Algunas consideraciones sobre las consignas entonadas en las marchas

 

 

Las consignas que se entonan durante las marchas son cruciales porque animan a los marchantes a despojarse del cansancio, a ratificar la unidad en la convocatoria y también porque expresan el deseo por demás irrefrenable de insultar, con mayor o menor fortuna, a los gobernantes y poderosos (e.g., “Peña y Mancera, la misma chingadera” contiene en su carácter una denotación prácticamente imposible de sustituir. ¿Aceptaríamos, en lugar de “la misma chingadera”, sucedáneos como: “la misma cosa”, “la misma consubstancialidad?” No faltará quien privilegie estos apelativos, pero me resulta difícil coincidir con dicha opinión y no tanto por el gastado argumento de que las palabras, strictu sensu, son insustituibles sino porque la sonoridad y el fruto conceptual que nos regala la palabra “chingadera”, amén de la rima con el apellido del actual gobernante de la Ciudad de México, son de una riqueza inversamente proporcional a la que nos otorgan “cosa” o “consubstancialidad”). De ahí la necesidad de mantener afiladas y afinadas dichas consignas, so pena de caer en muletillas fáciles que no solo pasen sin herir por los aludidos sino dejen de encender el ánimo de los demandantes. Tras ponderar algunas de las consignas de las marchas más recientes me he atrevido a contribuir con dos propuestas para enriquecer el espectro de posibilidades al momento de ejecutar nuestra diatriba colectiva. Propuestas sencillas e imperfectas, sin duda, pero fieles al espíritu de lucha propio de estos casos.

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Uno de los grupos menos atendidos en las consignas durante las marchas es el de los legisladores. Encuentro esta omisión si no grave, al menos fútil, puesto que estamos desaprovechando un foro natural para manifestarles a diputados y senadores nuestras inconformidades, ya no en materia de injusticia social, gasto público o reformas que van en contra del interés del pueblo al que deberían representar sino de algo que verdaderamente es un lastre en nuestra sociedad: su falta de apreciación poética, puesto que si algo caracteriza las consignas de las marchas es su melodía, cuya contundencia y resonancia han de ser óptimas para su deseada repetición. No podemos seguir tolerando a legisladores que no puedan diferenciar la riqueza expresiva de un T.S. Eliot, del torrente facilón e inane de Walt Whitman. No queremos una diputada más que no pueda citar de memoria algunos versos de César Vallejo o Wislawa Szymborska. Ni un senador más que no pueda referirse al trabajo de Anne Carson para trazar paralelismos entre la reinterpretación del trabajo parlamentario, tal como fuera concebido en las antiguas Grecia y Roma (sobre todo en Roma), con la reinterpretación de la mitología clásica: refrendar, crear y modificar leyes, sí, pero como quien reinterpreta, a lo Carson, a lo Alfonso Reyes, la antigüedad en busca de una salida a los embrollos filológicos y de una manera de restituir la frescura, tristemente perdida, de ciertos giros retóricos. Hay que exigir a los legisladores que integren en sus discursos algo más que un oxímoron por aquí y una sinécdoque por allá. Queremos escuchar paranomasias y metáforas in absentia, por lo menos.

Pero este es un trabajo que nos compete a todos. No podemos sentarnos a esperar que nuestros legisladores emprendan el trabajo por sí mismos; es necesario actuar desde ahora. Para remediar esta situación (o para comenzar a remediarla) propongo la elaboración de consignas que estimulen el oído de los aludidos en ellas al tiempo que les ofrezcan la oportunidad de acercarse a algún evento o personaje literario de trascendencia suficiente para que además de hacer propia la consigna, conozcan un poco más de Historia, literatura y, llegado el caso, de filosofía.

 

Paso sin más a mis propuestas. La primera consigna ha tomado como modelo aquella que dice:

“¡Que lo vengan a ver!

¡Que lo vengan a ver!

Éste no es presidente,

es asesino, macho burgués”.

Mi propuesta se vale del recurso de la enumeración. Ya sé que los destinatarios y aludidos pensarán: “recurso tan manido” y recordarán, entre ellos, pasajes de algunos poemas de Borges o Whitman e inclusive puede que alguno refiera al pasaje de la presentación de las embarcaciones de la Ilíada para evocar el origen de la enumeración en un poema ignorando el Deuteronomio, pero vale la pena correr el riesgo de que los aludidos descubran el eje de esta consigna. (Al entonarse no hay que olvidar seguir con la mayor fidelidad fonética a la consigna que fungió de modelo, si bien hay que hacer los ajustes de extensión correspondientes.) Aquí la propuesta:

¿Cómo van a entender?

¿Cómo van a saber?

Estos legisladores

cuando les decimos:

fatuos, fulastres

adufes, bellacos,

lerdos, cenutrios,

estultos, inicuos,

zafios, samugos,

tosigosos, inanes

percebes, zamujos

y no menos zullencos,

si no saben leer…

 

Es posible (y deseable) sustituir el calificativo de “legisladores” por cualquier otro paradigma que venga a colación y que no entorpezca el flujo melódico de la consigna (o no demasiado).

 

El primer mandatario suele ser el blanco de las consignas en las marchas, empero no es razón suficiente para que no nos esmeremos en ubicar nuestras férreas demandas expresivas según lo exigen estos tiempos. Si hay un nutrido grupo de consignas, saquemos provecho de algunas y hagamos, como en el ejemplo anterior, uso de líneas diversas comunicativas y acaso didácticas (sé que el término “didáctico” produce escozor en algunos lectores, pero los invito a atender más a la finalidad que a la semántica. Si no educamos al presidente, él no lo hará por sí mismo. Si no educamos al presidente, no podremos valernos de dardos lingüísticos más certeros y punzantes). A un mismo tiempo coreemos palabras que sin eliminar la música a la que ya están acostumbrados los oídos del mandatario en turno (así como sus predecesores) pero con palabras evocativas de otros ámbitos. Forcemos la referencialidad hasta ampliarla a nuevos horizontes aunque en ello nos vaya algo de didáctica.

Mi segunda consigna propone el concepto del gobernante asesino y execrable por excelencia: Ricardo III, el personaje de William Shakespeare, como su principal motivación. El modelo de consigna de esta segunda propuesta es aquella que dice:

“Hay que ver cómo es el gobierno,

hay que ver las vueltas que da,

con un pueblo que camina pa’ delante

y un gobierno que camina para atrás”.

 

Si bien en el caso de nuestra propuesta también se alude a gobierno y gobernados, nuestro camino recorre derroteros poco explorados en nuestras marchas. La deformidad anímica de Ricardo Tercero se trasluce desde su constitución física (como apuntara Platón) y así, dado que muchos han visto en nuestro gobernante a un sujeto bien parecido y nada deforme en el exterior, aprovecho esta nueva consigna para “desmentir” a Platón o, con más humildad, para sugerir un probable yerro metafísico en prácticamente toda la historia occidental de los seres humanos. Así, he optado por aludir a la execrabilidad del presidente en turno a través de una condena (si bien menor, puesto que el Ricardo III de Shakespeare siempre es inalcanzable en su retórica e inteligencia por cualquier gobernante de la actualidad) al personaje isabelino. Sabemos que ese señalamiento que busca colocar al mandatario mexicano en evidente inferioridad con respecto al legendario monarca inglés, así como las implicaciones aquí mencionadas, no pasarán inadvertidas por el presidente mexicano ni por sus asesores. Sin embargo, les podemos dejar un reto acaso discreto, pero que los mantendrá ocupados —quizás echen mano del CISEN— para que escarben en una inflexión lingüística más propia de Centro y Sudamérica que de México. Esa pequeña minucia fonética los obligará a conservar la consigna (y nuestra rabia con ella) por mucho tiempo en su memoria.

 

Hay que ver, Ricardo Tercero.

Hay que ver tu deformidad.

Que ni en pedo me parece horripilante

como Peña el asesino al caminar.

 

Sé que aún queda mucho trabajo por hacer en ambas propuestas (algún acento mejorable, alguna sílaba menos afortunada que otra que deben atenderse) así como incrementar en número de ejemplares el presente proyecto. Pero eso es tarea de todos. Que este texto sirva como un mero señalamiento para quien quiera seguir esta veta.

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