El sismo no son los otros

A los diez minutos de haber comenzado nuestra clase comenzó a temblar. Abrí la puerta del salón y les pedí a mis alumnos que salieran de inmediato. Varios de ellos corrieron hacia las escaleras. Les pedí que no lo hiceran, pero la mayoría no me escuchó. El terremoto parecía eterno. El movimiento nos impedía caminar, estabilizarnos; el ruido de los muros al crujir, los estallidos de los cristales y las lámparas nos llenaron de miedo.

Recargados en un muro entre dos columnas permanecimos cuatro de mis alumnos y yo hasta que el edificio dejó de tambalearse. Mis alumnos quisieron entrar al salón por sus cosas. Les dije que sí, pero que debíamos hacerlo muy rápido. Una vez dentro vimos los cristales reventados de las ventanas, el yeso del plafón cubriendo las bancas, el escritorio… un hoyo en la pared y varias grietas.

Guié a mis alumnos por las escaleras que me parecieron más seguras; los acompañé hasta una zona segura. Los dejé ahí y me fui corriendo en busca de mi bebé y de mi esposa. Mi esposa también trabaja en el TEC y el 19 de septiembre era el segundo día en que mi bebita iba a la guardería del CAMP, también dentro del campus.

Cuando llegué a la zona de la guardería, mi esposa tenía a mi bebé en brazos; me gritó, nos reunimos. Las abracé y les dije que debía volver con mis alumnos para asegurarme de que no estuvieran heridos. Así lo hice. Más tarde volvimos a reunirnos.

Desde los primeros minutos, muchos de los estudiantes del TEC CCM formaron brigadas; se organizaron para atender a los heridos y para rescatar a quienes hubieran podido quedar debajo de los escombros de los puentes colapsados (unos puentes peatonales que unían dos edificios del campus). Me acerqué a una de las zonas de derrumbe, pero me impideron llegar hasta los escombros porque comenzó una fuga de gas; nos replegaron a una zona más segura. Poco después, los primeros rescatistas y otros expertos llegaron para hacer su trabajo: los voluntarios no faltaron. Colaboramos de distintas maneras: transportar materiales de primeros auxilios, remover escombros, tranquilizar a quienes atravesaban por una crisis nerviosa…

Al cabo de unas horas cargué a mi bebé en brazos y junto con mi esposa nos fuimos caminando a casa de mis suegros, rumbo a la carretera federal a Cuernavaca, pues ahí estaba mi hijo de cinco años. A salvo. Las horas en que no supe cómo estaban él, mis padres y mi hermana fueron las peores.

Mientras caminábamos intentaba arrullar a mi bebé, pero no podía dejar de pensar en los rostros de terror de mis alumnos, en cómo frente a mis ojos se hiceron esas grietas, esos hoyos y en cómo se derrumbaron los puentes que desafortunadamente han cobrado al menos la vida de cinco personas.

A la mitad del camino una mujer con su hija, a bordo de un carro, nos preguntaron si queríamos aventón; se dirigían hacia la federal a Cuernavaca. El trayecto fue largo porque avanzábamos muy poco. Después de comentar nuestras experiencias (la mujer tenía un puesto en Xochimilco) alguien preguntó si existe Dios. El terremoto era la prueba de que sí existe; y también de que no. La tragedia, que a un tiempo sirve para recogerse hacia lo esencial y que nos hace querer abrazar a quienes amamos y ponernos en una disposición de desapego de la propiedad privada, también  nos muestra un rostro de pillaje, de alevosía y corrupción que nos enferman; que denigran nuestra sociedad de un modo irreparable.

Hoy tocó ir a ayudar en los grupos de rescate de Taxqueña y Tlalpan. El trabajo de las coordinadoras de los centros de acopio (de víveres para damnificados y de materiales para los rescatistas) de este derrumbe ha sido extraordinario. Sin embargo, mientras estuve ahí no se rescató a nadie con vida. Al momento en que escribo esto, ya se ha declarado oficialmente que la búsqueda cambie de víctimas con vida a cadáveres. No sé cómo se obedece una instrucción así.

Una vez más, nuestra sociedad saca lo mejor y lo peor que tiene. Una vez más recuerdo que hay muchas razones para quedarse sin palabras.

Espero que el mensaje de quienes queremos una sociedad equitativa, de respeto absoluto por las mujeres y de una vida cotidiana sin corrupción sea más fuerte ahora y en los próximos días. Que no se nos olvide que si bien las inundaciones y los terremotos son fenómenos naturales, los métodos de prevención (desde campañas, valoraciones de inmuebles y cumplimiento a cabalidad con distintas normas, reglamentos, etc.) y el manejo de catástrofes (atenciones, organización, fondos destinados para ello) tienen responsables directos.

Muchos de los inmuebles derrumbados no cumplían rigurosamente con las normas de construcción; el fondo para desastres, que pagamos con nuestros impuestos, está en manos de una panda de ladrones y corruptos. Las heridas y la muerte de muchas víctimas (varios niños entre ellos) en esta tragedia son responsabilidad de la corrupción de nuestros gobernantes.

Dejemos que el pueblo organizado y solidario se imponga en todos los espacios. Son nuestros, después de todo.

 

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