“Podemos salvar el mundo antes de cenar” de Jonathan Safran Foer

El libro que nos ocupa ahora se llama en inglés We are the Weather (Somos el clima) pero la editorial Seix Barral optó por titularlo Podemos salvar el mundo antes de cenar, y fue traducido al español por Lorenzo Luengo Regalado. Se trata de un ensayo dividido en varios capítulos breves. Esta extensión, deliberada o no de parte de Jonathan Safran Foer, el autor, es uno de los grandes aciertos del libro. El tema central, del que hablaremos un poco más adelante aunque su importancia y pertinencia sean enormes, aún requiere de rodeos para ser atajado y expuesto. Y es que no es fácil hablar de ello sin encender todo tipo de reacciones viscerales instantáneamente. Algo, sin embargo, hay que adelantar. Es un tema que involucra la subsistencia de los seres humanos. Al menos en este planeta. Dice Safran Foer: “La verdad es que no me importa la crisis planetaria, no a nivel de creencia. Hago esfuerzos para superar mis límites emocionales: Leo los informes, veo los documentales, asisto a las marchas. Pero mis límites no se mueven”. Creo que no es difícil identificarse con estas palabras de Safran Foer. Podemos saber que el cambio climático es una bomba de tiempo que dará fin a la mayor parte de la humanidad, pero no sentirlo realmente. O incluso creer que eso poco que hacemos no implica una diferencia importante. Y es que no es fácil actuar cuando lo que está en juego es hacer un cambio radical. Como él mismo reconoce, “cuando se necesita un cambio radical, muchos argumentan que es imposible que las acciones individuales lo lleven a cabo, por lo que es inútil que alguien lo intente. Esto es exactamente lo contrario de la verdad: la impotencia de la acción individual es una razón para que todos lo intenten”. Precisamente porque la urgencia es planetaria, el cambio requiere de la participación de todos. Aquí algo más de lo que dice Safran Foer en su libro:

Según un análisis de 2017, el reciclaje y la plantación de árboles se encuentran entre las opciones personales más recomendadas para combatir el cambio climático, pero no son “de alto impacto”: son sentimientos más que acciones. Entre otras acciones que se consideran importantes pero que no son de alto impacto: instalar paneles solares, ahorrar luz, comer localmente, hacer composta, lavar la ropa con agua fría y secarla en la cuerda floja, ser sensible a las cantidades y tipos de embalaje, comprar alimentos orgánicos, sustituir un coche convencional por uno híbrido.

Y es que la intención del autor de Podemos salvar el mundo antes de la cena no es minimizar estos esfuerzos que cada vez más personas realizan por contribuir a mitigar los efectos del cambio climático. Se trata de mostrarnos la magnitud del problema en primer lugar, para después atajar la única solución que tenemos a la mano y después reconocer las enormes dificultades que tendremos para llevarlas a cabo.

El objetivo del acuerdo de París [continúa Safran Foer] de mantener el calentamiento global por debajo de los 2 grados centígrados, considerado un objetivo ambicioso, es apenas el borde exterior del cataclismo. Incluso si somos capaces de lograrlo milagrosamente, los modelos estadísticos recientes sitúan la probabilidad en un 5%, estaremos viviendo en un mundo mucho menos hospitalario que el que conocemos, y muchos de los cambios que se pongan en marcha serán, en el mejor de los casos, irreversibles y, en el peor, auto-amplificados. Si desafiamos las grandes probabilidades y limitamos el calentamiento global a 2 grados: – El nivel del mar subirá 49 cm. inundando las costas de todo el mundo. Dhaka (población de 18 millones), Karachi (15 millones), Nueva York (8,5 millones) y docenas de otras metrópolis serán de facto inhabitables; se prevé que 143 millones de personas se conviertan en migrantes climáticos. – Se estima que los conflictos armados aumentarán en un 40 por ciento debido al cambio climático. – Groenlandia se derretirá. – Entre el 20 y el 40 por ciento del Amazonas será destruido. […] La mortalidad humana aumentará drásticamente debido a las olas de calor, las inundaciones y las sequías. Habrá un aumento desenfrenado del asma y otras enfermedades respiratorias. El número de personas en riesgo de contraer malaria aumentará en varios cientos de millones. – Cuatrocientos millones de personas sufrirán de escasez de agua. – Los océanos más cálidos dañarán irreparablemente el 99 por ciento de los arrecifes de coral, alterando los ecosistemas para nueve millones de especies. – La mitad de todas las especies animales se enfrentarán a la extinción. – Un total del 60 por ciento de todas las especies de plantas se enfrentará a la extinción. – El rendimiento del trigo se reducirá en un 12 por ciento, el del arroz en un 6,4 por ciento, el del maíz en un 17,8 por ciento y el de la soya en un 6,2 por ciento. – Se estima que el PIB mundial per cápita disminuirá en un 13 por ciento. Estas son algunas estadísticas preocupantes, cuyo impacto emocional es poco probable que sobreviva hasta el final de esta frase. Es decir, el horrible futuro que describen será reconocido por la mayoría de los lectores de este libro y creído por pocos. Comparto estas cifras con la esperanza de que ustedes las crean. Pero yo no las creo.

Y es que tener información no significa aceptarla ni mucho menos asimilarla. Saber todo lo anterior no conduce necesariamente a querer remediarlo. De hecho, entre los muchos intelectuales que tocan estos temas es perceptible la falta de compromiso y de empatía con lo que todo esto representa. Están más prontos al arrebato o a la negación que a la necesidad de escuchar y actuar de manera urgente para salvar –ya no nuestra forma de vida actual– sino alguna forma de vida en que los seres humanos no se extingan.

Este es un libro [dice Safran Foer revelando el misterio de su tema central] sobre los impactos de la agricultura animal en el medio ambiente. Sin embargo, [continúa el novelista] me las he arreglado para ocultar que de esto se trata durante las sesenta y tres páginas anteriores. Me he alejado del tema por […] miedo a que sea una batalla perdida de antemano […] Las conversaciones sobre carne, lácteos y huevo hacen que la gente se ponga a la defensiva. Hacen que la gente se moleste. Nadie que no sea vegano está ansioso por hablar de eso, y la pasión con que los veganos hablan de esto puede ser contraproducente. Pero no tenemos ninguna esperanza de abordar el cambio climático si no podemos hablar honestamente sobre lo que lo está causando, así como nuestro potencial, y nuestros límites, para cambiar […] No podemos salvar el planeta a menos que reduzcamos significativamente nuestro consumo de productos animales.

Y añade Safran Foer:

Este libro es un argumento para un acto colectivo para comer de forma distinta, específicamente, para no comer productos animales antes de la cena. Es un argumento difícil de hacer, tanto porque el tema es muy tenso como por el sacrificio que implica. A la mayoría de la gente le gusta el olor y el sabor de la carne, los lácteos y el huevo. La mayoría de la gente valora el papel que los productos animales juegan en sus vidas y no están preparados para adoptar nuevas identidades alimenticias. La mayoría de la gente ha comido productos animales en casi todas las comidas desde que eran niños, y es difícil cambiar los hábitos de toda la vida, incluso cuando no están cargados de placer e identidad.

Una vez expuesto el tema central, el resto del libro es una suerte de montaña rusa. Safran Foer combina datos duros que no solo sustentan sino subrayan los argumentos de este autor norteamericano con momentos de auténtica reflexión personal escrita en una prosa clara y nunca condescendiente. ¿Qué significa para este autor ser contradictorio o sordo ante aquello que él mismo difunde? ¿Qué piensa que va a lograr con escribir un libro sobre este tema? ¿Cuánto de narcisismo habita en alguien que piensa que se puede provocar un cambio tan importante con la difusión de algunas palabras escritas o pronunciadas? Estas preguntas son respondidas a lo largo de este libro en donde el autor no sale ileso de su propio escrutinio. Hay un capítulo en que “dialoga” con su propia alma y otro en que confiesa haber comido hamburguesas de vez en cuando mientras estaba de gira de su libro anterior, un libro acerca del porqué debemos dejar de comer productos de origen animal.

Safran Foer mantiene un contrapunto en su discurso y nos habla también de lo que nuestros hábitos para comer representan a nivel global. Nos pide, por ejemplo, que analicemos el caso de Bangladesh,

el país que se considera más vulnerable al cambio climático [dice el autor]. Se estima que seis millones de bangladesíes ya han sido desplazados por desastres ambientales como ciclones tropicales, sequías e inundaciones, y se prevé que millones más se vean desplazados en los próximos años. Las subidas previstas del nivel del mar podrían inundar alrededor de un tercio del país, desarraigando entre 25 y 30 millones de personas. Sería fácil escuchar esa cifra y no sentirla. Cada año, el Informe sobre la Felicidad en el Mundo clasifica a los cincuenta países más felices del mundo en función de cómo los encuestados califican sus vidas, desde “la mejor vida posible” hasta “la peor vida posible”. En 2018, clasificó a Finlandia, Noruega y Dinamarca como los tres países más felices del mundo. […] La población combinada de Finlandia, Noruega y Dinamarca es aproximadamente la mitad de la cantidad de refugiados climáticos de Bangladesh que se espera. Pero esos treinta millones de bangladesíes que están amenazados con las peores vidas posibles no son un tema popular en la radio. Bangladesh tiene una de las huellas de carbono más pequeñas del mundo, lo que significa que es el menos responsable de los daños que más lo afligen. El bangladesí promedio es responsable de 0,29 toneladas métricas de emisiones de dióxido de carbono por año, mientras que el finlandés promedio es responsable de unas 38 veces eso: 11,15 toneladas métricas. Bangladesh también es uno de los países más vegetarianos del mundo, donde la persona promedio consume alrededor de 4 kilos de carne por año. En 2018, el ciudadano finlandés promedio consumió felizmente esa cantidad cada dieciocho días, y eso sin contar el consumo de mariscos. Millones de bangladesíes están pagando por un estilo de vida de recursos que ellos mismos nunca han disfrutado. Imagine que nunca ha tocado un cigarro en su vida, pero se ha visto obligado a absorber los gastos de salud de un fumador empedernido al otro lado del planeta. Imagine que el fumador se mantuviera sano y en la cima de la tabla de felicidad -fumando más cigarrillos cada año que pasa, satisfaciendo su adicción- mientras usted sufre de cáncer de pulmón. En todo el mundo, más de 800 millones de personas están subalimentadas y casi 650 millones son obesas. Más de 150 millones de niños menores de cinco años tienen un retraso en el crecimiento físico debido a la desnutrición. Esa es otra cifra que exige que nos detengamos un momento para pensar. Imagine que todos los que viven en el Reino Unido y Francia tuvieran menos de cinco años y no tuvieran suficiente comida para crecer adecuadamente. Esa es la cantidad. Tres millones de niños menores de cinco años mueren de desnutrición cada año. Un millón y medio de niños murieron en el Holocausto.

Estos son algunos de los datos del libro Salvemos el planeta antes de la cena de Jonathan Safran Foer. Por supuesto es muy probable que esta información no sea nueva para varios de ustedes. Tal vez en un artículo, en otro libro, en algún documental reciente hemos escuchado estas y otras cifras espeluznantes. Sin embargo, uno de los varios méritos de Safran Foer es reconocer que las cifras solo serán espeluznantes cuando nosotros las asimilemos. Cosa nada sencilla, pues nuestro primer impulso es la negación, el desdén o ambas cosas.

Las poblaciones humanas han llevado a otras poblaciones humanas al borde de la extinción en numerosas ocasiones a lo largo de la historia. Ahora la especie entera se amenaza a sí misma con un suicidio masivo. No porque nadie nos obligue a hacerlo. No porque no lo sepamos. Y no porque no tengamos alternativas. Nos estamos matando porque elegir la muerte es más conveniente que elegir la vida. Porque la gente que se suicida no es la primera en morir por ello. Porque creemos que algún día, en algún lugar, algún genio está destinado a inventar una tecnología milagrosa que cambiará nuestro mundo para que no tengamos que cambiar nuestras vidas. Porque el placer a corto plazo es más seductor que la supervivencia a largo plazo. Porque nadie quiere ejercer su capacidad de comportamiento intencional hasta que alguien más lo haga. Hasta que el vecino lo haga. Hasta que las compañías de energía y de automóviles lo hagan. Hasta que el gobierno federal lo haga. Hasta que China, Australia, India, Brasil, el Reino Unido, hasta que el mundo entero lo haga. Porque no nos damos cuenta de la muerte que causamos cada día. “Tenemos que hacer algo”, nos decimos unos a otros, como si recitar la línea fuera suficiente. “Tenemos que hacer algo”, nos decimos a nosotros mismos, y luego esperamos instrucciones que no están en camino. Sabemos que estamos eligiendo nuestro propio fin, pero simplemente no podemos creerlo.

Solo me resta invitarlos a leer este libro, Podemos salvar el planeta antes de la cena, a conocer más de una anécdota interesante sobre cómo nos hemos contado la Historia de la humanidad para tratar de no asumir nuestra responsabilidad en ella. Pero también a leer y a participar de una comunidad cada vez mayor de personas dispuestas a actuar ahora, a tomar partido en un momento de urgencia como el que habitamos.

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