerta. De ahí viene el crujido, pero el joven soldado rojo no puede ver nada. Tan sólo un vivo olor a orina y a excrementos le golpea en la nariz, y ve bajo la ropa un orinal lleno de inmundicia. Unos se cagan de miedo, otros porque no salen de sus escondites, y otros por rabia, piensa, y todo eso junto se llama «la guerra». Quizá antes los alemanes hayan ocultado demasiado, piensa, ahora que se encuentra en el armario secreto, incluso las sábanas estaban escondidas en el muro y las calefacciones tras rejillas de madera. Y no porque se hubieran imaginado que la guerra se volvería contra ellos, tan sólo lo habían hecho para ocultarlo a su propia vista. Ahora será por fin todo sacado a la luz: vestidos, joyas, bicicletas, ganado, caballos y mujeres. Ahora todos lo ven, y ellos mismos tienen que verlo. Ahora todo será arrastrado hacia la luz y utilizado. El que vive ya no se lava, y el que fue enterrado se pudre y también comienza a apestar.

El joven soldado rojo se abre paso en la oscuridad apuntando con su revólver hacia dentro, entre la ropa, hasta que choca contra un cuerpo que calladamente opone resistencia cuando lo agarra. Antes de la guerra, el soldado rojo era todavía un niño, y durante la guerra nunca se ha interesado por las mujeres, pero aquí, mientras vuelve a enfundar su revólver para poder agarrar con las dos manos lo que se retuerce, está tan ocupado en agarrar y sostener, y se ve obligado a acercarse tanto que, antes de que pueda pensar lo que hace, toca en la oscuridad los pechos de una mujer que todavía se defiende, y por eso él se tiene que acercar aún más, y entonces siente el pelo de ella sobre su propia cara, y finalmente, cuando la acorrala junto a la esquina más profunda, y ella le muerde el brazo, y él le retuerce los brazos a la espalda, le roza el olor a alcanfor y menta, ese olor a enfermedad que se cura en la cama, ese olor a madurez y a paz.

Entonces, él se tranquiliza, y con calma comienza a besar los labios que no puede ver. Él, que todavía no ha besado a nadie en la boca, besa esa boca que con toda probabilidad es una boca alemana, llena y quizá un poco marchita. Pero eso él no lo puede valorar porque hasta ahora no ha besado a nadie en la boca; luego le deja los brazos libres y acaricia la cabeza de la mujer, ella ya no se defiende, pero él oye que comienza a llorar. La acaricia como para consolarla, y ya no sabe qué más hacer a pesar de que él había visto a menudo lo que sus hombres hacían en situaciones parecidas. «Mamá», dice, sin saber lo que dice, está tan oscuro que ni siquiera se pueden ver las propias palabras. Entonces, ella lo empuja, él tropieza, cae, ella le da una patada, él intenta agarrarla de nuevo, le agarra su rodilla y ella se queda quieta; se levanta lentamente el vestido, él apoya su frente en su vientre, bajo el vestido ella parece no llevar nada más, él aspira profundamente el olor a vida que emana del rizado pelo. Ella dice una palabra o dos, pero tampoco sus palabras se pueden ver en el oscuro escondite. Quizá la guerra sólo consista en la confusión de los frentes, porque ahora que ella le empuja la cabeza entre sus piernas, quizá tan sólo lo haga porque ella sabe que el soldado tiene un arma y que es mejor no resistirse. Ella toma la iniciativa. Quizá la guerra consista en eso, en que uno, por miedo al otro, tome la iniciativa, y luego al revés, y siempre así. Y cuando ahora el joven soldado, quizá tan sólo por miedo a la mujer, empuja su lengua a través de su vello rizado y le sabe a metal, se derrama, primero suavemente, luego más fuerte, un caliente chorro sobre su cara, la mujer le orina en la cara. Como sus hombres han orinado sobre la puerta pintada de la entrada de la casa, le orina ella a él. Así que sí hace la guerra, o es el amor, el soldado no sabe, ambos se parecen tanto.

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“Podemos salvar el mundo antes de cenar” de Jonathan Safran Foer

El libro que nos ocupa ahora se llama en inglés We are the Weather (Somos el clima) pero la editorial Seix Barral optó por titularlo Podemos salvar el mundo antes de cenar, y fue traducido al español por Lorenzo Luengo Regalado. Se trata de un ensayo dividido en varios capítulos breves. Esta extensión, deliberada o no de parte de Jonathan Safran Foer, el autor, es uno de los grandes aciertos del libro. El tema central, del que hablaremos un poco más adelante aunque su importancia y pertinencia sean enormes, aún requiere de rodeos para ser atajado y expuesto. Y es que no es fácil hablar de ello sin encender todo tipo de reacciones viscerales instantáneamente. Algo, sin embargo, hay que adelantar. Es un tema que involucra la subsistencia de los seres humanos. Al menos en este planeta. Dice Safran Foer: “La verdad es que no me importa la crisis planetaria, no a nivel de creencia. Hago esfuerzos para superar mis límites emocionales: Leo los informes, veo los documentales, asisto a las marchas. Pero mis límites no se mueven”. Creo que no es difícil identificarse con estas palabras de Safran Foer. Podemos saber que el cambio climático es una bomba de tiempo que dará fin a la mayor parte de la humanidad, pero no sentirlo realmente. O incluso creer que eso poco que hacemos no implica una diferencia importante. Y es que no es fácil actuar cuando lo que está en juego es hacer un cambio radical. Como él mismo reconoce, “cuando se necesita un cambio radical, muchos argumentan que es imposible que las acciones individuales lo lleven a cabo, por lo que es inútil que alguien lo intente. Esto es exactamente lo contrario de la verdad: la impotencia de la acción individual es una razón para que todos lo intenten”. Precisamente porque la urgencia es planetaria, el cambio requiere de la participación de todos. Aquí algo más de lo que dice Safran Foer en su libro:

Según un análisis de 2017, el reciclaje y la plantación de árboles se encuentran entre las opciones personales más recomendadas para combatir el cambio climático, pero no son “de alto impacto”: son sentimientos más que acciones. Entre otras acciones que se consideran importantes pero que no son de alto impacto: instalar paneles solares, ahorrar luz, comer localmente, hacer composta, lavar la ropa con agua fría y secarla en la cuerda floja, ser sensible a las cantidades y tipos de embalaje, comprar alimentos orgánicos, sustituir un coche convencional por uno híbrido.

Y es que la intención del autor de Podemos salvar el mundo antes de la cena no es minimizar estos esfuerzos que cada vez más personas realizan por contribuir a mitigar los efectos del cambio climático. Se trata de mostrarnos la magnitud del problema en primer lugar, para después atajar la única solución que tenemos a la mano y después reconocer las enormes dificultades que tendremos para llevarlas a cabo.

El objetivo del acuerdo de París [continúa Safran Foer] de mantener el calentamiento global por debajo de los 2 grados centígrados, considerado un objetivo ambicioso, es apenas el borde exterior del cataclismo. Incluso si somos capaces de lograrlo milagrosamente, los modelos estadísticos recientes sitúan la probabilidad en un 5%, estaremos viviendo en un mundo mucho menos hospitalario que el que conocemos, y muchos de los cambios que se pongan en marcha serán, en el mejor de los casos, irreversibles y, en el peor, auto-amplificados. Si desafiamos las grandes probabilidades y limitamos el calentamiento global a 2 grados: – El nivel del mar subirá 49 cm. inundando las costas de todo el mundo. Dhaka (población de 18 millones), Karachi (15 millones), Nueva York (8,5 millones) y docenas de otras metrópolis serán de facto inhabitables; se prevé que 143 millones de personas se conviertan en migrantes climáticos. – Se estima que los conflictos armados aumentarán en un 40 por ciento debido al cambio climático. – Groenlandia se derretirá. – Entre el 20 y el 40 por ciento del Amazonas será destruido. […] La mortalidad humana aumentará drásticamente debido a las olas de calor, las inundaciones y las sequías. Habrá un aumento desenfrenado del asma y otras enfermedades respiratorias. El número de personas en riesgo de contraer malaria aumentará en varios cientos de millones. – Cuatrocientos millones de personas sufrirán de escasez de agua. – Los océanos más cálidos dañarán irreparablemente el 99 por ciento de los arrecifes de coral, alterando los ecosistemas para nueve millones de especies. – La mitad de todas las especies animales se enfrentarán a la extinción. – Un total del 60 por ciento de todas las especies de plantas se enfrentará a la extinción. – El rendimiento del trigo se reducirá en un 12 por ciento, el del arroz en un 6,4 por ciento, el del maíz en un 17,8 por ciento y el de la soya en un 6,2 por ciento. – Se estima que el PIB mundial per cápita disminuirá en un 13 por ciento. Estas son algunas estadísticas preocupantes, cuyo impacto emocional es poco probable que sobreviva hasta el final de esta frase. Es decir, el horrible futuro que describen será reconocido por la mayoría de los lectores de este libro y creído por pocos. Comparto estas cifras con la esperanza de que ustedes las crean. Pero yo no las creo.

Y es que tener información no significa aceptarla ni mucho menos asimilarla. Saber todo lo anterior no conduce necesariamente a querer remediarlo. De hecho, entre los muchos intelectuales que tocan estos temas es perceptible la falta de compromiso y de empatía con lo que todo esto representa. Están más prontos al arrebato o a la negación que a la necesidad de escuchar y actuar de manera urgente para salvar –ya no nuestra forma de vida actual– sino alguna forma de vida en que los seres humanos no se extingan.

Este es un libro [dice Safran Foer revelando el misterio de su tema central] sobre los impactos de la agricultura animal en el medio ambiente. Sin embargo, [continúa el novelista] me las he arreglado para ocultar que de esto se trata durante las sesenta y tres páginas anteriores. Me he alejado del tema por […] miedo a que sea una batalla perdida de antemano […] Las conversaciones sobre carne, lácteos y huevo hacen que la gente se ponga a la defensiva. Hacen que la gente se moleste. Nadie que no sea vegano está ansioso por hablar de eso, y la pasión con que los veganos hablan de esto puede ser contraproducente. Pero no tenemos ninguna esperanza de abordar el cambio climático si no podemos hablar honestamente sobre lo que lo está causando, así como nuestro potencial, y nuestros límites, para cambiar […] No podemos salvar el planeta a menos que reduzcamos significativamente nuestro consumo de productos animales.

Y añade Safran Foer:

Este libro es un argumento para un acto colectivo para comer de forma distinta, específicamente, para no comer productos animales antes de la cena. Es un argumento difícil de hacer, tanto porque el tema es muy tenso como por el sacrificio que implica. A la mayoría de la gente le gusta el olor y el sabor de la carne, los lácteos y el huevo. La mayoría de la gente valora el papel que los productos animales juegan en sus vidas y no están preparados para adoptar nuevas identidades alimenticias. La mayoría de la gente ha comido productos animales en casi todas las comidas desde que eran niños, y es difícil cambiar los hábitos de toda la vida, incluso cuando no están cargados de placer e identidad.

Una vez expuesto el tema central, el resto del libro es una suerte de montaña rusa. Safran Foer combina datos duros que no solo sustentan sino subrayan los argumentos de este autor norteamericano con momentos de auténtica reflexión personal escrita en una prosa clara y nunca condescendiente. ¿Qué significa para este autor ser contradictorio o sordo ante aquello que él mismo difunde? ¿Qué piensa que va a lograr con escribir un libro sobre este tema? ¿Cuánto de narcisismo habita en alguien que piensa que se puede provocar un cambio tan importante con la difusión de algunas palabras escritas o pronunciadas? Estas preguntas son respondidas a lo largo de este libro en donde el autor no sale ileso de su propio escrutinio. Hay un capítulo en que “dialoga” con su propia alma y otro en que confiesa haber comido hamburguesas de vez en cuando mientras estaba de gira de su libro anterior, un libro acerca del porqué debemos dejar de comer productos de origen animal.

Safran Foer mantiene un contrapunto en su discurso y nos habla también de lo que nuestros hábitos para comer representan a nivel global. Nos pide, por ejemplo, que analicemos el caso de Bangladesh,

el país que se considera más vulnerable al cambio climático [dice el autor]. Se estima que seis millones de bangladesíes ya han sido desplazados por desastres ambientales como ciclones tropicales, sequías e inundaciones, y se prevé que millones más se vean desplazados en los próximos años. Las subidas previstas del nivel del mar podrían inundar alrededor de un tercio del país, desarraigando entre 25 y 30 millones de personas. Sería fácil escuchar esa cifra y no sentirla. Cada año, el Informe sobre la Felicidad en el Mundo clasifica a los cincuenta países más felices del mundo en función de cómo los encuestados califican sus vidas, desde “la mejor vida posible” hasta “la peor vida posible”. En 2018, clasificó a Finlandia, Noruega y Dinamarca como los tres países más felices del mundo. […] La población combinada de Finlandia, Noruega y Dinamarca es aproximadamente la mitad de la cantidad de refugiados climáticos de Bangladesh que se espera. Pero esos treinta millones de bangladesíes que están amenazados con las peores vidas posibles no son un tema popular en la radio. Bangladesh tiene una de las huellas de carbono más pequeñas del mundo, lo que significa que es el menos responsable de los daños que más lo afligen. El bangladesí promedio es responsable de 0,29 toneladas métricas de emisiones de dióxido de carbono por año, mientras que el finlandés promedio es responsable de unas 38 veces eso: 11,15 toneladas métricas. Bangladesh también es uno de los países más vegetarianos del mundo, donde la persona promedio consume alrededor de 4 kilos de carne por año. En 2018, el ciudadano finlandés promedio consumió felizmente esa cantidad cada dieciocho días, y eso sin contar el consumo de mariscos. Millones de bangladesíes están pagando por un estilo de vida de recursos que ellos mismos nunca han disfrutado. Imagine que nunca ha tocado un cigarro en su vida, pero se ha visto obligado a absorber los gastos de salud de un fumador empedernido al otro lado del planeta. Imagine que el fumador se mantuviera sano y en la cima de la tabla de felicidad -fumando más cigarrillos cada año que pasa, satisfaciendo su adicción- mientras usted sufre de cáncer de pulmón. En todo el mundo, más de 800 millones de personas están subalimentadas y casi 650 millones son obesas. Más de 150 millones de niños menores de cinco años tienen un retraso en el crecimiento físico debido a la desnutrición. Esa es otra cifra que exige que nos detengamos un momento para pensar. Imagine que todos los que viven en el Reino Unido y Francia tuvieran menos de cinco años y no tuvieran suficiente comida para crecer adecuadamente. Esa es la cantidad. Tres millones de niños menores de cinco años mueren de desnutrición cada año. Un millón y medio de niños murieron en el Holocausto.

Estos son algunos de los datos del libro Salvemos el planeta antes de la cena de Jonathan Safran Foer. Por supuesto es muy probable que esta información no sea nueva para varios de ustedes. Tal vez en un artículo, en otro libro, en algún documental reciente hemos escuchado estas y otras cifras espeluznantes. Sin embargo, uno de los varios méritos de Safran Foer es reconocer que las cifras solo serán espeluznantes cuando nosotros las asimilemos. Cosa nada sencilla, pues nuestro primer impulso es la negación, el desdén o ambas cosas.

Las poblaciones humanas han llevado a otras poblaciones humanas al borde de la extinción en numerosas ocasiones a lo largo de la historia. Ahora la especie entera se amenaza a sí misma con un suicidio masivo. No porque nadie nos obligue a hacerlo. No porque no lo sepamos. Y no porque no tengamos alternativas. Nos estamos matando porque elegir la muerte es más conveniente que elegir la vida. Porque la gente que se suicida no es la primera en morir por ello. Porque creemos que algún día, en algún lugar, algún genio está destinado a inventar una tecnología milagrosa que cambiará nuestro mundo para que no tengamos que cambiar nuestras vidas. Porque el placer a corto plazo es más seductor que la supervivencia a largo plazo. Porque nadie quiere ejercer su capacidad de comportamiento intencional hasta que alguien más lo haga. Hasta que el vecino lo haga. Hasta que las compañías de energía y de automóviles lo hagan. Hasta que el gobierno federal lo haga. Hasta que China, Australia, India, Brasil, el Reino Unido, hasta que el mundo entero lo haga. Porque no nos damos cuenta de la muerte que causamos cada día. “Tenemos que hacer algo”, nos decimos unos a otros, como si recitar la línea fuera suficiente. “Tenemos que hacer algo”, nos decimos a nosotros mismos, y luego esperamos instrucciones que no están en camino. Sabemos que estamos eligiendo nuestro propio fin, pero simplemente no podemos creerlo.

Solo me resta invitarlos a leer este libro, Podemos salvar el planeta antes de la cena, a conocer más de una anécdota interesante sobre cómo nos hemos contado la Historia de la humanidad para tratar de no asumir nuestra responsabilidad en ella. Pero también a leer y a participar de una comunidad cada vez mayor de personas dispuestas a actuar ahora, a tomar partido en un momento de urgencia como el que habitamos.

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“Perdida” de Gillian Flynn

El género policíaco es un arma de dos filos. Por un lado, hay tal abundancia de autores y obras de este género que es imposible seguirles la pista. Los motivos se repiten muy pronto y hacen que cientos –si no miles– de sus exponentes caduquen antes incluso de ser descubiertos. Desde el surgimiento de la novela negra, el recurso más utilizado por los autores del género policíaco ha sido el aumento de la violencia en sus obras. Con novelas cada vez más violentas, con tramas que giran alrededor de venganzas que solo buscan atrapar al lector por las vísceras es difícil encontrar la literatura en un conglomerado de sangre coagulada y vómito caliente. Por eso una novela como Perdida de Gillian Flynn, traducida al español por Óscar Palmer y publicada por editorial Debolsillo, resulta una bocanada de aire fresco.

Nick y Amy son un matrimonio que están a punto de celebrar su quinto aniversario cuando Amy desaparece. Todo indica que fue sustraída de su casa por la mañana, mientras Nick estaba ausente. Apenas avanza un poco la trama y Nick emerge como el principal sospechoso. El resto de la novela, por supuesto, consiste en averiguar qué pasó con Amy y cuál ha sido el verdadero papel de Nick en la desaparición de su esposa. Con una trama y una estructura sencillas, la escritora norteamericana Gillian Flynn ha construido una novela poderosa. Los personajes son creíbles –la autora los lleva a situaciones límites corriendo varios riesgos– y aunque la trama da algunos bandazos de verosimilitud, nunca se cae y mantiene al lector al filo de la butaca.

La estructura, como he mencionado antes, es muy sencilla: un capítulo es narrado por Nick y otro por Amy. Al principio hay un desfase temporal entre ambas narrativas para dar cuenta de cómo se conocieron estos personajes, cómo se enamoraron, cuándo y cómo decidieron mudarse de Nueva York a un pequeño pueblo al lado del río Misisipi, etc.

A medida que conocemos más sobre Amy y Nick podemos escuchar muy bien, entre líneas, algunas opiniones de la autora sobre la vida en pareja, sobre el oficio de la escritura, y sobre los lugares comunes dentro y fuera de la literatura popular, entre otras cosas. Nada está expresado de forma pretenciosa, y nada está fuera de lugar. Mientras descubrimos una trama que se despliega con un ritmo preciso, con un suspenso vertiginoso, dialogamos con Gillian Flynn sobre literatura, cine y las relaciones interpersonales. ¿Qué nos mueve?, ¿qué nos obsesiona? ¿Con cuánto empeño buscamos salir de la vida promedio solo para volver inútilmente a nuestro punto de partida?

A diferencia de muchas otras obras del género policíaco, Perdida no busca engancharnos con un recurso barato como apelar al morbo o a la violencia. Es claro que se trata de una obra de suspenso en donde una mujer ha desaparecido y hay formas de violencia presentes en la novela. Sin embargo, no hay, a mi juicio, violencia gratuita en las cerca de 400 páginas en las que Flynn teje con gran talento una trama inquietante.

Sabemos que la literatura policíaca es uno de los géneros literarios más antiguos y valorados. También sabemos que bajo este rubro se han clasificado grandes montañas de basura. Por ello los invito a descubrir por qué Perdida es una novela que se inscribe en esta tradición, en la que es cada vez más difícil explorar el lenguaje y las relaciones humanas alrededor del crimen y sus complejidades, en lugar de violentarnos durante páginas y páginas, y decir que eso es arte.

En los siguientes enlaces pueden escuchar un fragmento del audiolibro en español:

https://www.ivoox.com/perdida-gillian-flynn-audios-mp3_rf_12448087_1.html

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“¿Quién domina el mundo?” de Noam Chomsky

La recomendación de esta semana es ¿Quién domina el mundo? de Noam Chomsky. Fue publicado en español en 2017 por Ediciones B en la traducción de Javier Guerrero.

A lo largo de este libro, Chomsky analiza y hace una fuerte crítica hacia el gobierno de los Estados Unidos desde diferentes ángulos. Sus intervenciones en Latinoamérica y Medio Oriente están bien documentadas, así como las consecuencias desastrosas que la injerencia norteamericana ha tenido en varias partes del mundo. También hace un ejercicio de crítica hacia el interior del periodismo y de la propagación de la información en ese país. Chomsky analiza el papel moral de los llamados intelectuales, de algunos medios de comunicación prestigiosos como el New York Times, expone no solo las motivaciones reales sino el costo humano y económico de guerras como la de Irak, y muestra la urgencia de actuar frente al cambio climático, entre varios otros asuntos que competen directamente al mundo entero y que él analiza bajo el tamiz intervencionista de Estados Unidos.

No son pocos los capítulos en donde Chomsky explora las relaciones que han establecido el Estado de Israel y Estados Unidos, por ejemplo, para hablar de la invasión de Israel a Palestina y mostrar cómo ha sido Israel quien una y otra vez se ha negado a la paz. Por cierto, si no han visto el documental Los diarios de Oslo, vale la pena que lo hagan porque confirma lo expuesto por Chomsky en este libro. Los acuerdos de Oslo, una serie de tratados que a fines de los años noventa se buscaba que se firmaran entre líderes de Israel y Palestina a escondidas de sus respectivos pueblos fueron saboteados por los israelitas y resultaron un fiasco. Dice Chomsky al respecto:

Así pues, Oslo II anuló la decisión de casi todo el mundo, y todas las autoridades legales relevantes, de que Israel no tiene derechos sobre los territorios ocupados en 1967 y que los asentamientos son ilegales. […] Oslo II implantó con mayor firmeza el logro fundamental de Oslo I: todas las resoluciones de Naciones Unidas sobre los derechos palestinos fueron derogadas, incluidas las relativas a la legalidad de los asentamientos, el estatus de Jerusalén y el derecho al retorno. Eso borró de un plumazo casi todo el historial de la diplomacia de Oriente Próximo, salvo la versión puesta en marcha en el «proceso de paz» dirigido unilateralmente por Estados Unidos. Los hechos fundamentales no solo se extirparon de la historia, al menos en las crónicas estadounidenses, sino que también se eliminaron de manera oficial.

Así han continuado las cosas hasta el día de hoy.

Como se señaló, era comprensible que Arafat saltara ante la oportunidad de debilitar la dirección palestina interna para intentar reafirmar su poder menguante en los territorios. Pero ¿qué creían exactamente que estaban logrando los negociadores noruegos? El único estudio serio de la cuestión del que tengo conocimiento es la obra de Hilde Henriksen Waage, que había sido comisionada por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Noruega para investigar el tema y a la que se le concedió acceso a archivos internos, solo para que hiciera el destacable hallazgo de que falta el registro del período crucial.

Waage observa que los Acuerdos de Oslo fueron ciertamente un punto de inflexión en la historia del conflicto Israel-Palestina, al tiempo que se establecía Oslo como «capital de la paz» mundial. «Se esperaba del proceso de Oslo que llevara paz a Oriente Próximo —escribe Waage—, pero para los palestinos, resultó en la parcelación de Cisjordania, la duplicación de colonos israelíes, la construcción de un paralizante muro de separación, un régimen de clausura draconiano y una separación sin precedentes entre la Franja de Gaza y Cisjordania».

Waage concluye de manera plausible que «el proceso de Oslo podría servir como ejemplo perfecto de los errores en el modelo de la mediación de un pequeño Estado como tercera parte en conflictos sumamente asimétricos» y, como expresa con crudeza, «el proceso de Oslo se desarrolló en terreno de Israel y Noruega actuó como su útil chico de los recados». Y continúa: «Los noruegos creían que por medio del diálogo y un gradual aumento de confianza se crearía una dinámica de paz irreversible que podría acercar el proceso hacia la solución. El problema con todo este enfoque es que la cuestión no es de confianza, sino de poder. El proceso de facilitación enmascara esa realidad. En el fondo, los resultados que pueden lograrse mediante la intermediación de una tercera parte débil no son más que lo que la parte fuerte permitirá […]. La cuestión que se plantea es si un modelo así puede ser adecuado».

Una buena pregunta, que merece plantearse, sobre todo cuando la opinión occidental bien formada adopta ahora la hipótesis ridícula de que es posible entablar negociaciones serías entre Israel y Palestina bajo los auspicios de Estados Unidos como «intermediario imparcial», cuando, en realidad, es desde hace cuarenta años socio de Israel en el bloqueo de un acuerdo diplomático que cuenta con un apoyo casi universal.

En otro capítulo, Chomsky aborda el tema del significado del 11 de septiembre. Si bien para la mayoría esta fecha está solo vinculada al ataque en contra de las Torres Gemelas de Nueva York, hay un 11 de septiembre previo del que pocos hablan ahora. Aquí está una parte de lo que Chomsky menciona en este libro:

EL SIGNIFICADO DEL 11-S

Si la responsabilidad de los intelectuales se refiere a su responsabilidad moral como seres humanos que pueden usar su privilegio y su estatus para defender las causas de la libertad, la justicia, la misericordia y la paz, y para denunciar no solo los abusos de nuestros enemigos, sino, de manera mucho más significativa, los crímenes en los cuales estamos implicados y que podemos mitigar o terminar si así lo decidimos, ¿cómo deberíamos pensar el 11-S?

La idea de que el 11-S «cambió el mundo» está ampliamente aceptada, lo cual es comprensible. Sin duda, los hechos de aquel día tuvieron consecuencias enormes a escala nacional e internacional. Una fue que llevó al presidente Bush a redeclarar la guerra de Reagan contra el terrorismo; la primera ha «desaparecido», por usar la expresión de nuestros asesinos y torturadores favoritos de Latinoamérica, presumiblemente porque sus resultados no encajan bien con nuestra imagen preferida. Otra consecuencia fue la invasión de Afganistán, luego, de Irak y, más recientemente, las intervenciones militares en otros países de la región, así como las amenazas regulares de un ataque sobre Irán («todas las opciones están abiertas», es la frase estándar). Los costes, en todas las dimensiones, han sido enormes. Eso sugiere una pregunta bastante obvia, que no se plantea aquí por primera vez: ¿había una alternativa?

Diversos analistas han observado que Bin Laden obtuvo éxitos fundamentales en su guerra contra Estados Unidos. «Afirmó repetidamente que la única forma de echar a Estados Unidos del mundo islámico y de derrotar a sus sátrapas era llevar a los estadounidenses a una serie de pequeñas pero caras guerras, lo que, al final, los llevarían a la bancarrota», escribe el periodista Eric Margolis. «Estados Unidos, primero durante el mandato de George W. Bush y luego durante el de Barack Obama, corrió a la trampa de Bin Laden […]. Gastos militares grotescamente exagerados y adicción a la deuda […] puede que sean el legado más pernicioso del hombre que pensó que podría derrotar a Estados Unidos». Un informe del Proyecto Costes de la Guerra del Instituto de Asuntos Internacionales y Públicos Watson, en la Universidad de Brown, calcula que la factura final será de entre 3,2 y 4 billones de dólares. Un éxito impresionante de Bin Laden.

Que Washington se precipitaría hacia la trampa de Bin Laden fue evidente enseguida. Michael Scheuer, analista de la CIA responsable de seguirle la pista de 1996 a 1999, escribió: «Bin Laden ha sido preciso al contarle a Estados Unidos las razones por las que está en guerra con nosotros. El dirigente de al-Qaeda —continuaba Scheuer— pretendía alterar drásticamente las políticas de Estados Unidos y Occidente hacia el mundo islámico». Luego explica que Bin Laden tuvo éxito en gran medida: «Las fuerzas y políticas de Estados Unidos están dando lugar a la radicalización del mundo islámico, algo que Osama bin Laden ha estado tratando de hacer con sustancial pero incompleto éxito desde principios de la década de 1990. Como resultado, creo que es justo concluir que Estados Unidos sigue siendo el único aliado indispensable de Bin Laden». Cabe argumentar que sigue siéndolo después de su muerte.

Hay una buena razón para creer que podría haberse dividido y socavado el movimiento yihadista después de los atentados del 11-S, que fue duramente criticado dentro del movimiento. Además, ese «crimen contra la humanidad», como fue justamente llamado, podría haberse abordado como un crimen, con una operación internacional para detener a los sospechosos probables. Eso se reconoció poco después del atentado, pero tal idea ni siquiera fue tenida en cuenta por quienes toman las decisiones en Washington. Parece que no se pensó ni un momento en la incierta oferta de los talibanes —cuya seriedad no podemos establecer— de llevar a los líderes de al-Qaeda a juicio.

En su momento, cité la conclusión de Robert Fisk de que el crimen horrendo del 11-S se cometió con «maldad y formidable crueldad», un juicio preciso. Los crímenes podrían haber sido todavía peores: supongamos que el vuelo 93 de United Airlines, derribado por valientes pasajeros en Pensilvania, hubiera impactado en la Casa Blanca y que el presidente hubiera muerto. Supongamos que los autores del crimen planearan imponer una dictadura militar que matara a miles de personas y torturara a cientos de miles más. Supongamos que la nueva dictadura estableciera, con el apoyo de los criminales, un centro internacional de terror que ayudara a instaurar Estados de tortura y terror similares en otros lugares, y, como guinda del pastel, llevara un equipo de economistas —llamémoslos Qandahar Boys— que de inmediato conducirían la economía a una de las peores depresiones de su historia. Eso, claramente, habría sido mucho peor que el 11-S.

Como todos deberíamos saber, eso no es un experimento teórico. Ocurrió. Por supuesto, me estoy refiriendo a lo que en Latinoamérica a menudo se conoce como «el primer 11-S»: el 11 de septiembre de 1973, cuando Estados Unidos tuvo éxito en sus reiterados esfuerzos para derrocar el Gobierno democrático de Salvador Allende en Chile mediante un golpe militar que colocó en el poder al siniestro general Augusto Pinochet. La dictadura colocó allí entonces a los Chicago Boys —economistas preparados en la Universidad de Chicago— para remodelar la economía de Chile. Consideremos la destrucción económica, las torturas y los secuestros, multipliquemos los números de víctimas por veinticinco para tener un equivalente per cápita y veremos que aquel primer 11-S fue mucho más devastador.

Chomsky analiza también decisiones clave de presidentes norteamericanos como Robert Kennedy y Barack Obama, quienes en realidad están lejos de ser los modelos de gobernantes humanistas como muchos suelen identificarlos. De hecho, que alguien como Obama haya ganado el Premio Nobel de la Paz es prácticamente un insulto hacia la mayoría de quienes han sido galardonados con esta deferencia. Y por último, Chomsky muestra el poco optimismo que tiene de que las cosas cambien ahora que es Donald Trump el presidente de Estados Unidos. Después de exponer algunos de los motivos que llevaron a Trump a la presidencia, Chomsky afirma:

Por supuesto, también hubo otros factores en el éxito de Trump. Los estudios demuestran que las doctrinas de la supremacía blanca tienen una influencia extraordinariamente poderosa en la cultura de los Estados Unidos, incluso más que en Sudáfrica, por ejemplo. Y no es ningún secreto que la población blanca americana está disminuyendo. Se prevé que en una o dos décadas los blancos serán una minoría de la fuerza de trabajo, y no mucho más tarde una minoría de la población. La cultura conservadora tradicional también se percibe como atacada, asediada por la “política de identidad”, considerada como la provincia de las élites que solo tienen desprecio por los estadounidenses patriotas, trabajadores y practicantes de la iglesia con verdaderos valores familiares, cuyo país está desapareciendo ante sus ojos. La cultura conservadora tradicional, con sus profundos matices religiosos, mantiene un fuerte control sobre gran parte de la sociedad. Vale la pena recordar que antes de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos, a pesar de haber sido durante mucho tiempo el país más rico del mundo, no era un actor importante en los asuntos mundiales, y era también una especie de remanso cultural. Alguien que quisiera estudiar física iría a Alemania; un aspirante a escritor o artista iría a París. Eso cambió radicalmente con la Segunda Guerra Mundial, por razones obvias, pero sólo para una parte de la población americana. Gran parte del país siguió siendo culturalmente tradicional, y así ha permanecido hasta hoy. Por mencionar solo un ejemplo (bastante desafortunado), una de las dificultades para despertar la preocupación de los estadounidenses por el calentamiento global es que alrededor del 40 por ciento de la población del país cree que Jesucristo probable o definitivamente regresará a la Tierra para el año 2050, por lo que no ven las muy graves amenazas de desastre climático en las décadas futuras como un problema. Un porcentaje similar cree que nuestro planeta fue creado hace solo unos pocos miles de años. Si la ciencia entra en conflicto con la Biblia, tanto peor para la ciencia. Como ejemplo está el que Trump eligiera para dirigir el Departamento de Educación a la multimillonaria Betsy DeVos, quien es miembro de una denominación protestante que sostiene que “todas las teorías científicas están sujetas a las Escrituras” y que “la humanidad ha sido creada a imagen de Dios; todas las teorías que minimizan este hecho y todas las teorías de la evolución que niegan la actividad creadora de Dios serán rechazadas”. Sería difícil encontrar una analogía con este fenómeno en otras sociedades.

Y tiene razón. Es difícil encontrar otra sociedad como la norteamericana y otros críticos norteamericanos como Noam Chomsky. Por fortuna, de este último podemos aprender mucho no solo de aquella sociedad sino de las fuertes tendencias que hay en buena parte del planeta por destruirlo. La voz de Chomsky tal vez resuena hoy, durante la pandemia del Covid 19, con más fuerza que nunca.

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