“Una casa en Brandenburgo” de Jenny Erpenbeck

No son pocas las veces en que los novelistas experimentan con distintas perspectivas desde donde narrar las historias que cuentan. Se elige contar un mismo hecho desde distintos puntos de vista, por ejemplo, o se busca que los referentes sean personajes inauditos, como es el caso que nos ocupa. En esta novela, la autora ofrece al lector, a vuelo de pájaro, una mirada a algunos hechos clave del siglo XX (e.g. la Segunda Guerra Mundial, el muro de Berlín, etc.) desde personajes atípicos (una heredera que se vuelve loca, un arquitecto que colaboraba con los nazis, un soldado ruso, una escritora comunista…). Una casa en Brandenburgo (2011) de Jenny Erpenbeck, traducida por Javier Salinas y publicada por editorial Destino, entrelaza una serie de historias que se suceden en una misma casa, pero en distintas épocas.

Entre los varios logros de este libro quiero destacar que la autora no se limita a presentar distintos personajes en distintos momentos nada más. Se ha esforzado por crear una atmósfera narrativa particular para cada uno de estos relatos. El estilo, si bien es reconocible durante todo el libro, tiene particularidades en cada capítulo que contribuyen a una mayor riqueza expresiva y a recrear esta sensación de que si bien se trata de la misma casa, el tiempo realmente transcurre mientras somos testigos de algunas de las historias que ahí sucedieron. Veamos, como ejemplo, el inicio de la primera historia cuyo personaje central es Klara, la hija menor de un poderoso hombre de Brandenburgo. Aquí la atmósfera es ideal para retratar una época sin tener que apuntar a los objetos, ni a los vestidos, por ejemplo.

Cuando una mujer se casa, no debe coser ella misma el vestido de novia. Ni debe hacerse el vestido en su propia casa. Se coserá fuera y no se deberá romper ninguna aguja cosiendo. La tela para el vestido de novia no ha de ser jamás rasgada sino siempre cortada. Si mientras se está cortando la tela se comete un fallo, el trozo no ha de ser reutilizado, sino que habrá que comprar otra pieza de tela. La novia no debe dejar que su novio le regale los zapatos para la boda, debe comprárselos ella misma y además con las monedas que haya ido ahorrando durante mucho tiempo. La boda no deberá ser en la época más calurosa, es decir, nunca ha de tener lugar en la canícula, pero tampoco en el impredecible mes de abril. Las amonestaciones para la boda no deben hacerse la semana antes de Pascua y, para el día de la ceremonia, debe haber luna llena, o por lo menos en cuarto creciente. El mejor mes para una boda es mayo. Unas semanas antes de la fecha prevista para la ceremonia, las amonestaciones se expondrán en una vitrina que las amigas de la novia decorarán con guirnaldas de flores. Si la novia es querida en el pueblo, entonces se darán tres o más vueltas de adornos. Una semana antes del enlace se deberá comenzar con la matanza y con los pasteles, pero la novia no deberá, bajo ningún concepto, ver ni una sola llama del fuego del horno. Un día antes de la ceremonia por la tarde, irán a su casa los niños del pueblo a hacer ruido. Tirarán vajilla, aunque ningún vaso, en el camino hacia el portón de la casa y recibirán pasteles de la madre de la novia. En la fiesta de despedida de solteros, los adultos llevarán sus regalos, leerán poesías y tomarán parte en el banquete. Las luces no deben temblar durante la fiesta porque trae mala suerte. A la mañana siguiente, la novia deberá recoger los trozos rotos de la vajilla y arrojarlos en un hoyo que habrá excavado el novio. Luego, la novia será engalanada para la boda por sus amigas y llevará una corona de mirto y un velo. Al salir la pareja de novios de la casa, dos niñas sostendrán a sus pies una guirnalda de flores y la pareja nupcial pasará sobre ella. Entonces partirán hacia la iglesia. Los caballos llevarán en la parte exterior de las bridas dos cintas, una roja, para el amor, y una de color verde, para la esperanza. Los látigos llevarán también las cintas. El carruaje de los novios estará adornado con una rama de boj y a veces también de enebro. El carruaje de los novios saldrá el último, tras los carruajes de los invitados, y no podrá detenerse ni volver atrás. El carruaje de los novios deberá evitar, si es posible, pasar por delante del cementerio. Los novios no deberán mirar atrás durante el trayecto. Podrá llover en el camino, pero nunca nevar. Tantos copos de nieve, tantos problemas y penas. Y la novia tampoco deberá dejar caer ante el altar su pañuelo, porque, si no, en ese matrimonio habrá muchas lágrimas. En el camino de regreso, el carruaje de los recién casados saldrá el primero, y deberá ir deprisa para que no les alcancen las dificultades en el matrimonio. Al traspasar la pareja nupcial el umbral de la casa de la boda, deben hacerlo sobre hierro, es decir, pisando un hacha o una herradura. Durante el banquete de boda, la pareja de recién casados se sentará en una esquina, la esquina de los novios, y no se moverá de ahí. Las sillas de la pareja estarán engalanadas con adornos de hiedra. Después del banquete, un chico se meterá a escondidas debajo de la mesa y le quitará un zapato a la novia, que se subastará y que finalmente adquirirá el novio. El dinero obtenido será para las cocineras. A las doce de la noche, entre canciones, se cortará el velo de la novia y se le dará a cada uno de los invitados un trozo como recuerdo. Después de la boda, los recién casados se instalarán en su nueva casa. Allí habrán dejado sus amigos íntimos un pequeño paquete sobre el horno, con pan, sal y dinero, para que nunca les falte alimento ni pasen necesidades. El paquete deberá permanecer sin tocar, en el mismo lugar, durante un año.

Hay un personaje, además de la casa, que atraviesa todas estas historias: el jardinero. A veces parece que no se trata del mismo hombre sino del rol que distintos hombres desempeñan en esa casa, pero hay atisbos de que sí es el mismo jardinero que ha permanecido durante todo ese tiempo en la casa, trabajando para distintos dueños. Este interactúa poco con la mayoría de los otros personajes, pero constituye siempre el portero en el umbral que conecta la casa con la naturaleza en un sentido profundo. No solo por la obviedad de los jardines y un lago al que se puede acceder desde la casa sino por lo que la naturaleza representa como un contenedor atemporal de las convulsiones de una ciudad y de un siglo por demás lleno de fuertes sacudidas sociales. Aquí una descripción del momento en que un arquitecto, que sabe que tendrá que abandonar la casa, recuerda la luz de algunas mañanas en el jardín.

Por la mañana, la luz del sol pasaba sobre el pino de delante de la casa, lo que significaba que haría buen tiempo durante todo el día. La terraza estaba todavía a la sombra y la mantequilla en la mesa de desayuno no se derretía. Durante todo el día, el sol brillaba sobre las dos praderas, a la izquierda y a la derecha del camino que llevaba abajo hacia el agua. Las hermanas de su mujer estaban tumbadas y sentadas en la hierba con sus niños para jugar, dormir, leer. El sol manchaba el camino colina abajo, caía a través del follaje de la encina, de las coníferas y avellanos sobre la sólida escalera, ocho veces ocho peldaños, piedra arenisca natural quebrada. Abajo, en el lago, el sol penetraba entre los alisos en pocos lugares hasta la tierra negra de la orilla siempre húmeda. Cuanto más se acercaba uno al deslumbrante espejo del lago, más fuerte susurraba el follaje, y más sombra había alrededor. «Oscurecimiento» es el término militar. Defensa antiaérea Mannesmann. Pero todo eso sólo servía para deslumbrar al veraneante en su primer paso sobre el muelle; que entre sol y agua caminaba hacia el final del embarcadero, y aparte de él mismo, caminando hasta allí, ya no había nada para hacer sombra. Aquí el sol se cernía del todo sobre él, sobre él y sobre el lago, y el lago le devolvía su brillo al sol, y él, que se había sentado o tumbado al final del muelle, observaba ese juego, se arrancaba de paso una astilla que se había clavado en la mano al sentarse o tumbarse, olía el alquitrán que protegía la madera, oía chapotear el barco en el embarcadero, el suave tintineo de la cadena con la que estaba amarrado, veía peces inmóviles en el agua clara, cangrejos arrastrándose, sentía las tablas cálidas debajo de sus pies, de sus piernas, de su vientre, olía su piel, estaba tumbado o sentado y cerraba los ojos, tan intenso era el sol. E incluso en la sangre detrás de sus párpados cerrados veía la bola cegadora.

Ya he mencionado antes la importancia de las distintas atmósferas narrativas como un elemento que recrea la ilusión del devenir del tiempo en la novela que nos ocupa, Una casa en Brandenburgo de Jenny Erpenbeck, pero otra particularidad de estas atmósferas es que pueden alcanzar un estilo propio que durante una cierta escena marca un contrapunto psicológico y emocional del libro en su conjunto. Este es el caso del momento en el que un soldado del ejército ruso que ha ocupado la ciudad encuentra una puerta falsa en la habitación en la que duerme. Sirva esta cita para concluir esta recomendación:

Y luego hay otro ruido esa noche, un crujido como el de las martas que tienen sus nidos en el desván. Había capturado una el día anterior, la piel cuelga ahora de la barandilla del pequeño balcón. De nuevo algo cruje detrás de la pared en la que se encuentra el armario. El joven soldado rojo se levanta rápidamente, antes de poder pensar siquiera que, si las cosas son como deben ser, no puede haber ninguna marta en una pared. Abre la puerta, y enseguida se hace el silencio detrás de la pared de la que cuelga la bata. Tan sólo ahora retrocede y observa el armario de arriba a bajo, observa las columnas de madera que lo flanquean y sólo entonces ve que éstas no reposan en el suelo, se arrodilla y ve en los pocos milímetros de espacio que separan las columnas del suelo, la pequeña curva externa de unas ruedecitas escondidas casi totalmente en el interior de la columna. Y sólo ahora ve en el suave suelo de corcho justo delante del armario las marcas de un pequeño semicírculo, aunque la puerta con el espejo siempre se movía muy fácilmente. En las restantes fracciones del segundo en las que piensa y comprende todo esto, también piensa y comprende que al otro lado del armario alguien que está respirando ya sabe lo que él está pensando y ese alguien tan sólo espera el final de ese segundo tan largo.

Coge su revólver, cierra suavemente la puerta del espejo y tira de repente con fuerza del pomo de metal sin girarlo. Como esperaba, se suelta una de las columnas de madera de la pared y también con un suave chirrido se abre un panel, como si el joven hubiera abierto una gran página de un libro de madera. El joven mira en el hasta ahora oculto y profundo armario, ve chaquetas, vestidos, abrigos, faldas y blusas que apretadamente cuelgan unos junto a otros, y encima, en estantes, ve jerséis, pañuelos y sombreros. El perchero y los estantes se pierden en la oscuridad a la derecha de la puerta. De ahí viene el crujido, pero el joven soldado rojo no puede ver nada. Tan sólo un vivo olor a orina y a excrementos le golpea en la nariz, y ve bajo la ropa un orinal lleno de inmundicia. Unos se cagan de miedo, otros porque no salen de sus escondites, y otros por rabia, piensa, y todo eso junto se llama «la guerra». Quizá antes los alemanes hayan ocultado demasiado, piensa, ahora que se encuentra en el armario secreto, incluso las sábanas estaban escondidas en el muro y las calefacciones tras rejillas de madera. Y no porque se hubieran imaginado que la guerra se volvería contra ellos, tan sólo lo habían hecho para ocultarlo a su propia vista. Ahora será por fin todo sacado a la luz: vestidos, joyas, bicicletas, ganado, caballos y mujeres. Ahora todos lo ven, y ellos mismos tienen que verlo. Ahora todo será arrastrado hacia la luz y utilizado. El que vive ya no se lava, y el que fue enterrado se pudre y también comienza a apestar.

El joven soldado rojo se abre paso en la oscuridad apuntando con su revólver hacia dentro, entre la ropa, hasta que choca contra un cuerpo que calladamente opone resistencia cuando lo agarra. Antes de la guerra, el soldado rojo era todavía un niño, y durante la guerra nunca se ha interesado por las mujeres, pero aquí, mientras vuelve a enfundar su revólver para poder agarrar con las dos manos lo que se retuerce, está tan ocupado en agarrar y sostener, y se ve obligado a acercarse tanto que, antes de que pueda pensar lo que hace, toca en la oscuridad los pechos de una mujer que todavía se defiende, y por eso él se tiene que acercar aún más, y entonces siente el pelo de ella sobre su propia cara, y finalmente, cuando la acorrala junto a la esquina más profunda, y ella le muerde el brazo, y él le retuerce los brazos a la espalda, le roza el olor a alcanfor y menta, ese olor a enfermedad que se cura en la cama, ese olor a madurez y a paz.

Entonces, él se tranquiliza, y con calma comienza a besar los labios que no puede ver. Él, que todavía no ha besado a nadie en la boca, besa esa boca que con toda probabilidad es una boca alemana, llena y quizá un poco marchita. Pero eso él no lo puede valorar porque hasta ahora no ha besado a nadie en la boca; luego le deja los brazos libres y acaricia la cabeza de la mujer, ella ya no se defiende, pero él oye que comienza a llorar. La acaricia como para consolarla, y ya no sabe qué más hacer a pesar de que él había visto a menudo lo que sus hombres hacían en situaciones parecidas. «Mamá», dice, sin saber lo que dice, está tan oscuro que ni siquiera se pueden ver las propias palabras. Entonces, ella lo empuja, él tropieza, cae, ella le da una patada, él intenta agarrarla de nuevo, le agarra su rodilla y ella se queda quieta; se levanta lentamente el vestido, él apoya su frente en su vientre, bajo el vestido ella parece no llevar nada más, él aspira profundamente el olor a vida que emana del rizado pelo. Ella dice una palabra o dos, pero tampoco sus palabras se pueden ver en el oscuro escondite. Quizá la guerra sólo consista en la confusión de los frentes, porque ahora que ella le empuja la cabeza entre sus piernas, quizá tan sólo lo haga porque ella sabe que el soldado tiene un arma y que es mejor no resistirse. Ella toma la iniciativa. Quizá la guerra consista en eso, en que uno, por miedo al otro, tome la iniciativa, y luego al revés, y siempre así. Y cuando ahora el joven soldado, quizá tan sólo por miedo a la mujer, empuja su lengua a través de su vello rizado y le sabe a metal, se derrama, primero suavemente, luego más fuerte, un caliente chorro sobre su cara, la mujer le orina en la cara. Como sus hombres han orinado sobre la puerta pintada de la entrada de la casa, le orina ella a él. Así que sí hace la guerra, o es el amor, el soldado no sabe, ambos se parecen tanto.

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