“¿Quién domina el mundo?” de Noam Chomsky

La recomendación de esta semana es ¿Quién domina el mundo? de Noam Chomsky. Fue publicado en español en 2017 por Ediciones B en la traducción de Javier Guerrero.

A lo largo de este libro, Chomsky analiza y hace una fuerte crítica hacia el gobierno de los Estados Unidos desde diferentes ángulos. Sus intervenciones en Latinoamérica y Medio Oriente están bien documentadas, así como las consecuencias desastrosas que la injerencia norteamericana ha tenido en varias partes del mundo. También hace un ejercicio de crítica hacia el interior del periodismo y de la propagación de la información en ese país. Chomsky analiza el papel moral de los llamados intelectuales, de algunos medios de comunicación prestigiosos como el New York Times, expone no solo las motivaciones reales sino el costo humano y económico de guerras como la de Irak, y muestra la urgencia de actuar frente al cambio climático, entre varios otros asuntos que competen directamente al mundo entero y que él analiza bajo el tamiz intervencionista de Estados Unidos.

No son pocos los capítulos en donde Chomsky explora las relaciones que han establecido el Estado de Israel y Estados Unidos, por ejemplo, para hablar de la invasión de Israel a Palestina y mostrar cómo ha sido Israel quien una y otra vez se ha negado a la paz. Por cierto, si no han visto el documental Los diarios de Oslo, vale la pena que lo hagan porque confirma lo expuesto por Chomsky en este libro. Los acuerdos de Oslo, una serie de tratados que a fines de los años noventa se buscaba que se firmaran entre líderes de Israel y Palestina a escondidas de sus respectivos pueblos fueron saboteados por los israelitas y resultaron un fiasco. Dice Chomsky al respecto:

Así pues, Oslo II anuló la decisión de casi todo el mundo, y todas las autoridades legales relevantes, de que Israel no tiene derechos sobre los territorios ocupados en 1967 y que los asentamientos son ilegales. […] Oslo II implantó con mayor firmeza el logro fundamental de Oslo I: todas las resoluciones de Naciones Unidas sobre los derechos palestinos fueron derogadas, incluidas las relativas a la legalidad de los asentamientos, el estatus de Jerusalén y el derecho al retorno. Eso borró de un plumazo casi todo el historial de la diplomacia de Oriente Próximo, salvo la versión puesta en marcha en el «proceso de paz» dirigido unilateralmente por Estados Unidos. Los hechos fundamentales no solo se extirparon de la historia, al menos en las crónicas estadounidenses, sino que también se eliminaron de manera oficial.

Así han continuado las cosas hasta el día de hoy.

Como se señaló, era comprensible que Arafat saltara ante la oportunidad de debilitar la dirección palestina interna para intentar reafirmar su poder menguante en los territorios. Pero ¿qué creían exactamente que estaban logrando los negociadores noruegos? El único estudio serio de la cuestión del que tengo conocimiento es la obra de Hilde Henriksen Waage, que había sido comisionada por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Noruega para investigar el tema y a la que se le concedió acceso a archivos internos, solo para que hiciera el destacable hallazgo de que falta el registro del período crucial.

Waage observa que los Acuerdos de Oslo fueron ciertamente un punto de inflexión en la historia del conflicto Israel-Palestina, al tiempo que se establecía Oslo como «capital de la paz» mundial. «Se esperaba del proceso de Oslo que llevara paz a Oriente Próximo —escribe Waage—, pero para los palestinos, resultó en la parcelación de Cisjordania, la duplicación de colonos israelíes, la construcción de un paralizante muro de separación, un régimen de clausura draconiano y una separación sin precedentes entre la Franja de Gaza y Cisjordania».

Waage concluye de manera plausible que «el proceso de Oslo podría servir como ejemplo perfecto de los errores en el modelo de la mediación de un pequeño Estado como tercera parte en conflictos sumamente asimétricos» y, como expresa con crudeza, «el proceso de Oslo se desarrolló en terreno de Israel y Noruega actuó como su útil chico de los recados». Y continúa: «Los noruegos creían que por medio del diálogo y un gradual aumento de confianza se crearía una dinámica de paz irreversible que podría acercar el proceso hacia la solución. El problema con todo este enfoque es que la cuestión no es de confianza, sino de poder. El proceso de facilitación enmascara esa realidad. En el fondo, los resultados que pueden lograrse mediante la intermediación de una tercera parte débil no son más que lo que la parte fuerte permitirá […]. La cuestión que se plantea es si un modelo así puede ser adecuado».

Una buena pregunta, que merece plantearse, sobre todo cuando la opinión occidental bien formada adopta ahora la hipótesis ridícula de que es posible entablar negociaciones serías entre Israel y Palestina bajo los auspicios de Estados Unidos como «intermediario imparcial», cuando, en realidad, es desde hace cuarenta años socio de Israel en el bloqueo de un acuerdo diplomático que cuenta con un apoyo casi universal.

En otro capítulo, Chomsky aborda el tema del significado del 11 de septiembre. Si bien para la mayoría esta fecha está solo vinculada al ataque en contra de las Torres Gemelas de Nueva York, hay un 11 de septiembre previo del que pocos hablan ahora. Aquí está una parte de lo que Chomsky menciona en este libro:

EL SIGNIFICADO DEL 11-S

Si la responsabilidad de los intelectuales se refiere a su responsabilidad moral como seres humanos que pueden usar su privilegio y su estatus para defender las causas de la libertad, la justicia, la misericordia y la paz, y para denunciar no solo los abusos de nuestros enemigos, sino, de manera mucho más significativa, los crímenes en los cuales estamos implicados y que podemos mitigar o terminar si así lo decidimos, ¿cómo deberíamos pensar el 11-S?

La idea de que el 11-S «cambió el mundo» está ampliamente aceptada, lo cual es comprensible. Sin duda, los hechos de aquel día tuvieron consecuencias enormes a escala nacional e internacional. Una fue que llevó al presidente Bush a redeclarar la guerra de Reagan contra el terrorismo; la primera ha «desaparecido», por usar la expresión de nuestros asesinos y torturadores favoritos de Latinoamérica, presumiblemente porque sus resultados no encajan bien con nuestra imagen preferida. Otra consecuencia fue la invasión de Afganistán, luego, de Irak y, más recientemente, las intervenciones militares en otros países de la región, así como las amenazas regulares de un ataque sobre Irán («todas las opciones están abiertas», es la frase estándar). Los costes, en todas las dimensiones, han sido enormes. Eso sugiere una pregunta bastante obvia, que no se plantea aquí por primera vez: ¿había una alternativa?

Diversos analistas han observado que Bin Laden obtuvo éxitos fundamentales en su guerra contra Estados Unidos. «Afirmó repetidamente que la única forma de echar a Estados Unidos del mundo islámico y de derrotar a sus sátrapas era llevar a los estadounidenses a una serie de pequeñas pero caras guerras, lo que, al final, los llevarían a la bancarrota», escribe el periodista Eric Margolis. «Estados Unidos, primero durante el mandato de George W. Bush y luego durante el de Barack Obama, corrió a la trampa de Bin Laden […]. Gastos militares grotescamente exagerados y adicción a la deuda […] puede que sean el legado más pernicioso del hombre que pensó que podría derrotar a Estados Unidos». Un informe del Proyecto Costes de la Guerra del Instituto de Asuntos Internacionales y Públicos Watson, en la Universidad de Brown, calcula que la factura final será de entre 3,2 y 4 billones de dólares. Un éxito impresionante de Bin Laden.

Que Washington se precipitaría hacia la trampa de Bin Laden fue evidente enseguida. Michael Scheuer, analista de la CIA responsable de seguirle la pista de 1996 a 1999, escribió: «Bin Laden ha sido preciso al contarle a Estados Unidos las razones por las que está en guerra con nosotros. El dirigente de al-Qaeda —continuaba Scheuer— pretendía alterar drásticamente las políticas de Estados Unidos y Occidente hacia el mundo islámico». Luego explica que Bin Laden tuvo éxito en gran medida: «Las fuerzas y políticas de Estados Unidos están dando lugar a la radicalización del mundo islámico, algo que Osama bin Laden ha estado tratando de hacer con sustancial pero incompleto éxito desde principios de la década de 1990. Como resultado, creo que es justo concluir que Estados Unidos sigue siendo el único aliado indispensable de Bin Laden». Cabe argumentar que sigue siéndolo después de su muerte.

Hay una buena razón para creer que podría haberse dividido y socavado el movimiento yihadista después de los atentados del 11-S, que fue duramente criticado dentro del movimiento. Además, ese «crimen contra la humanidad», como fue justamente llamado, podría haberse abordado como un crimen, con una operación internacional para detener a los sospechosos probables. Eso se reconoció poco después del atentado, pero tal idea ni siquiera fue tenida en cuenta por quienes toman las decisiones en Washington. Parece que no se pensó ni un momento en la incierta oferta de los talibanes —cuya seriedad no podemos establecer— de llevar a los líderes de al-Qaeda a juicio.

En su momento, cité la conclusión de Robert Fisk de que el crimen horrendo del 11-S se cometió con «maldad y formidable crueldad», un juicio preciso. Los crímenes podrían haber sido todavía peores: supongamos que el vuelo 93 de United Airlines, derribado por valientes pasajeros en Pensilvania, hubiera impactado en la Casa Blanca y que el presidente hubiera muerto. Supongamos que los autores del crimen planearan imponer una dictadura militar que matara a miles de personas y torturara a cientos de miles más. Supongamos que la nueva dictadura estableciera, con el apoyo de los criminales, un centro internacional de terror que ayudara a instaurar Estados de tortura y terror similares en otros lugares, y, como guinda del pastel, llevara un equipo de economistas —llamémoslos Qandahar Boys— que de inmediato conducirían la economía a una de las peores depresiones de su historia. Eso, claramente, habría sido mucho peor que el 11-S.

Como todos deberíamos saber, eso no es un experimento teórico. Ocurrió. Por supuesto, me estoy refiriendo a lo que en Latinoamérica a menudo se conoce como «el primer 11-S»: el 11 de septiembre de 1973, cuando Estados Unidos tuvo éxito en sus reiterados esfuerzos para derrocar el Gobierno democrático de Salvador Allende en Chile mediante un golpe militar que colocó en el poder al siniestro general Augusto Pinochet. La dictadura colocó allí entonces a los Chicago Boys —economistas preparados en la Universidad de Chicago— para remodelar la economía de Chile. Consideremos la destrucción económica, las torturas y los secuestros, multipliquemos los números de víctimas por veinticinco para tener un equivalente per cápita y veremos que aquel primer 11-S fue mucho más devastador.

Chomsky analiza también decisiones clave de presidentes norteamericanos como Robert Kennedy y Barack Obama, quienes en realidad están lejos de ser los modelos de gobernantes humanistas como muchos suelen identificarlos. De hecho, que alguien como Obama haya ganado el Premio Nobel de la Paz es prácticamente un insulto hacia la mayoría de quienes han sido galardonados con esta deferencia. Y por último, Chomsky muestra el poco optimismo que tiene de que las cosas cambien ahora que es Donald Trump el presidente de Estados Unidos. Después de exponer algunos de los motivos que llevaron a Trump a la presidencia, Chomsky afirma:

Por supuesto, también hubo otros factores en el éxito de Trump. Los estudios demuestran que las doctrinas de la supremacía blanca tienen una influencia extraordinariamente poderosa en la cultura de los Estados Unidos, incluso más que en Sudáfrica, por ejemplo. Y no es ningún secreto que la población blanca americana está disminuyendo. Se prevé que en una o dos décadas los blancos serán una minoría de la fuerza de trabajo, y no mucho más tarde una minoría de la población. La cultura conservadora tradicional también se percibe como atacada, asediada por la “política de identidad”, considerada como la provincia de las élites que solo tienen desprecio por los estadounidenses patriotas, trabajadores y practicantes de la iglesia con verdaderos valores familiares, cuyo país está desapareciendo ante sus ojos. La cultura conservadora tradicional, con sus profundos matices religiosos, mantiene un fuerte control sobre gran parte de la sociedad. Vale la pena recordar que antes de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos, a pesar de haber sido durante mucho tiempo el país más rico del mundo, no era un actor importante en los asuntos mundiales, y era también una especie de remanso cultural. Alguien que quisiera estudiar física iría a Alemania; un aspirante a escritor o artista iría a París. Eso cambió radicalmente con la Segunda Guerra Mundial, por razones obvias, pero sólo para una parte de la población americana. Gran parte del país siguió siendo culturalmente tradicional, y así ha permanecido hasta hoy. Por mencionar solo un ejemplo (bastante desafortunado), una de las dificultades para despertar la preocupación de los estadounidenses por el calentamiento global es que alrededor del 40 por ciento de la población del país cree que Jesucristo probable o definitivamente regresará a la Tierra para el año 2050, por lo que no ven las muy graves amenazas de desastre climático en las décadas futuras como un problema. Un porcentaje similar cree que nuestro planeta fue creado hace solo unos pocos miles de años. Si la ciencia entra en conflicto con la Biblia, tanto peor para la ciencia. Como ejemplo está el que Trump eligiera para dirigir el Departamento de Educación a la multimillonaria Betsy DeVos, quien es miembro de una denominación protestante que sostiene que “todas las teorías científicas están sujetas a las Escrituras” y que “la humanidad ha sido creada a imagen de Dios; todas las teorías que minimizan este hecho y todas las teorías de la evolución que niegan la actividad creadora de Dios serán rechazadas”. Sería difícil encontrar una analogía con este fenómeno en otras sociedades.

Y tiene razón. Es difícil encontrar otra sociedad como la norteamericana y otros críticos norteamericanos como Noam Chomsky. Por fortuna, de este último podemos aprender mucho no solo de aquella sociedad sino de las fuertes tendencias que hay en buena parte del planeta por destruirlo. La voz de Chomsky tal vez resuena hoy, durante la pandemia del Covid 19, con más fuerza que nunca.

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