Los viajes después del viaje. Notas sobre Proust y su pueblo natal

Los viajes después del viaje[1]

Gerardo Piña

L’œuvre est infiniment supérieure à l’auteur. Ah ! voilà quelqu’un qui donne raison à l’homme d’esprit qui prétendait qu’on ne doit connaître les écrivains que par leurs livres[2].

Emprunts Mexique

De 2001 a 2006 viví en Inglaterra, donde hice mis estudios de doctorado. Estudié en la University of East Anglia, en la ciudad de Norwich, y durante esos años viajé poco por Europa. La mayor parte del dinero de la beca y de las clases que daba en la universidad se nos iba (a mi esposa y a mí) en pagar la renta y hacer las compras; otra buena parte se me iba (sólo a mí) en comprar libros.

Estuve en Francia algunos días de verano, otoño e invierno entre 2001 y 2004. Pero debo decirles que en París no me subí a la Torre Eiffel, no fui al Moulin Rouge, no visité la tumba de Napoleón y tampoco entré al Museo Pompidou. No me enamoré ni me emborraché con vino barato o champagne en París. De hecho, conocí algunos cafés, algunas salas del Museo d’Orsay, y apenas estuve un par de horas en el Louvre. Los motivos de mi falta de vocación turística no vienen a cuento ahora, pero mencionaré que nunca me he sentido atraído por las multitudes y que rara vez hago caso de los consejos y advertencias de otros turistas. En esa ciudad, por ejemplo, hablé en mi pobre y malo francés con todo mundo y nadie pretendió no comprender lo que decía. De hecho, las personas hacían esfuerzos por entenderme. La respuesta de los parisinos fue amable a pesar de que en ese tiempo mi competencia lingüística francesa era como la de un niño de tres años (ahora, después de tanto tiempo sin practicarlo, mi francés está bastante oxidado). En París compré antibióticos sin receta, comí varias veces —y por muy poco dinero— en una cadena de restaurantes que parecían una Fnac de comida, caminé por parques bellísimos y, sobre todo, leí. Recuerdo que la última vez que estuve en París leí un libro de cuentos de Enrique Serna, un excelente escritor mexicano, y una novela de Haruki Murakami (en inglés). Me gustaría tener anécdotas interesantes —o por lo menos tener anécdotas— de mis tres brevísimos viajes a París, pero no las hay. Sin embargo, hay tres lugares de Francia que llevo conmigo a todas partes: Arles, Carcassonne e Illiers-Combray.

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De los primeros dos les hablaré en otro momento, pero con respecto a Illiers-Combray debo decirles que me sorprendió que existiera ese lugar. Un amigo que es un escritor holandés y un lector muy aficionado a las obras de Proust me invitó a hacer ese viaje. Yo creí que en el siglo veinte ya nadie nombraba los lugares a partir de las obras de ficción, como antes hicieran quienes bautizaron la Patagonia en honor a ciertos gigantes de las novelas de caballerías. Menos aún, si el lugar en cuestión ya tiene su propio nombre (Illiers). La influencia de Proust era mucho mayor de la que yo suponía. Es más, tiene una fuerza que envidiarían algunos escritores latinoamericanos (que yo sepa, no existen Comala ni Macondo fuera de los libros.) Pero daba igual que Illiers-Combray existiera en algún lugar de Francia, porque al visitarlo yo conocería mi propio Illiers-Combray. Como dice el narrador de A la recherche du temps perdu:

Combray n’avait consisté qu’en deux étages reliés par un mince escalier, et comme s’il n’y avait jamais été que sept heures du soir. A vrai dire, j’aurais pu répondre à qui m’eût interrogé que Combray comprenait encore autre chose et existait à d’autres heures. Mais comme ce que je m’en serais rappelé m’eût été fourni seulement par la mémoire volontaire, la mémoire de l’intelligence, et comme les renseignements qu’elle donne sur le passé ne conservant rien de lui, je n’aurais jamais eu envie de songer à ce reste de Combray. Tout cela était en réalité mort pour moi[3].

La memoria de mi inteligencia (que no es algo para presumir) no reconoció en ese pequeño pueblo de callejones estrechos y empedrados, ni en la Maison de Tante Léonie, ni en los murales y los souvenirs, el mundo de Du côté de chez Swann. Había leído À la recherche du temps perdu dos años antes —algunas partes en francés con un diccionario al lado y otras en una traducción inglesa—, pero poco de lo que ahí veía evocaba mi lectura de Proust. Me pareció que el guía de turistas de la Maison de Tante Léonie hablaba muy rápido, así que no pude comprender algunas cosas, pero noté que un par de visitantes estaban fascinados al encontrar detalles de los varios nombres de personajes, objetos y demás referencias de la novela en esa casa. Yo me preguntaba: «¿Cómo pueden recordar tantos nombres de personajes y tantos objetos que aparecen en la novela?» Para mí, el mundo de A la recherche… era más una incertidumbre que una constatación de referentes.

 

 

Era divertido observar los muebles de la casa y la disposición de los mismos, porque de acuerdo con el guía de turistas, en el museo habían respetado cuidadosamente la distribución de los objetos referida en la novela. La parte que más me gustó de la casa fue la cocina. De hecho, creo que las cocinas francesas son las más bellas que conozco y ésta es especial; es la única cocina en la que he encontrado una jarra de cerámica para preparar el agua de seltz.

El momento más extraño dentro de la casa-museo no fue el descubrir que hay sociedades de amigos de Proust y de amigos de estos amigos, pues recaban fondos para absolutamente todo lo que pueda encontrarse dentro de la gran novela sobre el tiempo y la memoria. Tampoco fue el saber que estaba prohibido tomar fotografías y no para evitar que se dañaran los objetos, pinturas, etcétera, sino porque ahí venden ya fotografías autorizadas de la casa. El momento más extraño fue cuando nos mostraron las fotografías de varias personas en quienes (de acuerdo con el guía de turistas) Proust se había basado para construir sus personajes. ¿Pueden ustedes imaginar a Madame Bovary? Probablemente la mayoría de ustedes responderá ambiguamente a esa pregunta. Desde luego que pueden imaginarla, sobre todo mientras leen la novela de Flaubert, pero si les pidiera que describieran su rostro sería más difícil y si alguien les pidiera que la dibujaran o hicieran un retrato hablado de Emma, lo más probable es que el resultado fuese irreconocible aun para ustedes mismos. Y no me refiero a la decepción obvia y casi esperada con la que nos topamos la mayoría de las veces que vamos al cine a ver una película basada en una novela y sabemos (no sabemos cómo, pero sabemos) que así no era tal personaje. Hablo de que aún para nosotros mismos hay imágenes construidas a fuerza de lectura, de ejercitar la imaginación, de compartir las emociones de un autor y de incorporar voluntaria e involuntariamente nuestras experiencias vivenciales y literarias al momento de leer, y por ello no nos resulta fácil sintetizarlas en una fotografía o en una cucharita. Un rostro literario no es sólo la identificación de ciertos rasgos que lo distinguen de otros; es un cúmulo de sensaciones e imágenes vagas que se superponen a los gestos, a la invocación del nombre que designa a ese rostro.

El retrato de la mujer que sirvió de modelo de Odette, al igual que los de quienes (de acuerdo con el guía de turistas) le habían servido a Proust para personificar a M. de Charlus y a M. Swann me provocaron una incomodidad similar a la que sentimos cuando alguien a quien apenas conocemos nos muestra las fotografías de sus hijos. Al salir de la Maison de Tante Léonie me sentí liberado, pero no sabía de qué.

Pasamos buena parte del día en Illiers, lo recorrimos todo incluyendo sus bellos jardines y todavía tuvimos tiempo de visitar la catedral de Chartres, sin duda una de las más bellas que he visto. Esa noche, de vuelta a París, tenía la sensación de que no había sabido apreciar ese viaje. Pensaba que si bien Illiers me había parecido un lugar muy bonito, no había encontrado a Proust en él y sólo yo tenía la culpa. También pensaba que quizás debí leer la novela con más atención, informarme desde antes sobre los detalles de la zona, leer algunos cuantos libros sobre Proust y sobre los viajes proustianos. Me sentía un poco decepcionado porque esa lectura me había supuesto un gran esfuerzo. No sólo había sido difícil la lectura por sí misma; además había tenido que intercalar los volúmenes de À la recherche… entre las lecturas de mi investigación de doctorado durante año y medio. Esa noche concluí que simplemente había puesto muchas expectativas en ese viaje.

Después de esta anécdota, tal vez se pregunten por qué ese lugar es uno de los que más aprecio de mis breves viajes por Francia, si tiene más el aspecto de un viaje poco agradable. Para responderles les contaré lo que ocurrió cuatro años después. En 2008 salió publicada mi primera novela, La última partida. Durante una entrevista para un programa de radio me hicieron una pregunta que era de esperarse, pero en la que yo no había pensado: «¿Qué autores han influido en su trabajo como escritor?» Recuerdo que mi primer impulso fue responder: «Proust», pero por fortuna alcancé a detenerme antes de decirlo. Además de que habría sonado pedante, no habría sabido qué más decir si el entrevistador me hubiera pedido que ahondara en mi respuesta. (Habría quedado como un pedante y un fatuo; demasiado para alguien con una sola novela publicada.) Mencioné los nombres de autores que en realidad no sé si me han influido, pero que me gustan.

Más tarde me pregunté por qué habría pensado en Proust como una de mis influencias (¿o por qué mi inconsciente así lo pensaba?) Es un autor que no releo y de cuya obra he olvidado muchos detalles. Para que entiendan mi sorpresa les diré que mi novela está situada en una ciudad que no existe, pero que de existir estaría en el polo norte. Es una novela de fantasmas o de corte fantástico, tiene una extensión de ciento veinte páginas y está escrita con oraciones bastante cortas. Recuerdo que entonces supuse que tal vez había pensado en Proust porque alguien en una reseña escribió que mi novela era psicológica (como si alguna no lo fuera).

Tendría que pasar casi un año más, una tarde en que después de conversar con un amigo acerca de las novelas que más nos gustaban, para darme cuenta de que Proust era una influencia en mi trabajo como escritor no por la anécdota de lo que él había escrito sino por la relación que la experiencia y la literatura guardan en su obra. En esa ocasión recordé mi viaje a Illiers-Combray no como quien recuerda cronológicamente los hechos de un viaje sino como probablemente a Proust le hubiera gustado que lo hiciera: como una sensación bastante clara en el interior, pero muy difícil —si no imposible— de narrar. Recordé ese viaje como una imagen donde varias imágenes confluían a manera de una sinestesia : «La mémoire, au lieu d’un exemplaire en double, toujours présent à nos yeux, des divers faits de notre vie, est plutôt un néant d’où par instant une similitude actuelle nous permet de tirer, ressuscités, des souvenirs morts»[4]. Era un conjunto de imágenes que evocaban más que el lugar en sí (porque podía ver los jardines, las calles estrechas de Illiers con bastante claridad en mi recuerdo) lo que para mí estaba representando entonces ese viaje. Me miré como cuando uno se mira en un sueño, con cierta nostalgia, porque entonces pensaba en lo mucho que había querido conocer el lugar donde Proust había pasado su infancia, pero también en lo poco que disfruté ese viaje por desconocer varias referencias históricas sobre él y su obra. Además de esa nostalgia experimenté también una gran emoción al recordar que esa noche pensaba por qué no le había preguntado al guía de turistas o a los otros dos expertos en Proust qué pensaban acerca de la novela. ¿La habrían leído completa tres, cuatro veces?

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En esa ocasión sentí cierta ternura por el escritor que yo era entonces y comprendí que las preguntas que yo pensaba aquella noche de regreso de Illiers; es decir, las preguntas que yo creía que debí haber formulado esa tarde, en realidad debían haber ido en la línea de: «¿Qué piensan ustedes sobre el hecho de que el narrador de À la recherche… no tenga nombre y estemos aquí, como habrán estado ya y habrán de estar miles de personas más, basados en una asunción y no en un hecho?» Porque el narrador dice que si su nombre fuera el del autor, se llamaría Marcel, pero no lo tiene; ningún personaje se dirige a él llamándole Marcel. Sin embargo, todo (el ?) mundo da por hecho que ese narrador era el propio Marcel Proust : « Dès qu’elle retrouvait la parole elle disait : “Mon” ou “Mon chéri” suivis l’un ou l’autre de mon nom de baptême, ce qui, en donnant au narrateur le même nom qu’à l’auteur de ce livre, eût fait : “Mon Marcel”, “Mon chéri Marcel” »[5]. ¿A qué otro nombre aludido en la cita se refiere el narrador? ¿A Valentin, Louis, Georges o Eugène? (Todos, nombres que preceden al de Marcel Proust.) En esa cita, la única referencia al nombre del narrador que yo encontré en mi lectura hay un claro énfasis en separar (paradójicamente al momento de jugar con la idea de una identificación) las entidades del autor y el narrador. Decir: « …en donnant au narrateur le même nom qu’à l’auteur de ce livre »[6] no es lo mismo que afirmar que ambos son el mismo. ¿Qué pensaban los lectores obsesionados con los fetiches de Proust de que el narrador de À la recherche… no tuviera un hermano como el que tuvo el propio Marcel? (Porque se trata de alguien con un carácter muy distinto al suyo, que como personaje habría servido magníficamente para resaltar la personalidad del narrador si lo que hubiera querido Proust fuera retratar su vida y no inventar otra a través de un personaje distinto.) Tal vez su gran novela no era una autobiografía disfrazada después de todo. ¿Sabían esos expertos dónde comenzó la idea de que debíamos imaginar a Albertine y a las otras muchachas en flor como hombres, sólo porque el autor era homosexual? ¿Por qué debía leer en Bergotte a alguien más que Bergotte? y, por último, ¿por qué pensaban que uno estaría más interesado en buscar la literatura fuera de la literatura?

Car ces après-midi-là étaient plus remplis d’événements dramatiques que ne l’est souvent toute une vie. C’était les événements qui survenaient dans le livre que je lisais ; il est vrai que les personnages qu’ils affectaient n’étaient pas «réels», comme disait Françoise. Mais tous les sentiments que nous font éprouver la joie ou l’infortune d’un personnage réel ne se produisent en nous que par l’intermédiaire d’une image de cette joie ou de cette infortune[7].

¿Será útil o al menos razonable que la finalidad principal de hacer una lectura tan extensa y desafiante como es À la recherche… sea comparar sus datos con una biografía? Al final, los datos biográficos e históricos que hallé en Illiers no me dijeron más sobre la novela que lo que el propio autor quiso y pudo decir en ella. Esa tarde, la tarde en que me di cuenta de todo esto, comprendí que como autor de obras de ficción, la impronta proustiana que había quedado en mí era la de emplearme a fondo para que mis lectores experimentaran una vivencia particular a través de las palabras, una experiencia que no tenga que cotejarse con las otras experiencias que también ocurren en la realidad, pues la ficción no es opuesta a la realidad en tanto que la imaginación no es algo opuesto a —sino parte de— nosotros.

Poco importaba para mí que lo que yo escribiera fuese o no realista. Después de todo, el realismo también es un género literario. Lo que descubrí años después de esa lectura fue que À la recherche… no era una gran novela por ser realista sino por su capacidad de llevar al lector a un mundo verdaderamente propio. Y como ese mundo también está construido por la imaginación (una imaginación conformada por las experiencias y las lecturas previas del autor y del lector) era perfectamente normal que Illiers no me llevara a encontrarme con mi propia lectura de Proust, pero sí a reconocer ese lugar como la prueba espacial y simbólica de que una obra literaria también es una entidad que conforma nuestra experiencia a la manera de los viajes reales. Es decir, así como hay personas que afirman que la lectura es en sí misma un viaje, porque al hacerlo el lector no sólo se transporta a ciertos lugares y épocas, sino también al interior de algunos personajes, el recuerdo de Illiers representa para mí la constatación de que mi lectura de À la recherche… sólo está dentro de mí y junto a muchas otras lecturas igualmente provocadoras.

No podía involucrarme en la observación minuciosa de tantos objetos, nombres y fechas que supuestamente obedecían lo dictado por el novelista en su gran novela y que me eran mostrados como revelaciones, porque todo eso era para mí una gran ficción. No lo digo en el sentido de la ficción como mentira sino como una irrealidad basada en otra porque Illiers ya no es el Combray de Proust, ni la casa de su tía es la casa en la que él se inspiró para describir algunos espacios y algunas escenas de su obra. Sentía que por muy interesante que resultara toda esa información sobre Proust, poco o nada agregaba a los recuerdos y a las emociones despertadas por el cuidado de esa prosa y por su deslumbrante inteligencia. Podrían desaparecer la Maison de Tante Léonie y todos sus muebles, podrían desaparecer también las fotografías de las personas en quienes supuestamente Proust se basó para construir a sus personajes. De hecho, podrían desaparecer los datos personales del propio autor y esa novela seguiría siendo una pieza artística extraordinaria por lo que queda después de su lectura; es decir, según el propio Proust, por su olor y su sabor.

Mais, quand d’un passé ancien rien ne subsiste, après la mort des êtres, après la destruction des choses, seules, plus frêles mais plus vivaces, plus immatérielles, plus persistantes, plus fidèles, l’odeur et la saveur restent encore longtemps, comme des âmes, à se rappeler, à attendre, à espérer, sur la ruine de tout le reste, à porter sans fléchir, sur leur gouttelette presque impalpable, l’édifice immense du souvenir[8].

 

La memoria se yergue como un edificio en esta cita, un edificio cuyos cimientos son inmateriales. La lectura y los recuerdos son, pues, inmateriales, pero conforman el edificio que somos también nosotros. Nos erigimos como memorias andantes cuyos recuerdos no están siempre a la mano ni siempre en el lugar donde creíamos haberlos dejado, pero con la convicción de que esos recuerdos conforman no un cuarto propio ni un Combray «[Qui] n’avait consisté qu’en deux étages reliés par un mince escalier, et comme s’il n’y avait jamais été que sept heures du soir»[9], sino un mundo absolutamente propio. Un mundo en el que trazamos la geografía de nuestras prioridades y asombros, pero en el que hay cataclismos, estaciones cambiantes y fenómenos inesperados que también transforman esa geografía superponiendo nuestros gustos y temores de infancia con los actuales (e.g., el amor más antiguo con el que duró apenas unos momentos), aunque también haciendo coincidir ciertas preferencias a través de los años que nos sirven de hilo conductor en la narrativa que es nuestra propia historia y que nos permiten reconocernos a nosotros mismos.

Me gusta saber que Illiers-Combray existe como la materialización de un mundo que nació en la imaginación de Proust y que continúa enriqueciéndose con la voluntad y la imaginación de muchas personas más. Todas ellas, sin duda, comprometidas en mayor o menor medida con preservar el recuerdo de un autor y de varios referentes de una época. Sé que podré visitarlo una o más veces en mis próximos viajes a Francia y sé que si lo hago, encontraré en esa materialidad nacida por las palabras de una novela, mucho más que en mi primera visita, porque Illiers-Combray habrá cambiado (mucho menos que yo, pero habrá cambiado). Espero que para entonces más que muchas relecturas de À la recherche du temps perdu o lecturas eruditas sobre Proust y su época, me acompañen una gran capacidad de asombro y una gran curiosidad; en suma, espero que pueda leer ese lugar como uno relee una carta guardada en un baúl después de muchos años.

[1] Este ensayo fue publicado en el libro Emprunts et transferts culturels: Mexique. Editado por Nicole Fourtané y Michèle Guiraud. Presses Universitaires de Nancy, 2011.

[2] Marcel Proust, A l’ombre des jeunes filles en fleurs I, édité par Danièle Gasiglia, Paris, GF-Flammarion, 1987, p. 135.

[3] Proust, Marcel, Du côté de chez Swann, édité par Bernard Brun et Anne Herschberg-Pierro, Paris, GF-Flammarion, 1987, p. 141.

[4] Marcel Proust, La Prisonnière, édité par Jean Milly, Paris, GF-Flammarion, 1999, p. 242.

[5] Marcel Proust, La Prisonnière, Op. cit, p. 167.

[6] Ibidem.

[7] Marcel Proust, Du côté de chez Swann, Op. cit, p. 187.

[8] Marcel Proust, Du côté de chez Swann, Op. cit, p. 145.

[9] Ibid, p. 141.

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