Algunas consideraciones sobre las consignas entonadas en las marchas

 

 

Las consignas que se entonan durante las marchas son cruciales porque animan a los marchantes a despojarse del cansancio, a ratificar la unidad en la convocatoria y también porque expresan el deseo por demás irrefrenable de insultar, con mayor o menor fortuna, a los gobernantes y poderosos (e.g., “Peña y Mancera, la misma chingadera” contiene en su carácter una denotación prácticamente imposible de sustituir. ¿Aceptaríamos, en lugar de “la misma chingadera”, sucedáneos como: “la misma cosa”, “la misma consubstancialidad?” No faltará quien privilegie estos apelativos, pero me resulta difícil coincidir con dicha opinión y no tanto por el gastado argumento de que las palabras, strictu sensu, son insustituibles sino porque la sonoridad y el fruto conceptual que nos regala la palabra “chingadera”, amén de la rima con el apellido del actual gobernante de la Ciudad de México, son de una riqueza inversamente proporcional a la que nos otorgan “cosa” o “consubstancialidad”). De ahí la necesidad de mantener afiladas y afinadas dichas consignas, so pena de caer en muletillas fáciles que no solo pasen sin herir por los aludidos sino dejen de encender el ánimo de los demandantes. Tras ponderar algunas de las consignas de las marchas más recientes me he atrevido a contribuir con dos propuestas para enriquecer el espectro de posibilidades al momento de ejecutar nuestra diatriba colectiva. Propuestas sencillas e imperfectas, sin duda, pero fieles al espíritu de lucha propio de estos casos.

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Uno de los grupos menos atendidos en las consignas durante las marchas es el de los legisladores. Encuentro esta omisión si no grave, al menos fútil, puesto que estamos desaprovechando un foro natural para manifestarles a diputados y senadores nuestras inconformidades, ya no en materia de injusticia social, gasto público o reformas que van en contra del interés del pueblo al que deberían representar sino de algo que verdaderamente es un lastre en nuestra sociedad: su falta de apreciación poética, puesto que si algo caracteriza las consignas de las marchas es su melodía, cuya contundencia y resonancia han de ser óptimas para su deseada repetición. No podemos seguir tolerando a legisladores que no puedan diferenciar la riqueza expresiva de un T.S. Eliot, del torrente facilón e inane de Walt Whitman. No queremos una diputada más que no pueda citar de memoria algunos versos de César Vallejo o Wislawa Szymborska. Ni un senador más que no pueda referirse al trabajo de Anne Carson para trazar paralelismos entre la reinterpretación del trabajo parlamentario, tal como fuera concebido en las antiguas Grecia y Roma (sobre todo en Roma), con la reinterpretación de la mitología clásica: refrendar, crear y modificar leyes, sí, pero como quien reinterpreta, a lo Carson, a lo Alfonso Reyes, la antigüedad en busca de una salida a los embrollos filológicos y de una manera de restituir la frescura, tristemente perdida, de ciertos giros retóricos. Hay que exigir a los legisladores que integren en sus discursos algo más que un oxímoron por aquí y una sinécdoque por allá. Queremos escuchar paranomasias y metáforas in absentia, por lo menos.

Pero este es un trabajo que nos compete a todos. No podemos sentarnos a esperar que nuestros legisladores emprendan el trabajo por sí mismos; es necesario actuar desde ahora. Para remediar esta situación (o para comenzar a remediarla) propongo la elaboración de consignas que estimulen el oído de los aludidos en ellas al tiempo que les ofrezcan la oportunidad de acercarse a algún evento o personaje literario de trascendencia suficiente para que además de hacer propia la consigna, conozcan un poco más de Historia, literatura y, llegado el caso, de filosofía.

 

Paso sin más a mis propuestas. La primera consigna ha tomado como modelo aquella que dice:

“¡Que lo vengan a ver!

¡Que lo vengan a ver!

Éste no es presidente,

es asesino, macho burgués”.

Mi propuesta se vale del recurso de la enumeración. Ya sé que los destinatarios y aludidos pensarán: “recurso tan manido” y recordarán, entre ellos, pasajes de algunos poemas de Borges o Whitman e inclusive puede que alguno refiera al pasaje de la presentación de las embarcaciones de la Ilíada para evocar el origen de la enumeración en un poema ignorando el Deuteronomio, pero vale la pena correr el riesgo de que los aludidos descubran el eje de esta consigna. (Al entonarse no hay que olvidar seguir con la mayor fidelidad fonética a la consigna que fungió de modelo, si bien hay que hacer los ajustes de extensión correspondientes.) Aquí la propuesta:

¿Cómo van a entender?

¿Cómo van a saber?

Estos legisladores

cuando les decimos:

fatuos, fulastres

adufes, bellacos,

lerdos, cenutrios,

estultos, inicuos,

zafios, samugos,

tosigosos, inanes

percebes, zamujos

y no menos zullencos,

si no saben leer…

 

Es posible (y deseable) sustituir el calificativo de “legisladores” por cualquier otro paradigma que venga a colación y que no entorpezca el flujo melódico de la consigna (o no demasiado).

 

El primer mandatario suele ser el blanco de las consignas en las marchas, empero no es razón suficiente para que no nos esmeremos en ubicar nuestras férreas demandas expresivas según lo exigen estos tiempos. Si hay un nutrido grupo de consignas, saquemos provecho de algunas y hagamos, como en el ejemplo anterior, uso de líneas diversas comunicativas y acaso didácticas (sé que el término “didáctico” produce escozor en algunos lectores, pero los invito a atender más a la finalidad que a la semántica. Si no educamos al presidente, él no lo hará por sí mismo. Si no educamos al presidente, no podremos valernos de dardos lingüísticos más certeros y punzantes). A un mismo tiempo coreemos palabras que sin eliminar la música a la que ya están acostumbrados los oídos del mandatario en turno (así como sus predecesores) pero con palabras evocativas de otros ámbitos. Forcemos la referencialidad hasta ampliarla a nuevos horizontes aunque en ello nos vaya algo de didáctica.

Mi segunda consigna propone el concepto del gobernante asesino y execrable por excelencia: Ricardo III, el personaje de William Shakespeare, como su principal motivación. El modelo de consigna de esta segunda propuesta es aquella que dice:

“Hay que ver cómo es el gobierno,

hay que ver las vueltas que da,

con un pueblo que camina pa’ delante

y un gobierno que camina para atrás”.

 

Si bien en el caso de nuestra propuesta también se alude a gobierno y gobernados, nuestro camino recorre derroteros poco explorados en nuestras marchas. La deformidad anímica de Ricardo Tercero se trasluce desde su constitución física (como apuntara Platón) y así, dado que muchos han visto en nuestro gobernante a un sujeto bien parecido y nada deforme en el exterior, aprovecho esta nueva consigna para “desmentir” a Platón o, con más humildad, para sugerir un probable yerro metafísico en prácticamente toda la historia occidental de los seres humanos. Así, he optado por aludir a la execrabilidad del presidente en turno a través de una condena (si bien menor, puesto que el Ricardo III de Shakespeare siempre es inalcanzable en su retórica e inteligencia por cualquier gobernante de la actualidad) al personaje isabelino. Sabemos que ese señalamiento que busca colocar al mandatario mexicano en evidente inferioridad con respecto al legendario monarca inglés, así como las implicaciones aquí mencionadas, no pasarán inadvertidas por el presidente mexicano ni por sus asesores. Sin embargo, les podemos dejar un reto acaso discreto, pero que los mantendrá ocupados —quizás echen mano del CISEN— para que escarben en una inflexión lingüística más propia de Centro y Sudamérica que de México. Esa pequeña minucia fonética los obligará a conservar la consigna (y nuestra rabia con ella) por mucho tiempo en su memoria.

 

Hay que ver, Ricardo Tercero.

Hay que ver tu deformidad.

Que ni en pedo me parece horripilante

como Peña el asesino al caminar.

 

Sé que aún queda mucho trabajo por hacer en ambas propuestas (algún acento mejorable, alguna sílaba menos afortunada que otra que deben atenderse) así como incrementar en número de ejemplares el presente proyecto. Pero eso es tarea de todos. Que este texto sirva como un mero señalamiento para quien quiera seguir esta veta.

El aguafiestas de Houellebecq y su novela “Sumisión”

Por Gerardo Piña

Decides tomar un arma y sales de tu casa, te unes al contingente, te dicen que esta vez van a darles con todo a esos fanáticos religiosos. De camino se detienen frente a la casa de un intelectual de quien se asegura vendrá un apoyo total a tu causa. Esperas que salga para unirse a los tuyos, que venga aun mejor preparado que ustedes, pero el intelectual se limita a pedirles que sigan su camino, que él ya no piensa del mismo modo que antes. Te quedas igual de desconcertado que el resto y observas cómo varios integrantes de tu grupo lo insultan, le arrojan piedras. El intelectual se mete a su casa y mientras el grueso del grupo continúa con el plan, tú y varios más deciden quedarse a darle su merecido a ése que ahora es un traidor.

Algo así ha ocurrido con Michel Houellebecq (Saint-Pierre, 1958) y su novela Sumisión (2015). Más de uno esperaba usar la novela de bandera islamófoba y se han topado con una reflexión en torno a la actualidad del Islam; con el testimonio de un típico profesor universitario francés que se convierte al Islam por su propia voluntad. La confusión obedece al origen de nuestros prejuicios. Éstos están tan enraizados que difícilmente podemos reconocerlos. Peor aún, cuando creemos demostrar que lo nuestro no es un prejuicio sino una definición razonada, sólo demostramos nuestra capacidad para justificar dicho prejuicio. La publicación de la novela Sumisión de Michel Houellebecq coincidió con el ataque de yihadistas a las oficinas de la revista Charlie Hebdo en París donde una docena de colaboradores de esa publicación fueron asesinados. El ataque y la novela fueron detonantes para que diversos grupos encontraran material de sobra al momento de justificar sus prejuicios. Para unos, el ataque sólo confirma que el Islam es una religión violenta; para otros, los yihadistas son la excepción de un sistema de creencias como los hay entre los católicos, judíos o ateos. Hubo quienes calificaron de héroes a las víctimas o de justicieros a los perpetradores. El mayor “debate” en el ámbito de la prensa y la intelectualidad occidentales se redujo, sin embargo, a elucidar si el ataque a Charlie Hebdo había sido un ataque a la libertad de expresión. Pongo la palabra debate entre comillas porque más que eso fue, en el mejor de los casos, un intercambio de argumentos que alimentaban prejuicios; no un intercambio de ideas. Sumisión es una novela que confronta al lector con sus propias certezas en torno a la religión, al orden sociopolítico actual y a su capacidad de empatía.

La revista Charlie Hebdo había publicado una caricatura de Michel Houellebecq a raíz de su más reciente novela, en la que se burlaban de él aludiendo a que en poco tiempo perdería los dientes y, en breve, participaría del Ramadán. El ataque yihadista provocó que Sumisión alcanzara un récord de ventas inmediato en Francia y que Houellebecq tuviera que huir de París. Dicho de otra manera, el grueso de la prensa y los lectores europeos daban por hecho que:

a) Houellebecq es islamófobo;

b) su novela tenía que estar vinculada al ataque de Charlie Hebdo;

c) la lectura reafirmaría sus convicciones sobre el fanatismo religioso.

Y había motivos para pensarlo; después de todo, Houellebecq había sido acusado de racista e islamófobo tiempo atrás y, aunque fue absuelto, se había exiliado en Irlanda por algunos años. Por otra parte, la promoción de la novela subrayaba un tono de crítica y burla hacia el Islam y se le describía como una suerte de sátira política al estilo de 1984 de George Orwell. Sin embargo, la novela no es nada de eso: Sumisión cuenta la conversión de un profesor universitario de literatura al Islam menos por conveniencia que por tener una epifanía religiosa. Sumisión es un análisis somero y una propaganda a favor del Islam o, mejor dicho, de una versión del Islam (la que le atañe a la clase media y alta europeas).

La conversión le ocurre a François, el protagonista de la novela, quien es profesor de literatura (especialista en la obra de Joris-Karl Huysmans). François representa muy bien al promedio de los hombres blancos europeos con educación universitaria como en esta escena en la que describe a tres jóvenes un día antes de impartir una de sus clases: “Delante de la puerta del aula —ese día había previsto hablar de Jean Lorrain— tres tipos de unos veinte años, dos árabes y un negro, bloqueaban la entrada, no iban armados y parecían bastante tranquilos, su actitud no era amenazadora”[1] (19). Es claro que si hubieran sido tres jóvenes blancos como él, no habría dicho: “eran tres tipos blancos de unos veinte años que bloqueaban la entrada, no iban armados y parecían bastante tranquilos, su actitud no era amenazadora”. El racismo implícito en esta descripción por parte del personaje no sorprende. Lo inquietante de esta novela es que ese mismo personaje va a ser capaz de abrazar el Islam al identificar que su vida está en una crisis enorme y la fe religiosa es la única salida para él.

Más que describirnos cómo es la vida en una Francia gobernada por un Frente Islámico, François da cuenta del proceso que lleva en el año 2022 a Mohammed Ben Abbes, líder del partido islamista moderado, a ganar las elecciones presidenciales en Francia. Hago énfasis en que se narra el proceso y no tanto el hecho consumado del triunfo electoral de Ben Abbes porque ésa es la parte fascinante de la novela (i.e., el mostrar cómo un personaje y una sociedad en crisis tocan fondo para resurgir abrazando la religión del Islam). El momento en que se cuenta que Ben Abbes gana las elecciones rebasa ya tres cuartas partes de la novela. Más aún, la novela termina cuando François vislumbra lo que será su futuro si se convierte al Islam, pero sólo son meras suposiciones. ¿Entonces de qué trata la novela realmente? ¿Cuál es la sumisión aludida en el título?

El tema de la conversión ocurre en tres planos simultáneos en la novela. En primer lugar está la nueva hegemonía política y económica del Islam imponiéndose en Francia con miras a dominar en poco tiempo el sur de Europa y el norte de África. Esto no tiene que ver con algo ideológico sino con un mero asunto de demografía. Los musulmanes en Francia son cada vez más y el respaldo económico de los países petroleros árabes es también mayor cada día. Esta es, quizá, la apuesta más significativa en todo el libro. Houellebecq parece decirle a sus connacionales lo que no quieren oír:

La trascendencia es una ventaja selectiva: las parejas que se reconocen en una de las tres religiones del Libro, las que mantienen los valores patriarcales, tienen más hijos que las parejas ateas o agnósticas; las mujeres tienen menos educación, y el hedonismo y el individualismo tienen menor peso […] Para ellos lo esencial es la demografía y la educación; la subpoblación que cuenta con el mejor índice de reproducción y que logra transmitir sus valores triunfa; a sus ojos es así de fácil, la economía o incluso la geopolítica no son más que cortinas de humo: quien controla a los niños controla el futuro, punto final” (64).

La segunda conversión es la de Huysmans al catolicismo. Dado que han pasado casi veinte años desde que François publicara su tesis sobre Huysmans, ahora se ha dado a la tarea de releer las obras de este autor naturalista decimonónico. A medida en que hace esta relectura, nos refiere sus asombros y constataciones. Entre ellas, el personaje subraya la necesidad de Huysmans por convertirse al catolicismo como oblato ante la opción de defender un humanismo ateo o de tomar el hábito (Huysmans, su obra y su conversión son hechos reales ocurridos a finales del siglo diecinueve).

Por último está la conversión del narrador, quien no se somete al nuevo gobierno: lo acepta. Él es uno de los afortunados a quienes el Islam resulta benéfico sin tener que abrazarlo. Bajo el nuevo régimen, François ha sido destituido de su cátedra como profesor de literatura, pero ha obtenido una jubilación similar a la de alguien que hubiera trabajado por más de treinta años cuando él apenas llevaba 15. No amaba particularmente su trabajo ni tenía mayores ambiciones. Tampoco se trata de alguien que profesara otra fe o que fuera un ateo (se define más como agnóstico que ateo al principio). Tampoco tiene familia. De hecho lo que acelerará la búsqueda de una fe son la soledad, el sinsentido de su vida, así como varias pérdidas cercanas (su amante, una chica judía de 22 años de edad, emigra a Israel ante la amenaza de la victoria musulmana en las urnas, al poco tiempo muere la madre del protagonista y poco después, el padre). Será en un intento por conciliar la paz interior que haga un breve viaje y, una vez en Rocamadour, ante la estatua de la virgen del lugar se dará cuenta de que realmente cree en una inteligencia superior y de que el Islam es una respuesta a sus necesidades (si bien el Catolicismo podría ser otra) porque “el verdadero enemigo de los musulmanes, lo que temen y odian más por encima de todo, no es el catolicismo: es el secularismo, el laicismo, el materialismo ateo. Para ellos los católicos son creyentes, el catolicismo es una religión del Libro (80)”.

Por inesperado que sea, la novela resulta en una propaganda del Islam y del distributismo (un modelo económico alternativo al neoliberal sin llegar al comunismo). Es decir, Houellebecq recrea en una ficción los argumentos a favor de un régimen islámico y de un modelo económico moderados.

El gran público supo así durante las semanas siguientes que el distributismo era una filosofía económica aparecida en Inglaterra a principios del siglo XX bajo los auspicios de los pensadores Gilbert Keith Chesterton e Hilaire Belloc. Pretendía ser una “tercera vía” tan alejada del capitalismo como del comunismo, asimilada a un capitalismo de Estado. Su idea de base era la supresión de la separación entre el capital y el trabajo. La forma normal de la economía era así la empresa familiar; cuando era necesario, para ciertas producciones, reunirse en entidades más vastas, debía hacerse lo necesario para que todos los trabajadores fueran accionistas de su empresa y corresponsables de su gestión (93).

Con respecto a la sumisión, ésta no es otra que la de la mujer al hombre y la de éste a Dios, según lo expresa Rediger, el consejero universitario que busca convencer a François de que se convierta al Islam para que regrese a tomar su cátedra en la universidad, donde no encontrará ningún inconveniente para que pueda seguir trabajando en la prestigiosa edición de las obras completas de Huysmans en la colección Pléiade de Gallimard:

—Es la sumisión —dijo en voz queda Rediger—. La idea asombrosa y simple, jamás expresada hasta entonces con esa fuerza, de que la cumbre de la felicidad humana reside en la sumisión más absoluta […] Hay una relación entre la absoluta sumisión de la mujer al hombre […] y la sumisión del hombre a Dios, tal como la entiende el Islam (117).

Con esta novela, Houellebecq señala que el estado actual de las cosas en Francia y en buena parte de occidente atraviesa una crisis muy superior a lo que creemos. No se trata de una parodia ni de una sátira; es una disección atinada (somera como sólo es posible en un trabajo de ficción) de la obsolescencia de los valores heredados de la Ilustración. Para él, una sociedad sin religión no es posible. Por lo tanto, abrazar el Islam en occidente en un futuro lejano (evidentemente no en 2022) no es tan descabellado si observamos cómo la decadencia del modelo neoliberal ha ido de la mano con la decadencia de los valores católicos. Podemos no estar de acuerdo con su pronóstico, pero hay que reconocer que tiene fundamentos suficientemente poderosos como para desecharlo de un plumazo.


[1] Las citas del presente artículo han sido tomadas de Houellebecq, Michel, Sumisión, traducción al español de Joan Riambau, Ed. Anagrama, 2015, 288 pp.

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Dos poemas gatunos

I

Desde la ventana intuyo

que un día vuelven

menos felices al descender del auto,

menos iguales que el domingo anterior.

Intuyo que vuelven un día

con los hocicos llenos de pájaros,

con las bolsas llenas de pájaros

—olvidados del eterno domingo—.

 

Desde la ventana intuyo

que un día vuelven sin pensar en el lunes,

sin las mismas cajas de cereales,

sin detergente ni facturas.

Intuyo que un día volverán

y no cerrarán la puerta.

Dejarán que entren la madeja,

las bolas de papel

y la noche.

Como los gatos,

comenzarán a vivir.

 

 

II

Acicálate en la tímida esdrújula,

afílate en lo agudo del sofá,

(desperézate donde no te alcancen)

juega con su ira, su autoestima.

Orina sus zapatos por colores,

impregna tu voluntad en la suya,

mancíllalo, indómito demuéstrate

—sé yámbico, orgulloso, dominante—.

No cedas ni una silla ni un estambre,

no te quites de encima aunque reviente

su vejiga y se le doblen las piernas:

que el cansancio postrero lo derrumbe

y aprenda a amar tus horas como a Dios.

Metamorfosis

Para Anahí

 

Inicias hoy debajo de tu piel.

Debajo de tu piel un microcosmos

repite a su manera tus latidos,

inicia sus sentidos con los tuyos,

su centro habita dentro de tu centro,

sus oídos se forman con tu voz.

 

Pronto vas a parirte como madre.

Vas a parir el tiempo de una madre.

Y vas a continuar la luz, la sangre

de un milagro ya visto muchas veces,

pero al cabo un milagro, una promesa:

continuarnos en vez de repetirnos.

(Porque no sabemos sino morir

y renacer queriendo no ser polvo.)

Sólo somos humanos, sólo vamos

en busca de algo menos extraviado,

de un ser menos perdido, menos solo.

 

Aunque vaya a perderse y descubrirse

él mismo en sus trabajos y sus días,

aunque a ratos se sienta ajeno, extraño,

queremos encontrarlo en el momento

que une tu vientre, tu risa y mis manos;

un ser que inevitablemente sueñe

con un ser de mejores adjetivos,

y de palabras bellas como espuma,

de adverbios imprecisos como siempre,

de errores y certezas y futuros.

 

En esta nueva forma de encontrarnos,

de buscarnos y perdernos en el hijo,

de volver a nombrar al cielo, cielo;

de ahuyentar el temor a medianoche,

contaremos de nuevo las historias

que refieren la vida con sus mares,

sus continentes, sus barcos piratas,

sus aventuras, sus lances y entuertos.

 

Te propongo el jugar, la valentía

y el riesgo cotidiano de la risa,

para hacernos de agua, cobrar forma

sólo en tanto el momento nos lo exija,

cuando sus manos quieran alcanzarnos.

 

Te ofrezco estar presente con mi voz,

mi silencio, mis brazos y mi piel;

presenciar a tu lado el viejo rito

del niño de este tiempo y otro tiempo

que pregunta de nuevo por la muerte,

los colores, las reglas, los abismos,

el olor de los vientos y del agua,

y más tarde se asombra de sí mismo,

del tacto de su cuerpo en otro cuerpo,

del hambre, la crueldad y el abandono.

 

Deseo que aventure sus respuestas

con actos que acompañen sus palabras,

como el hombre de este tiempo y otro tiempo,

que sigue sus anhelos y temores,

que mejora su entorno y lo cuestiona

y no cesa ante horrores e injusticias

de esgrimir su denuncia, de ser hombre.

Que sea digno de sí, de este momento,

del estado primario en que se juntan

nuestras manos, tu vientre y sus anhelos.

Los viajes después del viaje. Notas sobre Proust y su pueblo natal

Los viajes después del viaje[1]

Gerardo Piña

L’œuvre est infiniment supérieure à l’auteur. Ah ! voilà quelqu’un qui donne raison à l’homme d’esprit qui prétendait qu’on ne doit connaître les écrivains que par leurs livres[2].

Emprunts Mexique

De 2001 a 2006 viví en Inglaterra, donde hice mis estudios de doctorado. Estudié en la University of East Anglia, en la ciudad de Norwich, y durante esos años viajé poco por Europa. La mayor parte del dinero de la beca y de las clases que daba en la universidad se nos iba (a mi esposa y a mí) en pagar la renta y hacer las compras; otra buena parte se me iba (sólo a mí) en comprar libros.

Estuve en Francia algunos días de verano, otoño e invierno entre 2001 y 2004. Pero debo decirles que en París no me subí a la Torre Eiffel, no fui al Moulin Rouge, no visité la tumba de Napoleón y tampoco entré al Museo Pompidou. No me enamoré ni me emborraché con vino barato o champagne en París. De hecho, conocí algunos cafés, algunas salas del Museo d’Orsay, y apenas estuve un par de horas en el Louvre. Los motivos de mi falta de vocación turística no vienen a cuento ahora, pero mencionaré que nunca me he sentido atraído por las multitudes y que rara vez hago caso de los consejos y advertencias de otros turistas. En esa ciudad, por ejemplo, hablé en mi pobre y malo francés con todo mundo y nadie pretendió no comprender lo que decía. De hecho, las personas hacían esfuerzos por entenderme. La respuesta de los parisinos fue amable a pesar de que en ese tiempo mi competencia lingüística francesa era como la de un niño de tres años (ahora, después de tanto tiempo sin practicarlo, mi francés está bastante oxidado). En París compré antibióticos sin receta, comí varias veces —y por muy poco dinero— en una cadena de restaurantes que parecían una Fnac de comida, caminé por parques bellísimos y, sobre todo, leí. Recuerdo que la última vez que estuve en París leí un libro de cuentos de Enrique Serna, un excelente escritor mexicano, y una novela de Haruki Murakami (en inglés). Me gustaría tener anécdotas interesantes —o por lo menos tener anécdotas— de mis tres brevísimos viajes a París, pero no las hay. Sin embargo, hay tres lugares de Francia que llevo conmigo a todas partes: Arles, Carcassonne e Illiers-Combray.

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De los primeros dos les hablaré en otro momento, pero con respecto a Illiers-Combray debo decirles que me sorprendió que existiera ese lugar. Un amigo que es un escritor holandés y un lector muy aficionado a las obras de Proust me invitó a hacer ese viaje. Yo creí que en el siglo veinte ya nadie nombraba los lugares a partir de las obras de ficción, como antes hicieran quienes bautizaron la Patagonia en honor a ciertos gigantes de las novelas de caballerías. Menos aún, si el lugar en cuestión ya tiene su propio nombre (Illiers). La influencia de Proust era mucho mayor de la que yo suponía. Es más, tiene una fuerza que envidiarían algunos escritores latinoamericanos (que yo sepa, no existen Comala ni Macondo fuera de los libros.) Pero daba igual que Illiers-Combray existiera en algún lugar de Francia, porque al visitarlo yo conocería mi propio Illiers-Combray. Como dice el narrador de A la recherche du temps perdu:

Combray n’avait consisté qu’en deux étages reliés par un mince escalier, et comme s’il n’y avait jamais été que sept heures du soir. A vrai dire, j’aurais pu répondre à qui m’eût interrogé que Combray comprenait encore autre chose et existait à d’autres heures. Mais comme ce que je m’en serais rappelé m’eût été fourni seulement par la mémoire volontaire, la mémoire de l’intelligence, et comme les renseignements qu’elle donne sur le passé ne conservant rien de lui, je n’aurais jamais eu envie de songer à ce reste de Combray. Tout cela était en réalité mort pour moi[3].

La memoria de mi inteligencia (que no es algo para presumir) no reconoció en ese pequeño pueblo de callejones estrechos y empedrados, ni en la Maison de Tante Léonie, ni en los murales y los souvenirs, el mundo de Du côté de chez Swann. Había leído À la recherche du temps perdu dos años antes —algunas partes en francés con un diccionario al lado y otras en una traducción inglesa—, pero poco de lo que ahí veía evocaba mi lectura de Proust. Me pareció que el guía de turistas de la Maison de Tante Léonie hablaba muy rápido, así que no pude comprender algunas cosas, pero noté que un par de visitantes estaban fascinados al encontrar detalles de los varios nombres de personajes, objetos y demás referencias de la novela en esa casa. Yo me preguntaba: «¿Cómo pueden recordar tantos nombres de personajes y tantos objetos que aparecen en la novela?» Para mí, el mundo de A la recherche… era más una incertidumbre que una constatación de referentes.

 

 

Era divertido observar los muebles de la casa y la disposición de los mismos, porque de acuerdo con el guía de turistas, en el museo habían respetado cuidadosamente la distribución de los objetos referida en la novela. La parte que más me gustó de la casa fue la cocina. De hecho, creo que las cocinas francesas son las más bellas que conozco y ésta es especial; es la única cocina en la que he encontrado una jarra de cerámica para preparar el agua de seltz.

El momento más extraño dentro de la casa-museo no fue el descubrir que hay sociedades de amigos de Proust y de amigos de estos amigos, pues recaban fondos para absolutamente todo lo que pueda encontrarse dentro de la gran novela sobre el tiempo y la memoria. Tampoco fue el saber que estaba prohibido tomar fotografías y no para evitar que se dañaran los objetos, pinturas, etcétera, sino porque ahí venden ya fotografías autorizadas de la casa. El momento más extraño fue cuando nos mostraron las fotografías de varias personas en quienes (de acuerdo con el guía de turistas) Proust se había basado para construir sus personajes. ¿Pueden ustedes imaginar a Madame Bovary? Probablemente la mayoría de ustedes responderá ambiguamente a esa pregunta. Desde luego que pueden imaginarla, sobre todo mientras leen la novela de Flaubert, pero si les pidiera que describieran su rostro sería más difícil y si alguien les pidiera que la dibujaran o hicieran un retrato hablado de Emma, lo más probable es que el resultado fuese irreconocible aun para ustedes mismos. Y no me refiero a la decepción obvia y casi esperada con la que nos topamos la mayoría de las veces que vamos al cine a ver una película basada en una novela y sabemos (no sabemos cómo, pero sabemos) que así no era tal personaje. Hablo de que aún para nosotros mismos hay imágenes construidas a fuerza de lectura, de ejercitar la imaginación, de compartir las emociones de un autor y de incorporar voluntaria e involuntariamente nuestras experiencias vivenciales y literarias al momento de leer, y por ello no nos resulta fácil sintetizarlas en una fotografía o en una cucharita. Un rostro literario no es sólo la identificación de ciertos rasgos que lo distinguen de otros; es un cúmulo de sensaciones e imágenes vagas que se superponen a los gestos, a la invocación del nombre que designa a ese rostro.

El retrato de la mujer que sirvió de modelo de Odette, al igual que los de quienes (de acuerdo con el guía de turistas) le habían servido a Proust para personificar a M. de Charlus y a M. Swann me provocaron una incomodidad similar a la que sentimos cuando alguien a quien apenas conocemos nos muestra las fotografías de sus hijos. Al salir de la Maison de Tante Léonie me sentí liberado, pero no sabía de qué.

Pasamos buena parte del día en Illiers, lo recorrimos todo incluyendo sus bellos jardines y todavía tuvimos tiempo de visitar la catedral de Chartres, sin duda una de las más bellas que he visto. Esa noche, de vuelta a París, tenía la sensación de que no había sabido apreciar ese viaje. Pensaba que si bien Illiers me había parecido un lugar muy bonito, no había encontrado a Proust en él y sólo yo tenía la culpa. También pensaba que quizás debí leer la novela con más atención, informarme desde antes sobre los detalles de la zona, leer algunos cuantos libros sobre Proust y sobre los viajes proustianos. Me sentía un poco decepcionado porque esa lectura me había supuesto un gran esfuerzo. No sólo había sido difícil la lectura por sí misma; además había tenido que intercalar los volúmenes de À la recherche… entre las lecturas de mi investigación de doctorado durante año y medio. Esa noche concluí que simplemente había puesto muchas expectativas en ese viaje.

Después de esta anécdota, tal vez se pregunten por qué ese lugar es uno de los que más aprecio de mis breves viajes por Francia, si tiene más el aspecto de un viaje poco agradable. Para responderles les contaré lo que ocurrió cuatro años después. En 2008 salió publicada mi primera novela, La última partida. Durante una entrevista para un programa de radio me hicieron una pregunta que era de esperarse, pero en la que yo no había pensado: «¿Qué autores han influido en su trabajo como escritor?» Recuerdo que mi primer impulso fue responder: «Proust», pero por fortuna alcancé a detenerme antes de decirlo. Además de que habría sonado pedante, no habría sabido qué más decir si el entrevistador me hubiera pedido que ahondara en mi respuesta. (Habría quedado como un pedante y un fatuo; demasiado para alguien con una sola novela publicada.) Mencioné los nombres de autores que en realidad no sé si me han influido, pero que me gustan.

Más tarde me pregunté por qué habría pensado en Proust como una de mis influencias (¿o por qué mi inconsciente así lo pensaba?) Es un autor que no releo y de cuya obra he olvidado muchos detalles. Para que entiendan mi sorpresa les diré que mi novela está situada en una ciudad que no existe, pero que de existir estaría en el polo norte. Es una novela de fantasmas o de corte fantástico, tiene una extensión de ciento veinte páginas y está escrita con oraciones bastante cortas. Recuerdo que entonces supuse que tal vez había pensado en Proust porque alguien en una reseña escribió que mi novela era psicológica (como si alguna no lo fuera).

Tendría que pasar casi un año más, una tarde en que después de conversar con un amigo acerca de las novelas que más nos gustaban, para darme cuenta de que Proust era una influencia en mi trabajo como escritor no por la anécdota de lo que él había escrito sino por la relación que la experiencia y la literatura guardan en su obra. En esa ocasión recordé mi viaje a Illiers-Combray no como quien recuerda cronológicamente los hechos de un viaje sino como probablemente a Proust le hubiera gustado que lo hiciera: como una sensación bastante clara en el interior, pero muy difícil —si no imposible— de narrar. Recordé ese viaje como una imagen donde varias imágenes confluían a manera de una sinestesia : «La mémoire, au lieu d’un exemplaire en double, toujours présent à nos yeux, des divers faits de notre vie, est plutôt un néant d’où par instant une similitude actuelle nous permet de tirer, ressuscités, des souvenirs morts»[4]. Era un conjunto de imágenes que evocaban más que el lugar en sí (porque podía ver los jardines, las calles estrechas de Illiers con bastante claridad en mi recuerdo) lo que para mí estaba representando entonces ese viaje. Me miré como cuando uno se mira en un sueño, con cierta nostalgia, porque entonces pensaba en lo mucho que había querido conocer el lugar donde Proust había pasado su infancia, pero también en lo poco que disfruté ese viaje por desconocer varias referencias históricas sobre él y su obra. Además de esa nostalgia experimenté también una gran emoción al recordar que esa noche pensaba por qué no le había preguntado al guía de turistas o a los otros dos expertos en Proust qué pensaban acerca de la novela. ¿La habrían leído completa tres, cuatro veces?

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En esa ocasión sentí cierta ternura por el escritor que yo era entonces y comprendí que las preguntas que yo pensaba aquella noche de regreso de Illiers; es decir, las preguntas que yo creía que debí haber formulado esa tarde, en realidad debían haber ido en la línea de: «¿Qué piensan ustedes sobre el hecho de que el narrador de À la recherche… no tenga nombre y estemos aquí, como habrán estado ya y habrán de estar miles de personas más, basados en una asunción y no en un hecho?» Porque el narrador dice que si su nombre fuera el del autor, se llamaría Marcel, pero no lo tiene; ningún personaje se dirige a él llamándole Marcel. Sin embargo, todo (el ?) mundo da por hecho que ese narrador era el propio Marcel Proust : « Dès qu’elle retrouvait la parole elle disait : “Mon” ou “Mon chéri” suivis l’un ou l’autre de mon nom de baptême, ce qui, en donnant au narrateur le même nom qu’à l’auteur de ce livre, eût fait : “Mon Marcel”, “Mon chéri Marcel” »[5]. ¿A qué otro nombre aludido en la cita se refiere el narrador? ¿A Valentin, Louis, Georges o Eugène? (Todos, nombres que preceden al de Marcel Proust.) En esa cita, la única referencia al nombre del narrador que yo encontré en mi lectura hay un claro énfasis en separar (paradójicamente al momento de jugar con la idea de una identificación) las entidades del autor y el narrador. Decir: « …en donnant au narrateur le même nom qu’à l’auteur de ce livre »[6] no es lo mismo que afirmar que ambos son el mismo. ¿Qué pensaban los lectores obsesionados con los fetiches de Proust de que el narrador de À la recherche… no tuviera un hermano como el que tuvo el propio Marcel? (Porque se trata de alguien con un carácter muy distinto al suyo, que como personaje habría servido magníficamente para resaltar la personalidad del narrador si lo que hubiera querido Proust fuera retratar su vida y no inventar otra a través de un personaje distinto.) Tal vez su gran novela no era una autobiografía disfrazada después de todo. ¿Sabían esos expertos dónde comenzó la idea de que debíamos imaginar a Albertine y a las otras muchachas en flor como hombres, sólo porque el autor era homosexual? ¿Por qué debía leer en Bergotte a alguien más que Bergotte? y, por último, ¿por qué pensaban que uno estaría más interesado en buscar la literatura fuera de la literatura?

Car ces après-midi-là étaient plus remplis d’événements dramatiques que ne l’est souvent toute une vie. C’était les événements qui survenaient dans le livre que je lisais ; il est vrai que les personnages qu’ils affectaient n’étaient pas «réels», comme disait Françoise. Mais tous les sentiments que nous font éprouver la joie ou l’infortune d’un personnage réel ne se produisent en nous que par l’intermédiaire d’une image de cette joie ou de cette infortune[7].

¿Será útil o al menos razonable que la finalidad principal de hacer una lectura tan extensa y desafiante como es À la recherche… sea comparar sus datos con una biografía? Al final, los datos biográficos e históricos que hallé en Illiers no me dijeron más sobre la novela que lo que el propio autor quiso y pudo decir en ella. Esa tarde, la tarde en que me di cuenta de todo esto, comprendí que como autor de obras de ficción, la impronta proustiana que había quedado en mí era la de emplearme a fondo para que mis lectores experimentaran una vivencia particular a través de las palabras, una experiencia que no tenga que cotejarse con las otras experiencias que también ocurren en la realidad, pues la ficción no es opuesta a la realidad en tanto que la imaginación no es algo opuesto a —sino parte de— nosotros.

Poco importaba para mí que lo que yo escribiera fuese o no realista. Después de todo, el realismo también es un género literario. Lo que descubrí años después de esa lectura fue que À la recherche… no era una gran novela por ser realista sino por su capacidad de llevar al lector a un mundo verdaderamente propio. Y como ese mundo también está construido por la imaginación (una imaginación conformada por las experiencias y las lecturas previas del autor y del lector) era perfectamente normal que Illiers no me llevara a encontrarme con mi propia lectura de Proust, pero sí a reconocer ese lugar como la prueba espacial y simbólica de que una obra literaria también es una entidad que conforma nuestra experiencia a la manera de los viajes reales. Es decir, así como hay personas que afirman que la lectura es en sí misma un viaje, porque al hacerlo el lector no sólo se transporta a ciertos lugares y épocas, sino también al interior de algunos personajes, el recuerdo de Illiers representa para mí la constatación de que mi lectura de À la recherche… sólo está dentro de mí y junto a muchas otras lecturas igualmente provocadoras.

No podía involucrarme en la observación minuciosa de tantos objetos, nombres y fechas que supuestamente obedecían lo dictado por el novelista en su gran novela y que me eran mostrados como revelaciones, porque todo eso era para mí una gran ficción. No lo digo en el sentido de la ficción como mentira sino como una irrealidad basada en otra porque Illiers ya no es el Combray de Proust, ni la casa de su tía es la casa en la que él se inspiró para describir algunos espacios y algunas escenas de su obra. Sentía que por muy interesante que resultara toda esa información sobre Proust, poco o nada agregaba a los recuerdos y a las emociones despertadas por el cuidado de esa prosa y por su deslumbrante inteligencia. Podrían desaparecer la Maison de Tante Léonie y todos sus muebles, podrían desaparecer también las fotografías de las personas en quienes supuestamente Proust se basó para construir a sus personajes. De hecho, podrían desaparecer los datos personales del propio autor y esa novela seguiría siendo una pieza artística extraordinaria por lo que queda después de su lectura; es decir, según el propio Proust, por su olor y su sabor.

Mais, quand d’un passé ancien rien ne subsiste, après la mort des êtres, après la destruction des choses, seules, plus frêles mais plus vivaces, plus immatérielles, plus persistantes, plus fidèles, l’odeur et la saveur restent encore longtemps, comme des âmes, à se rappeler, à attendre, à espérer, sur la ruine de tout le reste, à porter sans fléchir, sur leur gouttelette presque impalpable, l’édifice immense du souvenir[8].

 

La memoria se yergue como un edificio en esta cita, un edificio cuyos cimientos son inmateriales. La lectura y los recuerdos son, pues, inmateriales, pero conforman el edificio que somos también nosotros. Nos erigimos como memorias andantes cuyos recuerdos no están siempre a la mano ni siempre en el lugar donde creíamos haberlos dejado, pero con la convicción de que esos recuerdos conforman no un cuarto propio ni un Combray «[Qui] n’avait consisté qu’en deux étages reliés par un mince escalier, et comme s’il n’y avait jamais été que sept heures du soir»[9], sino un mundo absolutamente propio. Un mundo en el que trazamos la geografía de nuestras prioridades y asombros, pero en el que hay cataclismos, estaciones cambiantes y fenómenos inesperados que también transforman esa geografía superponiendo nuestros gustos y temores de infancia con los actuales (e.g., el amor más antiguo con el que duró apenas unos momentos), aunque también haciendo coincidir ciertas preferencias a través de los años que nos sirven de hilo conductor en la narrativa que es nuestra propia historia y que nos permiten reconocernos a nosotros mismos.

Me gusta saber que Illiers-Combray existe como la materialización de un mundo que nació en la imaginación de Proust y que continúa enriqueciéndose con la voluntad y la imaginación de muchas personas más. Todas ellas, sin duda, comprometidas en mayor o menor medida con preservar el recuerdo de un autor y de varios referentes de una época. Sé que podré visitarlo una o más veces en mis próximos viajes a Francia y sé que si lo hago, encontraré en esa materialidad nacida por las palabras de una novela, mucho más que en mi primera visita, porque Illiers-Combray habrá cambiado (mucho menos que yo, pero habrá cambiado). Espero que para entonces más que muchas relecturas de À la recherche du temps perdu o lecturas eruditas sobre Proust y su época, me acompañen una gran capacidad de asombro y una gran curiosidad; en suma, espero que pueda leer ese lugar como uno relee una carta guardada en un baúl después de muchos años.

[1] Este ensayo fue publicado en el libro Emprunts et transferts culturels: Mexique. Editado por Nicole Fourtané y Michèle Guiraud. Presses Universitaires de Nancy, 2011.

[2] Marcel Proust, A l’ombre des jeunes filles en fleurs I, édité par Danièle Gasiglia, Paris, GF-Flammarion, 1987, p. 135.

[3] Proust, Marcel, Du côté de chez Swann, édité par Bernard Brun et Anne Herschberg-Pierro, Paris, GF-Flammarion, 1987, p. 141.

[4] Marcel Proust, La Prisonnière, édité par Jean Milly, Paris, GF-Flammarion, 1999, p. 242.

[5] Marcel Proust, La Prisonnière, Op. cit, p. 167.

[6] Ibidem.

[7] Marcel Proust, Du côté de chez Swann, Op. cit, p. 187.

[8] Marcel Proust, Du côté de chez Swann, Op. cit, p. 145.

[9] Ibid, p. 141.

Alice Munro. Lejos de la vida literaria

Este es un texto que escribí a propósito del libro Too Much Happiness de Alice Munro, una escritora con una obra que me parece imprescindible. “Su obra apunta hacia la pareja, la familia, los vecinos, el sexo, la enfermedad. Sus cuentos no son efectistas ni buscan el final inesperado; por el contrario, la contundencia de sus finales (muchas veces abiertos) radica en que parecen continuar aun después de que uno ha cerrado el libro”.

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