Los libros también son un fetiche

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Reconocerlo no es fácil porque siempre se quiere ver en el libro algo superior a otros objetos. Nos gusta vernos rodeados de ellos y cobijarnos con el aire de intelectualidad que nos confiere. Desde luego, un libro no tiene el mismo valor que un vaso, pero tampoco alcanzará el del agua. El libro en tanto objeto es sujeto de alabanza y, por tanto, de sobrevaloración. Quienes presumen sus libros más que sus experiencias de lectura son como quienes presumen la marca de su ropa o de su celular.

Pensemos, por ejemplo, en las librerías de viejo del DF (los lugares, sus contenidos, el culto en torno a ellas). Desde mis años de estudiante he escuchado a tantas personas hablar de esos lugares con un romanticismo digno de mejores causas. Son pésimas librerías. En mis muchas pesquisas de libros invariablemente voy a algunas de ellas (sobre todo a las de Donceles, la de avenida Universidad y las de la colonia Condesa) y nunca encuentro lo que busco. Hubo un par de librerías de Coyoacán que me entusiasmaron brevemente, en la calle de Tres Cruces, porque tenían una amplia sección de libros en inglés, pero el entusiasmo terminó en un segundo porque los títulos eran basura en más de un 90 por ciento. Quienes compraban los libros –sorpresa– no sabían de ellos, tal como ocurre en la mayor parte de las librerías de nuestra ciudad. Pero ¿cuáles son los supuestos mértios de las librerías de viejo?

Su oferta no obedece a criterios de novedades
De acuerdo, pero ¿a qué criterio obedece? Las librerías de viejo están repletas de saldos de editoriales españolas como Salvat, Bruguera, etc., que sin duda fueron importantes en otro tiempo, pero cuyas ediciones en la mayoría de los casos son muy deficientes (malas ediciones, traducciones ya obsoletas). Con las excepciones de los clásicos españoles del siglo de oro, que por alguna razón siempre están en 30 pesos y que son excelentes, el resto de los libros que se puede encontrar en las mesas, suele estar formado por saldos. ¿O será que el valor de esos libros no es estimado por sus obras ni por sus ediciones? O mejor dicho, ¿qué valora una persona en un libro y más específicamente, en una edición?

 

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Aunque depende del título que uno quiera comprar, en términos generales valoro que una edición esté bien cuidada; es decir, que tanto en los aspectos físicos del libro como en su contenido haya un rigor. Por ejemplo, que esté cosido (de preferencia), que la caja tipográfica esté alineada, que la tipografía sea óptima para la lectura tanto por no carecer de patines como por su tamaño. Si se trata de un texto antiguo prefiero que tenga un aparato crítico hecho por un especialista, porque estoy convencido de que ignorar el contexto de ciertas obras hace de nuestra lectura algo equivocado o en extremo superficial. El aparato crítico de una edición, cuando está bien hecho, enriquece una lectura. La diferencia entre comprar una edición de la Ilíada en editorial Gredos o la de Porrúa difiere por el precio (varios cientos de pesos), pero sobre todo, por la calidad, el cuidado de las traducciones y el aparato crítico. Si es una traducción, agradezco que sea confiable (que aparezca el crédito del traductor, que se haya hecho directamente del idioma original). ¿Cuántas buenas ediciones de textos clásicos o contemporáneos se pueden encontrar en una librería de viejo?, ¿cuántas ediciones de literatura rusa, japonesa, alemana, etc., en traducciones confiables? Poquísimas. (Y no es que en las librerías de novedades haya muchas, pero al menos pueden encontrarse, con mayor frecuencia, títulos de Cátedra, Siruela, Gredos, Acantilado, Castalia, Alianza, entre otras.)

El valor del libro viejo por ser viejo
Al igual que pasa con un fetiche cualquiera (la gorra de una cantante, la raqueta de un campeón de Wimbledon) a los libros viejos se les da un valor arbitrario. Y no me refiero al económico (¡una primera edición de tal o cual libro!), sino al simbólico. Cada quien es libre de darle un valor a los objetos que posee por las razones que quiera (normalmente son valores sentimentales), pero yo esperaría una visión menos comercial e ingenua de las personas que tanto se ufanan de lo que han leído, de saber que el valor de un libro no está en el objeto, sino en el discurso que contiene. El texto es lo que verdaderamente importa si hablamos de la lectura (objetivo principal para el que fueron creados los libros). Nunca entenderé el que la gente le dé importancia a los que están autografiados, por ejemplo. Hay países donde uno puede comprar libros nuevos ya firmados por el autor (desde luego, son más caros). Y ni así la gente parece darse cuenta de lo que está pagando. Considerar a la antigüedad de un libro como un valor es casi tan absurdo como celebrar el librero en el que está colocado.

Las librerías de viejo como lugares románticos
Claro. Comenzando por los propios libreros, a quienes les gusta presumir los escritores que visitan o han visitado sus librerías del mismo modo que buscan publicidad los dueños de cafés y restaurantes frecuentados por tales o cuales escritores. Parece bastante lógico que los escritores visiten librerías y más que coincidan en dos o tres en una ciudad que tiene tan pocas y tan mal surtidas. “Mira, ahí se sentaba don Fulano”, “doña Sutana se pasaba horas en la sección de Historia de México” (¡!).


Las ediciones voluminosas de Aguilar en papel cebolla, muchas de ellas con sus dos columnas como otrora editaran la colección Sepan Cuántos de Porrúa, con sus tomos de obras completas de Dickens, Shakespeare, Dostoievski, et al., me recuerdan a las librerías de viejo del DF: son imprácticas, malas y costosas, pero a todo mundo le gustan.

Las librerías de viejo están repletas de saldos de editoriales españolas como Salvat, Bruguera, etc., que sin duda fueron importantes en otro tiempo, pero cuyas ediciones, en la mayoría de los casos son muy deficientes.


La última vez que visité varias de estas librerías fue hace poco más de año y medio. Necesitaba urgentemente una edición de La vida breve de Juan Carlos Onetti. Me di a buscarla como loco. Intenté comprar una edición electrónica por internet, intenté descargarla a través de la piratería, pregunté a mis amigos quién la tenía y todo fue inútil. Recorrí cerca de diez librerías (después de llamar a Gandhi, Sótano, FCE y a algunas de viejo).

Al final encontré dos ediciones, pero ambas formaban parte de colecciones de tres o cuatro volúmenes de las obras completas de Onetti. El costo de los libros rondaba los mil pesos, porque no me podían vender el tomo donde venían La vida breve y otra novela que ahora no recuerdo. Los libreros me decían que se desacomodaría la colección y luego no podrían vender los libros por separado. Claro, cómo no lo vi, la colección era lo importante. Por fortuna una ex alumna sacó un ejemplar maltrecho de La vida breve de una biblioteca de la UNAM y así pude leerlo.

Al igual que con las librerías de novedades, las de viejo están sobrevaloradas por falta de perspectiva y puntos de comparación, como ocurre con tantas cosas. Para quienes no han tenido la oportunidad de visitar otras ciudades en las que la lectura sí es una actividad común entre sus habitantes, Gandhi puede parecer una librería grande y las de Donceles, algo así como un pasaje maravilloso de libros. Pero no es así. Las librerías como Gandhi tienen una oferta limitadísima al estar regidas por criterios de novedades o, peor aún, por libros de texto. Por su parte, las librerías de viejo tienen un aura de haberse quedado en los años setenta. En ellas todo parece arrumbado desde entonces. Parece que nadie ha limpiado nunca esos lugares y nadie sabe lo que tienen, excepto lo que está muy cerca de la caja, que suelen ser colecciones más o menos aceptables de títulos que no son fáciles de encontrar en librerías de novedades.

No es coincidencia que El Parnaso y Gandhi fueran las más importantes de la ciudad de México hace pocas décadas. A pesar de las grandes limitaciones de la lectura, antes había una comunidad de lectores más exigente, menos propensa a los títulos de moda. En estas dos librerías podía encontrarse de todo y en ediciones excelentes, los libreros conocían lo que vendían, eran dos auténticos focos de cultura.

Ante los avances notables que varias editoriales mexicanas han dado en los últimos años, no sólo con su proliferación (que en sí misma es un acto positivo), sino con el enriquecimiento de sus catálogos y un mayor cuidado de sus ediciones, las librerías siguen retrasadas. Ofrecen un catálogo mínimo y basado en la moda, o tienen cerros apilados de malas ediciones con el pretexto de hacer más asequibles sus volúmenes y propagar el olor a libro viejo, tan indispensable para la lectura.

Si la importancia de una librería se rige por la demanda de sus lectores y, por ende, en las consecuencias directas e indirectas que la lectura puede tener en una sociedad, no debe sorprendernos que las librerías de viejo del DF sean tan importantes para los lectores capitalinos.

Virginia Woolf, “El amor por la lectura”

“El amor por la lectura” (1932)

Por Virginia Woolf

Traducción de Gerardo Piña

A estas horas de la historia del mundo encontramos libros por toda la casa: en el cuarto de los niños, en la sala, en la cocina. Y en algunas casas se han acumulado de tal forma, que tienen que ser acomodados en un cuarto propio. Novelas, poemas, historias, memorias, libros valiosos empastados en piel, libros baratos de pasta blanda… de vez en cuando uno se pone de pie frente a ellos y se pregunta con un asombro fugaz: ¿cuál es el placer que obtengo o cuál es el bien que hago al pasar los ojos de arriba abajo por estas innumerables líneas? La lectura es un arte muy complejo. El análisis más rápido de nuestras sensaciones como lectores dará cuenta de ello. Aunque nuestras obligaciones como lectores son numerosas y variadas, tal vez se puede decir que nuestro primer deber con un libro es leerlo por vez primera como si uno lo estuviera escribiendo.

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Uno debe comenzar por sentarse en el banquillo de los acusados con el criminal, no por subirse al estrado para sentarse entre los jueces. Uno debe ser un cómplice con el escritor en su acto de creación —bueno o malo—. Porque cada uno de estos libros, sin importar cuánto puedan variar en tipo y calidad, es un intento por hacer algo. Y nuestra primera labor como lectores es intentar comprender lo que el escritor está haciendo desde la primera palabra con la que elabora su primera oración hasta la última con la que termina el libro. No debemos tener los ojos puestos en él; no debemos tratar de hacer que su voluntad se ajuste a la nuestra. Debemos dejar a Defoe ser Defoe y a Jane Austen ser Jane Austen con tanta libertad como dejamos que el tigre tenga su pelaje y la tortuga, su caparazón. Y esto es bastante difícil porque estamos ante una de las características de la grandeza, que hace que el cielo, la tierra y la naturaleza humana coincidan con su propia visión.

Con frecuencia, los grandes escritores nos exigen esfuerzos heroicos para leerlos correctamente. Nos doblan y nos rompen. El ir de Defoe a Jane Austen, de Hardy a Peacock, de Trollope a Meredith, de Richardson a Rudyard Kipling, equivale a ser jaloneado, quedar deforme, a ser arrojado violentamente de un lado a otro. Lo mismo ocurre con los escritores menores; cada uno es singular, cada uno tiene un punto de vista, un temperamento, una experiencia propia que puede entrar en conflicto con la nuestra, pero que se le debe permitir expresar por completo para ser justos con él. Los escritores que más tienen que darnos, con frecuencia son los que más violentan nuestros prejuicios, particularmente si son nuestros contemporáneos, por lo que tenemos la necesidad de utilizar toda nuestra imaginación y entendimiento si queremos obtener el máximo de lo que pueden darnos. Pero leer, como ya lo hemos mencionado, es un arte complejo. No consiste sólo en estar de acuerdo y comprender. También consiste en criticar y juzgar.

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El lector debe abandonar el banquillo de los acusados y subirse al estrado. Debe dejar de ser el amigo; debe convertirse en el juez. Es este segundo procedimiento —que podemos llamar de post-lectura, ya que a menudo se realiza sin tener el libro frente a nosotros— el que produce un placer aun mayor que el que recibimos cuando estamos dando vuelta a las páginas. Durante la lectura, las nuevas impresiones están cancelando o completando las anteriores. Gusto, enojo, aburrimiento o risa se suceden uno a otro sin cesar mientras leemos. El juicio se suspende porque no sabemos lo que puede venir a continuación. Pero hablemos del momento en que el libro está terminado, cuando ha tomado una forma definitiva. El libro como un todo es diferente del libro percibido como varias partes distintas. Tiene una forma, una condición de ser. Y esta forma, esta condición, puede sostenerse en la mente y compararse con las formas, los ensayos de otros libros, y darles su dimensión con respecto a ellos.

Pero si bien este procedimiento de juzgar y decidir está lleno de placer, también está lleno de dificultades. No se puede obtener mucha ayuda del exterior. Los críticos y la crítica literaria abundan, pero no nos sirve de mucho leer las opiniones de otra persona cuando nuestra opinión por el libro que acabamos de leer aún no está formada. Es hasta después de que uno se ha formado una opinión, que las opiniones de los otros son más esclarecedoras. Es hasta que podemos defender nuestra propia opinión, que obtenemos más de la opinión de los grandes críticos; de los Johnson, los Dryden y los Arnold.

Para formar nuestro propio criterio, bien podemos forzarnos primero a comprender la impresión que el libro ha dejado en nosotros con tanto detalle y precisión como sea posible, y luego comparar esta impresión con otras que hemos formulado en el pasado. Ahí están, colgadas en el armario de la mente, las formas de los libros que hemos leído, como la ropa que nos hemos quitado y hemos guardado en el armario hasta que vuelva la temporada en que habremos de usarla. Si por ejemplo acabamos de leer Clarissa Harlowe por primera vez, lo tomamos y dejamos que se muestre frente a la forma que queda en nuestra imaginación después de haber leído Anna Karenina. Los ponemos lado a lado y de inmediato los contornos de ambos libros comienzan a definirse entre sí como el ángulo de una casa (para usar otra comparación) se define contra la luna llena en la época de la cosecha. Comparamos las cualidades prominentes de Richardson con las de Tolstoi. Comparamos su verbosidad y su forma de ser indirecto con la brevedad y sentido directo de Tolstoi. Nos preguntamos por qué será que cada uno de ellos ha escogido un ángulo de aproximación tan diferente. Comparamos la emoción que sentimos en los distintos momentos cruciales de sus libros. Especulamos sobre la diferencia entre la Inglaterra del siglo xviii y el siglo xix en Rusia. Pero no hay un punto final en las preguntas que surgen de inmediato, una vez que colocamos un libro junto al otro. Por lo tanto, en distintos niveles, al hacer preguntas y responderlas encontramos que hemos decidido que el libro que acabamos de leer es de este o tal tipo, que tiene tales méritos, que ocupa su lugar en este o tal otro punto de la literatura vista como un todo. Y si somos buenos lectores, no sólo juzgamos a los clásicos y las obras maestras de los muertos; les otorgamos a los escritores vivos el privilegio de compararlos como deberían ser comparados con el patrón de los grandes libros del pasado.

Así, pues, cuando los moralistas nos pregunten qué bien hacemos con el hecho de pasar la mirada por todas estas páginas podemos contestarles que estamos haciendo nuestra parte como lectores para incluir obras maestras en el mundo. Cumplimos con nuestra parte en esta tarea creativa; estamos estimulando, impulsando, rechazando, haciendo sentir nuestras aprobaciones y desacuerdos; y fungimos como revisores y espuelas en el escritor. Esa es una razón para leer libros; estamos contribuyendo a traer buenos libros al mundo y a volver imposibles los malos libros. Pero esta no es la verdadera razón. La verdadera razón permanece inescrutable: obtenemos placer de la lectura. Es un placer complejo y difícil; varía de edad en edad y de libro en libro, y ese placer es suficiente. De hecho ese placer es tan grande que uno no puede dudar que sin él, el mundo sería un lugar muy distinto e inferior. La lectura ha cambiado el mundo y sigue haciéndolo. Cuando llegue el día del juicio final y por lo tanto todos los secretos queden expuestos, no debemos sentirnos sorprendidos al saber que la razón por la cual hemos evolucionado de monos a hombres, y por lo que dejamos nuestras cavernas y abandonamos nuestras flechas y lanzas, y nos sentamos alrededor del fuego y conversamos y ayudamos a los pobres y a los enfermos; que la razón por la que creamos un refugio y una sociedad fuera de los desperdicios del desierto y de las marañas de la selva es simplemente ésta: hemos amado la lectura.

La fierecilla, ¿domada?

En este artículo intento retomar la imagen de Katherine desde una perspectiva cercana al feminismo. Desde luego, realizar ciertos cruces históricos implica un riesgo, pero me parece que el final de la obra permite la reivindicación de este personaje, quien está lejos de ser sumisa.

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